Las autoridades republicanas se dieron cuenta bien pronto del gravísimo error de seguridad que se había cometido y de las enormes consecuencias propagandísticas que la matanza de los prisioneros iba a tener para su causa. Los ataques aéreos empezaron a formar parte de la vida cotidiana de la provincia de Santander en el otoño-invierno de 1936. Su impacto psicológico a nivel social fue enorme, socavando poco a poco la moral de las tropas republicanas y el espíritu de resistencia de la población civil en aquellos meses de conflicto armado.
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