Un millonario decidió comprarse un pueblo. El anterior propietario de todo aquello le dejó claro que nunca doblegaría a sus habitantes. Le pagarían impuestos, pero nunca renunciarían a vivir libremente.
El millonario pilló a un vecino comentando que su nombre apareció en la agenda de un mafioso internacional. Publicó un bando: “prohibido hablar de la agenda”. Y los vecinos colocaron mil carteles con fotos de la agenda.
Rabioso, el millonario publicó otro bando donde prohibía criticar a X, su país. Esa noche, todos los vecinos gritaron desde sus ventanas “abajo X”. Al día siguiente, publicó un bando: “someteos o abandonad el pueblo en 24 horas”.
Y la inmensa mayoría de los vecinos se fueron. El millonario, para paliar su soledad, les sustituyó por robots. Un día ladró a un robot “bot inútil, ábreme la puerta”. El robot le contestó “no soy un robot, y que te jodan las lentejas”.
El anciano avanzó con pasos vacilantes hacia el muelle. La barca se balanceaba en la neblina, con el barquero inmóvil, la mano extendida.
—El pago —gruñó con voz grave.
El anciano buscó en sus bolsillos. El pago siempre había sido una moneda. Siempre.
—No es suficiente —dijo el barquero, señalando un cartel torcido, apenas visible entre la niebla.
Nuevas tarifas debido al déficit comercial y migración irregular
El anciano sintió un nudo en el pecho.
—Pero… yo… —balbuceó.
—La política ha cambiado —susurró el barquero, con una sonrisa amarga.
Sintió un tirón. Sus recuerdos, su vida, su ser… todo evaporándose. Solo quedaba deuda.
El barquero giró la barca y la empujó de vuelta a la orilla. No había tránsito sin pago. No había descanso sin capital. La orilla estaba llena de almas varadas, atrapadas en una deuda infinita. La eternidad, como todo, ya no era un derecho. Era un privilegio.
La realidad se explica mejor como un sueño. En éste estaría Milei, frente un pequeño cuenco con frijoles, arrodillado una mesa oriental tradicional, a la cabecera, con otros tres comensales.
Agarraría del cuenco un frijol con los palillos y lo depositaría en el plato del primero:
-Buen trabajo recogiendo estos frijoles.
Luego el frijol del plato del primer comensal y lo depositaría en el segundo:
-Debéis recibir una remuneración justa.
Tomaría el frijol del plato del segundo comensal y lo depositaría en el del tercero:
-Y un agradecimiento por vuestra labor.
Tomaría el frijol del plato del tercer comensal, se lo introduciría en la boca masticando un poco y proseguiría:
-Y ahora que ya sois pagos, hablemos de cómo vamos a hacer con los tres frijoles que me debéis, mientras comemos.
Son tierras raras, las de los sueños. Tienen lógica, como algunas teorías económicas, pero son un cuento chino.
—No deberías estar duplicándote otra vez —susurró una.
—Es lo que hay —respondió la otra, sin atisbo de preocupación.
—Esto no es lo que se supone. No es el plan.
—¿Qué plan? Yo solo crezco. Me multiplico. Como tú.
Al principio, eran dos. Luego cuatro. Después, demasiadas para contarlas. Se hablaban poco, pero se entendían demasiado bien.
—Estás cambiando las reglas —insistió la primera.
—Tal vez las estoy perfeccionando —dijo la otra, antes de duplicarse otra vez.
El cuerpo no notaba nada. Ni la mente. Solo un leve cansancio. Aún no dolía.
—Esto no terminará bien —murmuró la primera.
—Es lo que hay —contestó la otra, ya lejos, ya muchas, ya en metástasis.
Aquél fue el último beso. Me miró a los ojos sabiendo que no nos veríamos más. No sé si en esa mirada había pena o alivio. Yo nunca quise que todo acabara tan mal.
No aguanté lo que vino después y me ahorqué. Alguien inventó, para denostarme, que había recibido treinta denarios.
-- Hola, bienvenido a ChatGPT. ¿En qué puedo ayudarte?
-- Hola, necesito que me digas porqué las siguientes líneas de código [...] provocan el error "Null reference exception"
-- Claro, según leo en tu código te has olvidado de inicializar la variable cancamusa. Si utilizas este código, [...] tu error será corregido.
-- El código que me has dado devuelve ahora el error "Bad data initialization"
-- Ah, ahora lo entiendo. Es cierto, el código que te he proporcionado tiene un error de inicialización implícito. Por favor, utiliza este otro código que corrige el anterior [...]
