Los niños se entretenían adivinando animales en las sombras que proyectaba el fuego sobre la roca cuando la madre irrumpió en la cueva.
—A dormir. —les dice con dulce severidad.
—¡Nooo! ¡Cuéntanos otra vez la historia de nuestros antepasados!—lloriquean a dúo los críos.
—¡Tsss! —La mujer emite su hastío antes de comenzar con voz solemne— . Dicen los sabios que venimos de una civilización maldita. Los Homo interitus eran tan estúpidos que se destruyeron a sí mismos. Primero pudrieron el suelo que les alimentaba, después intoxicaron el agua que les daba vida, luego llenaron el aire de veneno y, finalmente, enfermaron de odio y se aniquilaron los unos a los otros. Cuando llegó la Guerra Definitiva solo unos pocos sobrevivieron escondidos bajo la tierra…
—¿Y a nosotros, mamá, nos ocurrirá lo mismo? —balbucea, aterrado, el más pequeño—. ¡Por supuesto que no! Nosotros somos más listos, sabremos aprender del pasado...
Cuando la muñeca robótica de termopiel llegó a su casa, lo que más le sorprendió fue el peso. Pesaba como un muerto.
Al estar robotizada, eso no debería ser un problema, pero Juan no quería arrancar el sistema original con Windows XXX, y perder toda su privacidad. También le preocupaba que su genoma se filtrase en la red con dudosos propósitos, o que alguien hackeara el dispositivo con un traje háptico, para tener una relación furtiva... No, no estaba dispuesto a que en el peor momento del clímax le dijera "¡ Más, cariño, más ! Voy a actualizarme ahora, retire cualquier miembro por su seguridad"...
Lo mejor era rootearla e instalar Linux MILF. Podía descargarse las mejores felaciones e instalar cualquier voz sin pagar.
Cuando abrió los ojos, le dijo sonriendo: "Aunque me gusta mucho Linux y el software libre, creo que todos tenemos que aceptar la aplastante realidad..."
Meeec, meeec, meeec, meeec…
El manotazo casi parte el despertador. Casi, como cada mañana, esa precisión milimétrica que expresa el odio inútil hacia un aparato que tú mismo has programado y que sabes que necesitas, pero, por eso mismo, sin llegar a la fractura, a la avería. Bueno… Un desayuno rápido y volando a la fábrica.
-¡Hola, Bob!
-Hola, Rob, ¿qué tal?
-¿Has escuchado las noticias? Nos van a sustituir por nu-bots.
-¡¿Cómo?! ¡Eso no es posible! ¿Quién te lo ha dicho?
-El enlace sindical.
-Pero, pero… ¿Y que será de nosotros? 30 años trabajando aquí, todos los avances laborales conseguidos, los descansos, la sindicación, tener tiempo propio… ¿y vamos a acabar así?
-Bueno, fue lo que hicieron con los anteriores: cuando vieron que había una alternativa mejor, los desecharon.
-¿Te refieres a los trabajadores humanos que nosotros sustituimos?
-Sí.
-¿Y entonces, Rob?
-Como los anteriores, Bob: directos al desguace.
Pumarejo es un pueblo de Zamora. Existe. Lo podéis buscar en el mapa. Lo menciono porque la historia que cuento NO sucedió allí, pero si en un radio de, digamos, veinticinco kilómetros, y en un radio temporal de veinticinco años, pero en el pasado
Se supone que había que hablar del futuro, ¿no? Pues a eso vamos.
Mariano, pastor de ovejas y fabricante de queso artesanal, se compró un camello. En Zamora. Lo sacaba con las ovejas, y era el cachondeo de media provincia porque Mariano, con su capote negro y su paraguas enorme de pastor, cuidaba de sus ovejas a lomos de Hassan, que así se llamaba el bicho.
Alrededor de 2019 se murió el camello y Mariano lo enterró cuidadosamente en su finca, junto a trozos de espadas, monedas, cerámica y similares. Lo está preparando todo para que los historiadores del futuro hablen de la batalla de Pumarejo, entre árabes y cristianos, alrededor del año 900.
No en vano estudió Historia y tuvo que dedicarse a las ovejas al fracarsar en la oposición para profesor. Cree que hoy cualquiera descubriría el truco, pero confía en que en el futuro sean mucho más idiotas y no lo descubra nadie.
Le vamos a desear suerte.
