En Cuenca, como en muchas ciudades, existe un lugar pintado de realismo mágico: un hombre negro respira en la oreja de una gringa mochilera, varios cuyes corren porque lograron abrir el costal, una pollera se impone en un metro a la redonda y un señor ‘bien vestido’ roba varios celulares a vista y paciencia de todos. Si es que usted aún no se ha motorizado, sabe de lo que estoy hablando. El bus de línea.
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