"Así me gusta, Antonio. Gente comprometida con España"

España, principios de los años 90. Antonio, operario de taller, ha sido llamado por el dueño de la empresa en la que lleva 20 años trabajando. No es buena señal, ya que estas reuniones nunca acaban con buenas noticias.

J: Antonio... pasa, hombre. Cierra la puerta. Tenemos que hablar con calma. (saca un puro habano de una caja de madera con detalles dorados y lo enciende)

A: ¿Ha pasado algo?

J: No, no... bueno, sí, pero nada grave. Antonio, tú y yo nos conocemos desde hace ya muchos años. Sabes que para mi esta empresa es como una familia.

A: Claro.

J: Precisamente por eso te hablo con total sinceridad. La cosa está muy complicada. La competencia aprieta muchísimo.

A: Ya, eso imagino...

J: El otro día se me presentaron aquí unos chicos, morenitos, dispuestos a trabajar por mucho menos. Muchísimo menos. No sabrán hablar el idioma pero trabajan rápido, eh, muy trabajadores. Buenos chavales.

A: ¿Pero tienen papeles?

J: Antonio, Antonio... no me metas en política. Yo soy empresario. Tengo que sacar la empresa adelante. Si no los contrato yo, los contratará otro de la competencia. Y entonces sí que nos hundimos.

A: Pero, no es eso...

J: Quieto, Antonio! Piensa en todas las familias que dependen de esta empresa. La tuya también. A veces hay que recurrir a aquello que no se quiere hacer para evitar un mal mayor.

A: Claro, ya...

J: Por eso he pensado una solución intermedia. Tú no te preocupes, que te quedas, por supuesto. Pero tendremos que ajustarnos todos un poco el cinturón, ¿lo entiendes?

A: ¿No del todo, qué quiere decir?

J: Te voy a tener que bajar el sueldo... a la mitad.

A: ¿A la mitad?

J: Temporalmente, Antoñito. Recuerda que esto es por el bien de la empresa.

A: Ya, lo entiendo, pero...

J: Pero no te preocupes. Precisamente por estas injusticias he decidido dar un paso adelante.

A: ¿Cómo?

J: Antonio, he fundado un partido.

A: ¿Un partido?

J: Sí, hombre. Un partido serio. De gente trabajadora. Nuestra propuesta estrella es acabar con esta competencia desleal.

A: ¿Cómo?

J: Impidiendo que regularicen los papeles. Así no podrán venir aquí a quitarnos el trabajo.

A: Pero, si usted los está contratando ahora mismo...

J: Antoñito, Antoñito… una cosa es lo que uno tiene que hacer para sobrevivir en el mercado y otra muy distinta lo que hay que hacer para arreglar el país.

A: Ya, si no digo que no...

J: Mira Antonio, solo tienes que firmar aquí para apoyar el movimiento.

A: ¿Firmar, yo?

J: Sí, hombre, creo que podemos contar contigo. Y si puedes hacer una pequeña aportación... pero nada, algo... simbólico. Diez mil pesetas al mes. Piensa en ello... como en una inversión, para tu futuro.

A: Diez mil pesetas, no sé yo si...

J: Una miseria para lo que queremos hacer. Defender a los trabajadores de este país.

A: Pero si me baja el sueldo...

J: Precisamente por eso, Antonio. Porque eres uno de los afectados. ¡Hazte oír! ¿O quieres que esos comunistas y sindicatos que solo quieren hundir el país y llenarlo de inmigrantes acaben ganando la partida?

A: No, no, por supuesto que no...

J: Pues firma aquí. Verás cómo entre todos arreglamos esto. Tu eres un trabajador serio y leal con la empresa, porque sabes lo difícil que es y el esfuerzo que conlleva mantener esto abierto.

A: ... (firma con un gesto de resignación)

J: Así me gusta, Antonio. Gente comprometida con España.

A: ... (medio sonríe, sin ganas)

J: Ah, y una cosa más, ya que estás aquí.

A: ¿Sí?

J: Cuando salgas, dile a la de contabilidad que te prepare tu nueva nómina.

A: ¿La de la mitad?

J: Temporalmente, Antoñito. Temporalmente... Cuando ganemos, no te preocupes que todo irá a mejor. Pero recuerda, necesitamos tu ayuda...

A: Sí, usted disculpe, que siempre la tendrá.

J: Esa es la actitud que hay que tener. Y si ves a los dos chicos nuevos que han venido hoy, mándalos al taller. Son los que van a cubrir tu turno de la tarde.

(pausa)

J: Ah., y de paso... haz que entre el sastre a mi oficina, hoy es viernes y toca traje nuevo, que la empresa ha de mantener una imagen.

Antonio no tendrá capital económico.

Pero su jefe le ha dado algo mucho más importante: la seguridad de ser un trabajador leal con la empresa y de formar parte de un proyecto que, eventualmente, acabará con la injusticia que llevó a su esforzado jefe a reducirle el salario y a contratar a inmigrantes sin papeles por el bien de esa familia que es la empresa.

Ahora a Antonio, lo que le falta en capital económico, le sobra en capital simbólico.

Antoñito no llegará a fin de mes. Pero se ha convertido en un español de bien, con dignidad y orgullo, de los que defienden a los generadores de riqueza y luchan contra la invasión extranjera.

Eso es todo lo que le queda y nadie se lo va a quitar.