Pedro Sánchez ha iniciado una cruzada contra los tecnoligarcas que no ponen límites a las redes sociales. No porque no puedan, sino porque no quieren. La inacción ha llevado a convertir lo que era un terreno de debate sano e intercambio de ideas, como era, con sus defectos, la antigua Twitter, en un estercolero, como es hoy X.
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