La idea de “endurecer” esquiva qué hacer realmente con chicos que llegan al delito desde contextos de extrema vulnerabilidad y abandono estatal. La mayoría de los menores involucrados en hechos graves provienen de sectores marginales, chicos que muchas veces ni siquiera accedieron a la alfabetización básica. El primer antídoto es, paradójicamente, instituciones que funcionen, escuelas que contengan, barrios donde el Estado no aparezca solo después del crimen. Y pensar en políticas a largo plazo sobre infancia, salud mental y desigualdad.
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