En Suchitoto, cuando el calor baja y las sombras se estiran sobre los patios, el añil o azul índigo vuelve a aparecer sin estridencias. Un barreño con líquido verdoso, manos que atan y desatan una tela, un silencio de taller que se parece a la calma de una cocina. Cada nudo guarda un dibujo, cada pliegue promete una forma que todavía no existe ante los ojos. El azul índigo no nace azul. Empieza en hojas, en agua, en tiempo. La transformación exige paciencia, porque el color depende de una secuencia de cambios que no admite prisa.
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