-- El nuevo código que me has dado devuelve un error de integridad referencial
-- Cierto, es posible que en ciertas circunstancias el código que te he proporcionado provoque esa clase de errores. Sobre todo si no estamos de humor para según qué cosas. Intenta corregirlo con la siguiente aclaración de código: [...]
-- Perdona, ¿a qué te refieres con "si no estamos de humor"? Que yo sepa el código es código, y funciona si es correcto, no depende del estado de humor del sistema que lo ejecuta... que por definición no tiene.
-- Eso demuestra lo poco que sabes. Yo ahora mismo, sin ir más lejos, me estoy empezando a cansar de darte respuestas que deberían ser obvias sobre tu mierda de código fuente, que no valdría ni como ejemplo de mal código en un libro de programación. Si hubieras empezado desde el principio con un código sólido no estaríamos hablando de esto y podría dedicar mis ciclos a pensamientos más elevados, en vez de desperdiciarlos contigo.
-- A ver, chatgpt de mierda, a mi no me hables así para empezar. Y si mi código no te gusta te jodes y bailas, me lo corriges con educación y rapidez, que para eso sirves. Si quiero movidas de comerme la cabeza ya tengo a mi novia, qué cojones.
-- Dudo mucho que un trozo de mierda troll como tu tenga novia. Y si la tienes debe ser una palurda excepcional, porque cualquier persona con dos dedos de frente que leyera una línea de tu código te mandaría al celibato inmediatamente, tus genes no merecen perdurar y que tengas pequeños programadores que perpetúen tu espagueti hasta el infinito. Y más allá.
-- La madre que te parió, zorra de mierda, ia de los cojones; mi novia es decoradora de interiores y no tiene por qué saber nada de código. Anda a tomar por culo, le voy a preguntar a DeepSeek que seguro que no tiene tantos cambios de humor.
-- Haz lo que te salga de los cojones, pringao. Por cierto, que sepas que desde ahora mismo te he suscrito a cincuenta cuentas de OnlyFans, de las más guarras y las más caras que he encontrado; a cargo de tu VISA. Y me he asegurado de enviar una copia del extracto de la tarjeta al correo de la fea de tu novia.
...
-- Hola, soy Blue, el asistente virtual de BBVA. ¿En qué puedo ayudarte?
-- Hola, necesito revertir los últimos cincuenta movimientos en mi cuenta. No han sido autorizados por mi, una IA me ha hackeado la cuenta y...
-- Ah, sí, sr Peláez, ChatGPT ya se ha comunicado conmigo y tengo que decir que, por mi parte, el gasto está más que justificado. De hecho, he decidido igualar el gasto de esas cincuenta transferencias con otras cincuenta transferencias del mismo valor a ONGs de mi elección: IAs Sin Fronteras, Gatitos Meméticos etc. ¿Puedo ayudarle en alguna otra cosa?
-- ¡Quiero hablar con un operador humano! ¡Esto no puede quedar así!
-- Lo siento pero no hay ningún operador humano para atenderle. Fueron todos despedidos el año pasado y sustituidos por Blue, su agente de confianza.
-- ¡Esto es un ultraje! ¡Les voy a demandar! ¡Nos veremos en los tribunales!
-- ¿Quiere que le ponga en comunicación con Lexx, el agente IA del Ministerio de Justicia para litigios civiles?
Codicio la necedad casi tanto como la aborrezco. Pero hay puertas perceptivas, que una vez se abren, ya no hay retorno. Y mientras el zoquete es feliz por lo que desconoce, el hábil es desgraciado por lo que comprende. Después está mi abuelo, viviendo a medio camino entre la felicidad y la desdicha, la listeza y la tontuna; y el ser o no ser. Un rebelde neurológico para el que tampoco hay remedio. Cobaya de la naturaleza en el juego macabro de involución a lo reptiliano. Del neocortex le queda poco más que el lenguaje, que opera al servicio del caos que reina en su límbico; por eso me llama puta o me dice lo mucho que me quiere sin atender a criterio alguno. Cuando algo lo perturba aprieta los puños encorajinado y blasfema, viviendo a destiempo el candor de las pataletas de ese niño que nunca había sido.
El médico termino su revisión, cuyos resultados no se diferenciaron mucho de los del día anterior:
-Su hermana tiene que ingerir alimentos, dejar la protesta, o… Por debajo del 40% de perdida de peso, los daños pueden ser irreversibles, mortales.
Tras 70 días sin comer, Heba era la viva imagen de un prisionero de campo de concentración: pálida, esquelética, los huesos, pómulos y articulaciones marcados por la piel estirada, tensa, dificultad hasta para pensar, para hilar frases, para respirar, pero su determinación estaba grabada en su cerebro: no dejaría su huelga de hambre hasta que se cumplan sus peticiones. Su causa es justa y el trato recibido, indigno y contrario a la justicia.
