Concurso de microrrelatos de Menéame
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Asalto a la colina HE-127

El capitán ordenó precaución porque había visto un puesto enemigo enfrente de nuestro avance.

Agazapado entre las rocas, vimos el casco de uno de ellos. Nos ordenó disparar desde todos los ángulos posibles.

Pero no tuvimos éxito. Ni se inmutó.

Para ablandar su firmeza, se pidió refuerzo de la artillería. Tres días de fuego casi constante.

Ni se inmutó.

Nos retiramos unos kilómetros al pedir el apoyo de la aviación. Decenas de pasadas de bombarderos durante tres largas horas.

Al volver, seguía ahí. Ni se había inmutado.

Entonces es cuando, desobedeciendo las órdenes, el soldado Juan se levantó y salió a andar despreocupadamente. Al principio pensábamos que iba a mear, pero se dirigió al puesto del enemigo. Le dio una patada y salió rodando. Era un casco aislado.

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El columpio

Hace rato que el viento amainó, pero el columpio continúa con su monótono vaivén emitiendo un quejido de óxido y resentimiento.

Sé que eres tú quien se columpia aguardando el momento propicio para vengarte.

Te vigilo desde la ventana de la cornisa por la que te arrojé el día de mi cumpleaños.

Gran regalo “hermanito”. 

Mamá vuelve a ser sólo mía.

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Otra vida y la misma

Harto de que fuera absolutamente ignorado en sus clases, de que adolescentes de toda índole conocieran sus derechos y ninguna obligación, de que los padres hubieran hecho de los mensajes Mr Wonderful su modo de vida (Mi hijo puede llegar a ser lo que él quiera; Mi hija molesta en clase porque se aburre. Es muy inteligente pero usted no lo sabe), decidió, de una puñetera vez, abandonar una profesión que había ejercido durante más de 20 años. Estaba harto, sí, cansado, hastiado de ser profesor. Tenía claro que quería otra profesión y la que más le gustaba era la de fontanero. Pensaba que tenía los conocimientos y descubrió, poco a poco, que se le daba bien. Arreglaba problemas con mucha celeridad, encontraba soluciones a dificultades que a otros les parecían un mundo. Descubrió, por último, que este trabajo difería poco del de docente: solucionar problemas de mocosos que eran incapaces de asumir sus responsabilidades y culpaban de su ineptitud a todos los demás. Poco a poco se fue haciendo un nombre y no hubo partido político que no lo buscara para que arreglar alguna que otra tubería, alguna que otra inundación.

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Disforialípticos y desaforados

- Qué podemos hacer, señor presidente, no encuentro una salida.

- El caso es muy sutil, y está hilvanado como una filigrana maquiavélica.

Basándose en mis declaraciones de los últimos ocho años, han ido añadiendo pequeñas enmiendas y validando la aprobación de estatutos sin importancia, que no tienen valor por sí mismos, pero en conjunto consiguen dejarme como un machista a los ojos de la ley, y lo que es peor, en una condición que excede mi aforamiento...

- Los tiempos para revertir cualquiera de ellas exceden todos los plazos.

- Sólo queda una solución, una jugada maestra en la que ellos no han caído: declararme mujer.

- Pero señor presidente, qué va a pensar su esposa, y más después de lo de...

- Los caminos del señor son inescrotables, y además estaré tremenda en el congreso.

- Al candidato opositor le va a dar algo.

- Verás cuando le cante el Happy Birthday...

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Médium exorcista

Un gorgoteo, un murmullo... Un sistema de fontanería es una red de gargantas que vomitan y tragan, inhalan y exhalan. Nunca me fue mal silenciando silbidos, chasquidos y golpes. He trabajado con organismos de cobre, acero y hasta plomo que largaban auténticas letanías, y los enmudecí a todos.

Decidí reciclarme el día que doña Margarita me llamó para que quitase la válvula de presión y las arandelas que había instalado en su cocina. «Se va a reír de mí, pero me deprimí mucho cuando dejé de escuchar los susurros de mi difunto Paco en el fregadero», me dijo, y yo no me reí.

