La decisión de Working Girls, dirigida por Lizzie Borden, es tan simple como explosiva: filmar el trabajo sexual como trabajo. Sin dramatismo prefabricado, sin épica redentora, sin condena ni romanticismo. Mirar de frente y aguantar la mirada. El gran gesto político de Working Girls consiste en desplazar el foco. El sexo, paradójicamente, queda en segundo plano. Lo central es la organización laboral: quién fija las normas, cómo se reparten los ingresos, qué margen de negociación tiene cada mujer, qué tensiones surgen entre compañeras.
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