Laura (nombre ficticio) eligió una plaza MIR a 2.200 kilómetros de su casa. Se trasladó, tras mucho sopesarlo, a trabajar como médica de familia a Santiago de Compostela. No quería perder la oportunidad tras tantos años estudiando, pero la distancia se volvió insoportable con el paso de las semanas. Tenía dos hijos pequeños a los que apenas veía y finalmente abandonó. Si el sistema hubiese sido más flexible, habría podido incorporarse a alguna de las vacantes que quedaron, inesperadamente, en un hospital de Tenerife, su isla.
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