En el cementerio de mi pueblo, los muertos se pudren por bandos.
Unos conservan los dientes y otros las uñas; unos conservan las botas y otros el cinturón. Pero nadie tiene ya ojos ni oídos, y aún menos, corazón.
Total, ¿Para qué? Cuando suene la campana de la última hora, cada cual se alzará, armado con lo que pueda, para convertir en polvo los huesos de los otros, los canallas, los malditos.
Todo el mundo tiene una cuenta pendiente. Nadie merece descansar en paz.
Corrían los 90 cuando presenté Piratas nazis del Caribe: en un futuro cercano, por razones desconocidas, la humanidad padecía una regresión cognitiva.
En EE. UU., una grotesca mezcla de Jesús Gil y Calígula, entre chistes y bailecitos, había decidido reinventar la vieja piratería. Durante sus ratos libres perseguía como a perros a los hispanos, quienes le adoraban igualmente. Una especie de SS, aunque enmascarada y peor vestida, los cazaba; aun así, algunos gritaban «¡democracia!» en apoyo a su ídolo.
En el virreinato coloqué a un gobernador arquetípico de español de película de piratas: corrupto, incompetente, tiránico, feo y analfabeto, lo cual no evitaba que sus famélicos ciudadanos le idolatraran.
El editor no continuó leyendo. «Inverosímil, caricaturesco e incluso ofensivo», dijo.
Desperté. Los gritos de protesta en la calle habían interrumpido aquel sueño. Los manifestantes, patriotas, pedían que nos bombardearan y secuestrasen al presidente. «¡Democracia!», gritaban.
Hacía 15 años de la constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Mundiales, compuesta hasta el momento por 52 países, entre ellos todos los latinoamericanos, tras una serie de revoluciones populares. Pedrito paseaba con su padre por la Plaza Roja de Honduras, y se fijó en la enorme estatua de Donald Trump que allí lucía.
-¿Quién era ese hombre, papá? ¿Un líder revolucionario?
-Realmente era un cabrón, pero se lo debemos todo.
-¿Por qué?
-Cuando impuso aranceles a la mayoría de países del mundo, los patrones decidieron repercutir su coste sobre el salario de los trabajadores. Y la gente, que soportaba malvivir con 3 o 4 euros al día, pasó a hacerlo con 1 o 2 euros. Y eso fue lo que provocó que todo el mundo se levantara.
-¿Entonces le hicieron una estatua por ser malo?
-Por ser la gota que colmó el vaso.
Se vieron desde lejos. Él la notó distinta, como si el aire a su alrededor se curvara un poco más. Ella también lo percibió, un leve zumbido en el pecho, una alerta suave pero insistente. No hablaron al principio. Solo se acercaron, paso a paso, como si algo más fuerte que el miedo les dictara la ruta.
—Nunca había sentido esto —dijo ella.
—Yo tampoco. Pero lo he imaginado tantas veces que casi me parece familiar —respondió él.
—¿Y si nos duele?
—¿Y si nos explica?
La distancia entre los cuerpos ya no era segura. La piel empezaba a temblar con una frecuencia nueva. Sabían que, una vez juntos, no habría vuelta atrás. Lo intuyeron cuando los dedos se rozaron, cuando las miradas dejaron de chocar para fundirse.
—¿Tienes miedo? —susurró ella.
—Sí. Pero también tengo... ilusión.
El contacto fue leve, apenas un roce de labios, pero el mundo cambió. Se apagó el nombre de cada uno y, en ese breve resplandor que dejó la unión, nació algo nuevo.
Le llamaron Bosón.
Encontré en el armario de mi tío Pepe un abrigo negro de cuero. Largo. Con grandes solapas.
En los cincuenta, le llamaban el alemán por ponérselo. O el nazi.
En los sesenta le llamaban muerto de hambre, por seguír poniéndoselo.
A finales de los setenta y proincipios de los ochenta, le llamaban Darth Vader.
En los ochenta se lo ponía su hija, y llamaban vampiresa. Le quedaba mejor que al tío, porque ella era mucho más alta, todo hay que decirlo, y medio pelirroja.
En los dos mil, se lo puso el nieto de el tío Pepe y lo llamaban rocker. O metalero, o ya no sé muy bien qué, pero algi relacionado con un grupo d eemúsica que tenía el chaval con sus colegas.
