RELATOS CORTOS
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¿Conocía a esta mujer?

Cuando alguien llama un domingo al portero automático y coges el telefonillo, lo primero que piensas es que algún desaprensivo ha aprovechado el festivo para repartir publicidad y hacerse unos cuartos extra a costa de la tranquilidad ajena, pero cuando abajo contestan que es la policía echas de menos al repartidor. 

Y no es que tenga yo cuentas pendientes con la justicia, ni razones para temer que vengan a detenerme, pero la policía, un domingo y a las nueve y media de la mañana, no suele venir a devolverte un décimo de lotería premiado que has perdido por la calle.

Abrí dócilmente la puerta y esperé a que subieran a mi piso. Eran dos agentes, uno de pelo blanco y el otro casi un chaval al que el uniforme le sentaba como un disfraz. El más viejo me saludó, me preguntó si era Gonzalo Pozuelo, y cuando respondí afirmativamente me alargó sin más preámbulos la fotografía de una mujer muerta con el rostro tumefacto y bastante desfigurado.

—¿La conoce? —me preguntó después de unos segundos.

—No. Creo que no —respondí devolviéndole la foto.

—Llevaba su nombre y su dirección en la cartera —explicó el más joven.

Yo me encogí de hombros. 

—Comprendan que así, en una fotografía como esa... —traté de justificarme.

El del pelo blanco parecía esperar esa respuesta, porque se agarró a ella de inmediato.

—Tenemos que pedirle que nos acompañe al depósito de cadáveres, por si pudiera identificar a la difunta.

Normalmente no hago planes para los domingos y dejo a la casualidad, al impulso, o a la llamada de un amigo la decisión definitiva sobre a dónde ir o qué hacer; ese sistema de permitir a lo inesperado operar por su cuenta me había dado buen resultado durante muchos años, pero aquel día lo inesperado se estaba pasando de la raya.

—No nos llevará mucho tiempo —trató de animarme el del pelo cano.

—Antes de las once estará usted de vuelta —reforzó el otro.

No era cuestión de hacerse de rogar; había que ir, y punto, así que comprobé con tres palmetazos por mi anatomía que llevaba las llaves, la cartera y las gafas, y baje en el ascensor con los dos agentes.

Me subí al coche patrulla con una sensación extraña, como si me llevasen detenido por algún delito que ni siquiera podía imaginar, igual que Joseph K, el del proceso de Kafka. Los dos policías no hablaban entre sí y el silencio acentuaba mi aprehensión, así que acabé preguntando qué le había pasado a la mujer.

—Apareció muerta en una boca de metro. En Cruz del Rayo —explicó el más joven—. Le dieron una paliza y luego la apuñalaron con un cuchillo o alguna otra arma blanca.

Entonces, de pronto, caí en la cuenta de que si la mujer llevaba encima mi nombre y mi dirección, muy bien podían considerarme sospechoso

—Oigan, ¿no pensarán que he sido yo? —pregunté alarmado.

El del pelo blanco se echó a reír.

—Puede estar tranquilo. De vez en cuando aparece alguna rajada y tirada por ahí. Son ajustes de cuentas. Rencores. Clientes borrachos. El mundo de la prostitución barata. Ya me entiende...

Yo no entendía en absoluto, pero asentí de todos modos.

—¿Y no saben nada de ella? —pregunté por seguir la conversación.

—Le llamaban Carmilla, pero era un nombre de guerra. Nadie sabe cómo se llamaba en realidad ni de dónde era, ni si tenía parientes. Nada. Cuando tenía algo de dinero dormía en una pensión por la zona de Tirso de Molina, y cuando no en la calle, en el metro o en algún cajero automático.

—Vaya panorama —lamenté yo con un suspiro.

—Mendicidad, prostitución, drogas.... sólo le faltaba meterse en política —remachó el policía sonriéndome con los ojos a través del espejo retrovisor.

Después de abandonar la parte más complicada de la ciudad conseguimos por fin acelerar. Los domingos por la mañana hay menos tráfico en Madrid que de costumbre, pero de todos modos tardamos al final más de media hora hasta el Instituto Anatómico Forense. El trayecto, aún así, no se dio mal: viajar en un coche patrulla no agiliza el tráfico ni te libra de los semáforos, pero por lo menos no te pita ni dios.

Bajé del coche y seguí a los dos policías, que fueron abriéndose camino en el edificio con la destreza del que ha recorrido demasiadas veces unos pasillos que ni a fuerza de claridad y de amplitud conseguían dejar de ser siniestros. 

De la sala donde tenían a la mujer sólo recuerdo las luces chillones, los brillos metálicos y el olor a alcohol y desinfectantes. Quizás olía también a tristeza, a silencio revenido, y mucho también a perplejidad, pero como todo el mundo sabe esos olores son casi imposibles de distinguir de los del formol y la lejía. La muerta estaba tapada con una sábana blanca y cuando estuve lo bastante cerca, un operario con bata verde descubrió su rostro.

—¿La conocía? —preguntó el policía del pelo blanco, con el mismo tono que había empleado cuando me enseñó la fotografía.

Yo traté de hacer coincidir sus rasgos con un catálogo difuso de amigos, conocidos, clientes y familiares lejanos, sin lograr encajarlos con ningún patrón. Después del interés inicial, el conjunto perdió consistencia y se fueron imponiendo poco a poco las heridas, los moratones, y el labio levantando mostrando los dientes desiguales y las encías enrojecidas. Dí un paso atrás.

—Me suena su cara. No la ubico, pero me suena —repuse en voz baja reprimiendo una náusea.

El policía más joven debía ser de mi misma opinión, porque se mantuvo prudentemente al margen, mirando al cadáver sólo con vistazos breves. Para simular que hacía algo sacó una libreta del bolsillo y apuntó algo; estaba al otro lado de la camilla, pero adiviné que escribía una tontería del tipo “dice que le suena, pero no la conoce”.

El operario de la bata verde descubrió entonces completamente el cadáver desnudo de la muerta.

—No es muy agradable, pero es necesario —trató de justificarse.

Yo respiré hondo y constaté que al menos la primera parte de la afirmación era cierta. El cuerpo de la mujer estaba lleno de golpes, y presentaba una herida larga y brillante en el abdomen por la que asomaba el tracto intestinal. También tenía una cicatriz en forma de media luna en el tobillo. 

Y entonces recordé.

Aquella cicatriz se la había hecho mi perro allá por el año ochenta, una tarde que vino a buscarme a la finca de mi padre. Era ella. Hacía treinta años que no la veía y por lo menos veinticinco que no preguntaba por ella a alguno de los escasos conocidos comunes a los que aún me encontraba de vez en cuando. Le había perdido la pista allá por el año noventa y tantos, cuando habló de marcharse un tiempo al extranjero a aprender idiomas.

Pero era ella.

Durante un tiempo nos vimos sólo durante los veranos, en Toledo, y luego, cuando yo me fui a Madrid empezamos a quedar varias veces a la semana, para jugar al tenis, para ir al cine, o para charlar simplemente delante de un café que yo siempre dejaba enfriar antes de darle el primer sorbo. Y no lo hacía sólo con el café, maldita sea.

Hubo algo. Hubo mucho entre nosotros. Café y tenis. Besos y silencio. Y lo que ninguno de los dos supo hacer perdurable.

—¿La conocía? —preguntó una vez más el policía canoso.

¿La conocía? Me pregunté yo. Se llamaba Pilar. Pilar Monzón. En ella, Monzón no era tanto un apellido como un perfecto adjetivo que la describía completamente. Creía con la misma vehemencia en las cuatro verdades sobre las que trazaba su rumbo y en las docenas de mentiras que sostenía a sabiendas de que lo eran. Arremetía por igual contra los obstáculos que se interponían en su camino y contra las manos que se le tendían ofreciendo una ayuda. Era libre, feroz y tierna. 

¿La conocía? No podía responder a eso. Con ella tenía la impresión de ser como aquel granjero que vivía al borde del Mississippi y que todas las tardes veía pasar por delante de su casa a la Ópera Flotante, un gran barco de vapor en el que se embarcaba la flor y nata de Nueva Orleans para cenar ostras y escuchar una ópera durante la travesía. En el barco se representaba siempre la misma ópera, y el granjero escuchaba cada día un fragmento cuando el barco ascendía río arriba y otro cuando el barco bajaba de regreso. ¿Podía decir el granjero que conocía aquella ópera?

No lo sé. A lo mejor conocer a alguien es eso: contemplar fragmentos. Tratar de unirlos. Inventar lo que falta. A lo mejor por eso me hice arqueólogo: para intentar con los papeles y las cerámicas lo que nunca conseguí con las personas.

—¿La conocía usted? —repitió el policía.

—Se llamaba Pilar Monzón y le pedí matrimonio hace treinta y dos años. Me dijo que no —respondí tratando de ser objetivo.

El hombre de la bata verde volvió a colocar la sábana sobre el cuerpo de Pilar con la diligencia satisfecha del marchante que acaba de adjudicar una importante pieza en una subasta. Sacó un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta, buscó la etiqueta en blanco atada al tobillo izquierdo y escribió “Pilar Monzón”, con letra inclinada.

—¿Sabe qué edad tenía? —me preguntó.

—Cumpliría sesenta y uno en abril.

Sesenta años, escribió.

Luego el policía del pelo blanco me dio las gracias y me preguntó si quería que me llevaran de nuevo a casa. Le dije que prefería tomar un rato el fresco y volví al ruido de la calle preguntándome por que ella guardaba aún mi dirección.

Y por vueltas que le dí, no conseguí encontrar una respuesta. Porque no la conocía: tan sólo sabía su nombre.

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La gran hazaña de Raik

Raik era un orco nacido en Morannor y prontamente reclutado como soldado raso para las huestes de Sauron. Su estatura era escasa y para colmo caminaba siempre encorvado, por lo que mostraba una imagen contrahecha que le hacía parecer poco apto para la batalla. Aun así, siempre era colocado en primera línea del frente, al igual que tantos miles de orcos empleados como carne de cañón por su amo.

