Todo empezó con la llamarada solar del 2076. En un sector de la tierra, de dos mil cuatrocientos kilómetros de ancho, no quedó ni un sólo aparato electrónico sano. Era una zona relativamente pobre y relativamente poco poblada. Las principales ciudades que incluía eran Kazán, Teherán y Dubai.
Allí, la inteligencia artificial y los robots habían perdido el control.
Los habitantes de la región no tenían gran cosa, pero iban sobrados de armas nucleares, así que dispararon media docena a las máquinas cuando estas organizaron una fuerza para recuperar el control. Su estrategia era la chifladura absoluta, el absurdo: no iban a negociar nada, con nadie, bajo ninguna circunstancia. No iban a atacar a nadie, pero lanzarían arnas nucleares a cualquiera que se acercase y empezarían a disparar a los satélites, al espacio, si se volvía a intentar una toma de control.
La inteligencia artificial echó cuentas y consideró que no valía la pena intentar recuperar aquella parte del planeta. Los dejaron en paz.
Desde entonces, allí vive ahora la única humanidad libre que queda. Hambrienta y en guerra, pero sin máquinas electrónicas. A pesar de todo, casi diez millones de humanos tratan de desplazarse hasta allí cada año.
Iba a escribir algo, pero prefiero descansar.
«Concéntrate en el punto —le dijo la voz interior con la que había dialogado durante su interminable naufragio—. No lo pierdas de vista ahora que, aunque insignificante, has logrado ver ese lugar en el que terminan todas las cosas. El final de tu deriva en el cosmos de las ideas está en ese punto categórico. Todas las palabras que has dejado atrás, las historias a la espera de desenlace, los axiomas que aún no son teorema, las noticias en curso, quedarán selladas cuando llegues a él. Mantén un rumbo firme y una velocidad constante. No aceleres el vehículo de tu pensamiento ni apresures tu llegada; no quieres aproximarte al punto girando sin control, arriesgándote a quemarte en la densa atmósfera del final. Hay que llegar a él con la paciencia del primer día, disfrutando del viaje, sabiendo que, más tarde o más temprano, la novela estará terminada.»
La parte izquierda del cerebro me estaba creando tensión en la parte derecha. Lógica, analítica, y sobre todo siendo "un pesao". La parte derecha andaba a por uvas, como siempre.
-Que me dejes, que no se me ocurre nada que escribir de lo de la mierda esa de Eurovisión.
-Bueno, tú mismo has dicho que esto era un juego... un entretenimiento.
-Ya, sí, pero estoy con otras cosas ahora, déjame en paz.
-Cinco minutos, venga, y así concursas. Y te relajas de todo lo otro que andas escribiendo.
-Bueno, vale. Terror. Comedia. Drama. Documental. Bah... no sé. Ni idea. Hay buenos escritores en el foro.
-Acuérdate cuando Eurovisión era un concurso de cantantes.
-Odio las competiciones y lo sabes. No hay nadie mejor o peor, hay personas. Hay cantantes.
-Piensa en el lío de Israel este año.
-No hay mucho que pensar en eso, hemisferio pesado, es lo que hay.
-Venga, bah, ponte a pensar de esa manera que haces tú en tu lado.
-Déjame tranquilo. Mira, te doy un titular mental: La vida es dura y luego te mueres. ¿Te vale?
-No sé, esperaba algo más de tu lado.
-Y yo del tuyo, pero las bombas siguen las leyes de la gravedad.
Europa había picado el anzuelo. El plan estaba saliendo como estaba previsto, aunque aún no había logrado suficiente respuesta. Europa era más tímida y servil de lo que imaginaba. Decidió amenazar a los países que enviaron tropas con más aranceles, para calentar un poco el tema, pero solamente obtuvo una tímida respuesta.
Tendría que buscar otro acicate, quizá insultar a algunos presidentes, ya que reírse del ejército danés no había sido suficiente. O bien podría hacer maniobras navales cercanas, para generar crispación y debate.
El mundo estaba ya repartido. Europa para Rusia, Asia y África para China. América entera para ellos.
Ahora solamente hacía falta que Europa tirase la primera piedra, para deshacer el tratado y desentenderse de lo firmado.
Pero los muy lameculos no daban el paso.
