La familia Osvitz tuvo “suerte”. Mengele quedó inmediatamente impresionado por su malformación y los mandó a la fila derecha sin dudarlo; se sentía especialmente fascinado por Elizabeth con quien siempre era amable e incluso bromeaba. Los Ovitz vivían separados, en su propia celda para que no fueran aplastados por el resto de internos. Conservaban sus ropas y comían a diario la misma comida que los soldados. A cambio de estos privilegios pagaron un precio muy alto, convertirse en los cobayas favoritos de Mengele durante siete meses.
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