Pero Raik tenía la habilidad de sobrevivir siempre. Era capaz de ocultarse tras las espaldas de otro compañero cuando los soldados de Gondor acometían, escabullirse por cualquier rincón e ir capeando el temporal hasta que la batalla terminaba. Además, cuando veía a algún soldado ya caído, aprovechaba para lanzarse sobre el cuerpo moribundo o ya muerto y apuñalarlo. De esa forma su espada siempre estaba cubierta de sangre al acabar la batalla, y a veces incluso era felicitado por sus superiores.

Un día, tras una cruenta batalla contra los elfos, su regimiento hizo prisionero a un príncipe de gran valor para Sauron, quien esperaba poder extraerle sus poderes mágicos para acrecentar su fuerza. El príncipe fue enviado a las mazmorras de Dol Guldur, y Raik fue uno de los dos guardias encargados de custodiar su celda. Lo primero en lo que Raik se fijó fue en un colgante plateado que el príncipe llevaba al cuello. La luz que irradiaba era hipnótica, y su complejísima forma (cientos de hilos de plata entrelazados con el más sublime arte élfico) hacía su belleza irresistible. Raik quiso que fuera suyo, y engañó a su compañero para que le dejase a solas con el prisionero.

Entonces Raik abrió la celda y se lanzó sobre el príncipe elfo, quien aprovechó para darle un fuerte puñetazo. Raik forcejeó con él, pelearon y finalmente el príncipe logró derribarle, no sin antes perder su colgante, que Raik consiguió arrancarle. El príncipe, una vez que Raik había caído, usó un hechizo de invisibilidad y logró escapar de Dol Guldur. Raik, presa del pánico, tardó unos pocos minutos en urdir su plan para evitar ser ahorcado. Llamó a su compañero y, fingiendo una gran aflicción, le dijo que el príncipe había conseguido sacar un brazo por entre los barrotes y golpearle dejándole inconsciente, tras lo cual le había robado la llave y escapado. También le dijo que durante su huida el príncipe había perdido el colgante, y que se lo regalaría si compartía la culpa con él y decía a sus superiores que se les había escapado a ambos lanzando un poderoso hechizo que los dejó paralizados.

El compañero de Raik escuchó más a su ambición que al miedo a las represalias de sus superiores, y aceptó. Entonces Raik le dio el colgante y corrió a entrevistarse con el Nazgul que comandaba la fortaleza. Le contó que escuchó a su compañero hablar con el príncipe elfo, que éste le sobornó con el colgante para que le dejase escapar y su compañero aceptó. Raik había descubierto el plan y, cuando hizo frente a su compañero para evitar que liberase al príncipe, éste le golpeó y dejó inconsciente, tras lo cual acabó soltando al príncipe. Raik le dijo al Nazgul que podía registrar a su compañero para comprobar que tenía en su poder el colgante.

El compañero de Raik fue ahorcado y él ascendido. Gracias a otras muchas hazañas similares, acabó siendo un gran comandante orco. La última, una vez caído Sauron, fue revelar la ubicación de los contingentes orcos que habían logrado sobrevivir a la destrucción del anillo. Y así Raik murió de viejo en una villa proporcionada por los hombres a cambio de sus servicios, tras una vida llena de gloria.

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El derecho a la muerte consciente: la pastilla violeta

En el año 2148 la eterna discusión sobre la eutanasia se había zanjado. Años atrás, se estableció una ley que consagraba el derecho a morir para aquellas personas con padecimientos incurables que les causasen dolores extremos, y se ideó para ello una pastilla de color violeta que, al ingerirse, provocaba un sueño que llevaba directamente a la muerte. Pero muchos pidieron que esa pastilla también pudiese suministrarse a quienes, simplemente, habían decidido acabar con su vida porque no le encontraban sentido.

Tras muchas discusiones, en 2148 se aprobó una ley que permitía el suministro de la pastilla violeta a cualquier persona que la pidiese aun sin sufrir una enfermedad incurable y gravemente dolorosa, pero con un requisito previo: el solicitante debía entrevistarse con un equipo de psicólogos que le pautarían un tratamiento para encontrar sentido a su vida y abandonar sus ideas suicidas. El tratamiento no podría durar más de un año, y si después de haberlo completado el solicitante quería seguir muriendo, se le suministraría la pastilla.

Yo fui uno de los primeros que pidieron la pastilla violeta con amparo en la nueva ley. La muerte nunca me dio miedo, pues siempre la identifiqué con la paz que tanto faltaba en mi vida. A lo que temía profundamente era al dolor, y por ese motivo nunca había intentado suicidarme y, a la vez, había malogrado mi vida. A lo largo de mi existencia abandoné numerosos caminos por miedo al dolor en todas sus vertientes: decepción, sufrimiento físico, privaciones materiales, frustración...y todo lo que no hice me llevó a una situación en la que nada me ilusionaba y, a la vez, los esfuerzos que debía realizar para ganarme la vida y seguir adelante me resultaban insoportables. En aquel momento nada me impulsaba hacia la superficie, y cientos de piedras atadas a mis pies me arrastraban a lo más hondo. Y, como en tantos casos, todo ello de un modo invisible para los demás, pues yo mismo lo ocultaba como solemos hacer todos.

Cuando me entrevisté con los psicólogos no tenía ni idea de lo que podían mandarme. Sabía de gente a la que le habían encomendado viajar a determinados lugares del mundo y permanecer un cierto tiempo en ellos, mientras que a otros les mandaban medicación y terapia de grupo o aprender a tocar un instrumento musical. Una de las cosas buenas de la ley era que, si el tratamiento era incompatible con el trabajo, mientras durase te eximían de acudir a trabajar y cobrabas la baja médica. Pues bien, en mi caso se me prescribió un cambio de destino: dejaría mi puesto de funcionario dedicado a tareas burocráticas y trabajaría durante un año en un centro de acogida para menores en situación de exclusión social.

Pasé los primeros días con miedo a recibir alguna agresión de los chicos de mayor edad, pero el sinfín de nuevas situaciones que encontré allí acabó poniendo mi mundo patas arriba. Yo siempre había vivido en una burbuja de cristal que me protegía de los golpes del mundo pero me impedía tocarlo. Y allí había críos que habían sufrido esos golpes en toda su crudeza pero seguían queriendo salir adelante. Unos conservaban su alegría casi intacta, mientras que otros necesitaban más o menos apoyo para que volviese a florecer...pero todos tenían en su rostro ese futuro tan difuso como potencialmente grandioso que acompaña a cualquier niño.

Con ellos recuperaron sentido todos los conocimientos, historias, canciones e ideas que llevaba dentro de mí pero ya no me decían nada. Volvían a brillar cada vez que los usaba para despertar su imaginación y sus esperanzas, para animarles a comerse el mundo, para dibujarles el horizonte que podían tener por delante. Y yo me sentía cada vez menos temeroso, cobarde y mezquino cuando les oía gritar, les veía correr o reír, y sentía cómo desafiaban al pasado rompiendo todas las cicatrices que les había ido imponiendo, y que seguramente yo nunca habría logrado superar a su edad.

Y así fue como encontré el sentido de mi vida buscando la muerte. Mi destino estaba en el taller donde se fabricaban los mejores aviones del mundo, y mi misión era hacer todo lo posible para que se hallasen en estado óptimo cuando alzasen el vuelo. Había noches en que sonreía imaginando lo alto que volarían. Otras estaba preocupado por los inevitables problemas que muchos niños traían consigo al centro, y que requerían mucho esfuerzo e iniciativa para superarse. Pero las noches de preocupación eran totalmente distintas de las de antaño. La angustia estéril y amarga que antes me provocaba no tener redactado un informe a tiempo, ahora era preocupación esperanzada ante desafíos que tenían sentido, en los que merecía la pena invertir todo el esfuerzo del mundo, y que se me daba bien afrontar porque sentía que estaba hecho para aquello.

Así que cuando se cumplió el año, rechacé la pastilla violeta y pedí ser destinado en aquel centro para siempre. Por una vez el Gobierno había hecho algo bien, y su programa para garantizar el derecho a la muerte consciente había cambiado mi vida.

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Microrrelato de 100 palabras

Estimada Sra. Flox, gracias por enviarnos su obra titulada: “20.000.000 de toneladas sobre el cielo”. La historia, en clave de docudrama, de unos seres que se convierten en gas y abducen a los gusanos del planeta enviándolos contra la Humanidad. Tras largas deliberaciones con el equipo editorial, lamento informarle que no incluiremos en nuestras próximas publicaciones el manuscrito que tan amablemente nos ha enviado ya que, como usted sabrá, sólo aceptamos trabajos de ficción y los documentales no entran dentro de nuestra línea editorial. Un cordial saludo. Editorial Puerta Tannhäuser.

(9o palabras en total. Un experimento para un concurso de microrrelatos de 100 palabras que quedó finalista de entre 14.253 relatos en cuatro idiomas y como ya no puedo hacer nada con él... pues... lo comparto con vosotros.) Texto de ContinuumST para meneame.net.

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Superconductor

Livingstone había perdido la cuenta de los juicios que había ganado defendiendo a superconductores de Edison como Laura. Sin embargo, estaba nervioso.

-Letrado, es la tercera vez que le llamo la atención. ¿Se encuentra bien? -escuchó desde alguna parte arriba a la derecha.

Había acudido a juicios enfermo, muy enfermo, somnoliento, e incluso con resaca, pero siempre por causas de fuerza mayor. Sin embargo nunca había estado tan despistado como esta vez.

-Disculpa Antonio… eh… Ruego disculpe mi lapsus, Su Señoría. 

Mientras salían de la sala, no pudo evitar ver la sonrisita orgullosa de Javier, el abogado de la acusación. Cualquiera pensaría que había ganado el juicio, cuando en realidad Laura había sido absuelta. A pesar de eso, Javier creía que le había ganado una batalla a Livingstone, y su rostro y su actitud altanera mientras recogía sus cosas así lo demostraba. Livingstone trató de no hacerle ver lo equivocado que estaba con ningún gesto, así que agachó la cabeza hasta que le perdieron de vista en el pasillo. 

Tenía un par de cosas que decirle a Laura, y no quería hacerlo en el pasillo, así que cuando ella se acercó para darle las gracias, le cortó rápidamente con gesto de la mano y le ofreció tomarse unas cañas para celebrarlo. Para evitar una negativa, subrayó que era poco menos que una tradición ineludible en el mundillo judicial.

