Los cuadros idílicos están muy bien para colgar en una casa confortable, con ventanas de cristal doble, para colgarlos encima de un radiador mientras se mira bien calentito como cae la nevada fuera.
Pero a veces hay que ser honrado con uno mismo y pensar que en esa casa vive alguien, y ese alguien las pasa canutas. Los campos nevados y solitarios son sólo para las postales.
El habitante de esa casa es un ganadero que tiene que segar medio año para tener hierba con que alimentar a sus vacas cuando el paisaje se pone a punto para pintores. La vista es la que se observa desde la casa de un cura amigo mío, un cura al que, si le haces la broma de que vive como un cura, te da de comulgar por lo civil: sin contemplaciones. Y si quieres, vas y le cuentas lo de la otra mejilla, que verás lo que tarda en responderte que tampoco él espera resucitar al tercer día.
No es de extrañar que se lo tome así: ser cura en las montañas de León, con catorce parroquias que atender, y dos años sin celebrar una boda ni un bautizo, no es para endulzar el humor de nadie.
Lo peor son los entierros. Esta semana no ha habido ninguno, y con la nevada se agradece. Se ve que la gente no se quiere morir con nieve para no causar molestias. La gente de esta tierra es así de considerada.
Pero a veces, hasta los más respetuosos, tienen que morirse, y a Vicente, que es como se llama mi amigo el cura, lo avisan para que vaya a enterrar al día siguiente: con nieve, ventisca, caminos que sólo tuvieron tiempos mejores cuando los romanos sacan oro en estos montes, y lobos que ignoran que también los curas son especie protegida.
Hace tres años, cuando destinaron a Vicente a estos andurriales, a un buen señor se le ocurrió la idea de morirse un doce de enero. Había esperado noventa y un años y no pudo esperar a la primavera. Hay gente para todo.
El médico avisó al cura, y Vicente se presentó la tarde siguiente con su flamante sotana, misal, hisopo y estola de gala. Era su primer entierro.
Pero cuando llegó al pueblo se encontró con que enterrar al difunto Alipio no era decir los rezos: se trataba de enterrarlo textualmente, porque nadie en todo el pueblo tenía edad ni fuerzas para cavar una sepultura.
Medio pueblo estaba reunido en el cementerio. Veinte personas. Mil quinientos y pico años en total. Así que Vicente les echó un vistazo, se quitó la sotana, pidió un mono e trabajo, y allí estuvo tres horas dándole a la pala, auxiliado por los aplausos de los más ancianos y la mano que pudieron echarle, quitando tierra, algunos menos achacosos.
Tres horas tirando de pala. Luego vuelta a la sotana, misal, agua bendita, estola y requiem. Y cada vez que decía "descanse en paz", le tenía envidia al muerto.
A él en el seminario le habían icho que el ritual de los funerales era otra cosa. Lo de la pala debía de ser cosa de herejes. O de putos ateos.
—Y yo con mi misal hice el gilipollas, madre —me contaba luego Vicente con una sonrisa, parodiando a Xavier Krahe.
Por eso, el que le dice que vive como un cura se arriesga a que le pase algo.
Por eso, los cuadros como este, son mejor cuando están bien enmarcados, sobre una pared. Siempre sobre una pared.
Si los ves por la ventana, mala cosa.
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A, JAT, con un abrazo.
Sí, ¿pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la Rue de la Huchette?
Sólo son rumores, sólo palabras transmitidas de boca en boca, de beso en beso, entre transgresión y abandono. Rumor entregado por los labios carnosos de la niñera al mentón bien rasurado del sacerdote; palabra apenas esbozada que pronunciaban los labios de la esposa fidelísima sobre el pecho del mozo de almacén; secreto confesado por la dependienta al gran doctor. Palabras de olvido, de indigencia moral, de pasión mal reprimida encarnada en liviandad para escapar de su asfixia y extrañar otros temblores.
Esta noche nada puede ser real, ni los abrazos que se prestan ni los ojos que se huyen en la oscuridad mal conseguida de una ciudad en guerra que reluce demasiado. Ya no hay miedo a la aviación, ni se asustan las matronas con los estruendos lejanos de los obuses teutones: vuelve la claridad cuando menos se necesita, cuando todos quisieran ser sólo manos para abrazar y cuerpos estremecidos en ese hiriente placer, en la caricia resentida y voluptuosa de los que se odian a sí mismos.
Es la noche en que nadie puede avergonzarse de sus actos, la noche en que nada importa, porque alguien entro en Sevres y se llevó en un gran saco las medidas y los pesos, las barras de platino e iridio con que antes se cuantificaba el mundo, los termómetros, las escalas y las conciencias. La conmoción es demasiado grande para que alguien se preocupe aún por el decoro: cuando se pierde el orgullo se abandona también toda contención, todo recato. Cuando se pierde el orgullo, sólo queda por defender el animal, y el animal humano se debate en el fango, entre espasmos de rabia, semen, saliva y bilis.
Esta noche se perdió la autoridad. Nadie se atreve a mandar, ni sirven las cerraduras, ni existen lugares santos. Esta noche todo vale porque todo perdió valor: los cálices son copas y las banderas son trapos, las leyes cantar de ciegos y el vecino anciano una oportunidad de obtener un buen botín sin riesgo y sin esfuerzo. Hoy los lobos son más lobos para el otro. Hoy los otros son infierno, purgatorio y paraíso, sin lindes que los separen.
Esta noche corre el fuego, entre los ladrillos de las esquinas, desgastados por el roce de los carros, en los adoquines demasiado pulidos y los látigos de los cocheros. Esta noche corre el fuego, entre las prostitutas que no lo son, porque el miedo todo lo iguala, y los clientes que no pagan, y los chulos que se miran los nudillos entre copa y copa, entre cerveza y cerveza, entre la espuma derrotada de su arrogancia de ayer.
Esta noche la ciudad aguarda, como un muchacho en posición de firmes al que se la ha prometido una bofetada. Y sabe que el golpe llegará, pero el profesor camina en torno suyo, apostrofando su falta; a veces se detiene y mira cara a cara al alumno, pero espera. Prefiere esperar. Sigue con su clase y entre explicación y explicación vuelve a pasar al lado del muchacho, y lo hará hasta que la bofetada sea recibida con alivio.
Esta noche el enemigo espera fuera, celebrando su victoria y preparando el desfile del día siguiente. Hace días que aguarda en los arrabales, en los castillos y en los palacios, en las fértiles landas donde cazaban los reyes y se reunían los jacobinos. Espera porque sabe que ha vencido sin luchar y que no hay ninguna prisa para tomar posesión de lo que se entrega con mansedumbre. Espera porque se siente amo y no sólo vencedor. No habrá fusiles en las ventanas, ni trampas en los recodos. No habrá más granadas que las que vendan los fruteros ni más luchas cuerpo a cuerpo que las libradas entre las sábanas de las que prefieran a los vencedores. Habrá fotografías y desfiles, y paseos junto al Sena, y un gobierno de agua con gas para reírles las gracias y ejecutarles los muertos. Y treinta o cuarenta chivatos por cada triste partisano que quiera sacudirse el yugo.
¿Para qué darse prisa?
París es ciudad abierta. Una ciudad que los suyos entregan sin defender. París no es siquiera una ciudad mártir, ni una ciudad derrotada, ni una víctima de la guerra. Es ciudad abierta, madre entregada, novia vendida, botín graciosamente ofrecido. Regalo y no conquista.
París es ciudad abierta porque prefirió ser ramera antes que matrona despeinada.
Sobre las tablas ennegrecidas del salón bailan abrazados el joyero y la modista, el locutor de ojos enrojecidos y la pálida maestra de latín. Bailan como bailaron siglos antes las víctimas de la peste y los feriantes hambrientos. Un aragonés republicano, hasta las cejas de vino, baraja sus documentos sobre la mesa sin hule arrumbada en una esquina. Tuvo que marchar de España, y no sabe adónde irá. Al infierno si es que existe, y si no a crearlo de una vez, que buena falta va haciendo. Con los párpados cargados por el sueño y el alcohol mira a su alrededor mientras recuerda su tierra, y piensa que en España no hay ciudades abiertas, como no sea en canal. Recuerda entonces en la voz de un maestro viejo y mal afeitado una frase de Galdós: Zaragoza no se rinde. La recuerda palabra por palabra, y pelando dignamente con la borrachera logra ponerse en pie:
—Y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que París sí que se rinde, y sin disparar un tiro —grita antes de caer de bruces sobre la mesa.
Pero nadie le escucha. Todos bailan.
El tabernero con la esposa del banquero. El abogado con la niñera.
Todos bailan a la espera de la bofetada.
Nadie dormirá esta noche.
Vino a buscarme súbitamente, tomando la forma de un anciano transparente. Tomó mi mano y todo se hizo blanco. Volábamos hacia arriba en un espacio totalmente homogéneo, sin ningún detalle que me sirviese como referencia para saber cuánto habíamos ascendido en un determinado momento. Entonces me dijo:
-Nos queda aún un gran trecho. Matemos el tiempo conversando ¿Cómo ha sido tu estancia por ahí abajo?
-He visto poca cosa. No obstante, creo que lo más reseñable se resume en mi sueño más real. Durante la mayor parte de mi vida estuve enamorado de una misma mujer. Siempre desde la distancia, ya que jamás se lo dije. Pues bien, siempre que iba a enfrentarme a un reto especialmente importante, soñaba con ella. En el sueño me amaba, compartía su luz conmigo, y todo era tremendamente real. Hasta sentía el tacto de su mejilla cuando la acariciaba.
-¿Entonces lo más reseñable de tu vida es un maldito sueño?
-Es lo que ese sueño representa. Lo he encontrado en diversos momentos y con distintas formas. Cuando he podido cambiar una vida para mejor, o cuando alguien ha mejorado realmente la mía. Cuando he hablado sin necesidad de palabras con mi sobrino recién nacido. Cuando he logrado conocer verdaderamente a una persona, libre de máscaras y convencionalismos sociales. Cuando una expresión artística me ha conmovido hasta lo más profundo...
-¿Qué tienen en común todas esas cosas?
-Autenticidad y humanidad. A lo largo de mi vida he detestado por encima de todas las cosas los convencionalismos. Fingir que te gusta una determinada música o ropa porque están de moda, aparentar que encajas plenamente con el estereotipo social imperante...hasta que, por fuerza de la costumbre, terminas muriendo en ese ataud. Y a lo largo de mi vida me han deleitado las expresiones de autenticidad. Ver seres humanos al trasluz. Con sus particularidades, sus impulsos, preferencias y deseos.
Igualmente, siempre me ha asqueado la gente pretenciosa que toma como referente los ojos de los demás y no los suyos propios. Del mismo modo, he admirado a quien, simplemente, hace lo que siente. Sin buscar ser vista, ni oida, ni envidiada...simplemente ser. Conocer a esa clase de personas puede enriquecer mucho tu vida. Igual que escuchar el eco de grandes almas a través de una melodía o una obra teatral.
-¿Entonces las grandes personas que has conocido tenían ese denominador común?
-Sí, y a la vez eran únicas. Como en realidad todos lo somos, aunque muchos lo oculten. He conocido a grandes personas de espíritu aventurero, que podían iniciar un viaje de aquí a La India de un día para otro. Había otras que, como yo, eran más tranquilas y disfrutaban escuchando un recital de poesía o yendo a un concierto.
Todos somos únicos, y tenemos, por ejemplo, un ideal de belleza propio. A mí me volvían loco las chicas de formas delicadas y aspecto frágil. A uno de mis mejores amigos, por el contrario, le gustaban tipo Pamela Anderson. Y en cuanto al carácter, a mi amigo le encantaban las chicas enérgicas, hiperactivas y locas por comerse el mundo. A mí, sin embargo, siempre me gustaron con una sensibilidad muy desarrollada, un corazón enorme y un gran amor por las artes (y un punto de timidez, al igual que yo mismo).
-¿Conociste muchas "grandes personas"?
-Qué va, por eso digo que he visto muy poco. Diría que he desaprovechado el 70% de mi vida. Cogí un trabajo que no me gustaba pero me daba estabilidad. Mil veces quise dejarlo, pero al final nunca lo hice. Si pudiese hablar con alguien que vaya a nacer en este instante, le diría que nunca acepte el calvario de tirarse los días esperando que termine la jornada laboral, y las semanas esperando que lleguen las vacaciones. Al final, la mejor forma de ayudar a los demás es hacer aquello que se nos da bien y, además, nos estimula hasta el punto de sacar lo mejor de nosotros. Por eso el trabajo tiene que gustar.
Así, trabajaba un día tras otro, autoconvenciéndome de que no había grandes cosas más allá de las fronteras de mi mundo. Todo lo contrario que la chica a la que amaba. Sacrificó su estabilidad por un sueño. Fue más valiente. Y seguro que encontró muchas más pepitas de oro en el río de su vida que yo. Yo aprendí hermosas teorías, pero pocas veces las llevé a la práctica.
-Cuando llegáis a mi encuentro, la mayoría sois bastante sabios. Dentro de un rato descubrirás si lo que has aprendido puede servirte de algo.
El capitán se acercó al intercomunicador y le gritó al buzo:
-¡Sube inmediatamente! ¡El barco se está hundiendo!
Y el buzo reinventó el encogimiento de hombros.
Cuando yo tenía once años, murió mi abuela, muy viejecita y enferma ya, y entonces llegó la hora del reparto de la casa, los enseres y demás. Para mí fue muy emocionante, porque por fin pude echar un vistazo a todos aquellos arcones de madera, con pinta de contener tesoros, que nunca me habían dejado inspeccionar a gusto.
El más secreto de todos era el arcón de la habitación de la abuela, y allí me dirigí, aprovechando que los mayores seguían en la comedor. El baúl estaba lleno de sábanas bordadas, colchas medio apolilladas, ropas de luto y un montón de cosas más del mismo tipo.
Desilusionado, iba ya a cerrar el baúl cuando localicé a tientas un objeto más duro y dediqué todo mi empeño a desenterrarlo de entre el ajuar de la abuela.
No fue fácil, pero al final saqué un envoltorio de tela que contenía una tetera y una lata metálica de té. Y me extrañó, porque el abuelo siempre fue aficionado al café y aún había por casa media docena de cafeteras.
Tenía sólo once años, pero antes de enseñar el hallazgo a los mayores recordé de pronto uno de esos cuentos que a veces contaba mi padre, y pensé que quizás no fuese del todo inventada la historia del vecino inglés, vendedor de biblias, que desapareció sin dejar rastro y al que todo el mundo creyó regresado a su país después de no haber conseguido vender ni un solo ejemplar en siete largos años que pasó recorriendo la comarca.
No era nada, pero el otro baúl, el grande del salón, ya no me apeteció explorarlo.
Sus ojos eran como telarañas. Bajo la potente luz de los trajes de sus compañeros, parecía que las venas del rostro de Bao estuvieran tatuadas sobre la piel con una enfermiza tinta azul desde el cuello a la frente.
Dejarían a Bao allí sentado en la sala de control. No tenía sentido que salieran de la base con su compañero ciego. Tenían que saber qué había pasado, o al menos en qué situación se encontraban. La base tenía un volumen lo bastante grande como para no preocuparse por el oxígeno, de momento. Pero si no podían volver a poner en funcionamiento los sistemas, tendrían que tomar decisiones difíciles y actuar rápido.
Se despidieron de él con un “en seguida volvemos” antes de dirigirse al módulo de entrada. La pequeña sala de presurización del fondo del módulo estaba abierta. Estaba diseñada para tres personas, y habían decidido salir juntos. Ya dentro de la sala, Chang bajó una palanca junto a la puerta interior para desbloquear el sistema de apertura manual.
El cierre manual de la puerta interior no estaba diseñado precisamente pensando en la ergonomía. Chang intentó girar la manivela con las dos manos, pero no pudo. No podía ser que en unos días hubiera perdido tanta masa muscular, seguía su tabla de ejercicios y debería estar al 95% de su capacidad máxima. Probó de nuevo, esta vez con todas sus fuerzas. Se le encendió la cara como una tea. No había manera.
—Prueba con esto —dijo Li, ofreciéndole una herramienta multiusos del tamaño de un antebrazo de la que había desplegado el cabezal idóneo.
El extremo encajaba en la manivela como un guante. En otra situación, Li le habría hecho alguna broma sexista al respecto, pero en esta ocasión le fruncía el ceño con preocupación. Desplegó una barra del otro extremo para hacer palanca. Estaba en el manual. Era obligatorio llevar esa herramienta en cada salida, y aunque no recordaba ese cabezal concreto, debería habérselo imaginado. Tenía que estar más atento, no podía permitirse desperdiciar sus energías ni arriesgarse a sufrir una lesión por no pensar con rapidez. Lo bueno de haber realizado ya tantas misiones con Li era que con una sencilla mirada y un asentimiento fue suficiente para que ella supiera que estaba al tanto de su error y que intentaría corregirse. Fuera no tendrían esa ventaja. Si había algo que odiaba del traje era no poder contar con ese contacto visual. Le exasperaba hablar con su reflejo curvado en el casco de sus compañeros.
