Los españoles tenemos la costumbre de quejarnos poco y tarde a diferencia de nuestros vecinos, valgan como ejemplo los franceses, pues es habitual verles manifestándose por las calles de las principales ciudades francesas exigiendo lo que legítimo. Ahí reside nuestra diferencia, lo que a todas luces no es beneficioso para nuestros intereses ni como individuos ni como colectivo.
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