#

La Tasca de Juan era uno de esos bares de toda la vida. Solo que ahora en lugar de Juan García, lo regentaba Jian Pan. Aunque les costara un poco más escucharse, el hecho de que aquí la gente hablara tan alto ayudaría a que no se enteraran de su conversación, aunque raro sería que a los parroquianos les interesara. Hoy había derbi.

No tuvieron problema en encontrar una mesa vacía en una esquina sin ángulo para ver el televisor. Laura esperó sentada mientras Livingstone se acercaba a la barra y traía un par de cervezas bien frías y unas aceitunas.

-Sé que soy muy pesada, pero gracias de corazón.

-Nada, nada, es mi trabajo, y además no tiene mucho mérito, como ya te comenté al principio, poquísimos casos de este tipo acaban en condena y las multas os las cubre el seguro. 

-Aún así, gracias otra vez.

-Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? Bueno, no ahora, me refiero a cuando te den el alta médica. ¿Piensas volver?

-Ni de coña. Ese trabajo es lo peor. No sé cómo será el de controlador aéreo, pero te digo que estar pendiente de tantas pantallas por si pasa algo que el coche autónomo no sea capaz de manejar y entonces ponerte al mando… sabiendo que si la cagas puede morir gente… pues la verdad es que quema. Quema mucho. Yo no lo aguanto más, y menos después de este accidente y toda la tensión del juicio. 

-Me lo imaginaba, el juicio no habrá hecho más que empeorarlo todo. En fin -decidió ir al grano-, normalmente no se llega a juicio salvo que los familiares insistan, y no ha sido este el caso. Otra cosa es que haya indicios de que el superconductor haya hecho alguna locura como cometer un delito valiéndose de su posición -tomó un sorbo, mirándola a los ojos mientras encajaba la puya que le acababa de lanzar.

Laura abrió la boca para responder, pero sus ojos, luego su mano, y por último sus labios, acabaron encontrando refugio en su cerveza. Su semblante al dejar el vaso sobre la mesa había cambiado por completo. No en vano había pasado de creer, aun con cierta desconfianza, que estaban de celebración, a sospechar que su abogado le estaba preparando una encerrona de algún tipo. El tiempo del sorbo de cerveza no fue el suficiente como para recomponerse. Se quedó largo rato con la boca abierta otra vez, pero no le salían las palabras. El largo silencio de Livingstone, que no dejaba de mirarle fijamente a los ojos, confirmaba sus sospechas. Pero él no era lo bastante cruel como para mantenerla en esa situación de tensión demasiado tiempo.

-Mira Laura, vamos a ser sinceros el uno con el otro, porque creo que hemos empezado con mal pie los dos. Y me incluyo, eh -el rostro de Laura se relajó un poco, pero el miedo no había desaparecido de sus ojos, parecía un animalillo acorralado-. Voy a empezar yo, para que veas que voy en serio.

No me metí a picapleitos de Edison por gusto. No pagan tan bien como la gente cree, porque al fin y al cabo estos pleitos se solucionan casi siempre con un acuerdo que los comerciales de la empresa se encargan de venderle a los afectados. 

Como ya te he dicho sólo si la acusación particular es poco colaboradora se acaba en juicio, y de los veintitantos que llevo no he perdido ni uno solo. Sólo conozco un caso en el que hubo pena de cárcel, aunque al final no se cumplió porque era poco tiempo, ya sabes, y sé de buena tinta que hubo condena porque el juez conocía al acusado y le quería empapelar.

Al final los jueces suelen imponer una indemnización parecida a la que ofrecen los comerciales, así que con el engorro que conlleva un juicio, ya me dirás quien se mete en ese jaleo.

La mayoría de los que lo llevan adelante es gente que quiere demostrar alguna cosa a su familia, su comunidad y cosas así. Algo así como: “Miradme, me preocupo por la muerte de mi hija”. Muy bonito cara a la galería, pero de poco sirve para hacer justicia o evitar que siga muriendo gente. Yo diría que otros lo hacen por verle la cara al culpable de la muerte de su hija…eh… de sus familiares. 

Así que, eso, en los casos en los que quieren verle la cara al culpable, ya me encargo yo de que se enteren de que su asesino no tiene rostro pero sí cotiza en bolsa y tiene un ticker en Nasdaq. Al fin al cabo soy abogado defensor de los superconductores y tengo que echarle el muerto encima a otro, aunque sea a la propia empresa. Total, es sólo cuestión de números, y con la legislación actual, a ellos las cuentas le salen.

Pero claro, a esos pobres familiares lo único que les queda es buscar culpables con dos ojos y dos orejas, y al final para eso existís los superconductores, para asumir la responsabilidad legal en caso de accidente, ¿no? Pero nadie dice nada de la carga moral, ni de las tasas de suicidio en vuestra profesión. Pero bueno, que te voy a contar yo de eso.

-En los dos años que llevo, y sólo en mi planta, siete -dijo Laura-. Que se fueron a por tabaco, decimos nosotros.

-Es que es una canallada. Todo el sistema de los superconductores. Saben de sobra que una persona no puede atender los imprevistos de la conducción de veinte coches, pero les importa una soberana mierda mientras les cuadren las cuentas.

La mitad del bar saltó enfurecida moviendo sillas y mesas, gritando, maldiciendo y acordándose escatológicamente de la madre de alguien. Cualquiera diría que una injusticia enorme acababa de suceder. No era para menos, había sido un penalti clarísimo, pero al parecer el árbitro no opinaba lo mismo.

-Veinticinco -dijo Laura. 

-¿Qué? -Livingstone no le pudo oír con el jaleo.

-Veinticinco -repitió-. Con el nuevo sistema dinámico, los subieron a veinticinco en los picos de atención. Nos miden constantemente para saber la carga que nos pueden meter.

-Pues veinte es el máximo legal según la 2022/8.

-De momento están solo en pruebas, con conducción simulada de los cinco extras. O eso nos dicen.

-Muy interesante, y no lo sabía. Ves, esa es la razón por la que me metí en esta mierda -tomó un sorbo-. Los voy a reventar -se llevó las manos a la frente y las deslizó lentamente hacia atrás, arrastrando su pelo, preparándose para lo que iba a decir -. Así que, Laura, ¿o debería llamarte Andrés?

Laura miró a todos lados, con los ojos como platos, por si alguien había escuchado cómo le acababan de llamar. Si hace un rato parecía un animalillo asustado, ahora su rostro parecía el de un gato brincando y corriendo despavorido cual alma lleva el diablo. Sólo su rostro, porque el resto de su cuerpo permanecía inmóvil. Anclado en su silla como instantes después del accidente del juicio. Los nervios a flor de piel buscando señales de alguien que se hubiera percatado de lo ocurrido. Pero como entonces, la gente a su alrededor iba a lo suyo, a nadie parecía importarle lo que para ella era un peligro mortal. La vida seguía.  

-¿De verdad pensabas que te ibas a escabullir con la ley de transolvido? Deberías haberte informado mejor, porque los abogados defensores tenemos acceso a la información de todas las identidades pasadas de nuestros clientes. Pero es que la acusación también. Es un embrollo y normalmente no se pide, pero si hay indicios de que pueda influir en el caso nos dan acceso. Aunque no creo que cambiaras de identidad sólo por eso, pero bueno, tampoco quiero meterme donde no me llaman. Así que, ¿sabes lo que te ha librado de verdad? Dos cosas.

Que Javier, el abogado de la acusación, me tiene una tirria impresionante. Intuye, o más bien diría que sabe a ciencia cierta, porque aunque sea un envidioso y un cobarde no es tonto, que voy a por Edison. Y creía que yo quería hacer saltar la liebre con tu caso, así que no me iba a hacer el favor de destaparte. Pero no es así, no me interesaba que el tuyo fuera mi último caso. 

Porque, y esta es la segunda razón de que no estés en la cárcel, haré saltar la liebre cuando tenga un caso que la opinión pública, y yo mismo, considere inadmisible y repugnante. Y el tuyo no lo es. El violador de tu hermana no debería haber estado en la calle, montado en un coche autónomo como cualquier hijo de vecino. ¡A cualquiera le podría haber tocado compartir viaje con él! Estoy seguro de que mucha gente pensaría que se merecía morir en un accidente, o incluso algo peor.

Así que ya está. Ya me he sincerado contigo. Mis cartas están sobre la mesa. Ahora te toca a ti. Así que cuéntame.

¿Cómo demonios conseguiste saber que iba en ese coche?

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Noticia inspiradora: Tesla planea lanzar su servicio de taxis autónomos en 2020

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El detector de tontos

Las empresas de Recursos Humanos no sólo tienen psicólogos y personal especializado en entrevistas. Una buena empresa tiene que tener de todo.

Belarmino había sido pastor en la montaña. Luego lo llamaron para la mili y trabajó en las obras. Cuando la cosa vino mala, entró a trabajar en la limpieza, y un día, pasando la fregona, se le escapó un comentario que cambió su vida.

—Esos tres son bobos —dijo entonces.

Uno de los tres era el director gerente, recién despedido, y los otros dos sus abogados. A la espalda de Belarmino estaba el Presidente y propietario de la empresa.

—¿Por qué ha dicho eso? —le preguntó con cara de pocos amigos.

Belarmino estrujó la gorra entre las manos.

—Por los andares. Por cómo tratan de mantenerse tiesos, y cómo se chocan unos con otros.

El presidente volvió a su despacho sin responder una palabra. Una semana después le llegó a Belarmino una carta en la que se le invitaba a una reunión con una docena de candidatos para cubrir tres puestos importantes en una multinacional.

A la salida, el Presidente preguntó al antiguo pastor cuantos tontos había entre los candidatos y Belarmino citó a ocho. Las razones que aportó bastaron para que le cambiasen el mono de faena por un traje con chaleco y corbata. Oficialmente sería auxiliar de selección, pero en la casa se le conocería ya para siempre como el Detector de Tontos.

Él mismo veía un tonto en el espejo cuando se disfrazaba así. Seguramente lo fue durante un tiempo, pero con los años, su trabajo se ha hecho imprescindible.

