Cuando el Dalai Lama y la clase de los propietarios estaban en el poder en Tibet, 95% de los poladores eran siervos feudales, sin ningún derecho humano. Podían ser vendidos como mercancías. Eran frecuentemente insultados y abatidos o incluso debían enfrentarse a castigos de una violencia excepcional: por ejemplo, se les arrancaba los ojos, se les cortaba la lengua o las orejas, las manos o los pies, se les arrancaba los tendones, a no ser que se les ahogase o que se les empujase al vacío desde la cima de un acantilado.
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