Los portugueses, especialmente los votantes de centroderecha, deben ahora decidir si la más alta institución del Estado, que en Portugal tiene una misión de árbitro de la política, queda también sumida en la cada vez más enconada lucha partidista al albur de un mensaje populista o se confía a una fuerza política progresista con una larga trayectoria en la presidencia de la República. La decisión tiene repercusiones que van más allá de las fronteras del país.
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