De todas sus herramientas, la que mejores resultados le ha dado siempre es la del saludo: Belarmino reúne en una sala a los candidatos y los graba durante diez minutos. El modo de comportarse entre ellos antes de que aparezca el entrevistador aporta muchos datos.

A veces hace sonar ciertos ruidos por los altavoces. Un buen pedo suele ser eficaz.

Después, cuando empieza a cundir el nerviosismo, entra en la sala con ademán irritado.

—Buenas tardes a todos, menos a uno —grita.

Y los bobos pican siempre. Se les nota en la cara.

Esa frase es un detector de tontos infalible.

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La más fiel predicción futurista de George Lucas se cumplió en Murcia

Recuerdo aquel verano de 2019 en el que, teniendo yo 6 años, escuché a mi padre alegrarse por las temperaturas extremas que habían vivido en la zona norte del país. "Así sabrán lo que pasamos en Murcia", decía mientras escuchaba en las noticias los 43 grados alcanzados en Zaragoza y los 42 de Pamplona, así como las temperaturas nunca vistas que sufrían los parisinos o los berlineses. Esto fue en julio, y en agosto nos tocó a nosotros: una semana entera con 44 grados de máxima y 26 de mínima. Los más viejos decían que "este año se está poniendo pesadica la calor" y resaltaban que, pese a lo especialmente tórrido de esos días, se habían vivido episodios similares en el pasado. Lo raro era lo de Zaragoza, pero en Murcia esto no era nada del otro mundo. Nuestro verano se extiende desde mediados de mayo hasta mediados de octubre, y en esa etapa es milagroso que alguna noche baje de los 21 grados o algún día de los 32-33.

Llegaron los veranos siguientes y la cosa empeoró doblemente. En primer lugar, los veranos cada vez duraban más, y las olas de calor eran semanales, alcanzándose los 47 grados de máxima y 31 de mínima en los peores días. En 2022 tuvimos una ola que nos obligó a sufrir esos valores durante 14 días seguidos. Decenas de ancianos, enfermos y personas sin hogar murieron. En segundo lugar, nuestro aire estaba brutalmente contaminado durante todo el año, pero en verano se sumaba el polvo africano en suspensión que traía el aire sahariano. Las muertes por problemas respiratorios aumentaron de forma notable.

En 2040 se produjo el gran éxodo a la zona norte de España. El aire era irrespirable durante casi todo el año y en verano ya se alcanzaban los 50 grados. Solamente una pequeña parte de la población, por falta de recursos o amor incondicional a sus raíces, se quedó en la desértica Murcia. El Gobierno nos proporcionó unas máscaras de descontaminación del aire y unos mantos térmicos que debíamos llevar cada vez que saliésemos a la calle. Un atuendo prácticamente idéntico al de los moradores de las arenas de Star Wars. George Lucas, al diseñarlos, vislumbraba las figuras de los murcianos que vivirían en 2040.

Yo fui de los que se quedaron. En parte por amor a mi castigada tierra, y en parte porque los mismos expertos que previeron este futuro para Murcia, manifestaron que en 20 años la zona norte del país estaría igual si no se tomaban medidas drásticas para reducir la contaminación, destacando que incluso si se tomaban no era seguro que la situación pudiese revertiese, ya que debieron llevarse a cabo 30 años antes para garantizarse su efectividad (y de paso intentar salvar a Murcia, algo que ya era imposible).

Nadie les hizo caso, igual que cuando predijeron el desastre en nuestra tierra. Era más cómodo asumir el discurso negacionista que, ante los hechos consumados, mutó y asoció la desertificación de Murcia con la transformación natural del planeta, prometiendo que eso nunca sucedería de Madrid para arriba.

Nunca entendí la inercia que te lleva a no mirar más allá del próximo paso que vas a dar, y a no modificarlo un ápice aunque haya señales evidentes de que tienes enfrente un profundo agujero, incluido el hecho de que quien caminaba unos pasos por delante en un camino idéntico al tuyo ya se ha caído. Una actitud más propia de banthas (los búfalos gigantes que usaban los moradores de las arenas para desplazarse) que de humanos. Y gracias a la cual nos hemos ganado el mismo mundo donde habitaban los banthas, como preludo de otro en el que ni siquiera las máscaras más complejas podrán volver el aire respirable. Pero, como decía mi vecina de al lado, "si se va a acabar el mundo, que me pille comiendo y viendo el Sálvame".

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No podemos hacer milagros: historia de una muerte prematura

El primer paso para que una Administración no funcione, es dotar a sus funcionarios de una pequeña parte de los recursos materiales y humanos que precisan para realizar su trabajo. Esta situación provoca un efecto en cadena que acaba dinamitando cualquier atisbo de eficiencia. Porque, si un funcionario debía trabajar a un nivel de rendimiento 10 y se le dan medios para que lo haga a un nivel de rendimiento 6, muy probablemente acabe haciéndolo a un nivel de rendimiento 4, usando para ello el argumento de que si los de arriba no cumplen, él no va a ser el mártir que multiplique los panes y los peces. Y los de arriba tampoco se lo reprocharán, primeramente porque están a otras cosas y, en segundo lugar, porque si lo hacen el funcionario tendrá muchas cosas que echarles en cara, y no conviene que se digan en voz alta.

A la anterior lógica escapa un cierto porcentaje de los funcionarios que, o bien hacen todo lo que pueden con los medios que les dan, o bien hacen mucho más de lo que objetivamente podrían realizar con esos recursos, matándose a trabajar e hipotecando incluso su tiempo libre para que las cosas funcionen del mejor modo. Lamentablemente, este porcentaje no es ni mucho menos todo lo amplio que la sociedad precisaría para suplir de un modo medianamente eficiente la indolencia y la corrupción de los políticos.

Yo trabajaba en un instituto público como profesor de Historia. Las clases estaban masificadas, la plantilla era escasa, los recursos que se nos daban claramente insuficientes y, para colmo, la ubicación del centro (un barrio muy deprimido de la ciudad) provocaba que nuestro trabajo fuese especialmente penoso. Las carencias culturales, afectivas y cívicas de los alumnos son difícilmente colmables por un profesor que pasa 4 horas de lunes a viernes con ellos sin los medios más básicos para hacer su trabajo, máxime cuando en sus casas, calles y lugares de ocio ven exactamente lo contrario de lo que les inculcas. Para colmo, la barrera idiomática de la legión de alumnos extranjeros que teníamos requería un apoyo específico que la consejería de educación no nos daba.

Todo esto provocaba que muchas de las clases acabasen siendo un paripé donde el profesor recitaba el libro mientras un alumno se levantaba velozmente para enseñar el culo a sus compañeros y sentarse a toda prisa mientras todos reían a carcajadas. El profesor, sabiendo lo que estaba pasando, seguía cubriendo el expediente y fingía no enterarse. Igual que cuando se daban puñetazos furtivos por debajo de la mesa, se insultaban en voz alta o llegaban a caerse hacia atrás con las sillas mientras intentaban hacer equilibrio sobre una pata.

Un año tuve una alumna totalmente diferente. Se llamaba María, era profundamente tímida y con un nivel cultural ciertamente elevado. Su madre era limpiadora y de su padre no sabía nada prácticamente desde su nacimiento, pero su amor por el conocimiento había provocado que dedicase su tiempo libre a la biblioteca municipal, donde devoraba desde relatos fantásticos a obras filosóficas de cierta enjundia hasta para un adulto. María no era fea, pero se preocupaba muy poco de su aspecto. Siempre llevaba ropa muy holgada y pasada de moda, en contraposición con los insinuantes tops y minifaldas de sus compañeras. María era diferente y no se molestaba en ocultarlo. Y eso le pasó factura.

Cada mañana su pupitre tenía alguna pintada nueva: bollera, cacho mierda, monstrui, cosa rara...Del mismo modo, la violencia en la clase (que solía ser recíproca y producirse entre alumnos acostumbrados a ella) empezó a focalizarse en María. Zancadillas, escupitajos, lanzamiento de objetos...tanto dentro como fuera del aula. Muchas veces esto ocurría con el propio profesor en clase, que seguía el protocolo habitual y miraba hacia otro lado, pues el último compañero que se había atrevido a denunciar a un alumno ante la directora y provocar que fuese llamado a su despacho (aunque sin mayores consecuencias), acabó recibiendo un puñetazo de su padre.

María siempre respondía con el silencio, su gesto nunca variaba y jamás le vi llorar. Pero cualquier observador mínimamente hábil podía ver que estaba al borde del colapso. Me enfrenté con varios de sus acosadores que, dependiendo de su grado de salvajismo, me respondían negando los hechos o directamente eructándome en la cara. Y terminé acudiendo a la directora. Me replicó con el manido "son cosas de los chavales, pasa en todas las aulas" y, cuando le resalté la especialidad del caso, acabó diciéndome que si su madre lo pedía intentaría tramitar el cambio de centro, pero que ella no se iba a meter enmedio del Vietnam para que algún padre acabara dándole un navajazo a la salida, y me resaltó que bastante hacíamos con cumplir nuestra jornada con los medios que nos daban.

Intenté hablar asiduamente con María para hacerle más soportable aquel infierno. Le dije que en pocos años todo esto pasaría, que su futuro estaba en la universidad y allí haría grandes cosas, que hablaría con su madre para que le llevasen a un centro menos conflictivo. Ella me replicó diciendo que no quería preocupar a su madre porque bastante tenía con su trabajo, y que de todos modos tampoco era tan importante. Me dijo que nada de este mundo le parecía verdaderamente importante, y que siempre había sentido que estaba de paso por aquí, y que su felicidad estaba en otra parte.

Alarmado por estas palabras, corrí a hablar con la directora y le dije que si no solucionaba la situación ahora mismo acudiría a la prensa. Gracias a estas palabras mágicas, accedió a llamar a su madre y citarla para la semana próxima, a fin de tramitar el cambio de centro con la máxima celeridad. No dio tiempo: María se suicidó un viernes al salir de clase, tirándose al tren.