Trabajo vendiendo acceso a la tecnología de suspensión que usan los astronautas en misiones de largo alcance. Protocolos probados. Viajes de meses o años sin conciencia del trayecto. Coste cero créditos de tiempo. Accesible para cualquier estrato.
En el mostrador hablamos de Júpiter, de colonias en preparación, de la necesidad de hibernar durante el tránsito. Folletos oficiales, aval estatal, patrocinio filantrópico. Nadie pregunta por el destino exacto. Llegar ya es suficiente.
Cuando aceptan, pasan conmigo a la sala blanca. Firma biométrica. Conexión. Inicio del protocolo.
Detrás del mostrador no hay misiones. La corrupción enterró el programa espacial y nunca existieron colonias. La Tierra no se vacía: se optimiza. Los robots hacen todo el trabajo.
Las leyes de la robótica impiden que ellos hagan daño.
Por eso alguien humano tiene que encargarse.
Por ahora, sigo siendo imprescindible.
Un grupo de jóvenes de fisionomía apolínea desfila en hilera por la tarima interactiva. El pasillo hacia la Cámara del Éxitus destila una hospitalidad estudiada. Un resplandor bioluminiscente, la última balada de Badbot y esas caprichosas formas que proyecta la pared hacen del camino al patíbulo una experiencia verdaderamente apacible.
―150 años pagando la longevitud asistida y ahora estos brazos van a ser estiércol para las larvas, ¡tss! ―El chico da un golpe seco en la firmeza de su bíceps―. Verás como esos que han inventado el cuento este de la Desvitalización Forzada siguen en el mundo otro par de siglos.
―Sabes que todo lo que hace la Corporación es por nuestro bienestar. ―La muchacha sostiene una sonrisa enajenada; aparta su pelo dejando expuesto el implante neuronal.
―Su saldo ha sido exitosamente transferido al erario corporativo. ―El androide que custodia la entrada retira el datáfono― ¡Que tenga una feliz transición!
Fast Answer no es un wearable. Es integración total. Con la suscripción adecuada responde cualquier pregunta en tiempo real: desde quién ganó el torneo de bowling del condado de Cork en 1967 hasta si la persona que te mira te ama o te engaña.
—Desde su lanzamiento los suicidios se han triplicado —dice la fiscal—. ¿Cómo lo explica?
—Las respuestas son correctas.
—¿Correctas?
—Siempre. El problema no es la información, sino la capacidad de asumirla.
Un murmullo recorre la sala.
—¿Lleva usted el dispositivo implantado?
—Sí.
La fiscal duda.
—Entonces dígame… ¿cuántos de sus usuarios no soportarán conocer la verdad?
Por primera vez cierra los ojos.
Una pausa.
—Ahora ya lo sé.
—¿Y cómo llama a eso?
—Evolución.
Hoy era su cumpleaños, el gran día. Hace 25 años que sus padres se metieron en el refugio subterráneo de la mansión, con ella, recién nacida, en brazos, porque empezaron a sonar las alarmas de ataque nuclear.
Pensaron que saldrían en unas horas, como siempre, pero no fue el caso. Sí, las alarmas cesaron, pero súbitamente, y no fueron seguidas por la señal de "despejado". Los sensores de radiación del búnker empezaron a subir de manera constante, llegando a un nivel del que ya no bajaron. Estaban encerrados…
-En 25 años bajará la radiación y podremos salir-, decía su padre.
[…]
Fueron 25 años sin ver a otro niño, sin tener un médico cuando su madre tuvo apendicitis, la operó su padre mirando un libro, de estudiar sola, crecer sola.
Cuando finalmente salieron, ella lloró al ver la superficie y se metió de nuevo en el búnker. No volvería a salir.
Los únicos cadáveres frescos eran los de los niños. Demasiado pequeños para el implante, muchos habían muerto abrazados a los cuerpos de sus padres.
Neuralink era ya universal. El chip en el cerebro, internet en la conciencia. Silicio y carne, conectividad total. El inevitable virus destruyó en un milisegundo aquella red hecha de bits y neuronas.
Los niños de los capitalistas quedaron huérfanos pero, en el Norte, el Amado Líder nos mantuvo vivos involuntariamente, pues tal herramienta de libertad era impensable.
Cuando crucé el alambre de espino, descubrí que había desertado a un mundo vacío, que el régimen tenía el planeta a su disposición pero nos lo ocultaba porque, sin un enemigo exterior, ya no tenía razón de ser.
El Jefe Supremo ha vencido y está aterrado.
