Lo primero que sorprende es el silencio. No hay vibraciones ni ruido mecánico al arrancar, solo una respuesta inmediata cuando se pisa el acelerador. Esa sensación de empuje continuo y lineal cambia la percepción de la conducción desde el primer instante. No hay marchas ni tirones, y eso se traduce en una experiencia más suave y relajada. Para quien viene de un coche de combustión, el cambio es evidente, pero también intuitivo. No hay curva de aprendizaje compleja ni procesos difíciles de interiorizar.
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En caso de accidente y siniestro, me compraría un utilitario gasolina, de un par de miles de euros, para ir tirando. Me encantaría un Volvo eléctrico o un Polestar, pero no son cosas que entren en mi planificación de gastos ahora mismo.