En un laboratorio discreto de Sichuan, una batería se carga al 80 % en menos de cinco minutos. No se sobrecalienta. No se degrada tras unos pocos cientos de ciclos. Y no depende del litio, el cobalto o el níquel como estamos acostumbrados. Se trata de una batería de grafeno —láminas de carbono de un átomo de grosor organizadas en un nuevo tipo de almacenamiento energético— y ya no es solo una curiosidad científica. Es real, es escalable y está llegando al mercado mucho antes de lo que muchos analistas occidentales preveían.
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