Hay una "evidente mala fe" en lo que se refiere al territorio ocupado a los saharauis, pero sobre todo lo que prueba el hecho es que en última instancia el régimen marroquí es lo que diga el sultán. Ni la separación de poderes es efectiva, ni el primer ministro puede mantener ministros si son cesados por el sultán, ni se ha recortado -antes al contrario- el carácter supralegislativo de la voluntad del rey, no importa cómo se exprese. Cualquiera de sus actos o incluso de sus gestos, si se formaliza, adquiere el carácter de decreto.
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