Cerró la compuerta interior. La puerta exterior tenía una pantalla inservible por ventanilla, así que no sabían que se encontrarían fuera. Se colocaron las escafandras y comprobaron los sistemas del traje. No los habían recargado, les quedaban poco más de dos horas de oxígeno. “Cuando esto acabe, seguro que añaden un paso más al protocolo de entrada en la base: recarga de los trajes.” El indicador de riesgo de síndrome de descompresión estaba en naranja, alto pero asumible; seguramente tendrían bajo todavía el nitrógeno corporal por la última salida. Se dieron la señal de OK y activaron la mochila de soporte vital. Estaban forzando los tiempos de los protocolos de salida, o más bien saltándoselos. Esperaba que se le taponaran bruscamente los oídos durante un rato, pero no fue para tanto.
Al contrario que la puerta interior, la exterior se abría siempre de forma manual. De modo que Chang se ajustó la herramienta en el cinto, puso las dos manos en la manivela, y luego miró a Li. Cualquiera diría que ella le veía a través del espejo.
—No le des más vueltas, la decisión ya está tomada. Salimos los dos a la vez. Ninguno de los dos iba a quedarse dentro sin poder hacer nada en caso de problemas —dijo Li.
—Sabes que no es la mejor decisión.
—Pero es la que hemos tomado —zanjó Li.
Chang no estaba de acuerdo, pero no quiso discutir antes con Li. La conocía lo suficiente como para saber que no aceptaría órdenes en una situación así. De todas formas, pensaba que fuera no habría nada que les pudiera dañar. Fuera lo que fuese, ya había pasado. O eso quería pensar. Sí que le preocupaba que más adelante, en una situación realmente crítica, no tuviera forma de convencerla. Tendría que hacer que salieran de ella las decisiones difíciles.
Abrió la compuerta. Li barrió el exterior con los focos de su traje. Nada parecía haber cambiado en el exterior de la base. A la izquierda y a lo lejos, podían vislumbrar el montículo artificial de regolito que cubría el módulo de energía nuclear, y el grueso cable que llegaba hasta la base. En el centro, el extenso valle del crater Daedalus. A la derecha, el radiotelescopio en disposición de funcionamiento para la noche lunar, tal y como lo dejaron en su última salida.
Salieron de la base y cerraron la puerta exterior; el polvo lunar era un incordio, especialmente en el interior de la base. Chang le hizo una señal a Li con la mano para que le siguiera, y se dirigió hacia el montículo andando despacio junto al cable. La luz de sus focos se veía reflejada en el polvo en suspensión, mirara hacia donde mirara. Era su primera noche en la Luna, así que no tenía claro si esa cantidad de polvo era inusual, o era la misma de siempre, magnificada al reflejarse la luz de los focos en la oscuridad.
Por el rabillo del ojo, vio una luz azulada. Se giró bruscamente hacia atrás. Ahí estaba Li, que instintivamente también se giró hacia atrás, gritando por radio un “¡¿Qué?!” que casi le deja sordo. La luz ya no estaba. No había nada raro. Sólo el cable que llegaba por el suelo hasta la colina de regolito que ocultaba y protegía la base.
—Nada. Me pareció ver una luz azul detrás. Serían tus focos.
—Maldita sea, Chang, no me des estos sustos.
Siguió andando, pero pronto volvió a ver lo mismo. Se detuvo. Esta vez dirigió sus mirada hacia la izquierda sin mover la cabeza. Había una luz azulada. Estaba seguro. Eran los focos los que le impedían verla con claridad. Apagó sus luces y le indicó con la mano a Li que hiciera lo mismo.
Giraron sobre sí mismos, mirando asombrados a su alrededor. Era algo precioso, casi mágico. La base, el cable, el módulo de energía, el radiotelescopio, y hasta ellos mismos tenían una especie de tenue aura azulada. Agitó la mano delante del cristal de su casco y pudo ver como el aura la acompañaba, dejando una leve estela en su retina.
—Qué pasada, Chang. ¿Crees que esta cosa tan bonita nos habrá fundido los sistemas?
—No lo sé. Si tuviera que aventurar una hipótesis, diría que ha habido una descarga eléctrica y de alguna manera la carga residual produce esta luz. Tenemos que comprobar el módulo de energía nuclear.
—Tiene sentido. Lo de Bao parecían quemaduras eléctricas superficiales. Como si le hubiera atravesado un rayo. Pobre diablo. Me cae como el culo, pero no se merecía eso. No me jodas —dijo señalando la parte alta de la base, cerca de la cima de la colina—, ¿eso es lo que creo que es?
—Mierda, sí, Li. Tenemos fugas de aire en las claraboyas. Hay que darse prisa.
Con la vista acostumbrada, ni siquiera encendió las luces. Retomó el camino, esta vez dando grandes saltos. Li le siguió sin titubear un segundo. Si no se daban prisa en reactivar el soporte vital, Bao podría morir. “Es culpa mía. No hago más que cagarla. No es que tuviéramos el nitrógeno bajo, es que la presión en la base era más baja de lo normal. Debía haberme dado cuenta. Eso me pasa por mirar los malditos indicadores para torpes. Por no haber revisado los niveles individuales.” Llegaron por fin al módulo de energía nuclear y lo rodearon hasta alcanzar la puerta. Pintaba muy mal. Cerró los ojos y encendió sus focos, deseando encontrarse otra cosa al abrirlos. Pero cuando los abrió y se acomodó a la luz, la realidad le golpeó con fuerza. La puerta estaba completamente chamuscada. Ennegrecida y deformada en los bordes. Sellada.
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Iban de vuelta a la base, no había tiempo que perder. Li iba delante. No habían conseguido abrir la puerta de ninguna manera. Chang, con las lágrimas saltadas por la impotencia, la había maldecido y golpeado como un niño hasta que Li le puso la mano en el hombro y le dijo lo que había que hacer. Si no llevara el traje no habría sido una mano en el hombro, sino una bofetada.
Tenían que ayudar a Bao. Y tenían que sellar las fugas ya. Desconocían la magnitud del problema; solo habían visto lo que parecían ser chorros de aire perturbando el aura azul que cubría la base. Sin fugas, la base tendría oxígeno como para que todos sobrevivieran tres o cuatro días. Pero no sabían cuánto tiempo estaban perdiendo por cada minuto que pasaba. “Cuánto tie mpo hemos perdido por mi culpa ¿Minutos?¿Horas quizás?¡¿Días?!
Cerca de la puerta de la base, se separó de Li. Ella entraría a ayudar a Bao mientras él subía a sellar las claraboyas. Casi la pifia otra vez; intentando subir por el camino más corto, por poco no resbala en el regolito apelmazado de la colina. Se dirigió a los escalones de uno de los laterales. Cuando llegó arriba, apagó las luces. La luz azul era más tenue ahora, pero pudo ver discontinuidades en dos de las tres claraboyas. Se dirigió a la primera y cerró la escotilla de metal. Cuando se agachó sobre la segunda, se detuvo. A través del cristal, podía ver a Bao en la sala de control, iluminado por las luces de Li. Sus brazos estaban tendidos en la mesa, y su cabeza recostada de lado sobre los controles. Li se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer de rodillas. Bao estaba muerto, y sin embargo seguía saliendo aire a través del cristal de la claraboya. “Claro. Hasta ciego lo has visto mejor que yo. Tu sacrificio te honra. Ahora me toca a mí.”
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Miró hacia atrás otra vez, aunque sabía que no vería nada. El polvo lunar que levantaba el rover reflejaba las luces de su casco; era una niebla impenetrable que le alejaba del pasado, una niebla que borraría sus errores, y una vez disipada, dejaría ver su verdadera huella. Detuvo el rover. Ya había terminado. Espiró por última vez, se quitó el casco, y lo lanzó con todas sus fuerzas. Sonrió. Seguía sorprendiéndose de lo lejos que podía lanzar las cosas allí. O2. Deseó poder ver su obra desde el espacio. ¿La dejarían allí para la posteridad, como la huella de Buzz Aldrin? Le recordarían como un héroe, eso seguro. En ese momento, al dolor que empezaba a notar se le unió uno más punzante. Quiso tomar aire, y el pánico de su falta se vio incrementado por la incertidumbre de la duda. ¿Había hecho lo correcto? Se sintió el mayor egoísta por acabar de aquella forma. Él no tendría que vivir cargando con la muerte de sus compañeros. “Perdóname, Li.”
Esta frase la dije justo antes de que me operaran los cirujanos del hospital Reina Sofía, me iban a implantar unas piernas biónicas de última generación, cómo las de Ironman. Según los médicos era una operación arriesgada por eso estuve meses pensando una frase guapa que decir antes de entrar al quirófano, por si tendría que ir cómo el doctor Xavier de los X-men el resto de mi vida. A lo lejos había unos perroflautas, me escucharon y el resto es historia.
- Jose Juan Martínez Abalos (Murcia, 2012)
Fue el slogan que se nos ocurrió para el videojuego de estrategia Age of Empires.
-Bruce Shelley (Michigan, 1997)
Aún sigo pensando que lo que dije es verdad, pero se me malinterpretó. En mi época había muchos que iban de antifascistas, pero en realidad eran unos fascistas de tomo y lomo. Muchos de ellos los intente alistar en mi partido, pero aun tenia que pasar más tiempo para que fueran lo suficientemente fascistas para entrar en mi partido. Lastima que los aliados me robarán la frase.
-Adolf Hitler (Berlín, 1944)
¡Otra frase que me robaron! Está la iba a usar si la operación salia mal. Tuve que contarle al marmolista la famosa frase para que la tallara en mi lápida por si moría en quirófano. El muy chismoso la publicó en internet con la cara de Groucho.
- Jose Juan Martínez Abalos (Murcia, 2012)
Esto se lo dije yo a Socrates y no él a otro. Robando ideas hasta después de muerto.
Critón de Atenas (Atenas, 465 a.C.)
Yo soy un artista de los que ya no quedan, tengo un arte que no se puede copiar. Solo algunos me han intentado copiar, incluso han hecho películas, pero yo soy el más grande y no se me puede imitar. Soy el mejor robando.
-Martin Cahill (Dublín, 1965)
Debido al aumento de citas falsas expuestas en internet hice esta cita obviamente falsa de Abraham Lincoln para que la gente se diera cuenta que internet te pueden mentir. La jugada me salió bastante mal, ya que ahora hay gente que no se cree las citas que son claramente verdaderas, y todo porque se lo ha dicho su expresidente con mejor barba.
-Alejandro Magno (Babilonia, 322 a. C)
El sol caía impasible, con la crueldad del hierro que imprime su anagrama sobre el lomo de una res. Desde poco después de amanecer, un fuego sordo y blanco como el luto de Hiroshima se había hecho dueño absoluto del cielo, disolviendo primero cualquier conato de nube para volatilizar después hasta la última gota de humedad del áspero pellejo de la tierra; una tierra delgada, frágil, a duras penas suficiente para cubrir la roca: tierra extendida como un mísero pedazo de mantequilla sobre un mendrugo de pan centenario.
El aire, recalentado, sostenía en vilo el polvo que levantaba los contantes golpes de pico sobre la roca, impidiéndole volver al suelo hasta que lograba adherirse en el rostro y las ropas del condenado.
Sergio jadeaba a causa del esfuerzo, pero no podía detenerse. Llevaba así seis horas y le quedaban aún cuatro más antes de poder regresar a los nudos y asperezas de su cena y su camastro. A veces paraba unos segundos, no más de los justos, para secar el sudor que amenazaba salvar el dique de las cejas para herir los ojos con su aguijón salado.
Tenía las manos destrozadas, cubiertas de ampollas y viejas heridas a medio curar, pero sólo muy de tiempo en tiempo se acomodaba las vendas con que trataba de protegerse las llagas más maltratadas. Sé detenía únicamente cinco minutos cada media hora, a punto de derrumbarse, pero cuando concluía el tiempo de su descanso volvía ponerse en pie para seguir con su tarea.
La roca cedía muy lentamente a los golpes de su pico, más haciéndole una pequeña concesión para que no desmayara que por verdadero triunfo de su esfuerzo.
Sergio llevaba un mes picando y no había conseguido avanzar más que una docena de metros en la enorme mole de piedra que debía desmenuzar. Pero el esfuerzo físico, el trabajo hasta la extenuación, no lograban anular totalmente el pensamiento: una y otra vez volvían a su mente las imágenes de la muerte de Ana, su esposa. Él la había matado.
A veces, incluso en medio de aquel infierno, recordaba también los buenos tiempos, cuando se conocieron. Fueron años inocentes, o al menos merecedores de una absolución por falta de pruebas.
Ella era una chica desgarbada que servía copas en un garito de moda cuando él decidió salir del cascarón académico para tratar de averiguar a qué olía el mundo. Un día, por sorpresa, le asaltó la idea de que los hombres se diferencian de las máquinas en que tienen también una existencia fuera del trabajo que desempeñan y decidió ser solamente uno de los mejores abogados del país en vez de Sergio el Insuperable, futuro Fiscal General, Martillo de Delincuentes y Anatema de Abogados defensores.
Le faltaba sólo un año para finalizar la carrera y sus calificaciones destacaban tanto que nadie podía imaginar un obstáculo capaz de detener su marcha triunfal. Inmune a los vicios, suscitaba todas las admiraciones, aunque muy pocas envidias.
Sin embargo, aquella chica escuálida y feúcha le cautivó de tal modo que, sólo por verla, se unió a un grupo de compañeros suyos, juerguistas por vocación, para los que el estudio no era más que un brillante pretexto para la diversión.
Sus notas descendieron hasta lo que él consideraba míseros notables, pero le pareció que había merecido la pena cuando, contra todo pronóstico, ella le sonrió y le dijo que sí, que le gustaría darse una vuelta con él después de salir del trabajo.
Cuando evocaba esa clase de recuerdos la piedra parecía volverse un poco más blanda, y su pico lograba desprender pedazos de roca ligeramente mayores.
Incluso el sol calentaba menos cuando pensaba en los primeros meses después de su boda, cuando él ya había acabado sus estudios y conseguido, a la primera, una plaza de fiscal. Le destinaron a una pequeña ciudad del Norte y Ana se despidió del dueño del garito, que a partir de ese momento comenzó a perder clientela a pesar de que las camareras eran cada vez más guapas y exuberantes. La chica tenía algo, en la expresión, en la mirada, en la leve negligencia de sus movimientos, y no sólo Sergio lo apreciaba.
En aquella época comían cualquier cosa, tenían la casa como una pocilga y hacían el amor con la furia incontenible de los prisioneros que han recobrado su libertad sin un ápice de arrepentimiento por los delitos cometidos.
Los fines de semana los pasaban en la costa, cogiendo lapas para improvisar una sopa o, simplemente, contemplado las olas los días que el mar no estaba de humor para bañistas.
Al anochecer volvían a casa y escribían cartas, montones de cartas para amigos que hacía años que no veían, o para otros que no habían visto nunca, porque a Ana le gustaba intercambiar postales con gentes de países remotos, participando un poco de su exótica lejanía. A veces, para burlarse de los demás y de ellos mismos, intercambiaban sus papeles y ella escribía a los amigos de él, y viceversa, provocando malentendidos que nunca se molestaban en aclarar.
«Lo malo es que aquellos tiempos no duraron mucho», pensó Sergio, secándose una vez más el sudor con el antebrazo.
La brillantez de que hizo gala en el desempeño de su trabajo, y también un par de golpes de suerte, le hicieron ganar méritos rápidamente y fue trasladado a una bulliciosa ciudad del interior. Allí su vida, sus vidas, debían cambiar: aquella era su oportunidad para acceder a un puesto importante y Sergio no estaba dispuesto a desaprovecharla. Había empezado a tratarse con ciertos personajes políticos y existía la posibilidad de que se acordasen de él para un importante puesto en el Ministerio, o incluso más arriba. A pesar de su juventud, podían nombrarlo incluso fiscal de sala de la Audiencia Nacional, un puesto con el que soñaba desde antes de comenzar la carrera.
Todo eso dependía, por supuesto, de su habilidad en el trato social y de su conocimiento de los laberintos políticos. Para no perder la ocasión y estar a la altura de las circunstancias debían recibir la visita de un montón de gente y la casa tenía que estar presentable: se gastaron una fortuna en mobiliario nuevo y empezaron a ser esclavos de su imagen.
Las salidas de fin de semana fueron abolidas por necesidades del guión: eran los días perfectos para las relaciones sociales, para las visitas y para participar en determinados eventos culturales en los que lo que importaba verdaderamente era lo que se comentaba en los entreactos, o en la tertulia informal de la salida.
