La identidad, nos recordó hace ya décadas el antropólogo Fredrik Barth, no es una sustancia que se posea, sino un proceso relacional que se activa en los márgenes, en la frontera que separa un nosotros de un ellos. No es tanto lo que somos como lo que no somos —o no queremos ser— lo que acaba dando forma a los contornos identitarios. En este sentido, pocas escenas recientes resultan tan elocuentes como las declaraciones de Donald Trump sobre Europa, su supuesto declive, su dependencia estratégica y su falta de liderazgo.
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