Sus alquileres están especialmente protegidos por una antigua ley que cambió en el año 1982: los acuerdos firmados antes -como es su caso- no se pueden anular por parte de la propiedad y los inquilinos, de momento, se niegan a marcharse. “Se han reunido conmigo amigablemente, quieren que nos vayamos por las buenas. Pero nosotros no nos vamos a ir, ni por las buenas ni por las malas”, asevera en conversación con Somos Madrid. Sus vecinos, todos octogenarios salvo uno, casi centenario. “Llevo 53 años aquí y soy la que tiene el contrato más joven”
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