El destino de Nicolás Maduro no se ha sellado en los pasillos del Pentágono, ni siquiera en el Despacho Oval de un Donald Trump exultante. No. El hilo de la parca que se cortó ayer, en la madrugada del 3 de enero de 2026 en Caracas, se empezó a tejer mucho antes, y no por un general con medallas en el pecho, sino por un excéntrico doctor en teoría social neomarxista que prefiere el esquí de fondo a las reuniones de directorio y que cita a Theodor Adorno mientras diseña la arquitectura de la vigilancia total.
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