Ana no tardó en decirle a su esposo que no le gustaba vivir de aquel modo, que quería volver a disfrutar de las cosas que realmente les hacían felices. Pero Sergio no quiso saber nada de las quejas y la acusó de querer echar a perder su carrera, pretendiendo que todo el mundo fuera tan inconsciente como ella. Ana se dio cuenta de que era inútil seguir con la conversación y prefirió guardar silencio, abrumada por el peso de su descubrimiento: lo único que le hacía verdaderamente feliz a él era seguir ascendiendo por el empinado muro del escalafón judicial.
«Luego vino lo peor», pensó Sergio, regodeándose en el dolor que acababa de producirle una esquirla de piedra que le había golpeado la frente.
Cuando el médico le dijo que no podía quedarse embarazada porque sus ovarios estaban ridículamente subdesarrollados, Ana se terminó de hundir. Durante algún tiempo trató de aferrarse a su marido, pero él estaba demasiado ocupado redactando interrogatorios y conversando con amigos a los que ella debía sonreír. En lugar de recibir consuelo debía ofrecer buena cara, y eso fue demasiado para ella. Sergio intentó ayudarla, pero de su boca no salieron más que las torpes palabras de lo funerales de compromiso.
Al fin y al cabo él también se quedaría sin hijos, pero los hijos tienen la molesta costumbre de exigir tiempo y esfuerzo, y Sergio tenía todo su esfuerzo comprometido en otra causa. Ella pensó que, aunque dijera lo contrario, Sergio se alegraba en el fondo de librarse de aquella carga y se sintió aún más infeliz. Las desgracias compartidas son siempre más tolerables que las desgracias a solas; es una idea miserable, sí, pero así somos y no vale la pena edulcorarlo con mentiras piadosas.
El sol acababa de escapar de una nube suicida que había logrado aprisionarlo unos instantes y golpeaba con renovada fuerza, tratando de recuperar el tiempo perdido en su determinación de abrasarlo todo.
Sergio sudaba a chorros, pero seguía golpeando la piedra con rabia, hiriéndose las manos con el mango de la herramienta, pero todo dolor le parecía poco y seguía picando con todas sus fuerzas hasta que se quedaba sin respiración o caía de bruces sobre la roca.
La noticia de su esterilidad sumergió a Ana en una laguna de tristeza de la que no pudo sacarla el consuelo ni la compañía de las esposas de los amigos de Sergio. Ellas se esforzaron en hacerla sentirse mejor, pero Ana no pertenecía al mundo de aquellas mujeres y se negaba tozudamente a integrarse en con él: ella era una camarera de barrio y ansiaba recuperar su mundo de diversiones poco sofisticadas, copas con poco limón y risas sin la mano delante de la boca.
Intentó hablar de nuevo con Sergio pero él había cambiado de registro. Ella le dijo que no era feliz a su lado, que estaba harta de aparentar ante sus amistades, harta de pasarse la vida haciendo cosas que consideraba estupideces, que odiaba que controlaran su forma de hablar y de vestir. Dijo muchas cosas que él sabía que eran ciertas, y Sergio se limitó a preguntarle si quería el divorcio.
Ana soltó un gemido, se dio la vuelta y se encerró en el dormitorio dando un portazo. Para llorar, supuso él.
Al poco tiempo salió de casa dando otro portazo, y al regresar se abrazó al cuello de su marido, que no se había movido del salón.
—No, no quiero el divorcio— le susurró.
—Pues entonces no te comportes como una chiquilla o no tardaré en quererlo yo— respondió Sergio, aún dolido por el eco de las palabras que había escuchado hacía unos momentos.
Ella sonrió y dijo que iba a darse un baño.
Cuando pasó una hora Sergio se extrañó de que tardara tanto. Llamó a la puerta varias veces pero no respondió nadie.
Sergio tuvo que pedir ayuda a un vecino para derribar la puerta y encontrarse a Ana sumergida en un repugnante líquido rojo.
Se había cortado las venas. Antes de hacerlo, informó al juez de su intención en una lacónica nota: la que fue a echar al correo en su ultima salida.
No hubo preguntas. No hubo problema.
Pero aunque sus amigos trataron de convencerlo de lo contrario, Sergio se procesó a sí mismo y se encontró culpable: compró una finca en las montañas y se condenó a doce años de trabajos forzados.
Nadie pudo impedírselo: cada cual, en sus tierras, tiene derecho a picar toda la piedra que quiera.
¿Habéis visto alguna vez una mariposa posada sobre el cuerno de una vaca? ¿La habéis visto desplegar suavemente sus alas mientras la vaca rumia indolente su heno?
Así era ella vendiendo castañas asadas en aquel chiringuito con forma de locomotora, en pleno auge de las fiestas navideñas, cuando el frío apretaba y apetecía, más que las castañas, el calor que desprendían. Cuanto más hermosa parecía, más ridícula resultaba la locomotora de hojalata, más grotesco el montón de periódicos viejos en usaba como envoltorios y más sucio el hollín.
Nunca supe si era la hija del dueño o sólo una empleada de paso, o si se trataba de una niña bien jugando a pagarse por una vez el curso de idiomas en el extranjero. Tampoco sé de dónde vino ni qué fue de ella después de aquella única navidad. Me hubiese gustado preguntárselo, pero nunca me atreví, quizás por no convertirla en realidad. Preguntarle por su vida hubiese sido como abrir voluntariamente los ojos en medio de un buen sueño, y nadie hace tal cosa. No me culpen.
No llegué a saber nada de ella. En alguna conversación informal, como por casualidad, me enteré de que hubo más gente que trató de conocer algún dato más sobre ella, pero no logramos averiguar más que su nombre y un par de vaguedades apócrifas, como que venía del norte y se alojaba en casa de un anciano con acento extranjero.
Al final, mis pesquisas se tuvieron que conformar con el magro resultado de que se llamaba Cristina, pero aunque han pasado los años, casi veinte, y nunca volví a verla, a veces la recuerdo todavía como el que ha visto a un ángel o ha asistido a un prodigio capaz de hacerle cambiar su concepto y su visión de las cosas.
Y quizás haya algo de eso, porque cuando la recuerdo, casi sin rostro, con una coleta larga y brillante que bien podría haber sido una aureola desplegada,tengo la extravagante impresión de haber sido uno de los pocos privilegiados a los que les ha permitido contemplar de cerca una razón par no detestar este mundo y esta época que nos ha tocado vivir.
Aquella muchacha era la imagen viva de la alegría; su sola presencia era una especie de gozo capaz de la paradoja de alegrar cualquier día y a la vez ransmitir a los hombres una especie de tristeza desasosegante: era imposible mirarla sin tener la sensación de que cualquier vida lejos de ella era una vida malgastada.
Nadie conoce el mecanismo que rige la creación de los recuerdos, ni por qué razón nos quedamos para siempre con el nombre de una marca de caramelos mientras el rostro de nuestra abuela se difumina poco a poco. Algo así me pasa con ella, porque por más que lo intento ya no soy capaz de verla detrás de aquel mostrador desgastado, sino caminando junto a la catedral, al atardecer, con un estuche debajo del brazo. Siempre deseé seguirla, con la esperanza de ver salir un clarinete o una flauta travesera de aquella caja negra, pero nunca me atreví a tanto. Y no fue por temor a que ella me viera o por lo que podría pensar de mí, sino por lo que yo podría pensar de ella: cuando después de meses enteros de zozobras se alcanza el equilibrio emocional a fuerza de sangre, hay que tratarlo con mimo y no tentar a la imaginación. Quizás fuera por eso, por el momento en que la conocía, por lo que se fijó de tal modo en mi memoria. Seguramente han oído hablar ya de muchos casos de divorcio, y de cómo las promesas de amor se convierten en declaraciones de guerra, guerra total, sin prisioneros, donde lo que más interesa no es acabar con el enemigo, sino causarle heridos y mutilados que atesten sus hospitales, aterroricen a sus civiles y entorpezcan sus movimientos.
No les aburriré con mi historia, ni expondré a su juicio mis razones ni las de mi exesposa: se lo cuento sólo para que entiendan cual era mi estado emocional y sean un poco comprensivos con esta pequeña obsesión que aún me persigue.
Entonces, se lo aseguro, aquella muchacha era para mí como una aparición celestial, o al menos ese era el efecto que me causaba. Traté de reírme, pero pronto comprendí que no había necesidad; si funcionaba contra la violencia y la ansiedad, era buena. Y funcionaba.
A eso de las nueve y media, cuando sabía que cerrarían el chiringuito, me daba una vuelta por la calle peatonal para verla alejarse. La miraba siempre a cierta distancia, en esa perspectiva que buscan los pintores para representar la perfección. La seguía con la vista hasta verla desaparecer entre la muchedumbre, o tras alguna esquina, sin llegar a saber si iba al conservatorio a interpretar a Bach o a un garaje a ensayar un concierto con sus compañeros de grupo rockero.
La imagen de la esperanza es para mí la de una persona joven con un instrumento musical, pero ella no era sólo esperanza: parecía guardar en aquel estuche el último aliento de los disparates infantiles, la solución al laberinto que lleva desde lo que uno es en realidad a lo que quiso ser siempre, sin saberlo. Cuando caminaba por la calle parecía llevar en torno suyo algo como un vapor incierto del que emergiesen imágenes sin contorno, difusas, escapadas de un espejo empañado por el tiempo. Cuando la veía dirigirse hacia el paseo, no era sólo una muchacha caminando por la playa, sino el paso de cualquier belleza por el mundo, liviana y pasajera: realidad convertida en alegoría.
Recuerdo una ocasión en que había menos gente que de costumbre haciendo cola frente al chiringuito y llegó el dueño, un tipo gordo y calvo. Ella dijo que iba a no sé dónde rápido y comenzó z quitarse allí mismo el mandilón negro para ponerse el abrigo. Era un gesto totalmente normal, pero me sorprendí a mí mismo más pendiente de sus gestos que de su cuerpo, reconociendo, y por primera vez no sólo con la mente, que es más gratificante encontrar armonía que deseo. Luego la vi alejarse y cuando me di cuenta de que la estaba mirando con demasiado descaro traté de volver a la realidad de aquella pobre locomotora falsa que sólo asaba castañas, pero los demás, los otros tres o cuatro clientes que esperaban, miraban en la misma dirección que yo.
En ese mismo sentido, aún guardo otro recuerdo de ella. Fue la tarde del día de Nochebuena, de risas y familias paseando bajo el frío. Aquella tarde hacía demasiado frío para pensar en otra cosa que no fuese taparse la nariz y guardar las manos en los bolsillos.
Media docena de transeúntes hacíamos cola para surtirnos de castañas asadas y alguien, un hombre ni demasiado joven ni demasiado viejo, un hombre que podría englobarlos a todos en la indefinición de sus rasgos, le dijo una procacidad a la muchacha. Ella ni siquiera se inmutó. Se limitó a envolver las castañas en una hoja de periódico y a esperar el pago. Pero los demás lo debimos mirar de tal modo que el hombre se retiró a toda prisa, mirando al suelo, sin recoger siquiera lo que había pedido.
Lo habíamos sorprendido escupiendo en la pila del agua bendita.
- Así que esto es la muerte...
+ Pues sí, Pedro, hasta aquí has llegado
- Es extraña, no se siente nada
+ Tu alma se ha separado de tu cuerpo, no puedes sentir nada, no puedes comunicarte con nada ni con nadie, porque no tienes un cuerpo para hacerlo
- Pero esto es una situación muy cruel, ¿sólo puedo hablar contigo?
+ Sólo puedes hablar con tu imaginación, con nadie más. Yo te voy a dar la bienvenida en estos primeros momentos de tu muerte, y explicar tu futuro
- Pues vaya. Me volveré loco, solo toda la eternidad
+ No, esto es temporal, hasta que se te asigne un nuevo destino y te reencarnes
- ¿Volveré a ser otra persona?
+ No exactamente, puedes reencarnarte en una planta o un animal
- Joder, pues no tiene que ser aburrido reencarnarte en una planta
+ Bueno, si te reencarnas en un roble milenario... pues sí, hay que reconocer que se hace largo. Pero si te reencarnas en una lechuga, en un par de meses vuelves por aquí.
- Visto así... ¿y se sabe en qué me voy a reencarnar?
+Sí, en tu caso se trata de una gallina.
- Anda, no me jodas, en una gallina... ¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Cacarear?
+ Las gallinas ponen huevos, son muy útiles
- Jeje, voy a tener una regla de esas que dicen los veganos, espero que no me viole el gallo, jejje
+ Bueno, pues sí, te vas a pasar la vida picoteando paredes y poniendo huevos
- ¿Y cómo se hace para poner un huevo?
+ Es fácil, sólo tienes que hacer fuerzas y empujar
- ¿Hacer fuerzas y empujar? ¿Así?
+ Sí, empuja, empuja fuerte
- Mmmm.... empujo... uffff...
+ Sigue, empuja...
- MMMMM... YA SALE!!!!!
+ ...
+ ...
+ ...
+ MIERDA, PEDRO, DESPIERTA, HOSTIAS, QUE TE ESTÁS CAGANDO EN LA CAMA!!!!!!
Son las siete de la tarde. Solo las siete, y ya es de noche.
Las luces de los SUVs eléctricos me ciegan mientras, con paso fúnebre, agarro un carrito de la entrada.
Entro en el supermercado y lo primero que observo son las caras demacradas de los cajeros. Con esos chalecos verdes parecen un árbol de Navidad chino. Huele a muerte, hiede a desolación.
Recorro los pasillos con el móvil en la mano. Voy clickando los checkboxes de la lista mientras esquivo los carritos de otros parias de la tierra. Ropas harapientas, ojos inyectados en sangre, gruesas bolsas bajo los ojos.
Seres apolillados con el pelo grasiento, otros calvos y macilentos, pieles amarillentas y sin lustre. Como la bandeja de pollo en oferta. La cojo.
Pienso que debe ser un sueño mientras observo esas cáscaras vacías coger el huevo hilado. Miro mi carro, solo veo disruptores endocrinos y ultraprocesados para hacer en la freidora de aire. Estoy derrotado. Capitan, es martes.
Observo mi reflejo en el cristal de los guisantes congelados. No me reconozco, apenas un mendigo. No recuerdo en que momento bajé los brazos ante la vida. Me pregunto cuántos de nosotros no estaremos incubando un cáncer, cuántos ya con metástasis. Como decía Lorca: la muerte puso huevos en la herida.
Pago y salgo. El viento frío me trae el aroma de la fábrica de perfumes. Aire químico que te destroza los pulmones para que algún burgués huela bien. Observo la columna de humo, apenas perceptible en la negrura de la noche.
Son las siete y media. Solo las siete.
Tiene buena pinta el tío. Me cae bien.
Fue uno de los primeros en comprender que la simpatía del autor colabora al éxito de sus obras, incluso en un campo tan obtuso como el de la Física Teórica.
Antes de él, al criminal le gustaba parecer peligroso en las fotos de la policía, el boxeador ponía gesto agresivo, el filósofo reflexionaba ante la cámara y el científico trataba de simular una conexión directa con la divinidad. Pero él no: él parecía la propia divinidad, justo después de una partida de dados, o un vendedor de coches de segunda mano, o el celador de un manicomio. Cualquiera de ellos o todos a la vez.
Quizás por eso consiguió que aceptasen su teoría de que el espacio y el tiempo son dos caras de la misma moneda, intercambiables, maleables, negociables entre sí a velocidades de vértigo. Ni siquiera el gremio de impresores, preocupados por la suerte de su industria de almanaques y calendarios, se opuso a sus tesis con la esperada vehemencia.
Cualquier cosa es verosímil si se presenta con una sonrisa. Desde hace siglos los bufones conocían este truco, pero ningún científico se atrevió antes a bajar de su estrado para utilizar las burlas como apoyo para su palanca.
Él lo consiguió, y desde entonces el pasado y el futuro se confunden según el punto de vista del observador. Y el descrédito, en vez de cebarse en su teoría, cayó sobre nuestra percepción de lo que llamábamos realidad.
Desde entonces los recuerdos son augurios y la anticipación, memoria. Y corren todos juntos, cuesta arriba, en el río de caos.
Es el viento y no el catastro el que en realidad mide los solares. Lo que estorba al viento es lo real, y este método funciona bien en la práctica aunque a primera vista pueda parecer un criterio de realidad dudoso.
Setenta y seis metros por cuarenta y dos. Una buena parcela, incluso descontando las sisas municipales para patios, aceras, farolas y faroles. Más de tres mil metros cuadrados para que el viento haga su ronda sobre los cardos, las piedras y las vacas, cuatro vacas escuálidas y tristonas, que pastan sin nuestro permiso en el terreno mientras el antiguo dueño les encuentra otro acomodo.