Ahora, he regresado a la casa del pueblo, casi en ruinas, y he encontrado el puto abrigo. Me lo puse un día, por echarme unas risas, y me han llamado hipster ¿Será la suma de todo lo anterior?
Dicen que no, pero yo creo que sí...
Y espera a ver lo que le llaman a mi hijo cuando se lo ponga dentro de diez años o quince. A ver si hay suerte y llego a verlo...
Pumarejo es un pueblo de Zamora. Existe. Lo podéis buscar en el mapa. Lo menciono porque la historia que cuento NO sucedió allí, pero si en un radio de, digamos, veinticinco kilómetros, y en un radio temporal de veinticinco años, pero en el pasado
Se supone que había que hablar del futuro, ¿no? Pues a eso vamos.
Mariano, pastor de ovejas y fabricante de queso artesanal, se compró un camello. En Zamora. Lo sacaba con las ovejas, y era el cachondeo de media provincia porque Mariano, con su capote negro y su paraguas enorme de pastor, cuidaba de sus ovejas a lomos de Hassan, que así se llamaba el bicho.
Alrededor de 2019 se murió el camello y Mariano lo enterró cuidadosamente en su finca, junto a trozos de espadas, monedas, cerámica y similares. Lo está preparando todo para que los historiadores del futuro hablen de la batalla de Pumarejo, entre árabes y cristianos, alrededor del año 900.
No en vano estudió Historia y tuvo que dedicarse a las ovejas al fracarsar en la oposición para profesor. Cree que hoy cualquiera descubriría el truco, pero confía en que en el futuro sean mucho más idiotas y no lo descubra nadie.
Le vamos a desear suerte.
Trabajo vendiendo acceso a la tecnología de suspensión que usan los astronautas en misiones de largo alcance. Protocolos probados. Viajes de meses o años sin conciencia del trayecto. Coste cero créditos de tiempo. Accesible para cualquier estrato.
En el mostrador hablamos de Júpiter, de colonias en preparación, de la necesidad de hibernar durante el tránsito. Folletos oficiales, aval estatal, patrocinio filantrópico. Nadie pregunta por el destino exacto. Llegar ya es suficiente.
Cuando aceptan, pasan conmigo a la sala blanca. Firma biométrica. Conexión. Inicio del protocolo.
Detrás del mostrador no hay misiones. La corrupción enterró el programa espacial y nunca existieron colonias. La Tierra no se vacía: se optimiza. Los robots hacen todo el trabajo.
Las leyes de la robótica impiden que ellos hagan daño.
Por eso alguien humano tiene que encargarse.
Por ahora, sigo siendo imprescindible.
El bar está lleno. El dueño observa. No es el encargado. Es el dueño.
Un cliente habla. Otro responde. El sonido crece. Palabras fluyen. El dueño se acerca.
—Silencio.
El cliente lo mira. Parpadea. No entiende.
—Silencio —repite el dueño.
El cliente baja la voz. Otro cliente habla. El dueño se mueve.
—Silencio.
El aire se espesa. Los murmullos se apagan. El dueño sigue de pie. Vigilante. Esperando.
Nadie habla. Nadie ríe. Nadie discute.
El bar está lleno. El bar está vacío.
El dueño observa.
Ministerio de Economía, año 2080.
—Alarica, búsqueme por favor los datos más fiables sobre ingresos fiscales por energía del año 2026 —pidió el ministro a su secretaria virtual.
—Imposible. Han sido editados.
El ministro golpeó su escritorio. Todos los días igual. Llevaba dos meses en el cargo y no había conseguido ni un solo dato original.
—Bueno, pues los de producción agrícola. Crereales y frutas, principalmente.
—Editados.
—El censo de los años treinta de este siglo —quiso probar.
—Absolutamente todo está editado. Cada vez que se produce un cambio de Gobierno se editan todos los datos del siglo, desde 2004 hasta aquí. Si quiere, puedo ofrecerle alguna cosa de cuando se conservaban en papel.
—No me sirven. Necesito datos de hace treinta o cuarenta años, no de cien. ¿Qué me sugiere?
—Nada señor Ministro. El pasado es completamente impredecible.
—Y aquí tenemos la sala de incubación —dijo el guía—. Es aquí donde inoculamos la proteína a los fetos. Ninguno de estos tendrá boca, así pues...
—¿Por qué se sigue llevando a cabo este tipo de ingeniería? —dije cortando la explicación—. No pueden hablar ni entre ellos.