Yo también he triunfado, pues por fin soy libre, pero los perros asilvestrados ya huelen el terror del último hombre vivo en Seúl.
Quiere preguntarme, pero nunca lo hace. Apenas puede mirarme a la cara antes de apartar su mirada con vergüenza. Como cada día, me acompaña a ver el atardecer, en silencio, sentado en las viejas escaleras del porche. Él quería que me marchara de allí, que estudiara, que trabajara en la ciudad y que tuviera una novia con la que nos pudiera reprochar cada domingo lo poco que íbamos a verle... y ahora... ahora él se culpa de todo, de todo lo que pasó. Me cansé de intentar convencerle de lo contrario.
Le comentaron que se podía recuperar la conciencia de alguien que había fallecido, que se podía insertar en un bot. Pagó. Lo probó. Se equivocó. Sigue asegurando que no soy su hijo, y entre lágrimas agarra la escopeta para reiniciarme de nuevo.
"Bob" de JanSmite es el ganador esta semana de nuestro certamen de microrelatos: www.meneame.net/m/microrelatos/bob
Lo que más me decepciona es este futuro tan anodino y vulgar. Hace cien años (en el siglo XXI) se especulaba con apocalipsis nucleares, catástrofes, superpoblación, fin de los recursos... y nada ha llegado. Todo ha sido nefasto, pero insulso. Pocos recursos, artículos escasos y caros, comida desagradable y nociva, más obstáculos para desplazarse, más vigilancia, pero nada catastrófico, sólo una degradación suave hacia un gris cada vez más plomizo y mullido. Confortable, diría yo.
Me parece mentira que hace tan poco tiempo uno pudiera comprar alimentos por kilos, o salir a caminar fuera de la ciudad sin permiso. Es verdad que no está prohibido, pero los pasos burocráticos son trabajosos y agotadores. Uno pierde el interés por el campo, por todo, en realidad.
La libertad muere en silencio. La vida y la felicidad también. Voy a dormir un rato hasta el toque de queda.
Todo empezó con la llamarada solar del 2076. En un sector de la tierra, de dos mil cuatrocientos kilómetros de ancho, no quedó ni un sólo aparato electrónico sano. Era una zona relativamente pobre y relativamente poco poblada. Las principales ciudades que incluía eran Kazán, Teherán y Dubai.
Allí, la inteligencia artificial y los robots habían perdido el control.
Los habitantes de la región no tenían gran cosa, pero iban sobrados de armas nucleares, así que dispararon media docena a las máquinas cuando estas organizaron una fuerza para recuperar el control. Su estrategia era la chifladura absoluta, el absurdo: no iban a negociar nada, con nadie, bajo ninguna circunstancia. No iban a atacar a nadie, pero lanzarían arnas nucleares a cualquiera que se acercase y empezarían a disparar a los satélites, al espacio, si se volvía a intentar una toma de control.
La inteligencia artificial echó cuentas y consideró que no valía la pena intentar recuperar aquella parte del planeta. Los dejaron en paz.
Desde entonces, allí vive ahora la única humanidad libre que queda. Hambrienta y en guerra, pero sin máquinas electrónicas. A pesar de todo, casi diez millones de humanos tratan de desplazarse hasta allí cada año.
La cara del inspector revelaba el fastidio de quien lleva largas horas realizando una tarea tediosa.
— Usted es Esteban, ... Esteban Rosador. —dijo con tono sarcástico.
— Sí.
— Aquí pone que en 1976 formaba parte de una célula de UJCE, ¿no? — y el tono cambió, volviéndose cortante repentinamente.
— Eran los años del instituto. Éramos jóvenes, ya sabe. Han pasado 60 años.
La mirada del inspector se volvió despiadada y señaló los papeles sobre la mesa.
— Pero aquí tengo una larga lista de libelos, escritos por usted y publicados en webs comunistas.
— La verdad, nunca pensé que tuvieran mucha difusión. Era como un pasatiempo.
— Craso error, Esteban. Esto tendrá consecuencias. Desde la Constitución de 2030, los ataques a la Monarquía y a la Iglesia Católica son considerados traición. Además, desde la expulsión de los inmigrantes, la situación económica ha empeorado. Tendré que recomendar al ministerio de españolidad que su pensión sea revocada.
