Sus víctimas, por lo general mujeres jóvenes y niños, languidecen lentamente sin que parezca existir una causa natural para ello. Los vecinos las ven pasar, cada día más pálidas, delgadas y ojerosas, y murmuran en voz baja: “Se la está comiendo la Guaxa”; aunque en realidad casi ninguno recuerda ya quién es la Guaxa, ni, mucho menos, qué se ha de hacer para detenerla.
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