Ahora el juez competente está instruyendo los hechos y se ha imputado a cuatro de mis alumnos más violentos. La directora echa balones fuera y dice que no sabía nada. Ni siquiera se atreve a denunciar ante los medios la falta de medios que sufrimos, porque quiere seguir siendo directora. Mis alumnos serán condenados y pasarán unos años en un centro de menores, que será la antesala de las múltiples condenas carcelarias que tendrán a lo largo de su vida. Mientras, en el instituto seguiremos interpretando el triste teatro de siempre, nos seguiremos echando las culpas unos a otros por lo bajo, y yo rezaré para que ningún alumno que no sea lo bastante duro para sobrevivir en nuestra selva, tenga la mala suerte de entrar en ella.

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La coraza rota y la estrella caída

Cualquier ser humano con dos dedos de frente percibe lo tremendamente vulnerables que somos, lo exiguo de nuestra existencia y lo rápido que puede terminar por cualquier accidente o enfermedad. Esto es común a cualquier persona, y podría llevarnos a relativizar la seriedad de nuestra vida y del mundo en general. Pero llevamos en nuestros genes un instinto de supervivencia (muy conectado al miedo hacia el sufrimiento físico) que, unido a la idea de que este mundo es lo único que conocemos y no sabemos si habrá algo más allá, nos lleva a preocuparnos bastante de nuestro bienestar material y, en el caso de la gente más noble, del de los demás.

Dentro de las estrategias de supervivencia y minimización del dolor innecesario, está la de marcarnos unas obligaciones y despreocuparnos de todo lo que pueda pasar siempre que las cumplamos. Mi deber se ciñe a trabajar X horas al día y con eso ya realizo mi contribución con el mundo, por lo que si alguien me pide ayuda fuera de ese intervalo o encuentro una situación que podría mejorar con mi esfuerzo, tengo todo el derecho a despreocuparme de ellas, pues para seguir realizando mi contribución a que todo funcione necesito mis sagrados periodos de descanso.

Lo mismo sucede en el ámbito sentimental. Querer de verdad a una persona implica abrirte a infinidad de hipotéticas situaciones de sufrimiento, que abarcarán desde que pueda enfermar al hecho de que pueda dejar de quererte o serte infiel. Por eso muchos, en el fondo, intentan no apegarse excesivamente a nadie, y rehuyen las relaciones donde puedan intuirse malos momentos futuros.

Más o menos yo suelo seguir ambas estrategias, principalmente porque soy consciente de mi fragilidad. Muchas veces me siento como una gota de agua en el mar, rodeado de situaciones que me superan y podrían engullirme si se desarrollasen en un determinado sentido. Por eso intento minimizar esas situaciones y construirme una coraza que me proteja de los golpes aunque me prive bastante de la capacidad de sentir el tacto de las cosas o la caricia de la brisa.

Una vez conocí a una chica que me hizo cuestionarme estos criterios. Tenía un trabajo del montón, pero inteligencia y creatividad para ganar millones. Era absolutamente preciosa, pero nunca se preocupaba de arreglarse (y eso, cuando tu belleza natural es alta, la potencia aún más si cabe, pues a nadie se le ocurre pintar de rojo una rosa). Tenía una sensibilidad tremenda y un excelente gusto artístico, pero solía estar triste. Amaba las cosas vivas, las playas y las montañas, era tan dulce como la sonrisa de un niño y tan clarividente como los ojos de un águila desde las alturas...pero (seguramente por todo ello) el mundo le había herido profundamente.

Cuando la conocí, me acordé de una frase de Tolkien en relación con las críticas a Frodo por haberse puesto el anillo en vez de tirarlo al monte del destino. Frodo había llegado más lejos de lo que ningún otro podría haber llegado, a pesar de que ese último acto pudiese sonar a derrota. Ella había hecho frente a mil situaciones traumáticas y, aunque herida, había llegado al punto donde la encontré.

Con ella aprendí lo que significa hablar sin máscaras, con un diálogo tan puro como el que mantienes con un niño que no sabe hablar al hacerle reír con gestos. Desee su compañía incluso en sus momentos más tristes. Aprendí lo que significaba la nobleza de no mentir nunca independientemente de la dureza del mensaje. Descubrí que intentar sacar a una mariposa de su capullo antes de que se abra por su propia naturaleza es nefasto y sólo provocará su muerte. Fui aún más consciente de mi debilidad y de lo fuerte que ella me hacía, impulsándome a descubrir nuevos caminos que, yendo solo, me parecían demasiado desapacibles. Recordé lo que era usar la mente para algo más que trabajar, pues antes de conocerla mi mente se estaba petrificando, ya que el cansancio de la jornada me llevaba a vegetar en mis ratos libres, en lugar de idear como hacía antaño. Y siempre tuve la certeza de que volvería a volar. Desee que lo hiciera aunque pudiese implicar que se separara de mí.

En ella observé la suprema valentía de quien comete la locura de andar por el mundo sin coraza y, precisamente por ello, puede romper la tuya sólo con su mirada. Cuando veía sus heridas, pensaba que sin saberlo ella estaba caminando hacia un horizonte que muy pocos alcanzan: volver tu piel lo suficientemente dura como para resistir un mundo tan hiriente y tan sensible como para seguir sintiendo el calor del sol y la caricia del viento. Y tengo la absoluta certeza de que lo conseguirá. Por el camino, me habrá enseñado a ser menos mezquino y cobarde. Y cuando alce el vuelo, si para entonces no he desarrollado mis alas, buscaré su luz, tan especial, entre las escasas estrellas del cielo que pueden verse desde el centro de una ciudad.

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Érase una vez una niña...

Alberto era Director Territorial en la zona sur de uno de los principales bancos del país. A diferencia de otros muchos, él no había obtenido el cargo por razones familiares, pues provenía de la clase media. Comenzó como cajero, subió a director de sucursal y en 10 años tenía cientos de sucursales bajo su mando. Los ingredientes del pastel de su gloria eran tres: obediencia ciega, sofisticados halagos hacia sus superiores y una constante iniciativa para aumentar los beneficios del banco al precio que fuera. También influyó su casamiento con la hija de un importante constructor.

Los jefes simpatizan con quien limpia sus botas mientras recita una oda sobre su grandeza, pero eligen a quien (aparte de eso) les convence de que pueden despreocuparse en parte de sus ocupaciones, porque él las realizará con más ahínco que si fuese el dueño del capital que van a generar. Así, Alberto tenía la habilidad de idear operaciones beneficiosas para el banco y, una vez cerradas, alabar a su jefe inmediato haciéndole creer que eran mérito suyo y no del propio Alberto, aunque ambos sabían que era falso.

Era viernes y Alberto estaba pletórico por los excelentes resultados de su zona, que se materializarían en unos generosos incentivos que percibiría a final de mes. Por eso llamó a su mujer para decirle que esa noche tendría una cena de negocios, y acto seguido contactó con la agencia de escorts que habitualmente satisfacía sus deseos carnales. Pidió una chica muy especial, que él no conociese y que fuese una auténtica diosa, y ordenó que se la enviaran al hotel de costumbre.

Llegada la noche, llamaron a su habitación y ahí estaba la chica. Piel morena, pelo negro, estatura mediana y unas curvas perfectas. Tenía todo en su sitio, y cuando se desnudó cada centímetro de su carne quedó en la misma posición que previamente tenía dentro de su ajustado vestido. En cuanto a su rostro, la mirada penetrante y la sonrisa lasciva que dibujaba mientras se mordía los labios eran si cabe más excitantes que sus divinas formas.

La chica cabalgó sobre Alberto mientras él agarraba con sus manos el culo más firme que jamás había tocado. Le hizo entrar en un éxtasis que se prolongó durante toda la noche y se rompió en el momento en que lo hizo el último preservativo que habían usado. Alberto se alarmó, y la chica por lo visto también parecía bastante descolocada, aunque prontamente se recompuso y le prometió que no había problema porque, en cuanto llegase a casa, tomaría la píldora. Y así se despidieron.

A la semana siguiente, una caja llegó a la sede territorial del banco. Estaba a nombre de Alberto, quien la abrió rápidamente debido al letrero de "URGENTE" que tenía en su interior. Al ver su contenido, ahogó un grito con una mueca de asco: tenía una rata muerta y un CD que decía "ÓYEME". Visiblemente asustado, Alberto introdujo el CD en su ordenador, comenzando a escucharse la voz de la escort del viernes pasado:

"Érase una vez una niña que nació en una familia cualquiera. Su padre era peón de obra y su madre ama de casa. Cuando se casaron, necesitaban una casa, pero no tenían suficiente dinero. Fueron a un banco y firmaron una hipoteca. El señor que les atendió se lo pintó todo de color de rosa, y les prometió que el tipo de interés sería variable, de modo que si el euribor subía mucho pagarían mucho, pero si estaba bajo no pagarían prácticamente nada. No les advirtió de que en la hipoteca había una cláusula suelo cuyo porcentaje ya era más alto del euribor de aquel momento, ni de que si no pagaban algún plazo, los intereses de demora serían del 30%, pese a que el interés del dinero era del 4%. No les dijo que en el contrato había una cláusula que valoraba la casa en 50.000 euros a efecto de subasta, pese a que su valor era de 150.000, y que si se subastaba porque no habían podido pagar la hipoteca, el banco podía quedársela por esos 50.000 euros y seguir exigiéndoles otros 100.000 por la parte de la hipoteca que restaba por pagar. En definitiva, les engañó.

El padre de la niña se quedó en el paro, y no pudo seguir pagando la casa. Les desahuciaron, y él acabó suicidándose. La madre de la niña cayó en el alcohol y ella fue dada a los servicios sociales. Y la niña, tras pasar por diversos centros de acogida sin ser adoptada por nadie, acabó en la calle. El dolor de la niña era tan grande que comenzó a consumir drogas, y acabó prostituyéndose para pagarlas. Y la niña cogió el SIDA. El día en que se lo diagnosticaron pensaba suicidarse, pero casualmente vio en la televisión el rostro del hombre a quien su padre siempre iba a suplicar un poco más de tiempo para pagar la hipoteca. Era el mismo hombre que se la hizo firmar engañándole. Eras tú, hablando de los excelentes resultados de tu banco y alabando su honestidad y compromiso con el cliente.

