La propuesta plantea que, cuando no haya un profesor presente, se utilicen sistemas biométricos para verificar la identidad del estudiante y evitar trampas. Es decir, se traslada a la tecnología la función de vigilancia que tradicionalmente ejercía el docente en el aula. La lógica es clara: si no podemos controlar de forma directa, reforzamos el control mediante tecnología. Pero aquí aparece la primera cuestión de fondo. ¿Es realmente ese el principal problema de los exámenes a distancia o estamos confundiendo el síntoma con la causa?
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