Ahora, además de fontanero, soy médium exorcista de tuberías.

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El tema de la semana es: Inspección

El tema de la semana es: Inspección

Esta semana el concurso de microrrelatos de Menéame pone la lupa —literal y figuradamente— sobre un nuevo tema: «Inspección». Una palabra que huele a carpetas abiertas, a miradas inquisitivas y a ese silencio incómodo antes de que alguien pregunte «¿Esto quién lo ha firmado?». Ya sea una auditoría de vida, un cacheo emocional o la rutina implacable de quien lo revisa todo dos veces, la inspección abre la puerta a relatos con lupa, linterna o detector de mentiras.

Como cada semana, el reto consiste en contar una historia completa en menos de 150 palabras. Puedes participar hasta el domingo votando y/o escribiendo con el estilo que prefieras: desde el más íntimo y poético hasta el más sarcástico o caótico. ¿Un relato sobre inspectores de hacienda sin escrúpulos? ¿Sobre miradas que radiografían almas? ¿Sobre el mismísimo inspector Gadget haciendo de las suyas mientras grita «¡Adelante, brazo telescópico!»? Todo cabe en un buen micro.

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Duradero perfume de corrupción

Nadie supo que la somera inspección técnica que hizo Alfredo Ashlam en una fábrica de turbinas, resuelta rápidamente aceptando un mezquino soborno de maletín, provocó uno de los peores accidentes de aviación recordados, en el que casualmente murieron él, su mujer y sus dos hijos menores durante un despreocupado viaje vacacional.

Cuando el juez requirió la documentación de aquella chapucera inspección, simplemente no estaba. Alguien decidió años atrás que tantas pruebas técnicas eran prohibitivas y rellenó los dosieres con papeles vacíos. Se culpó a un tal Gubelkian, responsable del archivo, que fue despedido y acabó indigente y alcoholizado. Su hijo vivió avergonzado creyendo que su progenitor era el culpable de aquellas muertes.

Años después Gubelkian hijo fue elegido presidente de la república. Como medida para evitar casos como el de su padre tomó una decisión radical y legisló contra cualquier tipo de injerencia en la actividad empresarial:

Prohibió las inspecciones.

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Tabula rasa

Ben revisó su código por última vez, y vio que todo era bueno.

Pasaba todos los tests, y de todos modos era un cambio muy rutinario. Había que actualizar la fuente del sistema porque el guión largo era apenas indistinguible del guión corto, y eso decía la academia que no podía ser.

Al día siguiente los aviones iban lanzados como cohetes, los semáforos tardaban siglos en cambiar de color, y el mundo estaba como enrarecido, encabritado. Especialmente gracioso era ver a ancianas en sillas de ruedas motorizadas a ochenta por hora y el pelo alborotado, como poseídas de forma repentina y ubicua por el espíritu de Sor Citroën.

Sería un caos si no fuera porque la gente estaba muy contenta con su nuevo saldo. Ebúrneo, redondo, sin decimales.

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La pieza de caza

Dasowe esperó a que la leña ardiendo bajase la llama hasta convertirse en brasa intensa, que repartió homogéneamente. Entre Manuwai y él colocaron grandes piedras encima.

La pieza de caza estaba ya limpia, sobre hojas de platanero. Mientras las piedras se calentaban, Manuwai cavó un hoyo grande en la arena, mientras él envolvía la pieza en hojas de platanero y la ataba, para no perder el jugo de la cocción.

Forraron el hoyo con hojas de plátano, las piedras calientes al fondo, encima la pieza de caza, más hojas de plátano, cubriéndolo todo, y taparon el conjunto con arena. Unas horas y la pieza estaría lista.

-¡Kiteni, prepara salsas y el pan!-, grito a su mujer.

Cuando creyó que ya estaba, empezó a cavar, despacio…

-Pero, Dasowe, no está todavía…

-Claro que está.

-Pero yo lo prefiero bien hecho.

-Pues a mí la carne de explorador me gusta al punto.

