El médico termino su revisión, cuyos resultados no se diferenciaron mucho de los del día anterior:
-Su hermana tiene que ingerir alimentos, dejar la protesta, o… Por debajo del 40% de perdida de peso, los daños pueden ser irreversibles, mortales.
Tras 70 días sin comer, Heba era la viva imagen de un prisionero de campo de concentración: pálida, esquelética, los huesos, pómulos y articulaciones marcados por la piel estirada, tensa, dificultad hasta para pensar, para hilar frases, para respirar, pero su determinación estaba grabada en su cerebro: no dejaría su huelga de hambre hasta que se cumplan sus peticiones. Su causa es justa y el trato recibido, indigno y contrario a la justicia.
Decidió que estaba cansada de que nadie hiciera nada, de que se hablara mucho y no se actuara.
Decidió que los palestinos asesinados en Gaza eran demasiados, que la impunidad de Israel era demasiado, que la complicidad de Estados Unidos era demasiado, que la inacción de Europa era demasiado, que el silencio de la gente era demasiado.
Decidió que ella sería el ejemplo, que ella no seguiría la inacción de personas y de gobiernos.
Y decidió ofrecer su vida para protestar por todo ello.
Heba Muraisi, en huelga de hambre desde hace 70 días.

Juan consultó la hora de nuevo. Menos cinco. "Estoy llegando", le había respondido Susana diez minutos atrás, cuando el retraso era ya de quince. Suspiró. Reparó entonces en una pequeña mancha en la mesa de la cafetería, y sacó un pañuelo, sonriendo: aquello habría desencadenado una discusión si ella hubiese llegado ya. Él querría limpiarlo y ella no le dejaría. "Que lo haga el camarero". A Juan le requería menos esfuerzo limpiarlo él que conseguir la atención del camarero, obtendría el resultado antes y no le quitaría tiempo a quien sí necesitaba que le atendiese rápido con la comida. Pero para Susana era una cuestión de principios. "No aprenderá a hacer bien su trabajo si no le protestan", diría.
"Por fin", pensó, viéndola entrar. "Esta vez voy a quejarme, o nunca será puntual". Pero el pensamiento no duró mucho. "¿Para qué? Si ya lo sabe".
"Hola, preciosa".
Empezamos el año retomando nuestro concurso semanal de microrelatos en Menéame. El tema con el que empezamos de nuevo es PROTESTA.
Os dejamos por aquí un recordatorio de las bases: blog.meneame.net/2025/01/09/concurso-semanal-de-microrelatos/
Me dijeron que, si algo no me gustaba, protestara. Que me quejara. Pero que tampoco me quejase mucho; a nadie le gustan los quejicas. Así que protesté, poquito, pero protesté.
Pero a la vida le da igual lo que digas. Y aún menos le gustan los quejicas; es más, se la pela totalmente. Así que me aburrí de protestar y de que nada pasara. Bajé los brazos ante la vida y me pasó por encima como un autobús.
¿Y sabéis qué?
Es lo mejor que te puede pasar.
Ya no protesto; ahora cojo lo que quiero y desecho lo que no.
A la vida le da igual lo que protestes o patalees.
Si algo no te gusta, cámbialo.
-Dice que si no liberamos a su padre, se dejará morir, y si la liberamos se ahorcará.
-A su padre le va a encantar que lo llevemos a verla ahorcada. Dile que haremos eso. Que dejaremos su cadáver reseco una semana en su celda, para que lo disfrute.
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Así fue como Lina abandonó la huelga de hambre...
Porque el poder también puede protestar contra los ciudadanos. ¿O pensábais que no?
Cuando despertó, el Netanyahu todavía estaba allí.
Tras tanto tiempo sin noticias, parece que se retoma la iniciativa.
Pues no participo, ea!
El palacio-fortaleza resistió dos días. Al tercero los desharrapados arrasaron los parterres, y tras reventar los portones, se aplicaron a la destrucción, convirtiendo siglos de refinamiento en guijarros irreconocibles. El herraje dorado de una cómoda sirvió para degollar al Archidux y su familia.
El Deoemperador supo días después que otros nobles de orgulloso linaje y altos palacios corrieron similar suerte.
— Divino Señor, la Corte se pregunta dónde están los soldados para defenderla de la turba de asesinos y agitadores. — dijo el chambelán.
— Eres un simple, Basilis. Qué mejores soldados que esos miserables. No nos han costado una moneda, apenas unos rumores retorcidos, y gracias a ellos hemos mandado al olvido a las sanguijuelas que algún día habrían deseado usurparme el trono.
El chambelán no entendía. El Deoemperador habló nuevamente:
— Ahora sí, que salgan los soldados y limpien de chusma las ciudades. Que no dejen ninguno vivo.
Se hizo de noche y Manuela pensó que todo había terminado.
Se hizo de noche y Carlos pensó que todo estaba por empezar.
Se hizo de día y Manuela pensó que, hoy sí, se iba a comer el mundo.
Se hizo de día y Carlos pensó que la cama estaría ya fría.
Llegó la tarde y se cruzaron.
Ella no llegaba sola. Otro hombre venía con ella.
Con un maletín.
Un maletín y una cerradura nueva.
Se hizo de día y Manuela pensó que, al fin, todo había terminado.
El futuro era simple. De saberlo, en tiempos pretéritos habría alzado mi voz. Mas ya no estaré presente.
Corrían los 90 cuando presenté Piratas nazis del Caribe: en un futuro cercano, por razones desconocidas, la humanidad padecía una regresión cognitiva.
En EE. UU., una grotesca mezcla de Jesús Gil y Calígula, entre chistes y bailecitos, había decidido reinventar la vieja piratería. Durante sus ratos libres perseguía como a perros a los hispanos, quienes le adoraban igualmente. Una especie de SS, aunque enmascarada y peor vestida, los cazaba; aun así, algunos gritaban «¡democracia!» en apoyo a su ídolo.
En el virreinato coloqué a un gobernador arquetípico de español de película de piratas: corrupto, incompetente, tiránico, feo y analfabeto, lo cual no evitaba que sus famélicos ciudadanos le idolatraran.
El editor no continuó leyendo. «Inverosímil, caricaturesco e incluso ofensivo», dijo.
Desperté. Los gritos de protesta en la calle habían interrumpido aquel sueño. Los manifestantes, patriotas, pedían que nos bombardearan y secuestrasen al presidente. «¡Democracia!», gritaban.
menéame