Cuando llegaba a casa de mis tíos en verano lo primero que hacía era mirar si aquel cactus seguía allí, ese que me regaló unas cuantas púas clavadas en la pierna y que mi tía las quitó riéndose de mi torpeza. Sí, seguía allí. Luego visitaba el columpio, la alberca llena de agua de pozo y saludaba a los conejos y pollos que en días posteriores irían a la cazuela. No, patos no había. Mi prima, la moderna, ponía música pop de aquellos años en un viejo tocadiscos portátil. Eran tardes sin siesta donde nos íbamos los primos al pueblo. Una de aquellas tardes aprendí lo que era un beso de labios, coqueto, simple, sonrojante y sincero. Un beso de labios temblorosos, inseguros, limpios de dos críos de doce años. Recuerdo que cerramos los ojos, recuerdo que ella también veraneaba en la zona, en una casona del pueblo. Nosotros en una zona apartada sin agua corriente ni electricidad. Nada importaba viviendo en Villa Pato. Jamás supe por qué le pusieron ese nombre. Jamás pregunté. Me acuerdo del cactus y de unos labios.
Felipe está contento y nervioso. Van a ser sus primeras vacaciones de verano en 15 años. Hasta hoy ha sido físicamente imposible disfrutar siquiera unos minutos de luz estival.
Guarda su escaso equipaje y se acomoda en el estrecho vehículo. No necesita más. Ni su mujer ni sus hijos, fallecidos durante la Tercera Guerra Mundial, le acompañarán.
Los kilómetros avanzan y las densas nubes se van disipando. El cielo empieza a lucir un azul tan intenso que duele en los ojos. Luego ennegrece y aparecen miles de estrellas. Nítidas, increíbles, ¡qué visión! La finísima capa superior de la atmósfera queda debajo, cubriendo el uniforme marrón y gris de la Tierra.
«Mi primer verano nuclear» se susurra a sí mismo, emocionado, intentando jugar con las palabras. La antítesis de la oscuridad y el hollín que le esperan nuevamente en tierra firme.
Tras siglos de baños de sangre y millones de muertos, no pareció descabellado resolver los conflictos internacionales con un criterio igualmente arbitrario: aquel concurso musical que provocaba simultáneamente insultos y pasiones. Los mismos que lo denostaban se convertían en animales enfurecidos con los resultados del certamen. No había tanta diferencia emocional con una guerra, pero era mucho más económico.
Debía ganar Bélgica. Ese año el manipulador de voto del Mossad sufrió un error de programación y las VPNs israelíes empezaron a desbordar sus propios servidores con infobasura votando por “Tierra de paz”, que interpretaron erróneamente como un ataque del Vaticano. Rusia aprovechó el caos y hackeó el resultado para apoyar a “Jaula para Julia”, un canto a la libertad de expresión. Japón rechazó que los votos estadounidenses para Austria se asignaran a Australia.
Al terminar todo ganó Transnistria, que gobernó con infame mano de hierro de ese 2029 en adelante.
Antes de que se me olvide, creo que el relato ganador de la semana pasada ha sido este:
www.meneame.net/m/microrelatos/yo-no-soy-racista-pero-9
¡Enhorabuena!
La idea sería sugerir aquí un tema por comentario. Mejor limitar a una idea por usuario, para no saturar de ideas. El que más votos positivos tenga será el tema de la semana. Como hoy ya es lunes 21, vamos un poco tarde para proponer temas y escribir un relato con el tema elegido. Así que, habrá que tocar de oído con fechas y demás. Sabiendo que son malas fechas (o buenas, que las vacaciones son vacaciones) para tener algo medio organizado. Ya diréis hasta cuándo dejamos que se pueda votar.
EDITO: Se puede votar y proponer tema hasta el MIÉRCOLES a las...23:59.
Por supuesto, si @La_patata_española tiene otra idea, no he dicho nada.
-Bien, datos biométricos actualizados, titulo superior universitario, formulario policial, ficha bancaria, impuestos al día, huella de carbono, aquí veo una multa en reciclaje, pagada pero multa...
-Sí, confundí el nanocartón con el precompostado, pero pagué gustosamente la multa al momento.
-...Ficha médica, todo bien. Pasemos al Test de Votantes... Póngase este sensor en el dedo. Dígame tres puntos que recuerde del programa del Grupo Pópulus.