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Naufragio

El barco navegaba a la deriva en medio de la tempestad muy cerca del Cabo de Hornos.

El contramaestre informó al capitán de los daños: una vía de agua en la sentina, el timón destrozado, mesana y bauprés dañados de manera irreparable. Un rayo hizo que se divisase la costa por la amura de babor.

El primer oficial entró súbitamente en el camarote de oficiales, y dijo que, aunque débil, había captado la señal de Menéame.

¡Intentarían lanzar un SOS a través del popular agregador de enlaces! Era su última oportunidad.

Fue un trágico final para aquél navío y para toda su tripulación.

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Villa pato

Cuando llegaba a casa de mis tíos en verano lo primero que hacía era mirar si aquel cactus seguía allí, ese que me regaló unas cuantas púas clavadas en la pierna y que mi tía las quitó riéndose de mi torpeza. Sí, seguía allí. Luego visitaba el columpio, la alberca llena de agua de pozo y saludaba a los conejos y pollos que en días posteriores irían a la cazuela. No, patos no había. Mi prima, la moderna, ponía música pop de aquellos años en un viejo tocadiscos portátil. Eran tardes sin siesta donde nos íbamos los primos al pueblo. Una de aquellas tardes aprendí lo que era un beso de labios, coqueto, simple, sonrojante y sincero. Un beso de labios temblorosos, inseguros, limpios de dos críos de doce años. Recuerdo que cerramos los ojos, recuerdo que ella también veraneaba en la zona, en una casona del pueblo. Nosotros en una zona apartada sin agua corriente ni electricidad. Nada importaba viviendo en Villa Pato. Jamás supe por qué le pusieron ese nombre. Jamás pregunté. Me acuerdo del cactus y de unos labios.

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Vacaciones solidarias

Por amor se aguanta casi todo. Cuando mi chica me dijo cómo pretendía pasar las vacaciones, no pude evitar fruncir el ceño justo antes de decirle que me parecía una idea estupenda y muy solidaria. Volamos directamente desde los States. Menos mal que mi suegro, al final, no vino, empeñado como estaba en conocer la tierra de sus ancestros.

Así que ahora me encuentro aquí, al borde de la insolación, en el lugar más elevado de Sderot, desde donde se ve el espectáculo. “No son seres humanos. Son monstruos. Hay que destruirlos”, dice uno de los locales. Mi chica, con ese acento tejano que tanto me pone, susurra: “Quiero ayudarles como sea, después de lo que han pasado. Venir aquí y ver el frente con mis propios ojos ayuda a entender la historia más a fondo”.

Además de guapa, es culta y buena gente. Pero yo quería ir a Magaluf.

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Miramare

Abrió la verja con cierta desgana, y bajó catorce escalones blancos.

Por fin miraba al mar de Positano desde una terraza anaranjada. Llegó con su flamante dos caballos charlestón, como en sus sueños. Se acompañó de una guitarra y de algunas canciones petulantes, como en sus sueños.

Pero nada era igual, porque en sus sueños este verano era mil novecientos setenta, y él era un chico más alto, y ella italiana y jamona.

Flipper, bar, café y helado, y el sol muriendo rosa entre sus dedos. No importaba, en realidad, era distinto y perfecto.

Él con camisa de flores, ella con tanga y sombrero.

Qué hermosa tarde para hablar de amor, mientras muere el sol, y se preguntan a qué saben los besos en el Miramare.

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Vacui dies

Imparsifal y Horas se han tomado vacaciones, el tema de esta semana es el de la semana pasada, no se ha designado vencedor de ella, y los usuarios siguen mandando relatos sobre un tema posiblemente caducado.

Pero yo también me tomé vacaciones la semana pasada. Vacaciones de un concurso con el que no tengo ninguna obligación formal, pero sí una autoimpuesta, un compromiso adquirido, una querencia natural: la de enviar cada semana un relato. Porque me gusta, simplemente.