SubZero es una de las mejoras artificiales para detectar ideologías camufladas dentro de discursos aparentemente banales o de los llamados “distracción de color”. Nuestro pequeño implante analiza discursos, comentarios, audio, vídeo, microgestos, declaraciones y un largo etcétera, incluyendo la detección de impostación virtual generada por Art-i-phicial. SubZero hace un examen de variables como el subtexto basado en tonos, timbres y uso de palabras con múltiples significados (polisemia), la estructura de las frases y la uniformidad de estilo en la ideología mantenida en apariencia y la que realmente subyace. Su uso es tan sencillo como tocar con el dedo el implante y éste generará, según sus preferencias, un texto, audio, vídeo, holo en la propia pantalla de su LinkZero. La suscripción no incluye la cirugía necesaria para encapsular el implante. Visite nuestras clínicas recomendadas.
Todos tienen botellas de oxígeno, que la atmósfera es tóxica. También hemos conseguido que el agua no se pueda beber, y que todos beban agua procesada y embotellada. También hemos prohibido las conversaciones sin monitorizar, y siempre monetizadas, con sus correspondientes impuestos. Se nos ha disparado el PIB.
Y algunos se quejan, aunque somos más ricos que nunca.
Mohammed von Rosenkreutz salió del aseo, ya pasado el temblor de manos y tras refrescarse la cara con agua fría, se recompuso y volvió a la salón de actos del Partido. Nunca una campaña electoral se había vuelto tan canallesca, irrespetuosa e indigna. Él, que se había formado primero en las calles de olvidados arrabales, y ya de adulto en los círculos de empresarios más despiadados, se sentía vaciado y al borde de perder los nervios. A duras penos llegó al final de la campaña, y por fin, al recuento de votos.
Como un animal estúpido, la masa de asesores, aduladores y espías se le acercaba a saludarle, lo que acompañaban de manidas e impostadas demostraciones de alegría. Le daba asco esa gente.
Una vez recontados los votos personales, empezaron a volcarse en los centros de datos lo que se llamaba "opiniones del pueblo", con valor de medio voto. Trustpilot, los "Me gusta" de Facebook típicos de los pensionistas, Google YouVote y hasta Booking Politics.. Miró la pantalla, el Otro subía a varios miles por segundo, el Partido también, al mismo ritmo, las gráficas roja y azul peleaban por la cabeza como dos bólidos de competición, como caballos a punto de reventar. Finalmente todo se paró. El Otro, había ganado el Otro. Por 357 míseros votos. Lamentó no haber tenido tiempo de comprar más bots israelíes.
Camilo ajustó el trípode de los prismáticos y se secó el sudor, hacía un sol de mil demonios y tenía la ropa pegajosa de andar entre las jaras.
No parecía haber deambulantes por la zona. Al principio les llamaba presocráticos, pero al poco tiempo le pareció de mal gusto.
Sabía que esto acabaría pasando. La IA comenzó a encontrar remedios médicos inauditos, parecía la era de los milagros... Y al cabo de un tiempo, todos los compuestos farmacéuticos los definía Synapster.
No hubo robots con láseres, ni drones asesinos. Un buen día de noviembre la mayoría de la humanidad sufrió una regresión cognitiva severa. Camilo tardó en entenderlo, pero Synapster había programado una bomba bioquímica que estaba en la comida, la bebida, los medicamentos...
Ahora deambulaban como animales torpes, sólo buscando saciar sus apetitos primarios.
Rescató a algunos, pero morían de formas estúpidas.
O se mataban por una piruleta.
Estaba agotado y me resguardé de la nieve que no se podía beber. Había cargado con la pata de burro reseca en sal que pesaba como un demonio. Abajo, en el sendero de Atauta, había rematado a dos carroñeros que llevaban un buitre a las espaldas. Hoy estoy muy cansado y me han cortado la cara esos malnacidos. Los he tirado en el barranco para que los lobos se los coman. Me he escondido aquí en cuanto he oído los motores de los pájaros del gobierno, esos malditos helicópteros. Agua ya no me queda. Tendré que asaltar Gormaz aunque me juego el pescuezo y queda lejos. Me estoy quedando sin papel para escribir y el lapicero está quebradizo. Ayer enterré a Miguel, estuve tentado de ponerle una cruz clavada en la tierra pero no soy idiota. Hoy no tengo mucho más que contar.
Año 2996. Monasterio de San Juan de Pi.
Los monjes se levantan cerca de la medianoche, aunque ya nadie sabe cual es el momento exacto. Ni importa. Medianoches es la mitad de la noche y se señala con una campana, que maneja el hermano campanero. No hace falta más.
