Cuando Constantino el Grande murió en el año 337, dejaba tras de sí un Imperio más poderoso que el que él mismo había recibido, una nueva capital en Oriente, una dinastía asentada y la impresión de haber encontrado por fin, una fórmula estable para el poder imperial. Nada más lejos de la realidad. Dejaba algo mucho más peligroso: demasiados herederos, demasiadas ambiciones contenidas y ninguna regla verdaderamente clara para gestionar la sucesión.
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