Cuando la tierra se convierte en solar se queda estéril. La sal con que se siembra se llama urbanismo y rivaliza con Atila. Los nuevos hunos, en cambio, amamos el césped, que es casi como la hierba, pero bien domesticada. Yo soy uno de estos hunos de nuevo cuño, y me enorgullezco de mostrar urbanizaciones donde antes había pedregales y matojos.
En cuanto al viento, sigue indiferente recorriendo los solares, y nadie le da importancia salvo cuando va vestido de verde. Porque hay veces que el viento se viste de verde, sí.
Verde pistacho y cinturón blanco.
La vi por primera vez una tarde de invierno. Una de esas tardes que parecen haber nacido ya noches y aguantan unas horas disfrazadas de luz. Habíamos vallado el solar y hasta encargado el cartel con el nombre de la promotora y el arquitecto. Las vacas seguían allí y no supe nunca ni cómo ni por dónde habían entrado: ese es el primer efecto colateral de la Relatividad, el de la dimensión desconocida por el que entran las vacas en un solar cuando ningún labrador vive cerca porque el único que había se ha mudado a trescientos kilómetros. Un efecto misterioso, pero no hablaré más de él.
El viento soplaba a ratos, como si marchase al paso de la oca. Era un viento solemne y agresivo. Frío. Demasiado frío. Casi con casco en punta.
Al frente del viento iba ella: una mujer vestida de verde pistacho con un cinturón blanco. O la sombra de una mujer. O una bandera agitada, colgando del propio cielo.
Como no podía ser real la miré con atención en busca de un rostro que no pude encontrar. Vino hacia mí y seguí sin verla. La mancha verde parecía sustentar una cabellera pero ningún rostro.
El escalofrío que sentí no merece descripción. Mi huida tampoco.
Regresé a los diez minutos, avergonzado y con un par de aguardientes en el cuerpo haciendo las veces de bofetadas recién administradas a un histérico, si no como remdio, al menos como escarmiento.
No la vi más aquel día.
Los coches son criaturas omnipresentes que se cuelan en las postales y hasta en las películas de romanos, así que no es extraño que exijan sus cobijos y guaridas en cualquier edificio, y alcen sus voces con fuerza de titanes.
Cuando excavamos el aparcamiento permanecí atento a lo que pudiesen encontrar. No había hablado con nadie del asunto, pero en cuanto hice un par de comentarios todo el mundo pareció darse por enterado de lo que había que buscar entre la tierra movida por las máquinas. El rumor había corrido por sí mismo después de que alguien más viese a la mujer, o a la mancha verde.
Muchos ojos, demasiados, escudriñaron cada cacetada de tierra que vertían las excavadoras. Revisamos, sin reconocerlo, miles de metros cúbicos de pedruscos, tierra y raíces.
No hubo tumba ni hubo nada. No hubo enterramiento clandestino, ni lápida funeraria, ni necrópolis olvidada. No hubo más que barro para cocer cien mil Adanes, pero ni una sola costilla de Eva.
Con eso pensé calmarme, pero volví a verla. Y otros la vieron también, seguramente, a juzgar por las razones que tuve que escuchar para justificar sus deserciones a empresas que pagaban peor que la mía.
Se acabó el aparcamiento y con él la posibilidad de cerrar la historia con una superchería conocida. Las supersticiones reciben sólo este nombre cuando son viejas y repetidas; si son nuevas, se les llama tonterías.
El edificio avanzó a buen ritmo. Las vacas se replegaron a sus posiciones de retaguardia y al viento se le multiplicó el trabajo entre vigas, forjados y columnas. Los tabiques, poco a poco, fueron completando el laberinto.
No había puertas ni ventanas y el viento se divertía por los huecos de los ascensores, las escaleras interiores y los pasillos de las futuras viviendas. A veces yo lo seguía en busca de su cabecilla y a veces creí entrever en un patio o un salón la conocida bandera verde.
A fuerza de no encontrarla, me olvidé poco a poco de su presencia hasta que un día nos encontramos de frente y no pude seguir ignorándola. Era una mujer, o lo parecía, y casi me tendió la mano.
Quise hablarle y tuve la impresión de que ella lo intentó por su parte. Ninguno de los dos lo conseguimos y allí, entre sacos de cemento, vigas, viguetas y azulejos de segunda me convencí para siempre de que el silencio es una entidad real y palpable. Como una pedrada. Como aquel vestido verde con cinturón blanco venido de no sé dónde para decir no sé qué.
Luego se desvaneció.
Y yo, casi, también.
Se puede creer en lo imposible pero no en lo improbable. Es más fácil creen en fantasmas que en la lotería primitiva.
El encuentro de aquel día tuvo para mí el efecto de la espada de Alejandro cortando el nudo Gordiano: por fin podía tomar en serio el asunto sin burlarme de mí mismo. Y cuando algo se convierte en real es como si debutase en el teatro del mundo, cobrando de repente músculos, huesos y tendones. Los nervios ya los ponía yo.
A partir de aquella tarde la mujer de verde fue real. Pregunté a los obreros, a los vigilantes y a los capataces, y como yo era el dueño de la empresa y el primero en preguntar, salieron a relucir las cosas que nunca hubiesen dicho por propia iniciativa.
Muchos otros la habían visto. Muchos otros se la habían encontrado en diferentes lugares y habían tratado de hablar con ella, o de preguntarle si deseaba algo.
El fantasma de la obra se mencionaba sólo en privado, pero al fin era un tema del que se podía hablar abiertamente.
Aquello tampoco era cabal y un día los reuní a todos antes de la hora de salir y dejé claro que habría que negarlo si alguien de fuera preguntaba porque, en caso contrario, el rumor podría perjudicar la venta de los pisos.
Todos acataron mis instrucciones menos el arquitecto, que opinó que cualquier publicidad era un ayuda.
Tuvo razón: cuando vinieron a preguntar los periodistas y respondí con una sonrisa burlona que sólo eran rumores sin fundamento, la noticia corrió con más fuerza y agilidad que todas las páginas contratadas en la prensa y todas las cuñas pagadas en las emisoras locales de radio. Por pudor o por miedo al ridículo no se dieron datos concretos: algo extraño se movía algunas veces por el edificio Sarmentosa. Una luz. Un vapor. Algo.
Supongo que a algunos los echó atrás. Pero otros que nunca se hubieran acercado a nuestra promoción nos conocieron por ese rumor y fueron a ver nuestras viviendas.
Y los pisos se empezaron a vender.
El comisario Martínez no es un tipo al que se le pueda ir con tonterías. Ni siquiera siendo amigo. Cuando fui a verlo para pedirle que me ayudase con este tema casi me da con la puerta en las narices.
Sólo la vieja amistad consiguió que me escuchara los dos minutos que tardé en explicarle que necesitaba su ayuda para la parte estrictamente material y verificable del asunto: quería saber si en los últimos años había desaparecido alguna mujer vestida de verde. Seguramente no era imposible conocer la descripción del atuendo de las mujeres desaparecidas en los últimos años en la ciudad, o la provincia, o la región entera.
No podía ser muy complicado.
Mi expresión, más que mis palabras, debió de parecerle convincente. En la ciudad no había desaparecido nadie que coincidiese con mi descripción en los últimos veinte años. Veinte años me parecieron poco y conseguí hacerle mirar en los archivos de los cincuenta anteriores: tampoco.
En cuanto conseguí picar su curiosidad, el resto vino rodado: no había ninguna descripción parecida a la mía en cien, ni en doscientos kilómetros a la redonda. Ni en veinte, ni en cincuenta, ni en sesenta años.
No había desaparecido ninguna mujer vestida de verde. No estaba enterrada en mi solar. Ni siquiera una víctima de muerte violenta se aproximaba a mi modelo.
No había caso para la policía ni caso para los ocultistas.
No había caso.
Supongo que el fin último de una investigación es despejar el misterio. Y así fue, porque en cuanto investigamos, el misterio se despejó. O teníamos un fantasma en el solar equivocado, porque también los fantasmas pueden extraviarse, o el simple hecho de considerarlo real y tomarnos la molestia de averiguar su pasado había sido suficiente para calmar sus demandas.
En los meses que transcurrieron hasta que se terminó completamente el edificio nadie volvió a ver el vestido verde. Se organizó el laberinto. Se cerró el paso al viento y la luz eléctrica inundó los futuros baños, las futuras cocinas y los futuros dormitorios.
La mujer desapareció al mismo tiempo que apareció la luz y eso fue bastante para que muchos se rieran de los que habían afirmado ver algo. Incluso los propios interesado se rieron de sí mismos.
Muerta la penumbra, muerto el misterio. Una aurora boreal puede tomarse por una lucha de dioses en el Walhalla. La canícula de agosto en Túnez, ya es más difícil de convertir en procesión de difuntos que un bosque gallego en medio de la niebla.
Sólo yo la vi una vez más, en un piso concreto, el cuarto derecha, cuando fui a comprobar si había alguna ventana rota porque unos posibles compradores se habían quejado de que había demasiado frío en aquella vivienda.
No había ninguna ventana mal instalada: el frío era ella.
Por prudencia dejé aquel piso para el final. No quería que alguien lo comprase y hubiese verdaderos problemas antes de que se hubiera vendido el resto.
Quedaban sólo cinco viviendas cuando un día se presento en la oficina una pareja con un niño. Ella iba vestida de verde pistacho y llevaba un cinturón blanco. Les enseñé todos los pisos y todos les parecieron demasiado bajos. Les dije entonces que me quedaba un cuarto y les gustó.
Firmaremos las escrituras en quince días, si el banco les concede la hipoteca.
No puedo culparme de nada, pero no me siento tranquilo.
Es una tontería. No va a pasar nada. Los fantasmas sólo vienen del pasado, ¿verdad?
Sólo del pasado.
La Relatividad sólo se cumple a la velocidad de la luz.
Nadie viaja a la velocidad de la luz vestido de verde pistacho.
Sergei Korolsky es ruso, pero su nave lleva el emblema de la NASA y su traje espacial una bandera azul con estrellitas que no es de ningún país pero que de todos modos aporta por igual fondos para la misión y exigencias de todo tipo.
Hay más símbolos por ahí desparramados, cuidadosamente olvidados por el área visible para las cámaras, pero sus dueños dan menos la lata que los de la banderita azul: saben lo que les corresponde a cambio de lo que pusieron y no piden más.
Sergei piensa que seguramente se trabajaba más a gusto antes, cuando las misiones espaciales eran a veces secretas y las respaldaban naciones a menudo enfrentadas entre sí. Porque las naciones creen en cosas como el honor y el prestigio, y son capaces de pelear a muerte por recursos naturales o dominios estratégicos, pero en cambio no creen en conceptos como la imagen corporativa y no se ensañan con sus trabajadores por unos segundos más o menos de presencia ante las cámaras.
Korolsky es el primer ser humano en Marte. Se ha tragado un viaje de varios años, y otro que le queda para regresar, si es que regresa, porque no tiene muy claro que los cálculos se hayan hecho correctamente y la gravedad del planeta Marte no es moco de pavo. Seguro que son capaces de haberle enviado con sólo billete de ida para que construya la primera fase de la estación marciana, y luego que espere allí a que vayan a recogerle. O a que vayan a hacerle compañía.
Demasiada comida en el almacén. Demasiada agua. Lo van a dejar allí, los muy cabrones.
Pero eso ya se verá. Faltan todavía dos años para el momento del regreso. Hasta entonces, trabajar sin descanso en la construcción de la primera colonia y escribir el blog. La misión hay que financiarla, y hay que ilusionar a los humanos con la posibilidad de una emigración a Marte. Uno de sus principales trabajos es escribir un blog, una especie de diario en internet, donde explicar cómo se vive en Marte y publicar fotografías y vivencias.
Lo último que le dijeron es que tenía alrededor de dos mil quinientos millones de visitas diarias.
Dos mil quinientos millones. Menuda animalada. Y todos pendientes de lo que siente el primer hombre en Marte, de sus pequeñas vivencias e inquietudes, de los problemas cotidianos y los inconvenientes con los que no se contaba.
Tiene que caer simpático y hacer que la Humanidad se interese. Tiene que convertir la emigración en una posibilidad agradable, y hasta deseable. Tiene que satisfacer a toda esa gente, darles su ración diaria de mito y héroe, de exotismo y aventura.
Pero no se le ocurre nada. Se pone ante el teclado y no se le ocurre nda.
Vivir en Marte es como vivir en cualquier otro lado, porque te llevas contigo todo lo que eres. Y Korolsky es astrofísico, no escritor, y después de tres días se ha hartado de los amaneceres marcianos, y después de cuatro se siente como un pez en una escafandra, observado por millones de ojos, obligado a saludar con l mano.
Y no se le ocurre nada.
Dos mil quinientos millones de seres humanos miran a diario una pantalla en busca de sus experiencias, en busca quizás de apoyo o compañía, y el caso es que a él se la bufa, porque se siente solo, y la radio no le hace compañía, y el conocimiento cierto de que figurará en las enciclopedias del futuro ya no le parece recompensa, y la desconfianza de que no va a poder volver pesa más que toda la vanidad y todo el orgullo de ser precisamente él quien ha dado el gran paso para la Humanidad.
Se sienta ante el teclado y saluda al blog. Sabe que si dice algo inconveniente se lo censurarán. De pronto, sonríe: cree haber encontrado la salida: los días que no tenga nada que decir, basta con soltar impertinencias y ya se buscarán alguien allí abajo que escriba lo que no ha escrito él.
Sí. Eso es. Él ya está en esa mierda de pedrusco que tanto interesa a los humanos porque jodieron su propio planeta. Él ya ha cumplido su parte. La crónica que la escriba el que no ha hecho el viaje. Como siempre.
Empieza a escribir.
«Hoy estoy hasta los huevos. Trabajar a solas en un sitio donde no hay nadie más no hay quien lo aguante. El que espere encontrar una vida nueva en Marte que se venga acá con otro cerebro, porque no es posible cambiar nada si no cambiamos nosotros. Esto es una mierda, como cualquier agujero de Siberia o de Arizona. Esto es una puta mierda sin esperanza de encontrar una sonrisa en la camarera que te sirve una cerveza, o un buen cantante en una bar de carretera. Esto es la cagada sin esperanza y sin sorpresas. Creedme, amigos: no vale la pena ir a ninguna parte. Si lo que buscas no está a tu lado es que es un cepillo de dientes de modelo raro o alguna mamonada por el estilo. Si es importante, seguro que lo tienes a lado o no está en ninguna parte.
Por hoy, vale. En Marte también hay días chungos.»
—Ya está. Que escriban ahí abajo lo que quieran. —se dijo Korolsky.
Pero no le censuraron. Salió tal cual y la audiencia de su blog subió a tres mil millones.
El gran "monolito", por Ludovic Celle (BY-NC-SA)
Thuilr miraba el horizonte. Tenía que descubrir de donde surgía aquel resplandor dorado que llevaba toda la mañana molestándole.
Además, estaba aquella música melancólica que no paraba de sonar. Desde hace varios días sentía como si estuviera siendo controlado: oía sus propios pensamientos en voz alta, luces y sonidos surgían de todas partes y, a veces, escuchaba largas descripciones sobre el paisaje.
—¿Mundo? ¡Escúchame! No voy a permitir que me controles.
Continuó cabalgando. Ahora que lo pensaba no recordaba cuando había sido de otra manera, sin escuchar aquellas voces...
—Eh... espera, espera... ¿Cómo que nunca he vivido de otra manera? Claro que he vivido de otra manera... —pero su protesta fue apagándose poco a poco cuando descubrió que se equivocaba.
—¿Qué dices? —continuó—. ¿Qué yo me equivoco? Estás haciendo trampa, me estás diciendo lo que tengo que pensar.
«Es posible que esté haciendo trampa, para algo soy el Narrador. Yo existo, tú no existes. No me quieras decir cómo tengo que escribir este cuento».
—¿Pero cómo va a ser eso posible? ¿Y mis derechos? ¡O sea que eras TÚ el que hace que todo esté tan excesivamente descrito, cuando no hace falta! ¡Pues que sepas que tienes un gusto pésimo!
A Thuilr le empezó a dar vueltas la cabeza. Decididamente, los tragos de ron que se había tomado con los bandidos a los que había ayudado a escapar no ayudaban en nada.
—¡Difamación! Puede que me dé vueltas la cabeza, ¡pero es por tu culpa, voz fantasmal! Y que conste que yo no les ayudé... sino que...
Con un suspiró, cayó al suelo, totalmente borracho. No se movió de ahí durante un buen rato.
Así que ese es su juego, quiere controlarme, pero no lo va a conseguir. Pero le seguiré la corriente y averiguaré cómo devolverle la jugada.