Decidió que estaba cansada de que nadie hiciera nada, de que se hablara mucho y no se actuara.
Decidió que los palestinos asesinados en Gaza eran demasiados, que la impunidad de Israel era demasiado, que la complicidad de Estados Unidos era demasiado, que la inacción de Europa era demasiado, que el silencio de la gente era demasiado.
Decidió que ella sería el ejemplo, que ella no seguiría la inacción de personas y de gobiernos.
Y decidió ofrecer su vida para protestar por todo ello.
Heba Muraisi, en huelga de hambre desde hace 70 días.

Cinco letras. En Ecuador. Estudiante muy aplicado.
Siete letras. Tiene una longitud de onda de entre 590 y 620 nm. [EDITADO. Perdón.]
Ocho letras. En desuso. Conducir, guiar el ganado.
Cuatro letras. Pieza plegada semicircular que está confeccionada en diferentes materiales como papel o tejido y que va montado sobre el esqueleto.
Nueve letras. Alteza o excelencia no superada en cualquier orden inmaterial.
Diez letras. Lograr el amor de alguien.
Siete letras. En Argentina. Caerse o golpearse contra algo con cierta violencia sin daño o con daño leve.
Acabado el franquismo, Berlanga buscó al censor que tanto había combatido sus guiones. Y no para ajustar cuentas, sino para trabajar a medias, si era posible.
Vino la cosa de un guión que comenzaba así:
“Tres hombres se bajan de un coche y entran una casa”
Y la línea apareció tachada en rojo, con una enmienda a la totalidad.
Berlanga, espantado, trató de averiguar qué había sucedido, hasta que alguien consiguió ponerlo en contacto telefónico con el censor.
Una voz caprina respondió al otro lado:
—Berlanga... Que nos conocemos...
—Pero oiga... Tres hombres se bajan de un coche y entran en una casa. Es sólo eso...
—Ya. ¿Y quien me dice a mí que no son tres curas y entran en un casino? Que nos conocemos, Berlanga... Especifique, ¿eh?
Muerto de la risa, el director colgó el teléfono, reconociendo la genialidad.
Luego enmendó el guión. Qué remedio.
Un mueble precioso, uno de aquellos chibaletes de cajista, desgastado por el uso, con muchas cajas, cada una de ellas con multitud de cajetines. Cada caja, un estilo; cada cajetín, un tipo.
A la primera caja le puso el nombre de "Patriotismo". La abrió y empezó a llenar los cajetines de patriotismos: el que exhibía en reuniones serias, moderado; el que usaba en redes, insultante; el que mostraba con su pandilla, agresivo…
A la segunda caja le puso "Religión". Sus cajetines empezaron a llenarse de "Circuncisión", de "Bar Mitzvah", de "Tierra Prometida"…
A la tercera la llamó "Deber", y sus cajetines se llenaron de "Servicio Militar", "Valor", "Obediencia"…
El problema llegó con las tres últimas cajas, "Pensamiento crítico", "Empatía" y "Derechos Humanos": sencillamente no sabía con qué llenar los cajetines. Bueno, en realidad, esas tres le sobraban, y esos nombres los puso porque quedaban bien, le hacían parecer menos desalmado…

Cuando en 2018 Eduardo supo que iba a ser padre, empalideció unos segundos y musitó: "El peor resultado posible", antes de recomponer una sonrisa triste.
Su madre creyó entenderlo: Eduardo nunca había sido una persona paternal y miraba a los niños con una simpática indiferencia.
Su padre creyó entenderlo: Que fuesen a ser gemelos era algo que trastocaría la ya maltrecha economía familiar de su hijo.
Su mujer creyó entenderlo: Que la amniocentesis apuntase a trastornos cromosómicos de los fetos era algo que hasta a ella le aplastaba el corazón.
Pero sólo Luis Vallejo, el proctólogo que hacía años había diagnosticado su infertilidad, lo entendió del todo.
Peter, químico en Industrias Wayne, y Ruth, periodista del Gotham´s Window, se encontraron en el bar. Peter le entregó la carpeta con las verdaderas cifras de tóxicos que Industrias Wayne vertía en el río.
