Cada vez que se compara a la extrema derecha actual con el fascismo, el nazismo o el franquismo, la reacción suele ser inmediata y airada: “nos llamáis nazis para deshumanizarnos”, “eso es una exageración”, “no vivimos en una dictadura”. Y sí, en un sentido literal, es cierto: no es lo mismo. No puede serlo. Las ideologías no se repiten como una fotocopia porque nacen en contextos distintos.
Pero ese argumento se utiliza como escudo, no como análisis. Porque el paralelismo no va de identidad exacta, sino de familia ideológica. De estructura mental. De cómo se entiende la nación, la ciudadanía y el poder. Y ahí es donde la extrema derecha del siglo XXI —incluida la española— se parece mucho más a sus antecesoras de lo que resulta cómodo admitir.
No es la misma receta exacta. Pero es la misma comida, adaptada al paladar de la época.
El núcleo que nunca cambia
Nazismo, fascismo, franquismo, trumpismo o VOX comparten una idea fundamental: la nación no es una comunidad política abierta basada en derechos, sino una identidad cerrada que debe ser protegida. Y toda identidad que se protege necesita un enemigo.
Ese enemigo cambia de nombre según el país y el momento histórico. En la Alemania nazi fue el judío; en el franquismo, el rojo, el masón o el “antiespañol”; hoy son el inmigrante, el musulmán, el feminismo, el “globalismo” o cualquier colectivo que pueda presentarse como una amenaza interna. Cambia el vocabulario, no el mecanismo: señalar a una parte de la población como sospechosa por definición.
De la raza a la cultura: el mismo racismo con otro envoltorio
Uno de los grandes autoengaños contemporáneos es afirmar que ya no se habla de raza, sino solo de cultura. Pero eso no supone una ruptura con el racismo clásico, sino su actualización. El nazismo hablaba de biología; hoy se habla de valores, civilización o integración. La consecuencia es la misma: hay personas que, por su origen, nunca terminan de pertenecer del todo.
Un nazi alemán veía como inferiores a los judíos. Un franquista veía como enemigos a quienes no encajaban en su idea de España. Un ultraderechista español actual presenta a latinoamericanos, musulmanes o hijos de inmigrantes como un problema estructural. No es idéntico, pero es profundamente similar: se atribuyen rasgos negativos colectivos a grupos definidos por su procedencia, no por sus actos individuales.
España ya conoce este camino
España no necesita importar comparaciones ajenas para entender este peligro. Tiene su propio precedente histórico: las leyes de limpieza de sangre. Durante siglos, no importaba la lealtad, la fe o la conducta. El origen familiar marcaba para siempre. La sospecha era hereditaria.
Hoy no se habla de sangre, pero se habla de apellidos, de barrios, de procedencia, de “integración real”. El mensaje subyacente es el mismo: hay españoles auténticos y otros que lo son solo en el papel. Y eso choca frontalmente con la idea democrática de ciudadanía, que no se hereda, se ejerce.
Cuando VOX utiliza la “reconquista” como eje de su discurso, no está haciendo historia, está construyendo un mito político. Una España homogénea, previa a toda mezcla, que habría sido “recuperada” y que ahora debe volver a defenderse. Es una forma eficaz de decir quién es español de verdad y quién, por venir de una familia equivocada, siempre estará bajo sospecha.
“Nos llamáis fascistas para silenciarnos”
Esta es quizá la acusación más repetida y, paradójicamente, una de las más deshonestas. Nadie está siendo silenciado por ser llamado fascista. Los partidos de extrema derecha hablan en parlamentos, gobiernan o influyen en gobiernos, ocupan horas de televisión y dominan conversaciones en redes sociales. No están censurados. Están siendo criticados.
Llamar fascista a una ideología no es un intento de cerrar el debate, es entrar en él. Es decir: esto que defiendes ya existió, sabemos cómo funciona y sabemos adónde conduce. No es una descalificación vacía, es una advertencia histórica.
De hecho, lo que suele ocurrir es justo lo contrario: se intenta deslegitimar la crítica diciendo que nombrar el fascismo es exagerar, cuando lo que realmente molesta no es el tono, sino el contenido. Molesta que se señale el parentesco ideológico. Molesta que se rompa la ficción de novedad.
El error de creer que el peligro empieza con la dictadura
Otra excusa habitual es pensar que mientras no haya una dictadura formal no existe un problema real. La historia demuestra lo contrario. Los regímenes autoritarios del siglo XX no comenzaron cerrando parlamentos o prohibiendo elecciones. Comenzaron normalizando el desprecio, justificando la desigualdad, debilitando derechos y convenciendo a la población de que la democracia era un obstáculo para la supervivencia nacional.
La extrema derecha actual ha aprendido esa lección. Ya no necesita abolir la democracia de golpe; le basta con erosionarla, vaciarla desde dentro y condicionar derechos mientras afirma estar defendiéndola.
No son alianzas casuales
Tampoco es casual que VOX, el trumpismo y otros movimientos similares se reconozcan, se apoyen y se legitimen mutuamente. Comparten diagnósticos, enemigos y estrategias. No se trata de coincidencias puntuales, sino de una corriente ideológica internacional adaptada a cada país.
Por eso el paralelismo es pertinente. No porque todo sea igual, sino porque la dirección es la misma.
Comparar a la extrema derecha actual con el fascismo histórico no es llamar a nadie Hitler. Es señalar que comparten una visión del mundo jerárquica, excluyente, obsesionada con la identidad, hostil a los derechos universales cuando estorban y dispuesta a sacrificar la democracia en nombre de la nación.
Negar ese parentesco no protege a la sociedad democrática. La desarma. Porque la historia no se repite con el mismo uniforme, pero rima, y España ya sabe cómo suena esa rima.
No es lo mismo.
Pero es lo mismo en lo esencial.
Y ya conocemos las consecuencias de fingir que no lo vemos.
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