Los automóviles aparecieron por primera vez en las carreteras estadounidenses a finales del siglo XIX, compartiendo calles con carros tirados por caballos, tranvías, ciclistas y peatones. Las carreteras eran estrechas, mal señalizadas y, a menudo, sin pavimentar, lo que dificultaba incluso el tránsito ligero. Con la expansión de la propiedad de automóviles privados, la idea de la "carretera abierta" pronto chocó con la realidad. Las ciudades carecían de leyes de tránsito, señales y reglas estandarizadas, lo que provocaba frecuentes atascos.
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