A finales de la década de los 60 Porsche ya se había hecho un nombre dentro de las competiciones del mundo del motor, siempre con vehículos ligeros y de pequeña cilindrada que basaban su competitividad en su agilidad más que en la fuerza bruta. Pero para vencer en las largas rectas de Le Mans eso no bastaba, hacía falta un nuevo coche si se quería ganar en la mítica prueba francesa.
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