Al PP le estaba saliendo todo razonablemente bien en esta precampaña, según tenía planeado. La orden de Mariano Rajoy era muy clara y sencilla: silencio absoluto sobre las listas electorales, nada de debate de nombres y candidatos hasta el mes de enero. Ahora tocaba hacer propuestas a los ciudadanos y oposición al Gobierno socialista, y no enzarzarse en peleas internas. En Génova, sede nacional del PP, estaban satisfechos porque se cumplían las órdenes.
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