La vida de riesgo cero

Ayer subí por aquí un artículo sobre el modo en que una pequeña nevada impulsó al Gobierno a prohibir el tráfico de camiones entre Asturias y León, tanto en Pajares como en la autopista del Huerna (perfectamente despejada por los quitanieves) y hoy amanecemos con que en Cataluña los maquinistas han decidido dejar sin Rodalíes a la región entera, alegando problemas de seguridad.

Por lo visto, el tema de sacrificarlo todo a la seguridad, que ya padecemos en otros ámbitos (hola, Ley Mordaza), se traslada poco a poco al funcionamiento de la vida diaria, y amenaza con complicar la vida al ciudadano corriente, ya sea con razones o con pretextos.

La cuestión, por filosófica, parece lejos de arreglarse y probablemente vaya a más, en un mundo donde nadie quiere entender las cosas más allá de lo inmediato.

La vida con riesgo cero, no existe, y no parece que sea posible seguir sosteniendo el consenso de cuáles son los riesgos asumibles y cuáles no. El médico se arriesga cada día a una infección hospitalaria, a que le abra la cabeza un energúmeno, o a matarse por el camino. El conductor de ambulancias, igual. El policía, lo mismo, y además sabe que un día le puede tocar enfrentarse a delincuentes armados, y no un día remoto. El informático sabe lo que va a pasar con su vista y con su espalda, además de con su salud mental. El agricultor está en contacto con sustancias tóxicas, puede morir en un vuelco de tractor, o sufrir un accidente manejando maquinaria. No hablemos ya de mineros, camioneros y pescadores. No se me ocurren oficios sin riesgo, ni actividades de ocio que no impliquen alguno. Y los aceptamos, porque hay que aceptarlos, y porque la vida es así.

¿Que hay que minimizar los riesgos? Por supuesto, pero la pregunta es hasta dónde. Un coche con airbag es mejor que un coche sin él. Si tiene cuatro airbags, es mejor que si tiene dos. Si tiene ocho, es aún mejor que si tiene cuatro. Y el de veinte, es más seguro aún. ¿Por qué no ponerle treinta airbags? Porque sería peor que el de cuarenta. Pero en alguna parte hay que parar.

La cuestión es que nos hemos vuelto tan herbívoros y asustadizos que parece que no queremos parar en ninguna parte y que, si alegamos miedo, todo el mundo simpatizará con nuestra causa. Aunque sólo sea un pretexto para evitar daños políticos o para sacar tajada, haciendo rehén al ciudadano.

Siempre digo que convertir cualquier consenso en dinero, llevando la discusión al mercado, es lo más propio del neoliberalismo, que no entiende y no quiere entender el concepto de sociedad. Y lo del miedo es igual: individualismo en estado puro, con menosprecio absoluto hacia las consecuencias para el conjunto de la sociedad.

La vida con riesgo cero ni existe ni parece deseable para nadie que no lleve en la sangre la miseria moral del más podrido egoísmo. Pero acabaremos disfrazando de socialismo el miedo, y entonces nada nos salavará.