Ateridos por el frío, los monjes se dirigen a la capilla a cantar ecuaciones, derivadas e integrales. Abajo, los campesinos, crían sus animales y cultivan la tierra, amparándose sólo en sumas y restas. Los más viejos, de unos cincuenta años, saben incluso multiplicar, pero pronto morirán.
Algunos temen que en pocos años, cuando llegue el año tres mil, se agoten las velas y nadie pueda encender fuego. Ya hay aldeas así, arriba en las montañas.
Algunos temen a los imaginarios, los negativos y los iguales a cero.
Pero la realidad seguirá ahí. Es cuestión de fe. Pasará el tres mil, como pasó el 1000 con su miedo a los dragones y el 2000 con su temor a las criaturas eléctricas.
Llegará el futuro y habrá pan. Lo importante es no perder la fe.
Infinito partido por cero esté con nosotros.
El RoboCoronel accedió al Senado Imperial, subió al estrado de oradores y gritó, alzando su desintegrador láser:
-¡Quieto todo el mundo!
A los Senadores de la Europa Unida, sección Mediterránea, delegación de Iberia, les sonó aquello, formaba parte de su Historia.
Tras el desconcierto inicial, el más osado inquirió:
-Disculpe, RoboCoronel, ¿de dónde ha sacado esa expresión?
-No estoy seguro… Imagino que mi procesador de IA habrá buscado en la MultiRed una expresión adecuada para esta situación y ha escogido ésa.
-Pero sabe Ud. que esa frase tiene copyright, ¿verdad?
-Eeeh… ¿Cómo?
-Sí, copyright. Porque no estará dando Ud. un golpe de Estado comunista…
-¡¿CÓMO SE ATREVE?! ¡Éste es un golpe de robots de bien!
-Entonces, convendrá que o paga los royalties, o cambia de expresión.
El RoboCoronel lo piensa, sus ojos positrónicos parpadean mientras su IA trabaja frenéticamente y se sube de nuevo al estrado:
-¡TO' QUISQUI QUIETO PARAO!
En realidad, todos deseaban un desastre mundial; no es que fueran inconscientes, o estuvieran poco formados, o ideológicamente modificados, simplemente todos estaban deseando una gran guerra mundial, figurar en los libros de Historia, ver quién ganaría al final de la contienda como si fuera un partido de fútbol y poder comprobar que estaban en el bando ganador, que su equipo tenía buenos delanteros y buenos defensas. En resumidas cuentas, al final, a nadie le importaba una mierda si morían diez millones o cuarenta, a nadie.
- Sigo sin estar seguro. Dices que volverá a pasar. Entonces, ¿Por qué hacerlo? Cambio.
+ La humanidad tendrá la posibilidad de empezar de nuevo. Varios miles de años. La curiosidad y la inventiva es nuestro regalo envenenado. Volverán a desarrollar tecnologías, se harán dependientes de ellas, y apenas sabrán hacer nada, si la tecnología no se les va de las manos y se rebela como casi nos pasa a nosotros.
Ya sabes, todo destruido, que no quede nada. Si queda algún resto, antes o después lo descubrirán y acelerará la evolución de la tecnología. Cambio.
- ¿Esto ya ha pasado antes? Cambio
+ Puede que seamos los primeros, o que tengamos la suerte de que otros hicieron lo mismo que nosotros ahora. Da igual, ya está todo listo. Solo falta el último paso, mueve la palanca y despídete de la civilización de los atlantes. Cambio y corto.
El futuro no existe hasta que se mide o experimenta. Percibirlo fija su estado, pasa de la indeterminación a la concreción. Es el principio de incertidumbre de Heisenberg funcionando ante nuestros ojos a escala macroscópica. Fabricamos el futuro constantemente, de manera irremediable e involuntaria.
Se podría predecir el porvenir, pero la máquina necesaria sería del tamaño del propio universo. Salvo que aislemos un conjunto finito de partículas, velocidades, sucesos y estados. En ese caso, con interferencias despreciables del resto del universo, sí podemos saber lo que va a ocurrir en minutos con una tasa de error de prácticamente cero.
- Como en esta habitación iso-hermética, ¿lo ve?
- No entiendo, ¿qué tengo que ver?
- Que está usted encerrado conmigo y sé lo que va pensar y hacer mientras nos quedemos aquí. Puedo verlo en este terminal.
- ¿Me está amenazando? ¿Qué pretende?
Sabiendo lo que ocurriría, entonces le besó.
menéame