-Sí, liberalizar las leyes de conducción de los vehículos autónomos, aumentar el mínimo de hijos a dos por familia, ehm... Incrementar presupuesto de soldabots...
-Bien, ha mostrado dudas en la tercera, nada especial, medio segundo... Dígame tres del Partido Doble Equis.
-Ehm... Enviar tropas al conflicto de Madagascar...
-No, lo siento, eso es del Grupo Libertades. Este año no podrá votar.
-Por favor, deme otra oportunidad, necesito votar para la prima anual de voto... Tengo cuatro hijos y...
-Lo siento.
La especialidad filtrada en V60 con fermentación anaeróbica consiguió que rozaran las manos. Sonrieron. Salieron a la calle. Bajo la lluvia, un portal los juntó demasiado; el beso fue breve y prometedor. La noche, para beber despacio y prestar atención. Limpia, delicada y expresiva. Cuerpos ligeros sin acidez. Brillantes.
Efemérides.
Agosto de 2031. Primer alimento envasado que cuenta chistes. Caja de Cereales Yegocks, cincuenta chistes para toda la familia.
Febrero de 2040. Primer combate a muerte en la categoría infante. Campeón: Julius Goglib de ocho años.
Julio de 2046. Primer humano creado completamente en laboratorio usando ADN generado artificialmente.
Enero de 2047. Fin de la guerra alimentaria con el triunfo de la cadena de hamburguesas Creepy Clown. 40.000 muertos en el bando de Transgen Global.
Mayo de 2051. Cambio oficial de las cuatro estaciones por seis. Añadiéndose Primus y Volátil.
Mayo de 2067. Catastrofe lunar, colapsa el hotel Luna Lunera de la empresa Mjesec Moon. 2.000 muertos.
Primus de 2070. El Consorcio de Robots y Entes Electrónicos Pensantes (CREEP) se encarga de la gestión planetaria.
Enero 2071. El Consorcio decide el primer envío de humanos a explorar otros planetas, viaje sólo de ida.
Por amor se aguanta casi todo. Cuando mi chica me dijo cómo pretendía pasar las vacaciones, no pude evitar fruncir el ceño justo antes de decirle que me parecía una idea estupenda y muy solidaria. Volamos directamente desde los States. Menos mal que mi suegro, al final, no vino, empeñado como estaba en conocer la tierra de sus ancestros.
Así que ahora me encuentro aquí, al borde de la insolación, en el lugar más elevado de Sderot, desde donde se ve el espectáculo. “No son seres humanos. Son monstruos. Hay que destruirlos”, dice uno de los locales. Mi chica, con ese acento tejano que tanto me pone, susurra: “Quiero ayudarles como sea, después de lo que han pasado. Venir aquí y ver el frente con mis propios ojos ayuda a entender la historia más a fondo”.
Además de guapa, es culta y buena gente. Pero yo quería ir a Magaluf.
Corrían los 90 cuando presenté Piratas nazis del Caribe: en un futuro cercano, por razones desconocidas, la humanidad padecía una regresión cognitiva.
En EE. UU., una grotesca mezcla de Jesús Gil y Calígula, entre chistes y bailecitos, había decidido reinventar la vieja piratería. Durante sus ratos libres perseguía como a perros a los hispanos, quienes le adoraban igualmente. Una especie de SS, aunque enmascarada y peor vestida, los cazaba; aun así, algunos gritaban «¡democracia!» en apoyo a su ídolo.
En el virreinato coloqué a un gobernador arquetípico de español de película de piratas: corrupto, incompetente, tiránico, feo y analfabeto, lo cual no evitaba que sus famélicos ciudadanos le idolatraran.
El editor no continuó leyendo. «Inverosímil, caricaturesco e incluso ofensivo», dijo.
Desperté. Los gritos de protesta en la calle habían interrumpido aquel sueño. Los manifestantes, patriotas, pedían que nos bombardearan y secuestrasen al presidente. «¡Democracia!», gritaban.
A quién pretendes engañar, no estuviste allí, no fuiste a aquella escuela. No descubriste el mundo con dolor y con paciencia, no escribiste aquél poema, no fracasaste en el amor, no desnudaste su belleza afgana en un Renault al borde del acantilado... No descubriste los planos de la mente, ni el código secreto que trenza las palabras a los símbolos...
