—Joder man, me han hecho ghosting. Escucha mi historia porque es bien bizarra. Hace tres años, andaba yo por las calles performeando cuando me rodeó una docena de indies. Al principio no me dieron buenas vibes, pero me habían estado stalkeando y les flipaba mi rollo underground, tanto que comenzaron a seguirme. Y así fue como me convertí en influencer. Nunca entró en mis planes, pero una voz dentro de mí me pedía que siguiera, por lo que hice un reset y enfrenté mi destino. Pronto reuní a cientos de followers que me seguían de festi en festi, y empecé a putopetarlo tanto que temí convertirme en mainstream. "No te vendas nunca, maestro", me decía Judas, que iba de auténtico pero era puro postureo...
—Mira barbitas, me importa un carajo tu vida. Carga la puta cruz o te reviento a latigazos. ¿Mentiendes?
Bebió de su cognac, y paladeó su ducados, mientras la bufanda raída de su madre se apoyaba elegante sobre el chaleco de su tatarabuelo. Sentado en un sillón bajo del café intelectual, la pierna cruzada apoyada en el tobillo, desenfadado y poderoso en un mundo ceñido a sus reglas, concebido para la sutileza de la propia adoración, miraba al vacío con desdén, y ese aire de estar pensando profundamente algo que cristaliza en este justo momento.
Las RayBan de piloto de Top-Gun hubieran despertado demasiadas sospechas, pero le hubiera gustado ponérselas.
En el fondo no hacía más que impostar la realidad, los hipsters eran otros.
No necesitaba el atuendo para inventar un estilo grotesco de surrealismo pedante, y a la vez auténtico como el rocío sobre un pétalo.
Salvo quizá para encontrar a alguien como él, una rebelde Caperucita de Maldoror.
Su Bianca, mon amour, mon Italie.
menéame