Thuilr despertó a la mañana siguiente todavía con resaca y algo confuso, pero al no escuchar voces extrañas (que habían sido producto, indudablemente, de la borrachera) su ánimo mejoró. Se mantuvo callado y cabalgó con su poni (¿Cómo que un poni? ¡Me costó mucho dinero este caballo!) con su caballo hasta aproximarse a aquel resplandor que había visto el día anterior.
Era una gigantesca roca amarilla con forma de monolito. No amarillo pálido, ni dorado, como aparentaba desde lejos, sino un amarillo chillón difícil de soportar a la vista. A la derecha del enorme monolito había un frondoso bosque. A la izquierda, un enorme cañón desértico.
Tenía que elegir.
—Pues no sé tú, pero yo me quedo aquí a comer, que estoy cansado.
«Tienes que continuar, si no, el cuento se queda estancado. Además, ¿A quién le importa que tú comas? Luego me dirás que tienes que hacer —ejem— otras cosas».
—Pues claro, ¿quieres que tenga estreñimiento? En estos lugares no se puede permitir.
«No seas mal personaje y continua andando».
—No. —dijo el muy terco de Thuilr—. ¿Terco, eh?, pues que sepas que no te voy a hacer caso.
«Narrador narrándose a sí mismo (con voz fría): Tienes que saber una cosa. Si ahora presiono una cosa que "aquí afuera" llamamos "tecla escape", sabrás por seguro que no seguirás existiendo. Es más, es como si nunca hubieras existido».
—Curioso. Tú también tienes voz narradora.
«Narrador narrándose así mismo (temeroso): ¿Yo? ¿Cómo? —el Narrador estaba perplejo».
«Narrador cada vez más atemorizado: No, yo no tengo voz narradora»
—Sí, la tienes, la estoy escuchando todo el rato. Al parecer tienes miedo. ¿Qué es lo que temes?
«Narrador pensando: "¿Qué es lo que temo?" ¡Yo no puedo estar siendo narrado! ¡Me convertiré en un personaje también!»
—Diría que dentro de poco te vas a materializar aquí dentro, en el relato. No puedo esperar a echarte la mano encima.
«El Narrador notó como lo que decía Thuilr se iba haciendo cierto. ¡Pronto dejaría incluso de tener una tipografía diferenciada!».
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—Hola —dijo Thuilr—. Tumbémonos sobre el césped y charlemos tranquilamente, Narrador. —El tono que se desprendía de sus palabras era venenoso y cortante.
—¡Ja! —continuó Thuilr—. Este Narrador tiene más estilo que tú. ¿Te ves ya completamente ficticio, eh?
—Eh... —dijo el Narrador—. Esto no puede estar pasando. Yo estaba escribiendo este cuento. ¿Quién lo escribe ahora?
—Quién sabe. —Y, agarrándolo de la sucia chaqueta (al parecer el Narrador se había caído y su camisa se había llenado del polvo del camino), le llevó a rastras hasta el monolito.
—¿Qué significa esto? Como Narrador tienes que saberlo.
—Es que... todavía no lo había pensado. La trama no estaba desarrollada.
—No me mientas. Después de escuchar todas tus descripciones ridículas del paisaje, sé que tenías algo preparado. ¡Por el amor de todas las criaturas de Ra, si incluso cuando pasamos aquellos pedruscos hace tres días, no dejabas de repetir que podían ser ruinas antiquísimas de los demonios de nosequé Imperio!
—Está bien, está bien. Te contaré lo que sé, pero suéltame la camisa, ¿está claro? Además, quiero que quede constancia de que soy un ser superior que tú, aunque esté atrapado aq... argghh...
—Como sigas con ese discurso ridículo, te estrangulo aquí mismo. Para todas las desgracias que me has hecho pasar, hubiese sido mejor que no me hubieses creado, o sea que no lo vuelvas a mencionar.
—De acuerdo. Veamos. Si mal no recuerdo, estaba describiendo el paisaje, antes de que decidieras pararte a comer. Era importante la prisa, puesto que tiene que haber algún acontecimiento crucial que tú fueras a evitar. Aunque dudo que realmente puedas resolver nada, pareces muy enclenque. Luego desentrañarías el misterio del monolito.
—¡Uhh! Que grandilocuente. Lo veo incluso con letras rojas en un cartel de cine: "EL MISTERIO DEL MONOLITO". Pues bien amigo Narrador, que quede claro que no hay ninguna raza antigua durmiendo en el subsuelo. Además este "monolito" no es más que tu corriente exageración de las cosas. A mí me parece un termitero, un poco grande, pero podría pasar por un termitero. Mmm, mmm...
—... un termitero... un termitero... Ha dicho...un termitero... ha dicho que el Monolito construida por la antigua raza Thain de osos polares gigantes era un termitero... increíble... no puede ser... un termitero...
—Calma amigo. Parece que te ha dado un ataque nervioso. Además ¿qué es eso de la raza Thain? No eres nada original con los nombres. Yo me llamo Thuilr. Significa "diente de dragón". La raza Thain de la que hablas te la acabas de inventar. ¡Por favor! Osos polares... a estas latitudes. Te está afectando eso de entrar en la ficción. ¿Qué dices? ¿Nos movemos? Parece que aquellos arbustos tienen bayas y parecen comestibles. ¿Y dónde está el Metanarrador? Hace tiempo que sólo hablamos en diálogo y es un poco cansado.
—¿Ese? ¿El que hasta hace un momento era yo? Pues espero que se le caigan las teclas del portátil y deje de escribir, así nos deja tranquilos.
«La voz del Metanarrador se escucha desde la distancia; le escuchan todos, oye todo y nada le afecta: Moriríais».
—¡Ja! Mira como se cura en salud. No quiere que le pase lo que a ti.
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«Una extraña urgencia se apodera de ellos. Recogen las bayas y sus pertenencias. En silencio, se ponen en camino. Tienen que descubrir lo que significan las extrañas inscripciones que hay en el monolito (que habrían visto si no hubieran estado discutiendo inútilmente y se hubieran acercado a mirar).
El misterio del paisaje cobra relevancia para ellos. Después de una tensa discusión, el Narrador consigue hacer entender a Thuilr que es mejor tomar el camino del cañón, que conduce a una extensa llanura, salpicada de protuberancias similares al extraño Monolito que acaban de abandonar. Cabalgan hacia el cañón. Notan como no sólo cambia el suelo, también lo notan en los huesos: el paso del tiempo es diferente, más pesado, más tétrico».
«Después de un tiempo, deciden parar. A lo lejos se percibe una enorme formación rocosa de color rojo».
Imagen II: El gran "monolito", por batjorge. (CC-BY-NC-SA)
—Mira, allí hay un Monolito mucho mayor.
—A ver, un momento, pensemos con claridad. Que el Metanarrador sienta simpatía por ti y te apoye no significa que de repente hayan aparecido Monolitos por todas partes. Son termiteros.
—¿Quieres hacer el favor de mirar? Parece que no tienes ojos en la cara, oh, señor "diente de dragón".
—Estás resentido por lo de tu inexistente raza de osos polares.
—No es cierto. Sólo tienes que mirar a lo lejos. Quizás no fueran osos polares, está bien, puede que me precipitara, pero seguro que eran bastante grandes, no sé si gigantes pero lo suficiente para construir ESO.
«Thuilr por fin miró hacia donde el Narrador le indicaba. Su cara de asombro fue digna de contemplar».
—Os reís de mí, pero si no estuviese yo no tendrías personajes. Pregúntale a cualquiera que puedes hacer en un cuento con un Narrador y un Metanarrador. ¡Nada! ¡YO muevo el relato! Y, vale, a veces creáis alucinaciones bastante convincentes. Pero por más que digáis que eso es un monolito construido por no se que raza, a mí me parece una formación rocosa natural.
«Después de las habituales quejas de Thuilr, los dos se pusieron en camino. Nada más llegar a la base de la impresionante formación rocosa, les recibió un ser delgado con aspecto animal, pero rasgos risueños».
—Han llegado al Monolito Grande. Aquí pueden escuchar todo lo que necesiten saber sobre los monolitos de esta parte del continente. —Al ver la desconcertada cara de los que asumió como turistas despistados, procedió a iniciar la visita—. Este monumento fue construido hace 500 o 600 millones de años por una raza desconocida, aunque creemos que tenían un aspecto parecido a osos de color blanco y bastante envergadura...—Si me acompañan podrán observar los intrincados túneles que construyeron para... —se detuvo al ver que Thuilr sacaba algo de una bolsa.
—Guarde eso —De repente su tono amistoso de guía turístico desapareció—. Las fotografías están prohibidas.
—¿Pero qué haces con una cámara digital? —le recriminaba el Narrador—. ¿Thuilr, "diente de dragón", con una cámara digital? ¿No ves que es un anacronismo? Como mucho tendrías que tener una cámara fija o analógica...
—¿Y porqué no iba a tener una cámara de fotos digital? Nunca has dicho en que época se encontraba enmarcado el relato. Es tu culpa si pensabas que era en 1940 o así.
—Pero... pero... el ambiente... la narración... los bandidos, el ron, el cañón... todo eso desprende un aura de antigüedad, tiempos lejanos, lugares remotos...
—Venga ya.
—Tenías un caballo. Nadie va a caballo ahora.
—Tú me querías endosar un poni. Eso sí que es romper con el "aura" de antigüedad. ¡Un poni! —se dirigió al humanoide—. Perdone, señor. ¿Porqué no puedo hacer fotos? No me irá a decir que el flash estropea la roca, porque está cámara tiene sensores que hacen innecesario el uso de flash incluso con muy poca luz.
—¡Alto ahí! —dijo el Narrador—. ¿Innecesario el uso de flash? Estoy de acuerdo que no esté ambientado este relato en el S. XIX, pero no te pases de listo, ni de siglo.
—Creo que tú aquí ya no eres el Narrador ¿recuerdas? Además, el Metanarrador no parece poner objeciones.
«El assyntu, que así se llamaba la especie humanoide con rasgos animales, los miraba desconcertado. Normalmente las visitas que recibía eran de otros essuntu [plural de assyntu], ansiosos por conocer la historia de sus antepasados y de los misteriosos Thain. Pero en las ocasiones en las que tenía que dar su charla a seres cara-tiesas siempre había problemas. Aún así, ninguno de ellos era tan ridículo como la pareja de forasteros que acababa de llegar, chillándose por todo. El assyntu decidió ignorar las excentricidades de los cara-tiesas y contestar directamente a la pregunta del más delgaducho de ellos».
—Esos aparatos capturan el alma de los sitios y según nuestra re-...
—A ver, señor-guía-turístico, he visto que hay cámaras de seguridad por todos lados. Los monolitos pequeños (y tengo que dejar claro mi opinión: son termiteros) también los tienen, pero es que ¡incluso los cactus tienen agujeros para las cámaras de seguridad! Perdona, pero no me creo eso de que es por respetar las tradiciones sagradas.
—Señor, la política del parque me impide hablar del asunto. No están permitidas las fotografías. Como les iba diciendo, los túneles fueron excavados hace más de 400 millones de años, siguiendo un complicado patrón para conectar las diversas e inmensas salas que recorren el monolito...
—¿Dijo usted que fueron unos osos de color blanco los que lo construyeron?
—Sí, ellos decían que era para entrar en lo que conocían como el Tiempo No-ficticio. Querían llegar a él, puesto que según ellos, el estado normal de todo esto —hizo un gesto con los brazos, queriendo indicar el mundo—, era la no-ficción.
—Narrador, al parecer tu introducción en la historia ha variado totalmente el desarrollo normal e introducido elementos completamente ajenos.
—¿Porqué has dicho eso? Suena como si lo hubiese dicho el Metanarrador a través de ti...
—Conque parque turístico ¿eh? ¿Dónde está tu "MISTERIO DEL MONOLITO" ahora? —le reprochó Thuirl, olvidando totalmente lo que le acababa de decir el Narrador—. Este cuento ya no tiene sentido.
—Señor turista cara-tiesa—se percibía que el assyntu estaba fuera de sus casillas, pues utilizar ese adjetivo despectivo delante de los visitantes era algo poco común—, esto no es un parque "turístico". Este el parque natural y etnográfico essuntu del mítico Tiempo de la No-Ficción y del estudio de los Thain, quiénes eran y adónde fueron. También estudiamos a nuestros propios antepasados essuntu. No diga que no tiene sentido. Este mismo año se ha descubiert...—calló repentinamente, con aire culpable—. Bueno, nuestro trabajo es muy importante, pero no creo que sea de vuestra incumbencia.
—Venga, ahora tienes que decírnoslo. Narrador, ¿puedes obligarle de alguna manera? —añadió en un susurro, para que el assyntu no le oyera.
—Ya no soy el narrador, tú mismo lo dijiste. —le contestó, en el mismo tono—. Lo más que podemos hacer es influenciar en el Metanarrador para que nos diga lo que queremos a través del assyntu.
—Perdone, señor... ¿Cómo se llama usted?
—Mindassanya.
—Señor Mindassanya, yo me llamo Thuilr, expreso mis disculpas por nuestra grosería. Si fuera tan amable de explicarnos todo lo que tengamos que saber acerca de este monumento...
—Thuilr, ese es un cambio notable. Disculpas aceptadas.
—(psst, Thuilr, ¿te has dado cuenta?, ¡lo ha vuelto a hacer, eso no ha sonado nada natural!)—susurró el Narrador—.
—Como iba diciendo, existen numerosas salas y pasadizos en el interior del enorme monolito. Cada sala tiene su función y pensamos que se trata de una gigantesca nave espacial.
—(¡Resopla!).
—(Vamos a ver, ahora no me salgas arcaico, tienes que ceñirte a una época concreta).
—Aunque de un tipo algo especial: pensaban en ella como una nave abstracta que les serviría para retornar al Tiempo de la No-Ficción. Nuestro último descubrimiento muestra que es posible que lo consiguieran.
«Y ese es el origen verdadero de los osos polares».
—¿Quién ha dicho eso? —dijo Mindassanya.
—Es largo de explicar —repuso el Narrador.
«Con amables palabras se despidieron de Mindassanya y atravesaron de nuevo la llanura y el cañón, volviéndose a encontrar con el primer monolito que indicaba el límite del parque natural. Se acercaron al monolito, grabado en él ponía...»
—¡Ey, mira! Pone ©Copyright Osos Polares Gigantes AKA Thain. Realmente tú y el Metanarrador no tenéis mucha imaginación.
—Olvídalo, vamos a ayudar a aquellos comerciantes a los que vapuleaste.
—¡Eran comerciantes! ¡Me hiciste pensar que eran bandidos!
—Jaja, es broma. Eran bandidos.
«... ... ...»
—¿Qué ha sido eso? —dijo Thuirl.
—Mmm, no lo sé. Parecían como tres grupos de puntos suspensivos flotando por encima de nosotros.
« »
—Se escucha un vacío muy incómodo, ¿Verdad, Narrador?
—Ahora que lo dices, el Metanarrador parece que se ha quedado callado durante un buen rato. Al principio pensaba que no quería asustar al assyntu, luego le asustó y después nos ha traído aquí y ahora no dice nada.
«Nrghh. Nghh»
—¡Qué ruidos más raros hace!
—Creo que ya sé lo que pasa. —dijo el Narrador.
—¿Qué? —la tensión volvió debido al nuevo misterio, después de descubrir todo lo concerniente a los monolitos.
—Al Metanarrador se le está acabando la batería del portátil o...
—¿O?
—Va siendo hora de que vuelva a ocupar su lugar.
—¡Ah!, ya. Sólo espero que no seas tan malintencionado con tus personajes.
—¿Cómo? ¿No quieres venir conmigo? Al "Tiempo de la No-Ficción".
—¿Puede hacerse?
—Hay que hacerlo con cuidado, si no fíjate en los pobres Thain, como acabaron, marginados a los polos por interferir en la causalidad del espacio-tiempo. Prepárate, vamos al Tiempo de la No-Ficción.
—Vamos allá.
«Hay que decir que luego llovió mucho. Los bandidos se recuperaron de sus heridas. Los dobles de Thuirl y los personajes bajo el yugo del Narrador (y el Metanarrador) tuvieron mayor poder de decisión en sus obras; se evitó que la Realidad se fuera al traste impidiendo la salida de nuevos elementos ficticios hacia el Tiempo de la No-Ficción.
Actualmente Mindassanya sigue investigando en las ruinas del Monolito Grande y es un prestigioso arqueólogo. Thuirl (o al menos otra versión suya) vagó por las llanuras, montado en su caballo y disfrutando de las excelentes fotografías y vídeos de una cámara adelantada a su tiempo».
FIN
Diferentes inspiraciones:
Fecha de primera escritura: 13 mayo 2012. Revisiones: 2016, 2019.
