La biblioteca estaba en silencio. El silencio que solo trae calma a los que disfrutan de la soledad. Una lámpara, baja y amarillenta, rompía la penumbra. Dos cabezas compartían la lectura de un viejo volumen. A medida que se concentraban en el texto, la distancia se acortaba. En un momento impreciso, su atención se dispersó. Empezó a respirar un olor a lavanda, que no era de su propio jabón. Inconscientemente giró la cara y, para su sorpresa, noto apenas el roce de unos labios. Le transmitieron un atisbo de calidez que...
|
etiquetas: artículo