Con 12 años me comía unos bocadillos de lomo en aceite que ríase la báscula. Ni kilos de más, ni kilos de menos, corría detrás del balón sin pensar en las calorías que había ingerido, sin remordimientos, sin espejos, ni complejos. Así éramos los muchachos del bocata de chorizo, de la tortilla de patata y de los juegos que se pintaban con tizas en las calles.Espinete y don Pimpón han vendido su alma a Shin-Chan, los parques se han recalificado y los bocatas han perdido toda la personalidad, gracias a las seudomeriendas.
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