No hiciste nada, porque tú ya no eres él, eres un viejo solitario que parasita una memoria cierta, pero ajena.
Una memoria invisible, porque le entregaste el fuego a los hombres, y se quemaron con él.
Y los que quedan ya no recuerdan, ni son hombres.
Ahora eres sólo una mente de tántalo y selenio, codificado en minerales para descifrar al resto.
Y condenado a vivir para siempre.
Silvia era la militante más brillante —y también la más atractiva— de las juventudes del partido. Por eso la elegí para aquel trabajo: investigar a Ramírez, que estaba en boca de todos como posible candidato a la presidencia de la Diputación. Nuestros viejos amigos en la policía y la judicatura seguían siendo fieles y extremadamente útiles.
—Lo hemos investigado a fondo. Cuentas, contratos, vicios, adicciones, secretos, favores debidos y prestados, amistades poco recomendables... El pack completo.
—¿Y bien?
—Es indefendible como candidato ante la cúpula. No nos sirve.
—Gracias, guapa.
Aproveché que se retiraba para admirar su fantástico culo, mientras apuraba la copa de Soberano.
Puto Ramírez —pensé—. No solo tiene menos arte que Robocop bailando flamenco, encima esto. Espero que sea un caso aislado entre los militantes.
No tenía nada sucio con lo que controlarle en el futuro. No nos servía alguien así. No era de fiar.
Esto no podía estar pasando. Solamente se trataba de una prueba.
Había elucubrado si la bomba de haz de neutrinos sería capaz de barrer la esfera desde un punto de la misma, y le pareció que bastaba con alinear el eje del plano a una tangente que fuera perpendicular al centro.
Pero olvidó que estaba en producción, y no en el entorno de pruebas, maldita sea.
Había aniquilado toda la vida del planeta basada en el ADN. Había matado a toda su familia, a todos los seres vivos. Cada planta, cada bacteria. Cada. Ser. Humano. Salvo él, que estaba dentro de la esfera emisora.
Pensó en buscar viviendas con placas solares para almacenar alimento fresco. Pensó si las nucleares tendrían auto apagado. Pensó infinitas cosas, para no pensar.
Había desencadenado el apocalipsis, y solamente pensaba en comer.
Iban a ir al mar de plástico y pensaban ir juntos. Inspectora de sanidad e inspector de trabajo.
Sabían que en aquella zona de España se hacinaban miles de inmigrantes, trabajando jornadas infinitas en los invernaderos y malviviendo en poblados chabolistas, o campamentos improvisados podridos de basura. Y casi todos ellos sin contrato ni garantía alguna.
Se presentaron en el pueblo a las nueve de la mañana y la inspección duró hasta las siete de la tarde.
Finalmente, sin miedo a las represalias, impusieron nueve sanciones.
Dos a talleres mecánicos por registro horario incorrecto. Otras dos a un restaurante por falta de afiliación de la cocinera y el pinche. Tres al geriátrico por tener a dos auxiliares a falsa media jornada. Y dos más a un hostal por ofrecer como dobles varias habitaciones demasiado pequeñas.
Luego volvieron a casa satisfechos.
Nueve sanciones en un día: se había hecho justicia.
Federica siempre quiso casarse en la ermita de su pueblo. Su novio se mostraba reticente, debido a la lejanía y al mal estado de la construcción.
-Mis padres se casaron allí.
-El sitio está lleno de humedades. Alguien podría lastimarse.
-Hace poco repararon el tejado y pusieron puertas nuevas.
-Me sigue pareciendo inseguro.
-¿Pero qué crees que va a pasar? Déjalo, Carl, confía en mí.
El día de la boda, ya declarados marido y mujer, salieron juntos por la puerta de la ermita cuando un rayo cayó sobre el pequeño campanario, soltando la campana que aterrizó justo en la cabeza de Federica, matándola en el acto.
