El presidente Trump ha declarado públicamente que no le preocupan los crímenes de guerra. Su secretario de Guerra Pete Hegseth promete "no cuartel, no piedad" y desprecia los Convenios de Ginebra como "reglas escritas por tipos en salones europeos". Mientras tanto, 45 millones de personas se sumarán al hambre aguda por efecto cascada de su guerra contra Irán. Por el rasero de Núremberg, ambos serían acusados del crimen supremo: crímenes contra la paz. Que La Haya no los procese no nos exime de nombrarlos.
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Cuando Hitler ordenó bombardear Rotterdam en 1940, al menos tuvo la delicadeza de no salir a rueda de prensa a decir que los crímenes de guerra no le preocupaban. Trump sí lo ha hecho. Públicamente. Ante cámaras. Y su secretario de Guerra Hegseth —ex presentador de televisión reconvertido en arquitecto de la destrucción sistemática de infraestructura civil— ha prometido "ni cuartel ni piedad" mientras despedía a todos los abogados del Pentágono que podían decirle que no. Cuarenta y cinco millones de personas adicionales camino del hambre aguda. Núremberg los habría colgado. La Haya ni los llama. Explícame tú la diferencia.
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