-texto puesto en cuarentena, volverá pronto...-
Esta parte del "relato corto" (muchas comillas) viene de aquí y en este orden, primero aquí:
www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-7
Después aquí:
www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-11
Luego:
www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-14
***
El lunes la sucursal del banco estaba alborotada, se habían formado dos bandos definidos e irreconciliables sobre la desgracia del hombre en la pasarela. Unos tachaban al Ayuntamiento de no haber construido un puente mucho más fiable y menos estético. Otros destacaban la imprudencia de esa persona en un momento así para hacer una maldita foto.
Juan estaba ensimismado pensando en las labores de limpieza en el cauce. No podía quitarse de la cabeza el poder ver el momento exacto del descubrimiento de su paquete. Le encantaría estar ahí y ver sus caras, pero no podía ser, ya había ido demasiadas veces a la zona, aunque era un área de paso y mucha gente transitaba por ese puente, tanto andando como en coche.
-Juan, ¿tú qué opinas? –le preguntó el otro cajero de ventanilla.
-¿Sobre qué? –respondió Juan intentando ser sociable.
-Coño, que el tío fue un imbécil, como tantos otros que palman haciéndose “selfies” y gilipolleces varias sólo por unos “likes”.
-¿Quién, el de la pasarela?
-Claro, quién va a ser, joder, siempre estás en las nubes... –dijo la subdirectora de la oficina, pasando con unos papeles delante de las ventanillas de atención al público-. Si hubieran hecho una pasarela como Dios manda, esto no habría pasado.
-A veces, las cosas pasan porque sí, sin razón aparente ni motivo –respondió lacónico Juan.
El timbre de petición de apertura de puerta exterior sonó, Juan le dio al botón correspondiente y una clienta entró. Todos guardaron silencio, dejando sus discusiones para otro momento.
Mientras atendía a la señora volvió a mirar las cajas de los clips, ahora ordenados, metálicos por un lado y de colores por otro. Respiró aliviado como si el mundo volviera a tener sentido, con una sonrisa le indicó a la mujer que esa operación la hiciera mejor desde el cajero. Órdenes de Dirección. La señora, que podría tener más de setenta años, lo miró con cara de no entender nada. Juan añadió que debería usar la aplicación del banco en el móvil, que todo era más fácil así. Sin mediar palabra, la señora enseñó su teléfono, un “tontomóvil” de marca irreconocible.
La mañana pasó entre clientes cabreados por algún error bancario, usuarios con peticiones imposibles, y repeticiones de una de las frases mágicas: “Normativa del Banco Central”, esa consigna que era una mezcla de comodín de todo y de nada y motivo de muchos enfados.
Cuando terminó su horario laboral, varios compañeros dijeron de ir a tomar algo en la “otra oficina”, un bar dos portales más allá de la sucursal bancaria. Juan nunca iba con ellos. Demasiado esfuerzo le costaba fingir ser relativamente sociable.
En coche, de vuelta, resistió el acuciante deseo de pasar por el puente y ver cómo iban los trabajos. Si habían comenzado a las ocho de la mañana ya tendrían bastante avanzados los trabajos de limpieza. ¿Incluiría la tala de arbolitos, cañas y maleza?
Cuando llegó a casa, miró la lista culinaria y se dio cuenta de que el fin de semana no había preparado nada. Se estremeció al pensar que hoy tenía planificado albóndigas en salsa, brócoli en ensalada y flan. Nada de eso estaba preparado. Nervioso, se comió un trozo de pan con embutido y un helado que languidecía en el congelador desde meses atrás.
Tras recoger la mesa, fue al canasto de la ropa sucia y rescató la ropa de aquella noche. No recordaba si llevaba camisa azul o la de cuadros verdes y negros. Se esforzaba en hacer memoria pero temía inventarse el recuerdo. Cogió el pantalón tejano que sí llevaba y lo metió en una bolsa de basura, luego las dos camisas. Se quedó mirando la ropa restante del canasto, sopesando si toda estaría “contaminada” con algún posible resto. Sin pensarlo más sacó toda la ropa sucia y la metió en la bolsa. De nuevo sus ojos se quedaron petrificados mirando el propio canasto ahora vacío. Fue a su taller, cogió la maza y machacó la cesta de la ropa hasta dejarla destrozada y casi plana para que cupiera en otra bolsa de basura. Más relajado, sacó las bolsas al jardín para tirarlas en otro momento.
Conectó el portátil y navegó por las noticias en el mismo orden de siempre. Para disimular si ese alguien invisible estuviera controlando sus movimientos en la red, hizo clic en la publicidad de un nuevo restaurante mexicano, en una nueva serie de animación de un canal de pago y en un nuevo modelo de coche híbrido asiático.
En un periódico local, en portada: “Margarita Martínez de 73 años, desaparecida de la Residencia Luz de Luna”. Juan notaba cómo el azar estaba jugando con la realidad de un modo que no sabía interpretar. ¿Esto era bueno para él? ¿Podría complicarle las cosas? ¿Más medios regionales para estas búsquedas? ¿O difuminaría los esfuerzos policiales? Miró con detalle la foto de la mujer con el rótulo de: “DESAPARECIDA” y sus datos para identificarla. Parecía feliz, sonriente y sin mucho maquillaje. “La mujer, que necesita medicación, salió voluntariamente de la residencia. En el momento de su desaparición llevaba chaqueta azul y pantalón negro. Mide 1’68, es de complexión gruesa y tiene el pelo canoso. Se pide la colaboración ciudadana”.
Colaboración ciudadana. Sólo en su localidad de unos 70.000 habitantes había varias residencias de ancianos y en las localidades cercanas otros tantos, no parecía que fuera nada extraño el caso de esta mujer, sólo que ahora prestaba mucha más atención a estas cosas. Se decía fríamente.
Buscó más noticias sobre la limpieza del cauce y no encontró nada, tan sólo una minúscula nota de prensa del comienzo de los trabajos acompañada de una foto donde se veía una pequeña excavadora y varios trabajadores con casco y chalecos reflectantes. Típica foto tomada por un desganado reportero gráfico. Posiblemente mal pagado y mal considerado. Seguro que le habrían insistido en que se vieran claramente los chalecos con el rótulo del Ayuntamiento.
Esa tarde tiró las bolsas con los restos de ropa y canasto en contenedores diferentes y alejados, ya le parecía una costumbre ritualizada desde años atrás, la asumía como algo normal. Fue al vivero a comprar tierra y semillas de césped. No había de la clase que ya tenía en el resto del jardín. Así que compró otra variedad ante la insistencia del vendedor de que su tipo de hierba ya no tenía distribuidor.
Dejó los sacos en el jardín y se dispuso a cocinar todo lo que el fin de semana no había hecho. Puso la radio de la cocina en un canal de noticias. Mientras, preparaba unas albóndigas y hacía un sofrito de tomate y cebolla, caramelizaba más cebolla en otra sartén para otro plato.
La locutora de ese informativo anunciaba que el Ayuntamiento había habilitado una página web para que la población pudiera registrar posibles incidencias relacionadas con la limpieza viaria del municipio. De esta manera se establecía una nueva vía de comunicación directa entre el Consistorio y los vecinos y vecinas. Juan se giró hacia la radio y se le escapó un sonoro: “¡Venga ya!” O el azar estaba haciendo muchas horas extras o el mundo se había confabulado contra él. A cuento de qué venían ahora con esa web, las calles estaban limpias, aparte de algunos muebles viejos abandonados cerca de los contenedores, la ciudad no necesitaba de esos “policías de la basura”. Casi se dió un corte en el dedo mientras picaba cebolla. La cortinilla musical dio paso a un anuncio de “Detergente Mariángeles, limpieza total de las manchas más difíciles.” Ahora Juan sí que se dió un corte en el dedo. La paranoia estaba llegando a límites absurdos. Fue al baño y se lavó con jabón el corte y se puso una tirita. Se fijó en la marca del jabón de manos: “Viuda de la Maza”. Incrédulo, volvió a mirar de nuevo el rótulo horadado en la pastilla: “Viuda de Itaza”.
Al volver a la cocina se le habían pasado las albóndigas de fritura y humeaban al fuego. En la radio entrevistaban al amigo de la desaparecida Ana Ferrer. Apagó el fuego y se sentó en el taburete a escuchar con atención.
-Estamos con Juan José González, amigo de la mujer desaparecida Ana Ferrer. Hola, Juan José.
-Hola.
-¿Cómo estás viviendo estos días lo sucedido con Ana?
-Pues muy preocupado, la verdad, ya he hablado con la Policía y les he contado todo lo que sé.
-¿Qué puedes contarnos, ya que suponemos que hay informaciones que no puedes divulgar?
-Habíamos quedado en casa para organizar unas vacaciones en Suecia... planificar hoteles, vuelos, comidas, esas cosas... Íbamos a ir a Malmö también porque ella es muy fan de la serie “Bron/Broen” y quería... –se le quiebra la voz.
-Tranquilo, Juan José.
-Pues eso, que nunca llegó a casa, vivo al final de la calle Águila Martínez...
Juan se quedó helado al oír el nombre de la calle. Su calle. Imposible. De todo punto imposible. Por eso la mujer iba caminando calle abajo cuando pasó delante de su puerta.
-...Nunca llegó, me llamó sobre las diez de la noche más o menos diciendo que venía ya para acá. Y luego, nada.
-¿Qué le ha dicho la Policía?
-Poca cosa, son muy reservados. Les dije que estaba solo en ese momento, que si buscaban que yo tuviera una coartada o algo así, que no tenía, estaba solo en casa esperándola. Pero que jamás, nunca, jamás le haría daño a Ana. Jamás.
Juan seguía en estado de conmoción. Un sudor frío le recorría la nuca. Hasta que la mente fría se impuso. Debía dar un paseo.
Juan nació para morir. En el camino se encontró con una esposa, a la que no quería, unos hijos a los que odiaba y una vida miserable en la mina. Murió de silicosis a los cuarenta años. Antes de morir, mando poner en su lápida: Gracias.
Luis-2 Martínez-8 llegó a la lanzadera con muy pocas ganas de subir a la estación, al cubículo, como lo llamaban los veteranos. Se embutió en el maldito traje que le rozaba en los hombros, como ya había dicho veinte veces, dos con formulario oficial y tres con quejas por escrito al buzón del departamento. Departamento en general, porque parecía que no había ningún departamento que se encargara de fallos en los diseños de los trajes. El día que vinieron a tomarle medidas le recordó aquel día que le explicaron que la encimera de su cocina, por su forma, se diseñaba con láser y que como las paredes no estaban perfectamente a noventa grados, harían los muebles con cada ángulo de cada esquina, para que encajara como un guante.
Guante, otra historia, la unión metálica a rosca segura de sus guantes era como si alguien hubiera puesto las tallas a bulto. Encajaban bien, sí, pero si la manga era talla hache, los guantes era tres equis hache y parecía que llevaba unas manoplas para el frío.
La cocina, sí, cuando llevaron los muebles, le preguntó al técnico sobre los ángulos, este señor no sabía nada de los láseres ni de los ángulos de su cocina; todo lo que trajo, que es lo que le habían encargado, estaba a noventa grados. Tras un par de videollamadas al responsable de los láseres de ángulos, éste finalmente le dijo que hablara con el contratista, que se había usado una I.A. para calcular costes y pagos y que no sabía nada más.
El señor que montó la encimera y los muebles de cocina llevaba un asistente inteligente y un pequeño robot mecánico, nada espectacular, pero montaron la cocina en una hora, encimera incluida, sólo que había un ángulo de unos doce grados de separación entre el final de los muebles y la pared. Ante mi queja, matizada y educada, se me dijo que el panelador vendría con la solución la semana que viene.
El panelador.
Me rozaba el traje en los hombros y los guantes eran un poco más grandes que mi talla, pero como cerraban bien pues nadie se molestó tampoco atender mis quejas. Total. Sólo era un ingeniero electricista y sólo iba a la estación espacial a reparar unas luces de una docena de salas, luces que parpadeaban sin motivo aparente y porque el personal científico se había quejado a la central. Yo también me había quejado de lo del traje y de lo de mi cocina. No, mi cocina no tiene nada que ver, pero para el caso es la misma mierda.
Panelador. Dos semanas después vino el panelador, trajo un panel de madera tratada con fibra de vidrio y la atornilló para que falseara los noventa grados de una esquina que mis paredes no tenían. Bueno, era la típica chapuza que da apariencia pero no resuelve el problema de por qué rayos me mandan un tipo con láseres para medir ángulos y luego nada de eso vale para nada. Lo mismo con lo del traje.
Mientras ascendía en la lanzadera hacia la estación me preguntaba por qué rayos se habían estropeado esas luces que habían costado veinte veces mi casa, sólo las luces. Supongo que alguien había llevado un medidor láser primero y luego había llegado el panelador.
No sé ni cómo siguen vivos ahí arriba.
Llovía como para imaginar peces en el aire, persiguiéndose furiosos por la pecera sin naufragio y sin tesoro de aquella plaza mayor.
Manuel se apartó de la ventana y volvió a colocar en su sitio los visillos. Estaba tan embebido en su papel que sólo al buscar un lugar para sentarse recordó que estaba en una casa vacía, sin ni siquiera bombillas acumulando polvo en los viejos portalámparas de porcelana. Los que habían vaciado aquel piso lo habían hecho a conciencia: ni un estropajo en el fregadero, ni escobilla en el retrete, ni una puñetera colilla abandonada en cualquier sitio. Allí no había entrado una empresa de mudanzas después de la muerte de la propietaria, como decía la ficha. Allí había entrado el hambre misma.
A falta de mejor sitio, Manuel se acomodó en el suelo y comenzó a desmontar las muletas con que se había ayudado para subir los tres pisos. Los trucos viejos no dejan de funcionar por ser viejos, lo mismo que los chistes viejos no dejan de hacer gracia con el tiempo. El caso es no contárselo cincuenta veces al mismo.
Y la policía no sabía leer. De eso estaba convencido. Aún menos la de Madrid. No habían leído Chacal ni de bromas. Con la plaza acordonada para la cumbre europea lo habían dejado entrar con las muletas. Una buena barba, cara de cansancio, y un pie torcido hacia adentro en vez de una pierna de menos. No hizo falta más.
Eso, y las llaves del piso. Pero lo de las llaves del piso fue fácil. Todo lo que consistiera en alquilar una vivienda en la Plaza Mayor, aún con carné falso, era un rastro que se podía seguir, pero trabajar en una inmobiliaria te hace dueño de un buen manojo de llaves en menos de quince días. No falla.
Las muletas fueron convirtiéndose lentamente en un fusil. Las piezas más delicadas iban dentro. Sólo las balas y la mira telescópica estaban en la casa desde dos días antes. Podía haber introducido el arma en la casa dos días antes, pero de repente aquel piso estaba muy solicitado y la inmobiliaria lo había ido a enseñar cuatro veces en tres días. Siempre ocurre. En otra casa cualquiera podía haber dejado el arma en un armario, o bajo el fregadero, pero allí no: allí podía llamar la atención en cualquier parte y mandar al garete todo el plan.
El fusil fue cobrando forma y Manuel apuntó a una chimenea cercana para probarlo. Cuando la cúspide de hojalata se dibujó con toda nitidez en la mira telescópica apretó el gatillo y el mecanismo respondió con un chasquido.
Manuel esbozó un gesto de satisfacción e introdujo dos balas en la recámara. La próxima vez que se lo echara al hombro buscaría la cabeza del presidente.
Podía disparar desde dentro, sin asomar el arma por la ventana, pero corría el riesgo de que un cristal tan cercano produjese alguna distorsión en la mira. No haría eso. No. Se arriesgaría.
La lluvia haría que todo el mundo caminase mucho más deprisa por la plaza, pero en los días de lluvia nadie mira hacia arriba. O no tanto como otras veces. Y los que miran no ven lo que tienen que ver, porque esos policías imbéciles de las escoltas no se quitan las gafas de sol ni para dormir. Rompería un cristal y asomaría el cañón por la ventana.
El presidente iría cubierto casi siempre por un paraguas, pero eso no era impedimento. Algo había que dejar al azar. Con la lluvia podía hacerlo.
Y llovía como para imaginar tiburones en el aire, acechando sigilosos a su presa, prestos a lanzar su dentellada.
Esta parte del "relato largo" (lamento que algunos piensen que es algo cansino, no sé si hay un apartado para tochos... si lo hay lo cambiaré allí).
Viene de aquí y en este orden, primero aquí:
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Al llegar a casa, ni siquiera pensó en comer, su mente estaba enfocada, concentrada en leer toda la prensa posible sobre el caso. Antes de hacer nada en el ordenador, inspiró lentamente y expiró con actitud relajante. Con gran esfuerzo hizo clic en un anuncio de un libro de recetas asiáticas, en un curso de Economía y en una web de viajes al Polo Norte. La noticia, su noticia, estaba en la mayoría de la prensa local y regional. Sospechaba que pronto engrosaría la lista de sucesos nacionales. ¿Reportajes en televisión? Quizás.