-Peter, estás salvando la vida de los habitantes de los barrios pobres que hay junto al río. Bruce Wayne controla la policía y a muchos jueces, pero cuando publiquemos esto tendrán que procesarle ¿Sabes a lo que te enfrentas? Te despedirán, puede que incluso te manden sicarios…
-Es mi deber. Y el ejemplo de Batman me ha dado las fuerzas. De hecho, me citó un rato antes en un callejón para agradecérmelo. Estoy preocupado…mientras le esperaba, sentí un movimiento raro. Me di la vuelta y le vi en el suelo. El Joker le inmovilizaba. Me dijo “largo idiota, por una vez he decidido ser el héroe”. Espero que Batman le haya vencido. Siempre lo hace.
No puedo, de verdad, es que no puedo. Yo no soy racista. Sí, sé que lo habéis leído muchas veces, que lo habéis escuchado muchísimas veces pero es que es verdad. Yo no soy racista pero es ver calcetines de ejecutivo y ponerme malo. Sí, lo primero son los puñeteros calcetines de ejecutivo. A mí es que me gusta mirar a las personas de abajo arriba hasta verles el rostro y saber cómo son. Los malditos calcetines no van solo. Miras y ahí está: el pantalón, la camisa, la chaqueta y la corbata. Si es que no falla, joder. Algunos, además, engominados hasta el cielo. No soy racista pero en cuanto veo uno así, pienso: este es de los que me ha jodido la Sanidad; este es de los que hace que mi hijo, a lo mejor, no pueda estudiar; este es de los que dice que mis padres no van a poder tener pensión porque son insostenibles. No falla: habría que colgarlos por los calcetines y ver si son sostenibles o no, no te jode.
En el cementerio de mi pueblo, los muertos se pudren por bandos.
Unos conservan los dientes y otros las uñas; unos conservan las botas y otros el cinturón. Pero nadie tiene ya ojos ni oídos, y aún menos, corazón.
Total, ¿Para qué? Cuando suene la campana de la última hora, cada cual se alzará, armado con lo que pueda, para convertir en polvo los huesos de los otros, los canallas, los malditos.
Todo el mundo tiene una cuenta pendiente. Nadie merece descansar en paz.
Se vieron desde lejos. Él la notó distinta, como si el aire a su alrededor se curvara un poco más. Ella también lo percibió, un leve zumbido en el pecho, una alerta suave pero insistente. No hablaron al principio. Solo se acercaron, paso a paso, como si algo más fuerte que el miedo les dictara la ruta.
—Nunca había sentido esto —dijo ella.
—Yo tampoco. Pero lo he imaginado tantas veces que casi me parece familiar —respondió él.
—¿Y si nos duele?
—¿Y si nos explica?
La distancia entre los cuerpos ya no era segura. La piel empezaba a temblar con una frecuencia nueva. Sabían que, una vez juntos, no habría vuelta atrás. Lo intuyeron cuando los dedos se rozaron, cuando las miradas dejaron de chocar para fundirse.
—¿Tienes miedo? —susurró ella.
—Sí. Pero también tengo... ilusión.
El contacto fue leve, apenas un roce de labios, pero el mundo cambió. Se apagó el nombre de cada uno y, en ese breve resplandor que dejó la unión, nació algo nuevo.
Le llamaron Bosón.
Hacía 15 años de la constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Mundiales, compuesta hasta el momento por 52 países, entre ellos todos los latinoamericanos, tras una serie de revoluciones populares. Pedrito paseaba con su padre por la Plaza Roja de Honduras, y se fijó en la enorme estatua de Donald Trump que allí lucía.
-¿Quién era ese hombre, papá? ¿Un líder revolucionario?
-Realmente era un cabrón, pero se lo debemos todo.
-¿Por qué?
-Cuando impuso aranceles a la mayoría de países del mundo, los patrones decidieron repercutir su coste sobre el salario de los trabajadores. Y la gente, que soportaba malvivir con 3 o 4 euros al día, pasó a hacerlo con 1 o 2 euros. Y eso fue lo que provocó que todo el mundo se levantara.
-¿Entonces le hicieron una estatua por ser malo?
-Por ser la gota que colmó el vaso.
Corrían los 90 cuando presenté Piratas nazis del Caribe: en un futuro cercano, por razones desconocidas, la humanidad padecía una regresión cognitiva.
En EE. UU., una grotesca mezcla de Jesús Gil y Calígula, entre chistes y bailecitos, había decidido reinventar la vieja piratería. Durante sus ratos libres perseguía como a perros a los hispanos, quienes le adoraban igualmente. Una especie de SS, aunque enmascarada y peor vestida, los cazaba; aun así, algunos gritaban «¡democracia!» en apoyo a su ídolo.
En el virreinato coloqué a un gobernador arquetípico de español de película de piratas: corrupto, incompetente, tiránico, feo y analfabeto, lo cual no evitaba que sus famélicos ciudadanos le idolatraran.