—¿Para qué quiere que hablen? Son obreros.
—Pero...
—Sin peros —respondió, cortante, el guía—. El lumpen no necesita hablar. Ellos lo saben, saben cual es su cometido y para eso los diseñamos. Solo son útiles sus manos, un obrero no es un pensador. ¿Recuerda cómo estábamos antes del levantamiento? ¿Acaso quiere que ocurra lo mismo?
—No me refería a eso, quiero decir...
—¡No diga nada! —exclamó el guía alterado-. Habla usted demasiado. Lástima que este metodo no funcione retroactivamente.
Apartó de mí su mirada relampagueante y el grupo se fue acompañando al guía hacia otra parte de la gran sala.
Yo me quedé mirando hacia un tubo de incubación y vi cómo un bebé casi formado, me miraba penetrantemente: como escudriñando mi gesto. Los músculos de la boca sin formar se movieron espasmódicamente. ¿Querría decirme algo?
Bebió de su cognac, y paladeó su ducados, mientras la bufanda raída de su madre se apoyaba elegante sobre el chaleco de su tatarabuelo. Sentado en un sillón bajo del café intelectual, la pierna cruzada apoyada en el tobillo, desenfadado y poderoso en un mundo ceñido a sus reglas, concebido para la sutileza de la propia adoración, miraba al vacío con desdén, y ese aire de estar pensando profundamente algo que cristaliza en este justo momento.
Las RayBan de piloto de Top-Gun hubieran despertado demasiadas sospechas, pero le hubiera gustado ponérselas.
En el fondo no hacía más que impostar la realidad, los hipsters eran otros.
No necesitaba el atuendo para inventar un estilo grotesco de surrealismo pedante, y a la vez auténtico como el rocío sobre un pétalo.
Salvo quizá para encontrar a alguien como él, una rebelde Caperucita de Maldoror.
Su Bianca, mon amour, mon Italie.
Silvia era la militante más brillante —y también la más atractiva— de las juventudes del partido. Por eso la elegí para aquel trabajo: investigar a Ramírez, que estaba en boca de todos como posible candidato a la presidencia de la Diputación. Nuestros viejos amigos en la policía y la judicatura seguían siendo fieles y extremadamente útiles.
—Lo hemos investigado a fondo. Cuentas, contratos, vicios, adicciones, secretos, favores debidos y prestados, amistades poco recomendables... El pack completo.
—¿Y bien?
—Es indefendible como candidato ante la cúpula. No nos sirve.
—Gracias, guapa.
Aproveché que se retiraba para admirar su fantástico culo, mientras apuraba la copa de Soberano.
Puto Ramírez —pensé—. No solo tiene menos arte que Robocop bailando flamenco, encima esto. Espero que sea un caso aislado entre los militantes.
No tenía nada sucio con lo que controlarle en el futuro. No nos servía alguien así. No era de fiar.
El ambiente de la oficina era irrespirable. Dos facciones de empleados se dedicaban a odiarse activamente. No es que no se hablasen, sino que se sometían a toda clase de perrerías, desde insultos en voz alta cuando el destinatario estaba de espaldas, a sabotaje de ordenadores para borrar trabajos. La Dirección recurrió al pacificador, que llegó camuflado como un nuevo administrativo.
Las dos facciones intentaron camelárselo. Su respuesta a la facción A fue “no hablo con subnormales”. A la facción B le respondió con un pedo descomunal. En las semanas siguientes, el pacificador puteó de todas las formas imaginables a ambas facciones. Insultos, desprecios…y absoluta indiferencia, cuando no burlas abiertas, ante cualquier contraataque que le lanzasen.
Y ambas facciones empezaron a hablar. Inicialmente para criticar al pacificador. Luego concluyeron que sus diferencias no eran tan grandes como el odio al enemigo común. Hicieron las paces. El pacificador cumplió su misión.
En la pantalla del radar aparecía un punto sospechoso. Podía ser una nave enemiga.
La amenaza permanecía a una distancia constante. Si nos alejábamos, avanzaba hacia nosotros. Si nos acercábamos, huía a una velocidad equivalente a la nuestra.
Quien quiera que pilotase aquella nave, parecía dispuesto a hacernos perder los nervios. Eran ya tres semanas de tira y afloja, y nuestras reservas de combustible comenzaban a agotarse.