Uno de los textos decía: “La ausencia de robo parece un dato clave, ya que la víctima conservaba su reloj y su móvil, alejando la opción delictiva común. El móvil de la mujer ya se encuentra en manos de la Policía Judicial para su análisis. Las actuaciones se mantienen bajo secreto de sumario por orden del juzgado, lo que implica que los detalles específicos de las pruebas y la investigación no se harán públicos por el momento. Todo apunta a que se trata del cadáver de la mujer desaparecida, Ana Ferrer.”
Un robo. No es robo porque llevaba el reloj y el móvil consigo, lo de estar envuelta en plástico le parecía a Juan de poca importancia informativa. Aunque bien mirado en esta noticia no dicen nada de cómo apareció el cadáver. Aun así, el texto le parecía escrito con desgana, prisas y sin mucho interés.
En otro periódico regional había un artículo cubriendo la noticia con más detalles: “La Policía está centrando sus esfuerzos en reconstruir las últimas horas de la víctima, que casi con toda seguridad se trata de Ana Ferrer, desaparecida hace varias semanas, la funcionaria del Ayuntamiento de 38 años ha sido hallada muerta entre cañas y maleza en el cauce de la rambla, en el curso de las labores de limpieza. Cada elemento de la zona está siendo analizado en busca de pruebas que permitan identificar al responsable o responsables. A los medios locales se unirá la Policía Forense de la capital, y expertos en estas tareas. Mientras tanto la zona sigue acordonada y asegurada."
"Según nos indican fuentes policiales, los investigadores rastrearán grabaciones de seguridad de la zona y las comunicaciones de la mujer para reconstruir sus movimientos previos al crimen, recabarán testimonios de posibles testigos, con la clara intención de disponer de una cronología de los hechos. La autopsia se espera como un elemento clave para precisar la causa y el momento de la muerte."
"Todas las hipótesis permanecen abiertas. La Policía mantiene la máxima reserva para no comprometer el avance de la investigación."
"La denuncia inicial de su familia y del amigo con el que había quedado (Juan José González), tras no recibir noticias de Ana desde la fatídica noche del jueves al viernes, permitió activar el dispositivo de búsqueda que ha concluido sin éxito hasta el terrible hallazgo del cuerpo."
"Más allá de la investigación, la muerte de Ana Ferrer Rey ha generado un profundo impacto en toda la comarca. Funcionaria del área de Cultura del Ayuntamiento, licenciada en Geografía e Historia y en Historia del Arte, Ana dedicó mucho esfuerzo a la preservación del patrimonio local. El Ayuntamiento ha decretado dos días de luto oficial mientras la investigación policial busca esclarecer este terrible crimen.”
Juan pasó rápidamente a otro periódico donde se podía leer:
“Un perro fue el que encontró el cuerpo sin vida de la mujer, según testigos tironeaba de un saco de plástico entre la maleza, hasta que consiguió sacarlo y fue entonces cuando los trabajadores de la limpieza del cauce vieron el cadáver. La familia, que no ha hecho declaraciones, está sobrecogida por los hechos. Algunos vecinos de la fallecida, apuntan a que en fechas recientes tuvo un acalorado encontronazo con los actuales dueños del Palacete de Rivababia, patrimonio local, a cuenta de unas reformas en la fachada a las que se oponía Ana Ferrer y el equipo de arquitectos del Consistorio, llevando ante la Justicia al fondo de inversión, WorldMundo Hainsbach, que lo había comprado.”
Le parecía gracioso que los medios más carroñeros dejaran caer un posible ajuste de cuentas que no tenía sentido, sólo para ganar notoriedad y que la maquinaria del rumor se pusiera en marcha. Se detuvo un instante en la parte del plástico, releyendo las frases. No se indicaba que el cadáver estuviera envuelto en plástico, parecía que estuviera encima, o a un lado de la mujer. Curioso. Pensaba que llamarlo “saco de plástico” o era un error de información de los periodistas o significaba algo más. Algo que bien pudiera estar relacionado con la investigación. Tendría que seguir la pista de todos esos datos para hacerse una idea clara de por dónde podrían ir los pasos policiales.
En TV-1999 cubrían también la noticia. “El cuerpo sin vida de Ana Ferrer aparece en el cauce de la rambla, bajo el Puente de los Descubrimientos. Esta cadena se ha puesto en contacto con fuentes policiales y en breve se ampliará la noticia con un artículo detallado con toda la información disponible.”
Escueto y poco motivado. Pensó Juan mientras analizaba cómo otros medios daban más detalles y en la cadena local donde trabajaba esa periodista fueran tan parcos. Abajo había un enlace a un vídeo. En él se podía ver a varios reporteros con diferentes y coloridos micrófonos, dirigiéndose a una policía en la entrada de la Comisaría de la localidad. Juan suponía que la mujer haría las tareas de Prensa e Información.
-...Ya les he dicho lo que puedo contarles, señores.
-¿Se baraja un posible ajuste de cuentas en relación con el fondo de inversión? –preguntaba apresuradamente una reportera con una alcachofa de color verde intenso.
-No se descarta nada ahora mismo. Todas las hipótesis están abiertas.
-¿Qué se sabe de los trabajadores que encontraron el cuerpo? -preguntaba un reportero con melena apuntando el micrófono de color rojo hacia la policía.
-Mantenemos la máxima reserva para no comprometer el avance de la investigación. Señores, por favor, en cuanto tengamos más información daremos una rueda de Prensa.
-¿Quién se encarga de la investigación? ¿Cuándo estarán los resultados de la autopsia? ¿Cuándo se dará más información? –preguntaban sin orden sabiendo que la policía daba por concluida la atención a la Prensa.
-Muchas gracias –dijo ella dándose la vuelta y entrando en la Comisaría.
Juan ya estaba en la siguiente fase mental de su plan. Ya habían encontrado su paquete y el juego se ponía interesante para él, en su mundo, en su juego de crimen perfecto. Volvía a sentir que tenía el control de la situación. Lo primero, volver a hacer una lista de comidas semanales. Como ya no había comido al mediodía, tras el trabajo, cenaría improvisando. Mañana compraría comida para seguir su plan alimenticio. Compraría un lienzo pequeño y pintaría otro vórtice, para completar el hueco que quedaba en la pared. ¿Debía incluir en la ecuación a la tal Lucía? Esta noche reflexionaría al respecto.
Fue a la cocina y se sentó en la pequeña mesa de allí para preparar su lista de comidas. A mano, con la cuadrícula que hacía con regla, creando celdas para los días que le quedaban hasta el fin de semana. Incluyendo compra en el Mercado el sábado. Desayuno, comida y cena.
Cuando terminó, miró su obra culinaria, imperfecta porque no cubría una semana. El domingo completaría la semana entrante. Miró la hora y se decidió por una cena antes de hora, con lo que encontrara en la nevera y en los estantes. No había nada que le inspirara a preparar nada. Se le ocurrió que podría ir a un bar a comer un bocadillo, última vez que se saltaba una de sus reglas. Nunca comer fuera. Nunca. Miró el móvil y tenía dos llamadas de números desconocidos, lo dejó en la mesa del salón, como siempre. Comprobó que llevaba veinte euros y algunas monedas sueltas de euro en su cartera. Salió al jardín y ahora la zona sin césped le parecía hasta bonita. Sonrió.
Salió y comenzó a caminar hacia la calle peatonal que estaba a unos veinte minutos andando y donde sabía que había bares de todo tipo, clase, precios y ruido.
El bar que eligió tenía una pantalla de televisión donde se ponían vídeos de no sabía dónde, suponía que de youtube y “shorts” del mismo, donde se iban intercalando sincopadamente bailes de adolescentes y de niñas y niños con coreografía ensayada, pactada y empaquetada. La letra de la canción le llamó la atención. Pidió un bocadillo de carne con queso y panceta; beicon, le corrigieron. Asintió pensando que podría estrangular a tantos idiotas en el mundo real que no habría cárcel para él, pero no dijo nada.
MENTE MÁ – NAKAMA, ponía el subtítulo del vídeo con el tema machacón que se repetía en variantes con bailes y demás movimientos de caderas en pre púberes con kilos de maquillaje, para mayor honra y gloria de sus padres. Así que estaba de moda una canción que hablaba de armas, fusiles y ráfagas de disparos. De moda. Moda, el número que más se repite en una serie, pensaba. “Mira la boca del fusil.” ¿Qué querían decir? Se preguntaba.
El bocadillo resultó ser tan insulso como el camarero que le atendió. Pan seco, tostado pero seco, lomo correoso, el queso grasiento y la panceta, crujiente; un refresco de naranja y cena lista.
Debía pensar en sus siguientes pasos. Aunque ya estaba todo hecho, era imposible que encontraran ninguna pista. Su intención demostrando al mundo que se podía cometer un crimen que quedara impune cobraba fuerzas. Estaba seguro. Vendían un mundo seguro a precio de saldo. Tanto miedo. No podrían encontrar ninguna pista que lo involucrara a él. Un asesino. Tenía planeado, dentro de diez años, volver a cometer otro crimen, otro aviso a la sociedad. Debía ser cauteloso, en realidad, debía fingir ser un tipo normal.
De vuelta a casa, iba repasando, una vez más, todos los detalles que recordaba. Así como otras ideas de su vuelta a un mundo ordenado, sin improvisaciones. Mañana compraría comida en ese supermercado de medio pelo. Compraría un lienzo pequeño y pintaría otro vórtice, y recogería la pintura roja que había encargado. El punto de inflexión de la aparición de esa periodista, que además la conoció en la discoteca aquella noche. ¿Divorciada? ¿Separada? ¿Soltera? ¿Viuda? ¿Familia? ¿Las casualidades realmente existen? Suponía que sí, por qué no. Cuando andaba por la calle de su casa, notó que alguien venía andando tras él, desde el principio de la calle. Cuanto metió a la mujer en su jardín de un tirón, ¿podría haber habido alguien al principio o al final de la calle que fuera testigo de lo sucedido? No. Habría avisado a la Policía de algo así. No. ¿Era mejor llamar a esa periodista o no hacerlo? Si no la llamaba podría pensar que lo de invitarla a su casa en Xangri-A era algo extraño y que no tenía interés en ella realmente. Si la llamaba podría creer que estaba interesado en conocerla. Decisiones. Dudas. ¿La llamaba, desde el teléfono fijo o desde el móvil?
Entró en su casa pensando que quizás mejor desde el móvil, quedar a tomar un café en un lugar concurrido, mostrar cierto interés por ella pero no demasiado, sonsacarle algo de su trabajo, de su información del caso. Debía ser muy sutil. Recuerda cómo bailaba y cómo estaba disfrutando la mujer. Él sólo estaba haciéndose notar, llegó a descamisarse con un tema musical, ni recuerda cuál era. Estuvo allí y aunque hubiera, que las había, cámaras a la entrada del local, quería segurarse de que se supiera que él, esa noche, esa madrugada estaba en esa discoteca. Aunque la invitó a su casa, sabía que buscaría una excusa en caso de que ella hubiera aceptado. Nadie visita su casa. Cuando tuvo que dejar pasar al técnico de la red de fibra, cubrió con telas los muebles de todo del salón. Dijo que iban a venir los pintores. Nadie visita su casa.
Miró la hora y decidió llamarla.
-Hola, buenas noches, soy Juan, el descamisado –intentando parecer cordial, cercano, tontorrón.
-Ah, hola, Juan, ¿qué tal?
-Nada, para invitarte a un café donde tú me digas y así charlamos un rato...
-Tendría que ser por la tarde o tarde noche, ando liada con el trabajo...
-Yo trabajo hasta las tres todos los días, así que tú me dices.
-Vale, te llamo a este número cuando sepa cómo tengo el trabajo, ¿te parece?
-Me parece. Adiós.
-Adiós.
Le había parecido un poco raro el tono, muy diferente al del otro día cuando se encontraron por casualidad y le dió su tarjeta. Pensó que todos los días no teníamos el mismo ánimo, que a veces estamos preocupados por diferentes cosas o... simplemente que estaba de mal humor por cualquier cosa.
Esa noche volvió a tener un sueño vívido. Se encontraba tumbado en una cama de hospital, de nuevo inmóvil, desnudo. Una mujer vestida con pijama de cirujana, de ese color verde concreto, y manchada de sangre; esa médica lo envolvía en plásticos en la misma cama de hospital. Desde la ventana, nubarrones de lluvia dejaban caer tierra y arena en vez de agua. De pronto empezó a oírse música desde los aparatos de control médico. Una música de un viejo gramófono y repitiendo la misma frase: “Yes, it's a good day for singing a song, and it's a good day for moving alone; Yes, it's a good day, how could anything go wrong. A good day from morning' till night.”
No se despertó del todo. Se dió la vuelta en la cama y siguió durmiendo.
El día en la sucursal bancaria fue como siempre, menos mal, orden, repetición, rituales, todo previsible y mundano, como debía ser. Ese día no se quedó a tomar un refresco con sus compañeros, fue directamente al supermercado, ese que olía mal, olía a alcantarilla, a desagüe. Compró sólo productos enlatados o envasados al vacío. Pronto sería sábado y podría ir al mercado a comprar productos de verdad. Se pasó a recoger tres tubos de óleo “rojo escarlata 334”, los que había encargado.
En casa, miró la lista provisional y preparó ese día albóndigas que venían en un paquete del supermercado, con tomate, orégano y cúrcuma. Ensalada de una de esas bolsas variadas y malditas que aliñó con aceite de oliva, pimienta molida y muy poco vinagre. De postre un flan de marca local que sabía a colorantes y saborizantes.
Cuando terminó, fue a mirar el móvil y tenía dos mensajes de Lucía. Preguntando si podrían quedar esa misma noche a las 21:00 en un café llamado Hibris, en una calle peatonal y tranquila. No contestó y se dirigió a ver las noticias del día. Todas eran reciclajes de informaciones previas, nada nuevo.
Fue a su dormitorio buscando algo que ponerse en unas circunstancias nuevas para él, informal, pero no demasiado; formal, pero no demasiado. Debía jugar su papel, pero no tenía disfraces para ese nuevo rol. Usaría la camisa de la discoteca. No. La había tirado junto con el canasto entero de ropa. Así que optó por una vieja camisa azul y unos pantalones tejanos. Pronto llegaría esa nueva tormenta anunciada para el fin de semana. ¿Qué le diría para obtener información sin que ella sospechara nada? ¿Por qué iba a sospechar? Era periodista, curiosos por naturaleza. Y él debía ser más listo, más hábil. ¿Cómo? No se le daban bien las relaciones humanas. Volvía a recordar la letra de esa canción del bar: “Mira la boca del fusil. Vas a llevarte puro rafagón. Dale, toma, toma, toma...” Y una sonrisa iluminó su cara.
Mientras caminaba hacia el café, le estaba dando vueltas a la llamada de ella para quedar ese día, no sabía si era lo habitual llamar tan pronto o era más normal esperar unos días para mantener un poco unas distancias mínimas, para no mostrar ni mucho interés ni parecer alguien solo, solitario, desesperado por contacto humano, cosa que no era su caso. La falta de habilidades sociales básicas era algo de debía corregir de una vez por todas, debía aprender a fingir mejor, mucho mejor. Sabía que su determinación, su motivación, tenía que ver con obtener información de esa periodista, no le interesaba nada más.
Puntual como un reloj suizo, a las nueve estaba en la cafetería, decorada con maderas y mesas de mármol con patas metálicas antiguas o simulando ser antiguas. Había varias mesas libres. Menos mal, un lugar sin estridencias, gente gritando o música a todo volumen. Un lugar tranquilo. Pidió un agua tónica y se sentó en una mesa. Al segundo sorbo apareció Lucía por la puerta, apresurada, llevaba una camiseta con un papagayo impreso, unos pantalones tejanos y zapatos de medio tacón. Obviamente venía del trabajo, no parecía que se hubiera puesto ropa especial para la ocasión ni que hubiera tenido tiempo de pasar por su casa. De un golpe de vista localizó a Juan y levantó la mano a modo de saludo; se dirigió a la barra, pidió algo y después se acercó a la mesa donde estaba él.
-Hola, Juan, acabo de salir del trabajo y había atasco en la avenida...
-Vale.
-Bueno, me ha sorprendido tu llamada, la verdad, me pareció que no estabas interesado en... en... nada –dijo ella con una sonrisa cordial.
-A mí también me sorprendió que dijeras de vernos hoy –dijo Juan imitando una sonrisa cordial que no le funcionó tan bien como a ella.
Una camarera le trajo a Lucía el café que acababa de pedir.
-Gracias.
-He visto que trabajas en una cadena de televisión local.
-Mi tarjeta tampoco era un acertijo –bromeó ella sin encontrar reflejo en la cara de Juan, que no parecía haber entendido la broma-. Me dijiste que trabajabas en un banco, ¿verdad?
-Sí, te lo dije, sí. Por hablar de algo.