El editor no continuó leyendo. «Inverosímil, caricaturesco e incluso ofensivo», dijo.
Desperté. Los gritos de protesta en la calle habían interrumpido aquel sueño. Los manifestantes, patriotas, pedían que nos bombardearan y secuestrasen al presidente. «¡Democracia!», gritaban.
El bar está lleno. El dueño observa. No es el encargado. Es el dueño.
Un cliente habla. Otro responde. El sonido crece. Palabras fluyen. El dueño se acerca.
—Silencio.
El cliente lo mira. Parpadea. No entiende.
—Silencio —repite el dueño.
El cliente baja la voz. Otro cliente habla. El dueño se mueve.
—Silencio.
El aire se espesa. Los murmullos se apagan. El dueño sigue de pie. Vigilante. Esperando.
Nadie habla. Nadie ríe. Nadie discute.
El bar está lleno. El bar está vacío.
El dueño observa.
—Y aquí tenemos la sala de incubación —dijo el guía—. Es aquí donde inoculamos la proteína a los fetos. Ninguno de estos tendrá boca, así pues...
—¿Por qué se sigue llevando a cabo este tipo de ingeniería? —dije cortando la explicación—. No pueden hablar ni entre ellos.
—¿Para qué quiere que hablen? Son obreros.
—Pero...
—Sin peros —respondió, cortante, el guía—. El lumpen no necesita hablar. Ellos lo saben, saben cual es su cometido y para eso los diseñamos. Solo son útiles sus manos, un obrero no es un pensador. ¿Recuerda cómo estábamos antes del levantamiento? ¿Acaso quiere que ocurra lo mismo?
—No me refería a eso, quiero decir...
—¡No diga nada! —exclamó el guía alterado-. Habla usted demasiado. Lástima que este metodo no funcione retroactivamente.
Apartó de mí su mirada relampagueante y el grupo se fue acompañando al guía hacia otra parte de la gran sala.
Yo me quedé mirando hacia un tubo de incubación y vi cómo un bebé casi formado, me miraba penetrantemente: como escudriñando mi gesto. Los músculos de la boca sin formar se movieron espasmódicamente. ¿Querría decirme algo?
Silvia era la militante más brillante —y también la más atractiva— de las juventudes del partido. Por eso la elegí para aquel trabajo: investigar a Ramírez, que estaba en boca de todos como posible candidato a la presidencia de la Diputación. Nuestros viejos amigos en la policía y la judicatura seguían siendo fieles y extremadamente útiles.
—Lo hemos investigado a fondo. Cuentas, contratos, vicios, adicciones, secretos, favores debidos y prestados, amistades poco recomendables... El pack completo.
—¿Y bien?
—Es indefendible como candidato ante la cúpula. No nos sirve.
—Gracias, guapa.
Aproveché que se retiraba para admirar su fantástico culo, mientras apuraba la copa de Soberano.
Puto Ramírez —pensé—. No solo tiene menos arte que Robocop bailando flamenco, encima esto. Espero que sea un caso aislado entre los militantes.
No tenía nada sucio con lo que controlarle en el futuro. No nos servía alguien así. No era de fiar.
Al camello le fue tan bien en el Paraíso vendiendo manzanas con efectos inesperados que, cuando las cosas fueron mal, consiguió que le echasen la culpa a la serpiente.
La serpiente, viéndose injustamente acusada, cogió una terrible pataleta y se enfrentó al Creador, o gerente del Paraíso, de lo que resultó que le quitaron las piernas para que no patalease más.
La justicia sigue igual desde entonces.
El ambiente de la oficina era irrespirable. Dos facciones de empleados se dedicaban a odiarse activamente. No es que no se hablasen, sino que se sometían a toda clase de perrerías, desde insultos en voz alta cuando el destinatario estaba de espaldas, a sabotaje de ordenadores para borrar trabajos. La Dirección recurrió al pacificador, que llegó camuflado como un nuevo administrativo.
Las dos facciones intentaron camelárselo. Su respuesta a la facción A fue “no hablo con subnormales”. A la facción B le respondió con un pedo descomunal. En las semanas siguientes, el pacificador puteó de todas las formas imaginables a ambas facciones. Insultos, desprecios…y absoluta indiferencia, cuando no burlas abiertas, ante cualquier contraataque que le lanzasen.
Y ambas facciones empezaron a hablar. Inicialmente para criticar al pacificador. Luego concluyeron que sus diferencias no eran tan grandes como el odio al enemigo común. Hicieron las paces. El pacificador cumplió su misión.
menéame