Alejandro me cuenta cómo le asustó el repiqueteo de los calderos la noche anterior. Chocaban las espumaderas, los cucharones, los cuchillos romos contra el metal de la madrugada. Él se asomó a la ventana. Trató de localizar de dónde provenía el ruido. Llegaba desde las cuatro puntas de la estrella náutica. No lograba señalar su origen. Como si el firmamento fuera un mantel el cual alguien hubiera jalado y los platos, los cubiertos, las copas se hubieran estrellado contra el suelo. “Eso nunca había sucedido aquí”...
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Cuba: la tierra de los sucesos sin fin
Sin fin, sin fin
Mientras tanto las luces de los hoteles centellean en la noche
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