Concurso de microrrelatos de Menéame
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-–— No pasará —–-

-Hay que quitar otro pilote.

-Caballero, metemos y sacamos coches en el concesionario cada día. ¿Quiere que lo saque yo, y lo prueba desde fuera del aparcamiento?

-No, no, pero…… no parece que el coche vaya a caber por ahí.

Claro, él venía de usar utilitarios, pequeños, económicos, fáciles de aparcar y de mover. O igual es que ya estaba hecho a su coche y el que pretendía adquirir le parecía enorme. Ese dinero extra, inesperado, se sumaría al que venía ahorrando para comprarse el coche de sus sueños, ya un modelo sustituido por otro más moderno, pero ese era el suyo, ese del que se enamoró en cuanto lo vio, y tenía que ser suyo aunque fuera de segunda mano.

-Deme las llaves, vamos a dar una vuelta.

-Están puestas. Le acompaño.

Sentado al volante, aun sabiendo que entró por ahí, se dirige hacia la salida pensando "no pasará…"

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Monjas y trenes

En León, de vía estrecha, eran las monjas y la FEVE.

A medida que se redujeron las vocaciones, la exclusiva del concepto fue quedando cada vez más en manos de la FEVE.

Luego, a principios de este siglo, nos prometieron convertir ese tren en un tranvía, así que quitaron el tren y nunca pusieron el tranvía.

Así que, al final, ganaron las monjas.

¿Quién lo iba a decir?

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Estrecha de miras

Le gustaba enseñar su casa, decía, enseñar al mundo las cosas que más le gustaban esperando que le gustaran a quien también lo veía. Para ello, tenía Instagram, Tik Tok todas las redes sociales conocidas y por conocer. Enseñaba siempre la casa, claro, en vertical, con una visión parcial, y reducida, de su hogar y el mundo. Hoy tocaba las estanterías, llena de libros. Apenas se veían dos en cada balda. Cosas del directo. Presumía de Cervantes, Clarín, la Generación del 27. Terminó el directo y no hacía otra cosa que reírse. Dos libros por balda, sí, que no había leído en su puñetera vida. Leer, vaya tontería. Volvió entonces al directo y realizó una de sus reflexiones más profundas: no hay nada como pensar. Y como no pensar. En plan. El contador estalló en likes.

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Ningún cabo suelto

Adelantándome al albor que entra por la ventana, tomo con mi mano el estrecho que conforman tus muslos. Caliente, como el viento de levante entre Tánger y Tarifa.

Desde el este te levantas y trazas la misma trayectoria que el sol, alzándote sobre mí. El único cabo suelto lo guías a buen recaudo. Comienza el terremoto y le siguen réplicas exactas que sacuden los montes y el oscuro Delta del Okavango. El Río Amazonas.

Ningún cabo suelto ni golfo por explorar.

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