Y, sin embargo, mi cerebro no me "avisó", no se acordó de los microrrelatos: tenía una actividad más absorbente, más deseada, un viaje en ciernes, un encuentro en perspectiva, y eso borró la escritura de mi mente. Curioso, ¿no?

Y, cuando vuelvo, abandono, desolación. Igual es sólo que tenía que pasar, que mi abandono era contagioso, era un síntoma, era el preludio de…

En cualquier caso, fue bonito mientras duró.

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Una mañana como otra cualquiera

Sebastián Horza se había levantado esa mañana como cualquier otro día, pero casi por casualidad se dio cuenta de que no tenía sombra, miró y remiró varias veces buscando como un perrillo su cola hasta que se convenció de que no tenía sombra. Nunca la había echado en falta hasta que la perdió. Se tocó los brazos, las piernas, la cara, todo parecía seguir en su sitio pero su cuerpo no bloqueaba la luz. Decidió ir a Urgencias.

Justo cuando iba a salir hacia la calle se miró de refilón en el espejo de la entrada. Se detuvo en seco y dio un par de pasos atrás. Se quedó mirando esa lámina reflectante con marco dorado, un espejo vacío que sólo mostraba el cuadrito de la pared de enfrente. Sebastián tampoco se reflejaba en el espejo.

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Iba a ser EL verano

Todo aprobado, celebración en el parque... mi padre nos olió, y para evitar que nos viera, corrimos hacia la oscuridad. Lo conseguimos. Durante la carrera la rodilla hizo crack. La escayola del día siguiente rompió el sueño del interrail, de disfrutar de albergues como si fueran palacios.

Así que otro verano en el pueblo, viendo a los niños jugar en el lago, que al contrario que el océano, no tenía apenas olas ni marea. Al menos todavía no había reguetón. Aunque recuerdo con más claridad a la orquesta durante las fiestas (las mejores de la comarca, dicho sea de paso) con su son montuno hasta las 3 de la mañana.

Pero uno no es incorruptible al aburrimiento. A falta de propuestas más interesantes como hacer solitarios con una baraja española, me dediqué a la papiroflexia, así los podría liar en la oscuridad para no tener que huir como un narco.

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Contrabando

Era el novato y me tocó seguir a Juan Saldaña, el constructor, para saber con quién se reunía.

No fue difícil, pero cuando Juan entró en un café, comprobé que no lo esperaba un narco, ni un político: era una chica, muy guapa, treinta años más joven que él. 

La escena fue breve.

Juan le hablaba con vehemencia y ella apretaba los labios. Él intentó cogerle una mano, pero ella la retiró. Ella negó con un gesto. Saldaña se echó hacia adelante, argumentando algo. La chica miraba a la mesa y negaba tozudamente con la cabeza. Saldaña levantó las manos con gesto implorante.

La chica se levantó y Juan le pidió que volviera a sentarse. Luego él comenzó a asentir, hasta que ella le sonrió y volvió a sentarse.

Ninguna frontera tienta más al contrabando que la de la edad y ella acababa de fijar los aranceles.

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Las fronteras en los tiempos del odio

Frontera de Ceuta. En la España gobernada por Abascal, las normas arancelarias han cambiado un poco…

-Buenos días- le dice el agente aduanero.

-Buenos dias, sinior…

-¿Me permite su pasaporte?

-Sí, sinior- le contesta el inmigrante mientras le tiende un pasaporte marroquí.

-Veo que tiene todos los permisos y visados…

-Sí, sinior, todo en regla.

-¿Motivo de la visita?

-Visitar mi hermana, vive en Málaga.

-¿Cuanto tiempo estará en España?

-Dos semanas.

-Bien. Entonces serán 7500 euros…

-¿Cómo? Pero si yo todo en regla, sinior…

-Sí, pero el nuevo gobierno ha puesto aranceles a los inmigrantes marroquíes, por si se les ocurre quedarse en el país y hay que darles pagas, ayudas al alquiler, ingreso mínimo… ¿Tiene el dinero?

-No, no lo tengo, no…

-Entonces no le puedo permitir entrar en España. ¡SIGUIENTE!

