Hay ocasiones en las que ser del montón es duro. Uno de tantos en esa inmensa «clase media». Con unos ingresos –declarados ante el fisco, que el matiz es importante– que no son lo suficientemente bajos como para recibir gratis la guardería, el comedor o el colegio, ni tan elevados como para meter la mano en el hucha y sacar los cinco dedos intactos. Y con todas las papeletas para sufrir en carne propia los rigores del invierno económico que se avecina.
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