Entonces la niña encontró una razón por la que vivir. Salió de las drogas, comenzó a cuidarse y acabó siendo la belleza que te cautivó el pasado viernes. Enseguida dejó de hacer la calle y obtuvo un lugar en la mejor agencia de escorts de la ciudad. Y consiguió llegar a ti, no sin antes retocar el último preservativo que usaríamos para asegurarse de que se rompiera durante el acto.

Tú siempre le decías a mi padre que es indigno deber cosas a los demás, y que debemos responsabilizarnos de nuestros actos. Por eso te devuelvo una pequeña parte de la muerte que nos diste. Eres rico y sabrás medicarte para mantener a raya la enfermedad. Pero tu vida no volverá a ser la misma, y tendrás el recuerdo perfecto de las vidas que destruiste. Y así, la niña podrá irse tranquila a un lugar donde las ratas no acaben entronadas y los inocentes hundidos en las cloacas. Te dejo en tu mundo, disfrútalo hasta el final de tus días".

Y la vida de Alberto cambió. El divorcio con su mujer (y, lo que es más grave, con la familia de su mujer) unido a todas las puertas que se le cerraron por prejuicios y rencores, fueron peores que la propia enfermedad. Y entonces Alberto se dio cuenta de que el también era adicto. Adicto a la pompa, el lujo, las alabanzas y el sentimiento de estar por encima de los demás. Y cuando perdió su droga, prefirió no seguir viviendo. Al final, su muerte acabó siendo casi más lenta y angustiosa que la del padre de la niña. Y es que hay cosas como la muerte, que terminan haciéndonos iguales a todos.

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El eterno final de los hombres salvajes

Los hombres salvajes (también llamados dunledinos) no eran muy diferentes de los jinetes de Rohan. Del mismo modo que Gondor consideraba a Rohan un pueblo tosco y primitivo, los rohirrim pensaban lo mismo de los hombres salvajes. El arte, la arquitectura, la tecnología, la complejidad de la organización social...son criterios que tanto en la Tierra Media como en el mundo actual se emplean para determinar el grado de civilización de un pueblo, y llegado el caso sirven como excusa para expoliarlo y despojarlo de sus tierras. Como hizo Rohan con los hombres salvajes.

Los hombres salvajes habitaban desde siglos las fértiles praderas donde después se asentó el reino de Rohan. Vivían en rudimentarias chozas de madera, no tenían reyes ni lengua escrita, desconocían cualquier manifestación artística, sus armas se limitaban a garrotes y hachas, y vivían esencialmente del pastoreo. No eran más violentos ni malvados que los rohirrim, pero cuando Rohan fue aumentando su población, sus reyes enseguida buscaron excusas para maquillar el desnudo uso de la fuerza que iba a implicar el destierro de los hombres salvajes.

Les acusaron de adorar a demonios, de practicar el canibalismo y de no ser auténticos seres humanos sino animales. Asaltaron sus tierras y los mataron indiscriminadamente, forzando a los supervivientes a desplazarse a unas colinas áridas donde malvivirían a partir de entonces. El frío, la ausencia total de recursos naturales y el pesado manto de muerte y enfermedad que todo esto provocaba, convirtió la vida de los hombres salvajes en un infierno durante siglos.

Cuando Saruman declaró la guerra a Rohan, los hombres salvajes fueron su carne de cañón perfecta. Ésta fue la conversación en la que explicó su plan a Lengua de Serpiente:

-Observa esta flor de pétalos blancos. Mira como introduzco sus raíces en este recipiente lleno de tinta negra. Verás como en unos instantes los pétalos acaban siendo negros. Pues bien, el alma humana sigue el mismo proceso: acaba volviéndose del color de aquello que absorbe, sobre todo si lo ha absorbido desde la infancia y no conoce otra cosa. En esta flor se encuentra una de las armas clave para ganar la guerra.

-Mi señor, no os entiendo...

-Los hombres salvajes han absorbido siglos de hambre y sufrimiento. Cada mujer salvaje tiene uno 6 hijos y solamente le sobreviven entre 1 y 2. Mueren de frío, desnutrición, enfermedades que podrían curarse con un baño de agua caliente y 3 comidas al día...y cada vez que viven una nueva tragedia, saben que Rohan es el responsable, piensan en la rica vida de los rohirrim explotando las tierras que eran suyas, y recuerdan cómo vertieron su sangre sobre ellas para expulsarles a las colinas. Dime ¿Cómo debe ser el mejor soldado?

-Debe estar bien adiestrado, gozar de un equipamiento adecuado...

-No. Debe haber dormido en un lecho de piedras afiladas desde su infancia, haber comido tierra y bebido barro, y sentir que tiene la oportunidad de vengarse de quien le condenó a esa existencia para quedarse con lo que era suyo. Así luchará con todas sus fuerzas, movido por la pasión más intensa que puede mover a un hombre y hacer surgir todo su potencial destructivo:el odio. Esa pasión irá unida a la vana esperanza de recuperar lo que era suyo y tener una vida mejor...es imposible encontrar una mayor motivación.

-Tenéis razón...

-No he acabado. El soldado perfecto debe contar con un requisito más.

-¿Cuál es?

-Que no suponga una amenaza capaz de rebelarse contra quien le use. Cuando la guerra acabe, las tierras de Rohan serán ocupadas por nosotros, y los hombres salvajes que hayan sobrevivido volverán a sus colinas. Son tan primitivos y estarán tan diezmados por las batallas que no tendrán fuerza para oponerse a nuestra decisión. Y si lo hicieran, les exterminaremos definitivamente.

-Sois un auténtico genio de la estrategia...

-La idea no es mía. Mi bola de cristal me permite ver destellos del futuro y de otros mundos. En tierras muy lejanas, y muchos milenios después, grandes gobernantes usarán a legiones de oprimidos para librar sus guerras, y su destino será el mismo tanto si ganan su patrocinadores como si pierden. Son peones en el eterno tablero de ajedrez que cientos de ilustres jugadores usarán para obtener la gloria. Por cierto ¿Sabes que en determinados lugares sus líderes han perfeccionado tanto las técnicas de manipulación mental que han convencido a sus súbditos para que se hagan estallar y causen con su muerte el mayor número de bajas al enemigo? Eso me ha dado una idea sobre cómo romper las defensas del Abismo de Helm...

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El chulo de empresa

Si tiene un problema en su empresa, acuda a mí. Yo soy su hombre, sin discusión.

Si los resultados de su empresa peligran, si quiere cerrar para marcharse a las Bahamas, si tiene lo bastante para vivir pero no hay quien quiera comprar su empresa con esos empleados caducos, cargados de derechos conquistados en no sabe qué batalla, venga a verme.

Si lo que más le pesa es lo que va a tener que pagar por el despido de sus trabajadores, si se siente casado con sus operarios por un sacerdote más férreo que Torquemada, no lo dude: coja el teléfono, ponga en un cajón la quinta parte de lo que le costaría ese despido y llámeme.

Yo soy su remedio. Yo soy la luz, la verdad y la vida de la empresa moderna, el pantocrator de las relaciones laborales, la Biblia de los patronos escocidos, el Corán de la CEOE, el Kybalion de las gráficas ascendentes, el Ocón de Oro de los callejones sin salida.

Por un módico precio, seré su empleado. Déme de alta en la seguridad social, un sueldo cualquiera, y póngame a trabajar junto a ese obrero que tanto le molesta.

En pocos días, me habré cagado en su padre ciento ocho veces, le habré pisado el juanete, le meteré un dedo en el ojo, trataré de acostarme con su mujer si está buena y con él si está soltero. Antes de dos meses, me comprometo, y me comprometo por escrito, a darle tres docenas de pescozones, llamarle marica en público, cornudo en privado e impotente por escrito.

Antes de dos meses, y me comprometo por escrito, ese trabajador al que usted no quiere pagarle la indemnización por despido, a razón de miricientos días por año trabajado, se habrá enzarzado conmigo en una pelea que contemplarán alborozados los demás currantes.

No valgo media mierda. Me van a partir la cara, y bien además, pero tengo una capacidad de recuperación asombrosa. Mi tejido conjuntivo es mi capital social. Soy el rey de la cicatriz. Usted tranquilo.

No se preocupe por nada: limítese a aparecer en medio de la pelea y despedirnos a los dos. Los demás trabajadores testificarán que de verdad nos molimos a palos, y como nos hemos peleado en el centro de trabajo, el despido será procedente. Y gratuito.

Rápido. Cómodo. Sencillo. Eficaz.

Llame a su chulo de empresa y llámelo ya. No espere más. Cada segundo le cuesta un minuto.

Llame a quien encaje las bofetadas por usted y le ahorre dinero. El negocio es seguro.

Llame a su chulo de empresa ya.

560 487 034

Garantizado.

Si no queda satisfecho le devolvemos su mala hostia.

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Las siete reencarnaciones de Gluk

Gluk vio la luz en una cueva y pasó sus primeros meses intentando sobrevivir al frío del invierno. Cuando por fin salió de ella, se encontró con un mundo del que, esencialmente, sabía lo mismo que sus padres. Y es que había nacido en una tribu de cazadores que recién aprendió a dominar el fuego. De aquella vida, Gluk recuerda temor e ignorancia continuos. Cada vez que había una tormenta, temían que el cielo cayese sobre sus cabezas. Cuando encontraban a algún animal desconocido con aspecto peligroso, creían que era un demonio y huian a toda prisa. Su vida se reducía a viajar buscando alimento, pues aún no habían aprendido a cultivar la tierra ni tampoco a domesticar animales para alimentarse de ellos.

En una ocasión, la gran bola de luz que guiaba su vida desde el cielo se apagó súbitamente. Pensando que era el fin del mundo, todos los miembros de su tribu huyeron despavoridos por el bosque, y Gluk cayó por un precipicio muriendo en un pozo de barro. Llegó a la sala de espera del más allá donde debían borrar su memoria y darle un nuevo destino. Pero su cabeza tenía demasiado barro, y al encargado le dio tanto asco que omitió su deber, devolviéndole al mundo con su vieja memoria.

