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Sunitas y chiitas, siglos de rencor y sangre por una herencia mal repartida
En el año 632 de nuestra era, en Medina —lo que hoy es Arabia Saudí—, el profeta Mahoma murió de fiebre. Tenía unos 62 años, había fundado una de las religiones más poderosas de la historia humana y había unificado bajo su liderazgo a las tribus árabes de la península. Un logro extraordinario. El problema es que no dejó testamento escrito. O al menos no uno que todo el mundo reconociera. En las horas que siguieron a su muerte, mientras su cuerpo aún estaba en casa de su esposa favorita, Aisha, sus seguidores empezaron a discutir la sucesión.
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Pero es muy interesante. Gracias #0
Piensa que entrar a MnM es peor todavía.