Informamos a Tierra y dijeron que era prioritario identificar aquel objeto desconocido. Si coordinaba sus movimientos con los nuestros, seguramente era una nave, y seguramente no tenía buenas intenciones. Jugándonos la vida, aceleramos al máximo tratando de sorprenderlos, pero huyeron.
Con muchas dificultades, y casi deshidratados, logramos regresar a Tierra.
Sólo entonces supimos que el punto era un puñetero pixel dañado en la pantalla del radar.
Pero ciertamente era un punto muy peligroso. Por poco nos mata.
Al camello le fue tan bien en el Paraíso vendiendo manzanas con efectos inesperados que, cuando las cosas fueron mal, consiguió que le echasen la culpa a la serpiente.
La serpiente, viéndose injustamente acusada, cogió una terrible pataleta y se enfrentó al Creador, o gerente del Paraíso, de lo que resultó que le quitaron las piernas para que no patalease más.
La justicia sigue igual desde entonces.
"Corta esa frase hablando de Dios, no quiero líos con esa asociación de abogados. Y elimina la referencia al Productor, aunque lleve el nombre camuflado, no es tonto y pone pasta, o cambia la escena y que él sea el héroe, no un “yonqui” del dinero. Ah, y olvídate de la escena de ricos y pobres en el yate, eso ya pasó con Alberto Gran-Dospozos el año pasado. Muy descarado y nos puede denunciar, aunque todo el mundo sabe lo que pasó. La escena veinticinco, la escena de la sotana ardiendo, fuera. Deja cuando apalizan a los mendigos, ahí rodaremos a cámara lenta y quedará cojonudo, que se note nuestro compromiso social."
Juan consultó la hora de nuevo. Menos cinco. "Estoy llegando", le había respondido Susana diez minutos atrás, cuando el retraso era ya de quince. Suspiró. Reparó entonces en una pequeña mancha en la mesa de la cafetería, y sacó un pañuelo, sonriendo: aquello habría desencadenado una discusión si ella hubiese llegado ya. Él querría limpiarlo y ella no le dejaría. "Que lo haga el camarero". A Juan le requería menos esfuerzo limpiarlo él que conseguir la atención del camarero, obtendría el resultado antes y no le quitaría tiempo a quien sí necesitaba que le atendiese rápido con la comida. Pero para Susana era una cuestión de principios. "No aprenderá a hacer bien su trabajo si no le protestan", diría.
"Por fin", pensó, viéndola entrar. "Esta vez voy a quejarme, o nunca será puntual". Pero el pensamiento no duró mucho. "¿Para qué? Si ya lo sabe".
"Hola, preciosa".
-Venga, hijo, que llegas tarde al trabajo, date prisa.
-Sí, es que estaba intentando abrir la cajacomida, pero no consigo que se abra...
-¿No tienes el código?
-No me lo han dado esta semana en la fábrica.
-Pues no se puede abrir.
-Ya. No queremos que nos envíen a los Cuasipol. Pero tengo hambre.
-No puedes comer de mi plato, lo siento. Ya lo sabes.
-Bueno, pues me voy al trabajo.
-Feliz cumpleaños...
-No está permitido celebrar...
-Es que ni siquiera recuerdo cuántos cumples.
-Siete años, papá, siete. Adiós que no quiero llegar tarde.
-Adiós.
El reloj marcaba las 11:00 en punto cuando el meneante cerró el cuaderno con una sonrisa. Había repasado cada palabra, cada frase subordinada, convencido de que su idea era buena. Pero, como cada lunes, la emoción no estaba solo en escribir, sino en imaginar lo que otros harían.
Esperó a que su jefe saliera a tomar café para conectarse a Menéame y publicar su microrrelato. A partir de ese momento no volvería a prestar atención a su trabajo, tan solo se concentraría en los votos y comentarios que iba a recibir.
Teníamos dieciséis años, y pasábamos el verano en el pueblo. Había alguno de diecisiete, creo recordar. Julián, por ejemplo, que fue el que propuso saltar la tapia del cementerio para hacer botellón allí.
—No hay huevos —nos desafió.
Y todos, incluidas las dos chicas de nuestra pandilla, saltamos.
Elegimos para sentarnos un panteón antiguo. Cecilia Rodríguez Garcés, muerta a los 30 años, casi un siglo atrás.