Gluk despertó en una casa de adobe y dio sus primeros pasos mirando a un horizonte poblado de inmensas pirámides. Con el paso del tiempo, los hombres habían aprendido que esa bola de luz se llamaba Ra, y había que rendirle culto para que siguiera alumbrándonos y no se produjera otro desastre como el de su anterior vida. También había otros dioses que reinaban sobre el resto de aspectos esenciales del mundo, tales como la lluvia o la fertilidad de los campos. Gracias a ellos los hombres ya no vivían en un viaje continuo para buscar caza, sino que habían aprendido a cultivar la tierra y domesticar animales que les dieran alimento. Para servir bien a esos dioses, había que adorar a su representante en la tierra, llamado faraón, a quien Gluk no vio en toda su vida pero que (según le contaron) era un ser extraordinario, con derecho sobre la vida, la muerte y las propiedades de todos sus súbditos, pues así lo habían dispuesto los dioses.

Pero los hombres no fueron lo bastante sumisos hacia los dioses y éstos mandaron una hambruna que provocó la muerte de Gluk junto a la de miles de vecinos suyos. Otra vez volvió al más allá, pero el encargado de borrarle la memoria sintió repugnancia ante los cientos de piojos que poblaban su cabeza, y nuevamente omitió su obligación de hacerlo. Y Gluk recibió un nuevo destino.

Gluk despertó en una gran ciudad admirada en todo el mundo por ser un doble faro. Para los barcos, gracias al imponente edificio que albergaba su puerto e iluminaba a millas de distancia con su grandiosa luz. Y para las mentes, gracias a su biblioteca (la más grande del planeta) que atesoraba siglos de conocimiento sobre las más diversas disciplinas. En aquella ciudad tenía cada vez más peso una secta que resumía el mundo y todo lo que contenía en un libro. Todo aquello que contradijese el libro era un crimen contra Dios y debía ser destruido. Aquella secta tenía una mitología muy pormenorizada y unos rituales bastante complejos, pero su doctrina se podía resumir en que Dios había mandado a su hijo a morir al mundo para redimirnos de nuestros pecados, y su hijo había delegado en un tal Pedro la construcción de una Iglesia con poder para perdonar o retener dichos pecados al mundo entero, así como para dirigir la conducta de todo ser humano. Cuestionar la más nimia norma moral o rito concreto de esa Iglesia, era un crimen antinatural perseguible incluso mediante la violencia.

Gluk se preguntaba por qué creer o no creer en la resurrección de un hombre (o ayunar en un día concreto) te hacía peor o mejor persona, y también se preguntaba por qué, si Dios quería eso, había tardado tantos siglos en ordenarlo. Y en más de una ocasión lo dijo en público. Pero aquella secta era de armas tomar, y un día, por orden de su líder local, se armaron con cuchillos y antorchas y lanzaron un ataque masivo contra todo aquello que no encajase en su libro sagrado. La biblioteca fue destruida y Gluk fue quemado vivo.

Nuevamente Gluk volvió a la sala de espera del más allá, pero el encargado no quería mancharse las manos con la brea que llenaba su cabeza y no le borró la memoria. Y Gluk recibió un nuevo destino, despertando esta vez en una lujosa mansión de piedra ubicada en el centro de una imponente ciudad flotante, construida sobre un gran lago. Pronto aprendió que en aquel lugar se adoraba al sol, la lluvia o la fertilidad de la tierra, y su padre era un sacerdote encargado del culto al sol, encarnado en el dios Huitzilopochtli. Allí los dioses pedían carne humana para ser favorables a los hombres, y Gluk debió aprender a arrancar corazones y quemarlos en incensarios, pues su destino era el sacerdocio.

A pesar de sus experiencias pasadas, Gluk terminó creyendo que aquellos dioses eran reales, posiblemente porque bajo su manto obtuvo por primera vez una vida próspera, estando en la cúspide de la sociedad. Hasta que un día, escondido tras una columna, escuchó al sumo sacerdote hablar con un alto funcionario del emperador. Le decía que los tlaxcaltecas (vasallos de los aztecas, el pueblo de Gluk) estaban muy rebeldes últimamente, y había que recordarles lo que era el terror. El sumo sacerdote propuso inventarse que los dioses estaban molestos con el pueblo azteca y requerían sacrificios humanos masivos. Así se iniciaría una de las llamadas "guerras floridas" contra Tlaxcala con la excusa de que hacía falta carne para los dioses, y los tlaxcaltecas sufrirían tanto que se someterían totalmente.

Gluk, indignado, salió de su escondite y reprochó al sumo sacerdote que usase a los dioses en su beneficio, recibiendo una cuchillada de uno de los guardias que acabó con su vida. Nuevamente, volvió a la sala de espera del más allá, pero el encargado de borrarle la memoria se había tomado un día de asuntos propios, y le enviaron a su nuevo destino sin borrarle la memoria.

Y Gluk despertó en una humilde casa de madera de un pueblecito inglés. Allí descubrió que la secta que le había matado en su tercera reencarnación se había vuelto tan poderosa que dominaba continentes enteros. Pero dentro de ella se habían producido varias escisiones. En su país, la escisión tenía como causa principal que los sacerdotes de la secta no le habían dejado divorciarse al rey. Aparte, los sacerdotes de las diversas corrientes se acusaban de herejía entre sí aludiendo a la santidad o la prescindibilidad de determinados sacramentos, la validez de tales o cuales ritos o el papel de los santos en la mitología de la secta. A Gluk aquello le recordaba a su anterior reencarnación, y se temía que toda aquella parafernalia escondía los sucios intereses de grandes señores que, con la excusa de sus discrepancias sobre determinadas minucias de la mitología, llevarían a millones de hombres a la guerra para intentar acrecentar su poder.

Y así fue. Gluk fue llamado a filas y murió tras recibir un cañonazo. Nuevamente volvió a la sala de espera del más allá, pero no pudieron borrarle la memoria porque, directamente, no tenía cabeza, ya que el cañonazo se la había arrancado. Y llegó a su nuevo destino: una ciudad industrial rusa donde la miseria y el consiguiente descontento popular eran masivos. Durante su adolescencia, estalló una revolución dirigida contra la mitología en cuyo nombre se exigía vivir en el fango a millones de personas para enriquecer a una casta de parásitos. Gluk participó en ella y vivió la euforia de su triunfo. Gluk era miembro del partido que tomó el poder, pero pronto vio como los dogmas y símbolos de la vieja mitología eran sustituidos por los de la nueva.

Gluk sintió una gran tristeza al ver cómo los crucifijos se reemplazaban por retratos del líder supremo, cómo se establecieron leyes para perseguir a todo aquel que osase cuestionarle, cómo millones de personas fueron deportadas y asesinadas bajo la acusación de ser "enemigos del pueblo", un calificativo que le recordaba demasiado al de "herejes", siendo su pecado el de haberse atrevido a criticar el poder absoluto que el nuevo mesías bigotudo estaba acaparando, o simplemente aparecer como enemigos en una de las múltiples paranoias que engendraba su cabeza. Gluk fue uno de ellos, y murió de frío en Siberia.

Y nuevamente Gluk llegó a la sala de espera del más allá, donde el encargado de borrarle la memoria no quiso hacerlo porque su cabeza estaba demasiado fría y no quería destemplarse. Y así Gluk llegó a su último destino.

La primera imagen que Gluk recuerda es la de su padre dándole un Iphone para que se entretuviera viendo un vídeo de los teletubbies. Le había tocado una familia de clase media que veía Supervivientes, Gran Hermano, todos los partidos de la liga y que, en definitiva, vivía en torno a la televisión. Gluk descubrió que en esta nueva sociedad las viejas sectas tenían un poder limitado, pero existían otras formas de lograr que la gente cumpliese los fines del poder sin rechistar. Gluk descubrió que aquí el nuevo Dios era una suma de estímulos destinados a atontar y reducir los deseos de la gente a la satisfacción de los instintos y pasiones más primarias. Un pasar por el mundo para enriquecer a nuestros jefes y embrutecernos durante el tiempo que no dediquemos a trabajar, hasta el punto de alcanzar la vejez sin haber descubierto quiénes somos en realidad.

Gluk recopiló todas sus experiencias y se preguntó si podía creer en algo. Pensó en la Biblioteca de Alejandría quemada, los odios y guerras en nombre de la virginidad de María y la infalibilidad del Papa, el sumo sacerdote inventando fábulas para sojuzgar a Tlaxcala o el tirano bigotudo enviando a legiones a la muerte en nombre del proletariado. Y decidió creer en la biblioteca quemada, en sus camaradas que lucharon contra el zar y murieron bajo la bota de Stalin, en la bondad de un mercader católico que en su día le regaló un caballito de madera pese a ser un niño protestante. Decidió creer en las luces que en todas sus reencarnaciones había observado, de un modo más o menos latente, en sus semejantes. La capacidad de amar, la curiosidad, el deseo de encontrarse a sí mismos, la identidad única de cada individuo y su capacidad para luchar por el resto sin renunciar a ella. Decidió creer en la dignidad natural e intrínseca que todo ser humano posee desde su nacimiento, y odiar las mitologías que la postergan en nombre de ritos, días de ayuno, dogmas o pantallas lavacerebros.

Y así, poniendo en practica su fe obtenida tras milenios, es como Gluk espera su próxima reencarnación esperando que esta vez tampoco le borren la memoria.

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La virginidad del Padre Juan

Juan entró en el seminario a los 18 años por diversas razones. Una era la intuición de haber sentido a Dios, que derivó en la convicción de que en ese sentimiento se encontraba lo más puro, auténtico y digno de esfuerzo que jamás podría experimentar. Y la otra era la absoluta falta de un camino alternativo, pues ninguna otra cosa de las que había visto en el mundo le llamaba lo suficiente como para perseguirla.

Juan concebía a Dios como una luz sin nombre, que te tocaba en determinadas circunstancias y te reconfortaba y llenaba de esperanza, dando sentido a todo y marcándote un camino de entrega y crecimiento hasta alcanzar el cielo y volver la tierra lo más parecida a él que resulte posible. Precisamente por ello, muchas veces se sentía ridículo aprendiendo y practicando la infinidad de liturgias y ritos de la Iglesia, igual que cuando debía memorizar las supuestas vidas, poderes y rezos adscritos a cada santo. Demasiado artificial e inverosimil en contraposición con su percepción simple e intuitiva de Dios.

