El término sacrificium procede de sacrum y del verbo facere, y en su sentido más amplio significa «realizar una ceremonia sagrada» o «convertir algo en sagrado», es decir, trasladarlo del ámbito profano al dominio de lo divino. Esta consagración podía efectuarse sin necesidad de un sacrificio cruento. Para que existiera una inmolación, ya fuese cruenta o incruenta, debía intervenir el fuego, aunque en ocasiones bastaba el uso de incienso o el humo generado por la combustión de otros aromata.
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