La palabra “turismofobia”, antaño vista como exageración mediática, pasó a describir de un tiempo a esta parte un clima real: primero fueron las marchas masivas y denuncias de alquileres inasumibles, luego el salto a otro tipo de presión (pistolas de agua, precintos simbólicos, intervención de terrazas) y después la extensión del malestar a territorios icónicos como Baleares, donde las protestas en plena temporada alta buscaban precisamente herir la visibilidad turística para señalar que el éxito cuantitativo había devenido en un "sinvivir".
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