-Estás un poco tenso, ¿te pasa algo? –preguntó Lucía moviendo el café con la cucharilla sin haber echado aún el azúcar.
-No, sólo que no suelo quedar con nadie y no sé muy bien... No has echado el azúcar, ¿por qué lo mueves?
-Ah, pues para quitarle algunos de los miles de grados que lleva el café y que podrían fundir la taza –bromeó ella sonriendo.
-Ah, pues... claro... –respondió él dando un sorbo a su tónica sin entender la exageración.
-No te preocupes, relájate... el día de la disco estabas muy relajado y "bailongo"...
-Sí.
-Supongo que el trabajo en el banco tampoco debe ser muy entretenido.
-No creas, a veces llegan clientes interesantes...
-Ah –respondió ella sin saber muy bien qué decir después.
-¿Y tú? ¿Día de trabajo duro hoy? –primer intento de sondeo.
-Pues sí, bastante, el caso Ferrer nos lleva de cabeza...
-¿El de la mujer encontrada en el cauce, no?
-Claro, está en todos los medios...
-No sigo mucho la prensa –dijo él lacónico.
-Estos tipos, los que hayan matado a la mujer, son idiotas...
-¿Y eso?
-Porque dejar el móvil de ella fue una cagada bien gorda.
-Ah, supongo que tomarían medidas... digo yo -segundo intento.
-Si es que hoy día, hasta un móvil apagado se puede rastrear... Bueno, los expertos en Informática de la Policía, claro –dijo ella viendo que la cara de Juan se quedaba inexpresiva y mirando más allá, a ninguna parte.
-¿Ah, sí? –terminó preguntando él, fingiendo sorpresa.
-Claro.
Un silencio incómodo, como una niebla invisible, se acababa de instalar entre los dos. Intentó seguir preguntando pero le parecía que ya debía de aflojar. Juan no era capaz de leer los códigos no verbales de ella y no sabía qué estaba pasando por su cabeza.
-Bueno, cuéntame qué haces en tu tiempo libre... Empiezo yo si quieres, me gusta la música, bailar, viajar y el ajedrez. Un poco tópico todo, lo sé... –dijo ella cambiando de tema y de tono.
-Bricolaje. Hago bricolaje –Juan seguía en otro mundo, pensando en el móvil de la mujer.
-Ah, ¿qué tipo de bricolaje? –preguntó dando por fin un sorbo a su hirviente café sin haberle echado azúcar.
-Cosas con madera, ahora preparo una celosía para el jardín...
-Ah, pensé que vivías en un piso, vaya, vaya, casa y todo... –de nuevo buscando la complicidad con una pequeña broma-. Seguro que con plaza de garaje y todo.
-No, jardín. Sólo jardín... ¿Tomas el café sin azúcar?
-Sí. ¿Y tú?
-Dos cucharaditas rasas de azúcar moreno, ya no me queda, tengo que ir a comprar más... -respondió él como si estuviera dando la receta de la Salsa Bearnesa.
Ella miró la hora en su móvil, dio un sorbo final al café.
-Juan, me tengo que ir, mañana tengo un día duro desde primera hora. Llámame cuando quieras y buscamos otro hueco libre para charlar.
-Claro. Adiós –a Juan ni se le ocurrió levantarse para estrecharle la mano o un casto beso en la mejilla.
Ella se lo quedó mirando un instante, cogió su bolso de la silla, levantó la mano a modo de despedida y pagó en la barra. Haciéndole señas de que pagaba ella las dos cosas, unos gestos que Juan no acabó de entender. Se quedó mirando su vaso vacío de tónica, mientras el resto del hielo se iba consumiendo lentamente. En cuando llegara a casa, prepararía algo de cena y buscaría más información sobre eso de la localización de móviles apagados. Había tomado tantas precauciones. El detalle de dejar el móvil en el paquete le pareció en su momento como una firma personal, un reto para los investigadores, una osadía. De todas maneras, pruebas contra él no podía haber. ¿Indicios? Quizás sí, o quizás no.
Cuando volvía andando a casa, vio a la mujer de vestimenta colorida paseando a su mini perro. Esta mujer no tenía horarios, ni maneras. Sudadera naranja, leggins azules y una diadema roja en ese pelo teñido de color rubio. Al menos había conseguido que paseara por la acera de enfrente. Justo como el otro día, una deportista nocturna hacía estiramientos apoyada en la valla. ¿Era la misma mujer o era otra? No, la otra era más alta y delgada, esta parecía estar metida de lleno en la cuarentena y embutida en licra fosforescente. Cuando abría el portón de su casa, un coche de la policía local pasó despacio por la calle. “¿Desde cuándo estos dan señales de vida por esta zona?” Desde nunca.
Cenó ensalada con huevo cocido y otro lácteo muy azucarado y con regusto a cartón. Echó de menos comer fruta. Cuando iba a buscar información en el portátil, decidió que se iba a dormir y que mañana sería otro día. Antes, cogió el móvil para ver si tenía mensajes. Una llamada perdida de un número que no conocía. “¿Así que estos pequeños demonios se pueden localizar hasta estando apagados?” Pensó que seguro que habría muchos condicionantes para que algo tan peliculero fuera verdad.
De madrugada, se despertó, fue al lavabo, no podía conciliar el sueño. Algo le estaba martilleando en la mente, una y otra vez. Un error. Un posible error. El móvil apagado.
Usó el buscador, ese que decía que no rastreaba, aunque a estas alturas ponía en duda todo el anonimato en internet. En una página encontró lo siguiente:
“Según un estudio realizado en 2019, el 78% de las personas cree que no es posible rastrear un móvil apagado. Aunque parezca increíble, existen métodos que pueden ayudar a localizar un móvil incluso estando apagado. Las compañías de telefonía móvil y las fuerzas de seguridad son las principales entidades que pueden rastrear un móvil apagado, siempre bajo la autorización o petición de un Juez. Las compañías de telefonía móvil pueden acceder a esta información y determinar la ubicación aproximada del dispositivo, con bastante exactitud. Si el móvil cuenta con un sistema de geolocalización GPS, es posible rastrear su ubicación incluso cuando está apagado, ya que el GPS puede activarse de forma remota y enviar señales de localización a través de satélites. En situaciones de emergencia, como un secuestro o un accidente, las fuerzas de seguridad pueden rastrear un móvil apagado utilizando herramientas especiales. Estos servicios tienen acceso a tecnologías avanzadas que les permiten localizar dispositivos incluso cuando están apagados.”
Las tres de la mañana. No podía dormir. Tenía que reflexionar, repasar al detalle horas y movimientos. ¿Podrían deducir que estuvo en su jardín? ¿Qué pasaría con los movimientos que llevó a cabo con el aparato en cuestión? ¿Tener su móvil personal siempre en casa supondría alguna sospecha hacia él? El de la mujer lo apagó al poco, le quitó la tarjeta sim y lo llevó a una zona donde esperaba que se lo llevaran, volvió, lo recogió y lo paseó hasta poder meterlo en el paquete. Una vez más. Repasó tal y como recordaba todos estos detalles. Una vez más. Y otra. Y otra. No podía dormir. Las cuatro de la mañana.
Un mensajero cae desde la azotea del edificio de nuestra redacción. Los servicios médicos han apuntado que se encuentra con pronóstico reservado y ya ha sido trasladado en una ambulancia medicalizada hasta el Hospital Martínez de Lesma. A medida que se amplíe la información seguiremos informando desde esta redacción.
Subscríbase a Prensa Nueva News. Siempre al servicio de la noticia.
Mientras Javi redactaba la noticia y la colgaba en la web del periódico sin esperar a que el Redactor Jefe le diera el visto bueno... “que hubiera estado aquí en lugar de estar trasegando carajillos de menta”, pensó Javi mientras le daba al botón de publicar, seleccionando que fuera a portada, en un lateral y con letras rojas parpadeantes las palabras “ÚLTIMA HORA” del encabezado. Mientras Javi se peleaba con la aplicación de publicación, Ramón había aprovechado para colarse en el cubículo de la fotocopiadora... y sin mirar el contenido, había hecho fotocopias de lo que había en el sobre. Dobló los folios y se los guardó en el bolsillo de la roñosa chaqueta que usaba en invierno y en verano.
Al poco, entraron en la redacción dos policías uniformados, preguntando si habían visto algo, las pesquisas habituales. Javi respondió que el mensajero había dejado un sobre y que se había marchado, que sólo lo había visto Anita, pero que como iba con casco no sabría decir qué aspecto tenía. Anita añadió que preguntó por Ramón y que como no estaba dejó un sobre en su mesa. Los policías tomaron nota, pidieron los DNI de todos para anotar sus nombres, pura rutina... Ana María Dueñas Marqués, Ramón Rialto Buendía y Javier de la Calle Gómez. A las preguntas de quién era el Redactor Jefe y dónde se encontraba se encogieron de hombros, diciendo que José Carlos solía llegar más tarde, añadiendo con sorna que se encontraría reunido en el bar de la esquina, en “Casa Paquito”.
El problema surgió cuando la policía pidió llevarse el sobre y el albarán que había traído el mensajero, por si podría arrojar alguna pista sobre lo sucedido. Ramón y Javi se enzarzaron en una discusión legalista, como si hubieran visto demasiadas películas de periodistas: Que sí, que no, que es material confidencial periodístico, que si el gabinete jurídico, que si no tenemos de eso, que si Juan el picapleitos, que si hay que colaborar con la Ley, que no se revelan las fuentes de información...
Los policías, aburridos de la discusión dijeron que ya vendrían con una orden judicial si hiciera falta y se marcharon sin más, para recabar información en otros despachos de aquel edificio de oficinas y por último a inspeccionar la azotea.
-¿A cuento de qué os ponéis tiquismiquis con la Policía? –dijo Anita poniendo los brazos en jarras y mirándolos a los dos- Ni que esta mierda fuera el New York Times.
-Por el casco –dijo Ramón lacónicamente.
-Porque este es un gilipollas y le gusta hacer de “periolisto” –comenzó a decir Javi cambiando de tema a la velocidad del rayo-. ¿Y qué cojones es eso del casco?
-¿Has visto a muchos suicidas tirarse desde una azotea con el casco puesto?
-O sea que lo han tirado desde la azotea... lo que hay que oír, qué flipado que estás... –contestó Javi mirando al techo.
-Y además preguntó por mí... y no tengo ni idea de si lo conozco o no... Y el albarán no puede ser más falso.
-¿Y qué? Vamos a ver qué tiene el sobre y ya está.
-¿Es que nadie lo ha abierto? De verdad, vaya par de “pasmaos”... –dijo Anita cogiendo el sobre con decisión y sacando del mismo varios recortes de prensa antigua.
-Genial, nuevo “Guatergueit” en la redacción... recortes de prensa del año de la polca... Un juicio. Una información amarillista sobre actividades de los servicios secretos europeos. Un recorte de la CIA de 1980... Un militar a juicio por un accidente en un campo de tiro. Y una fotocopia de una llave pequeña –Javi desgranó despectivamente el contenido del sobre, tirando los recortes de prensa sobre la primera mesa que encontraba.
-Bueno, pues habrá que leerlo y si no es nada se tira o se le da a la Policía... De todas maneras, para qué me ha traído esto ese mensajero y qué hacía en la azotea.
-¿Y la moto? Porque vendría en moto, ¿no? –dijo Anita dirigiéndose a la ventana.
***
-Julián Cortina Blanco, 37 años, mensajero de N.M.N. desde hace diez años. Ningún problema en el trabajo. Divorciado. Ahora hay un patrullero yendo a su casa –dijo el policía mirando en su móvil los datos que tenía del accidentado-, de momento eso es lo que tenemos, doctor... ¿Y ahí cómo va la cosa?
-Está en quirófano ahora... hay para rato. El casco le ha salvado un poco pero... la espalda, no sabemos, la columna, ya veremos –dijo el doctor repasando rápido la hoja de ingreso y las pruebas de urgencia que se le habían practicado-, dos brazos rotos, cadera rota, una pierna con fracturas multiples y la otra bastante bien en comparación, claro. Cuando salga del quirófano el doctor Gámez les dirá más.
-Gracias, doctor.
-Supongo que querrá copia del informe. Menuda guardia me ha tocado hoy. Parece el día de las muertes raras.
-¿Y eso? –preguntó el policía mirando el ajetreo normal de un hospital de esas características.
-Nada, no me preste atención, estoy cansado de la guardia... deme un par de horas y le redacto un informe preliminal, a ver si consigo terminar el turno con tranquilidad.
-Gracias.
-Ah, querrá la bolsa con sus pertencias, supongo...
-Claro.
-Tenía un papel arrujado entre las manos, va dentro de la bolsa con la ropa, metido en una bolsita pequeña...
-Bueno, ya lo miramos nosotros.
***
Hoy es el día, por fin mi hija-B se presenta al examen de identificación. Y lo hace por el Partido Futuro Doznas, y aunque no me sé todo el ideario de ese partido, ya que yo tengo documento de identificación por el Grupo Consolidado Técnico y su madre-S es de Proyecto Universal Único. Supongo que debe tener que ver con que su madre-B sea del P.F.D. y hablan mucho por el visiaudio.
-¿A qué hora es el examen? –pregunté sabiendo de sobra la respuesta, pero por ver si estaba muy nerviosa o no.
-¿Hora lunar o terrestre?
-Esquivando la pregunta, eh, amiga... -dije por el privisi cambiando mi imagen a un pequeño diablillo de color rojo.
-Tranquilo, pa, que pasaré el examen... –respondió mientras cambiaba su cara a una de un oso panda con gafas redondas.
-¿Seguro que no quieres sacar tu identificación con el G.C.T.? Tenemos más ventajas en las máquinas de comida...
-Ya, pero menos en las dispensadoras de agua –repondió soltando una risita malvada, esta vez sin modificar su imagen.
-La Luna es así... debiste quedarte en Nueva Iberia...
-Ya, puestos a hacer locuras, no me saco el documento de identificación y punto... –dijo cambiando su imagen a la de un payaso aterrador.
-No digas bobadas, todo el mundo debe pertener a algún grupo político por ley, y lo sabes...
-No empieces, hay personas que tienen carnets de los tres partidos políticos...
-Rumores.
-Se dice que el director de Lanzaderas del Norte tiene pasaportes de los tres partidos –dijo cambiando su imagen a la de una pirámide de cristal, no tenía ni idea qué demonios quería decir con eso, la verdad, cosas de los jóvenes.
-Ya y que hay personas sin identificar que sobreviven en la selvas de Siberia... cuentos.
-Bueno, te dejo, pa, que tengo que terminar el turno revisión de válvulas en el sector amarillo...
-Adiós –dije lacónicamente cortando la comunicación.
Luego me quedé mirando la pantalla y pedí información sobre el programa básico de P.F.D. Al instante un amable joven vestido con los colores del partido, rojo, verde y amarillo comenzó a explicarme nociones de su programa. Le pedí que me explicara las ventajas y a los inconvenientes sociales de ese grupo.
“Muy resumidamente, ya que entrar en todos los detalles sería complejo y largo, las ventajas serían: Elección directa del animal del año por votación simple. Bono de transporte Tierra-Luna con un descuento del veinticinco por ciento. Mayor dotación de agua anual, pudiendo llegar incluso a una ducha completa cada semana. No hay obligación de usar el uniforme del partido en sus reuniones. Promociones anuales para compra y venta de días libres, pudiendo llegar a sumar anualmente un total de nueve días completos. Libre elección de pareja-S y pareja-B, siempre teniendo en cuenta que no haya una gran diferencia entre ingresos anuales.
Las desventajas, siempre en comparación con los otros dos partidos, se podrían resumir en: Menor dotación alimentaria semanal, por lo que el uso de planificadores de calorias y vitaminas es obligatorio. Limitación del número de viajes semanales permitidos en la Tierra. Obligación de coincienciar a los menores de dieciseis años de que saquen su identificador con el partido. Los hijos-S no tienen cabida en su estructura familar y los hijos-B se integran en las comunas habilitadas a tal efecto. Prohibición de usar el color negro en cualquier actividad o vestuario”.
Corté la charla de la enciclopedia política. Pensando que los tres partidos tenían sus ventajas y sus inconvenientes, pero en el fondo de mi cerebro pensaba que mi identificación universal era mucho mejor que las otras. Miré la hora en la pared y me di cuenta que debía acercarme al Centro Religioso del C.G.T. donde hoy darían la charla sobre el “Nuevo Ente Cuántico, Melquíades 2.33”, era de obligado cumplimiento, claro.
-Sí, mi identificación es mucho mejor que las demás –pensé convencido, mientras me colocaba el cubo de color tornasolado en el implante del cuello y un chisporroteo de energía me recorrió el cuello y la espalda-. Ah, mi cubo del C.G.T., qué puede haber mejor.
FIN
menéame