Desde las cajas de las tiendas y los bares hasta centros de trabajo, gimnasios o asociaciones culturales. Cada espacio en el que pasamos parte de nuestro día a día tiene, cada año, su número para participar en la Lotería de Navidad. El sorteo opera con la tentación casi coercitiva de una pregunta: ¿Y si toca? ¿Y si este año los niños de San Ildefonso cantan el número de la piscina en la que tomo clases de natación y soy la única persona que no ha comprado una participación? ¿Y si el chiringuito donde tomé un refresco durante las vacaciones.
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