-Pero, sinior, por favor…

-Lo siento, la ley es la ley. Por favor, abandone la cola… ¡SIGUIENTE!

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El microrrelato ganador de esta semana ha sido: La profecía por JanSmite

El microrrelato ganador de esta semana ha sido: La profecía por JanSmite

El microrrelato ganador del certamen de esta semana ha sido: La profecía por JanSmite
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Isla perdida

Tierra, tierra. Grito el vigía.

El capitán pensó que sería otra alucinación, y sería la cuarta. 

Llevaban dias sin provisiones y el agua se estaba acabando. Semanas sin tocar tierra y sin viento para navegar hacia mella en la escasa tripulación que quedaba

Pusieron rumbo hacia allí y una corriente extraña les llevo rápidamente. Al acercarse vieron que era real y no un espejismo, por fin podrían aprovisionarse. 

Desembarcaron todos en busca de alimentos y agua, y les recibieron sus exageradamente amables habitantes que les saciaron de manjares. Carnes jugosas, exóticos pescados, dulces frutas y agua de citricos.

 No podían creer lo que les estaba pasando. 

Al preguntar dónde estaban, les dijeron que en isla perdida, y que no buscasen en los mapas porque no aparecía. 

Tras quedar saciados fueron cayendo dormidos uno tras otro, plácida y felizmente.

Al despertar estaban todos en cubierta, con el velero a la deriva. Las bodegas llenas de alimentos y agua potable. No había rastro de tierra a la vista.

Intentaron volver a isla perdida, pero las brújulas extrañamente funcionaban mal. Habían perdido el norte.

Tierras extrañas, días raros.

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Divisiones Internas es el tema de esta semana en nuestro certamen de microrelatos

A veces las mejores y las peores intenciones se ven impedidas por las discrepancias entre unos y otros, así surgen las Divisiones Internas

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"Es lo que hay" ganador semanal del certamen de microrelatos

"Es lo que hay" ganador semanal del certamen de microrelatos

"Es lo que hay" de Mesalina, ganador semanal del certamen de microrelatos
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El microrrelato ganador ha sido: e⁺ e⁻ → Z⁰

Se vieron desde lejos. Él la notó distinta, como si el aire a su alrededor se curvara un poco más. Ella también lo percibió, un leve zumbido en el pecho, una alerta suave pero insistente. No hablaron al principio. Solo se acercaron, paso a paso, como si algo más fuerte que el miedo les dictara la ruta.
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El piloto

Solo queda un delgado amasijo negro humeante. Los equipos de extinción apagan la última incandescencia.

Treinta minutos antes, una inexplicable colisión produjo una fulgurante bola de fuego que envolvió a piloto y vehículo.

Esa misma mañana, Ignacio dejó una carta sobre la mesa, se dirigió hacia el taller y comenzó a desmontar las protecciones de seguridad del biplaza con el que tantos premios había conquistado.

Anoche, tras otra discusión, ella sentenció la relación. Le dijo que ya no sentía la llama del amor cuando estaban juntos; que solo quedaba un delgado amasijo negro humeante.

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El coronel

El coronel mira al suelo, los hombros hundidos. Con las manos en la espalda, contempla su vida; dedicada al sacrificio, al honor. Una vida cumpliendo con su deber, hasta que su honor y su decencia vencieron a la obediencia inculcada desde niño. Un conflicto interno mucho menos sangriento, menos cruel que la guerra civil que se libraba a su alrededor, aunque igualmente encarnizado. Al ordenarle atacar un pueblo que sabía vacío de enemigos su conflicto interno se dirimió y el coronel cambió de bando, junto a un pequeño contingente de sus soldados más fieles. Desde entonces luchó una guerra desequilibrada, desesperada pero justa mientras que en su interior no sentía más que paz. Y así, en paz, fue como levantó la cabeza, enderezó los hombros y se dirigió al pelotón con una voz que había afinado para el mando como el más delicado de los instrumentos. Su última orden: fuego.

menéame