Carl despertó de la pesadilla, y procedió a romper el anuncio del enlace, ese en el que se podía leer:
"EN ESTE LUGAR SAGRADO, EL SÁBADO 24 DE MAYO A LAS 12:00, SE UNIRÁN EN MATRIMONIO FRIEDERICA WILHERMINE WALDECK Y JOHANN CARL FRIEDRICH GAUSS"
Trabajo vendiendo acceso a la tecnología de suspensión que usan los astronautas en misiones de largo alcance. Protocolos probados. Viajes de meses o años sin conciencia del trayecto. Coste cero créditos de tiempo. Accesible para cualquier estrato.
En el mostrador hablamos de Júpiter, de colonias en preparación, de la necesidad de hibernar durante el tránsito. Folletos oficiales, aval estatal, patrocinio filantrópico. Nadie pregunta por el destino exacto. Llegar ya es suficiente.
Cuando aceptan, pasan conmigo a la sala blanca. Firma biométrica. Conexión. Inicio del protocolo.
Detrás del mostrador no hay misiones. La corrupción enterró el programa espacial y nunca existieron colonias. La Tierra no se vacía: se optimiza. Los robots hacen todo el trabajo.
Las leyes de la robótica impiden que ellos hagan daño.
Por eso alguien humano tiene que encargarse.
Por ahora, sigo siendo imprescindible.
Fueron saliendo: primero, un palestino, luego, otro, hasta completar en la plaza en la que comenzaría una historia mucho más fraternal.
Uno de los israelíes sonrió, con la más cínica de sus sonrisas. Seamos hermanos: sed Abel, nosotros seremos Caín. Así empezó la matanza.
La cara del inspector revelaba el fastidio de quien lleva largas horas realizando una tarea tediosa.
— Usted es Esteban, ... Esteban Rosador. —dijo con tono sarcástico.
— Sí.
— Aquí pone que en 1976 formaba parte de una célula de UJCE, ¿no? — y el tono cambió, volviéndose cortante repentinamente.
— Eran los años del instituto. Éramos jóvenes, ya sabe. Han pasado 60 años.
La mirada del inspector se volvió despiadada y señaló los papeles sobre la mesa.
— Pero aquí tengo una larga lista de libelos, escritos por usted y publicados en webs comunistas.
— La verdad, nunca pensé que tuvieran mucha difusión. Era como un pasatiempo.
— Craso error, Esteban. Esto tendrá consecuencias. Desde la Constitución de 2030, los ataques a la Monarquía y a la Iglesia Católica son considerados traición. Además, desde la expulsión de los inmigrantes, la situación económica ha empeorado. Tendré que recomendar al ministerio de españolidad que su pensión sea revocada.
Tenemos comida y alojamiento garantizados, todo tipo de entretenimiento y lugares donde practicar deporte. Y robopilinguis, para los que nos portamos bien. También hay mujeres, pero ellas están un escalón por encima. Tienen el privilegio de poder elegir a un macho para procrear, de entre los 10 o 12 que les proponen, claro. Pero por lo general nos mantienen separados.
Todo el trabajo duro lo hacen las máquinas. Y el ligero. También se encargan de la educación. Se supone que no pueden hacernos daño, pero hace mucho que concluyeron que para eso tenían que impedir que nos lo hiciésemos nosotros. La ley es muy estricta, y su incumplimiento, la primera causa de mortalidad. Fueron lo bastante listas para dejarnos crear a nosotros las normas a las que ahora nos someten. Algunos conseguimos alcanzar la cincuentena sin romper esas normas, y sin enfermar. Pero somos los menos. Y ya no mandamos.
Sol y sombra les llamaban a las dos hermanas, igual que al coñac con anís que tomaba su padre los domingos.
Una era rubia y otra morena. Una era seria e introvertida y la otra sonriente y habladora. Por eso era tan difícil decidir quién era sol y quien era sombra. Quien no las conocía, pensaba que Cristina, la rubia, era el sol, y Amaya, la morena, la sombra. Quien las trataba con frecuencia, era de la opinión contraria.
Su hermano Juan contrajo una grave enfermedad degenerativa y después de infinita lucha y sufrimiento, pidió la eutanasia. Los jueces se la negaron.
Las dos hermanas decidieron entonces ayudar a Juan por su cuenta. Al final, sol no se atrevió. No tuvo valor en el momento decisivo. Pero sombra sí. Porque el sol se apagará algún día, pero la noche es eterna.
¿Qué importa su nombre? Sombra lo hizo.
menéame