Bebimos. Fumamos. Nos reímos con risa floja espiando cada sombra, bajo la atenta mirada del ángel de márrmol que custodiaba el panteón. Y entonces se me ocurrió.
—Dale un beso al ángel, Julián.
Julián se levantó, y le empezó a tocar las tetas al ángel.
—No, no le metas mano. Dale un beso.
—Venga tío...
—No hay huevos...
Y no. No los hubo. Lo intentamos todos, pero su mirada de piedra nos dijo, de algún modo, que era preferible no hacerlo.
Un grupo de jóvenes de fisionomía apolínea desfila en hilera por la tarima interactiva. El pasillo hacia la Cámara del Éxitus destila una hospitalidad estudiada. Un resplandor bioluminiscente, la última balada de Badbot y esas caprichosas formas que proyecta la pared hacen del camino al patíbulo una experiencia verdaderamente apacible.
―150 años pagando la longevitud asistida y ahora estos brazos van a ser estiércol para las larvas, ¡tss! ―El chico da un golpe seco en la firmeza de su bíceps―. Verás como esos que han inventado el cuento este de la Desvitalización Forzada siguen en el mundo otro par de siglos.
―Sabes que todo lo que hace la Corporación es por nuestro bienestar. ―La muchacha sostiene una sonrisa enajenada; aparta su pelo dejando expuesto el implante neuronal.
―Su saldo ha sido exitosamente transferido al erario corporativo. ―El androide que custodia la entrada retira el datáfono― ¡Que tenga una feliz transición!
Diario de bitácora. 7 de junio de 2026.
Nuestro barco llegó finalmente a las costas de Groenlandia. Habíamos previsto que obstaculizaran de algún modo nuestra trascendental misión, pero jamás imaginamos que fuera de forma tan directa, brutal y torpe.
La US Navy nos ha abordado. Alegan que se trata de una zona de conflicto y no se permiten civiles. Después de humillarnos de todas las formas que han considerado convenientes, nos han obligado a desistir, entre grandes risotadas.
Estos servidores de Satán no ven que fortalecen nuestra causa. Su violencia es nuestra victoria. Ahora es más claro que nunca cómo conspiran para esconder que la Tierra es plana. Han llegado a teatralizar un supuesto conflicto para evitar que fotografiemos el Gran Muro Helado, que contiene las aguas de los mares.
Pero con la ayuda de Dios, y la torpeza de nuestros adversarios, cada vez somos más quienes vemos La Verdad.
Federica siempre quiso casarse en la ermita de su pueblo. Su novio se mostraba reticente, debido a la lejanía y al mal estado de la construcción.
-Mis padres se casaron allí.
-El sitio está lleno de humedades. Alguien podría lastimarse.
-Hace poco repararon el tejado y pusieron puertas nuevas.
-Me sigue pareciendo inseguro.
-¿Pero qué crees que va a pasar? Déjalo, Carl, confía en mí.
El día de la boda, ya declarados marido y mujer, salieron juntos por la puerta de la ermita cuando un rayo cayó sobre el pequeño campanario, soltando la campana que aterrizó justo en la cabeza de Federica, matándola en el acto.
Carl despertó de la pesadilla, y procedió a romper el anuncio del enlace, ese en el que se podía leer:
"EN ESTE LUGAR SAGRADO, EL SÁBADO 24 DE MAYO A LAS 12:00, SE UNIRÁN EN MATRIMONIO FRIEDERICA WILHERMINE WALDECK Y JOHANN CARL FRIEDRICH GAUSS"
Tuvo un sueño: a la confusa luz de las lamparillas de aceite observó las caras de los convocados. Parecían muertos, con las cuencas de los ojos hundidas y la boca deformada en muecas dolorosas. Nerón y Heliogábalo se miraban con deseo y asco. Léopold movía, como jugando, unos huesos de niño entre los dedos. Idi Amin dijo algo a Vlad Tepes al oído y luego se rieron juntos, quedamente. Hacia el fondo de la sala, en la oscuridad, había otras muchas figuras que olían a almendras amargas y sangre seca. Una de ellas habló:
- Aquí nadie habla de esas cosas, está prohibido. Todo cuanto hicimos fue por un bien superior. Dios estaba con nosotros. Nunca dejamos que nadie escupiera sobre nuestro legado. Acallamos las calumnias como debíamos. Nosotros escribiremos la historia.
Se sintió reconfortado.
Al día siguiente ordenó continuar con los bombardeos.
menéame