En realidad, para él lo único digno de creer (y era allí donde percibía el rostro de Dios con mayor nitidez) era el mensaje moral del Nuevo Testamento: amaos los unos a los otros, asumid que vuestro cuerpo es el templo de Dios más perfecto y dignificad vuestra vida y la de los demás, alejándoos de aquello que envilezca vuestro espíritu y dañe vuestro cuerpo, y promoviendo las condiciones materiales y espirituales para que cada ser humano tenga una vida plena y digna de su condición de hijo de Dios.

Juan se ordenó sacerdote, y con el tiempo fue perdiendo la fe, hasta llegar a los 37 años. Los motivos fueron diversos. El primero estaba en que se sentía profundamente inútil, pues le destinaron en parroquias rurales donde su trabajo se centraba en repetir mecánicamente la liturgia y confesar a la población eminentemente anciana de la zona, que concebía la religión como una suma de ritos que debían repetir para estar a bien con Dios e ir al cielo. Dado que él concebía la religión como una lucha continua para romper las cadenas del alma y vencer las injusticias del mundo, su día a día como párroco era desolador.

También influyó su conocimiento cada vez más profundo de la Iglesia, donde conoció a demasiados fanáticos, advenedizos y personas que simplemente tenían miedo del mundo y se refugiaban tras los muros de un seminario. Siempre recordaba la frase de Jesucristo sobre los fariseos que pagaban el diezmo de la menta pero olvidaban la justicia o la misericordia. Justamente quienes más se identificaban con esos fariseos eran quienes lograban escalar posiciones dentro del entramado eclesiástico, arrimándose a un obispo a quien se sometían del modo más servil y defendiendo acríticamente todo lo que viniese de la cúpula episcopal. Así se eternizaban, generación tras generación, los males de la Iglesia.

Viendo que la Iglesia distaba mucho de ser la herramienta de Dios en la tierra, y sintiendo cada vez más lejos esa imagen nítida de Dios que en su juventud le llevó a vestir sotana, Juan dejó de ser sacerdote a los 37, y lo hizo siendo tan virgen como en el momento en que entró en el seminario. Sabía de muchos compañeros que semanalmente satisfacían sus deseos con personas de su mismo sexo y del contrario, y también escuchó rumores sobre otros que lo hacían con niños, aunque nunca llegó a tener la certeza de esto último. Pero él nunca pasó de masturbarse (lo cual hacía justificándose en el peligro para la salud física y mental que implicaba dejar toda esa mala leche dentro del cuerpo).

Nunca perdió la virginidad por dos motivos. El primero era la fidelidad a su juramento. Y el segundo, la convicción de que el pecado es una escalera que desciende peldaño a peldaño. Estaba seguro de que si pisaba el pecado del sexo, éste le acabaría llamando a otros más graves. Por eso mantenía las relaciones prohibidas como el horizonte de todos sus deseos oscuros, sabiendo que mientras no lo traspasase su mente no anhelaría otras cosas más viles e inmundas.

Durante su etapa como sacerdote, Juan había disociado totalmente amor y deseo. El deseo lo encontraba en las curvas de voluptuosas mujeres que de vez en cuando observaba en la televisión o en sus visitas a la capital. El amor (siempre platónico) lo encontró en el angelical aspecto de la chica que dirigía el coro de una de las tres parroquias rurales donde ejercía. Juan se deleitaba observando su castidad al vestir, su inocente mirada y su devoción al rezar. Muchas noches pensaba en ella y la dibujaba en su mente como un ángel bajando del cielo, ante el que se arrodillaba y besaba sus manos, colmando ese simple contacto todos los anhelos de su alma. Juan la adoraba, pero jamás pensó en ella desde una perspectiva carnal.

Cuando Juan dejó de ser sacerdote y se estableció en un apartamento de la capital, su primer deseo fue dejar de ser virgen. Había reprimido sus instintos demasiado tiempo, y ahora nada le impedía satisfacerlos. Así que llamó a una prostituta que encontró por internet, y que resultó encajar con la fisonomía que siempre había soñado. Comenzaron a tocarse y la excitación de Juan estaba por las nubes. Cuando llegó el momento de la penetración, todo cambió. Juan tenía a esa diosa cabalgando sobre él, pero estaba dormido de cintura para abajo. Los minutos pasaban y seguía sin sentir nada, por mucho que la chica se esforzaba por volver más intenso el movimiento. Entonces la sensación pasó del adormecimiento a la incomodidad. A Juan le dolía el pene, cada vez más duro e incapaz de culminar su misión. Hasta que se le apareció la imagen de la directora del coro, provocando un inmediato gatillazo.

La prostituta le propuso volver a empezar, pero Juan se encontraba rematadamente mal e incluso con ganas de vomitar. Le pagó y le pidió que se fuera. Tras aquel desastre, mil pensamientos pasaron por su cabeza, incluida su hipotética homosexualidad, aunque jamás se había sentido atraído por un hombre. Y con el paso de los días, Juan maldijo muchas cosas. Maldijo sus 37 años echados a la basura. Maldijo todo lo que habían dejado en su subconsciente, toda la absurda represión, toda la negación de lo natural y la afirmación de lo antinatural. Maldijo a quienes le dijeron que lo bueno a los ojos de Dios es eyacular en la cama mientras duermes en lugar de hacerlo de forma libre y consciente. Maldijo la disociación entre carne y lucero, sexo y amor, que le había llevado a buscar a una prostituta en lugar de declarar lo que sentía a la directora del coro. Y se sintió profundamente enfermo y débil.

Durante los años siguientes Juan se esforzó por encontrar su sitio en un mundo cuya sordidez pone a prueba la salud mental y emocional de todos, y lo hizo con muchas heridas al aire que el común de los mortales no tenía, y cuyo riesgo de infección suponía un handicap adicional en su difícil camino. Pero supo vivir el amor del modo más hermoso que existe. Conoció a una mujer a quien no imaginaba como un ángel descendiendo para tocarle con su luz, sino como un ser humano admirable, cuyas cualidades y nobles actos le llenaban de felicidad y orgullo. Aprendió a acariciarle, besarle y penetrarle como parte de un todo armonioso. Aprendió a asumir sus debilidades y errores igual que ella asumía los suyos, apoyándose el uno en el otro para crecer como individuos. Y así, contra todo pronóstico, el Padre Juan encontró la salvación eterna.

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Sus ojos verdes me obligan

Sus ojos verdes me obligan

Querido diario:

Hace mucho tiempo que no te escribo, acabo de mirar y hace ya un año de la última vez, entonces era un niño pequeño. Ya soy mayor y he aprendido que escribir en un diario es cosa de chicas, pero tengo que escribirte porque eres el único que me da consejo y sabe mi secreto. Necesito que me digas qué hacer, porque no quiero matar a mi hermano.

No te escribí cuando vi el brillo rojo en los ojos de la tía Cecilia cuando nos dijo que nos quería igual que a sus hijos de verdad. Ya soy mayor y sé que eso es normal. Nadie te quiere como tu papá y tu mamá.

Y no te he escrito durante un año porque sé que hay que ser fuerte y valiente. Hay que enfrentarse a los problemas de frente porque si no te conviertes en un fracasado y yo no quiero ser un fracasado. Ya he aprendido a no enfadarme con los demás niños de la escuela cuando me mienten. Todos lo hacen. Algunas veces con cosas importantes, pero casi siempre con tonterías. Creo que muchas veces no se dan ni cuenta, lo hacen sin querer. Algunas veces pienso que sería más fácil si no lo supiera por el brillo de sus ojos.

Me gustaría tener un espejo siempre delante de mí para saber si yo también miento sin querer algunas veces. A lo mejor le mentí a Miriam y por eso me mintió a mí cuando me dijo que quería ser mi novia para siempre jamás. Te he dicho que he aprendido a no enfadarme, pero ese día me enfadé mucho. Primero me puse muy triste, pero luego me enfadé. No le pegué porque no se le pega a las mujeres, pero hay que ser malvada para mentir en algo tan importante como eso. Pero hay muchos peces en el mar, como me dijo Sonia. 

Sonia es mi novia ahora. No te he hablado de ella, pero Sonia es la persona a la que menos veces le he visto el brillo rojo en los ojos. No es la más guapa de la clase, pero yo también llevo aparato. Ella casi nunca miente, y cuando lo hace es para ayudar a los demás. Estuve a punto de contarle nuestro secreto, ella me creería, como papá y mamá, pero un hombre tiene que cumplir sus promesas. Te prometí que no se lo contaría a nadie después de lo que pasó con el médico de la cabeza. Papá y mamá tenían razón, no se lo tenía que haber dicho a nadie, y menos a los titos.

Creo que por eso no te escrito todo este tiempo. Ahora a Sonia le puedo contar mis cosas, y lo del secreto lo llevo mejor. He tenido peleas con mi hermano pero no te escrito porque ya me da igual que se ría de mí o que me pegue. Él no sabe lo que es tener una novia como Sonia. Dice que tener solamente una novia es de mariquitas, que los hombres de verdad tienen varias novias, pero yo creo que eso es de niños chicos. Los mayores tienen solo una novia o un novio. Y si me gustaran los chicos (que no me gustan) tampoco pasaría nada. Además no me creo que él tenga tres novias, si solo sabe pegar y hacer daño. ¿Cómo van a querer a alguien que les dice gordas y cosas peores a todas las chicas? Aunque a las chicas les gustan los repetidores. Como repita otra vez y le toque en mi clase no sé lo que voy a hacer. Bueno, en realidad no va a dar tiempo para eso. A menos que se te ocurra algo.

Tampoco te escribí cuando vi el brillo rojo en los ojos del tío Luis cuando me dijo que mamá y papá no sufrieron. ¿Se cree que soy tonto? Morir quemados vivos en un incendio tuvo que ser horrible. Me acababa de quemar un dedo con la tostadora y dolía a rabiar, por eso lo pregunté. Pedro dice que leyó en internet que solo algunas torturas, como el desollamiento, son peores formas de morir. Yo ni siquiera conocía esa palabra pero le creo, tenía el brillo verde en los ojos cuando me lo dijo. No quiero saber qué otras cosas mira en internet mi hermano.

Un día la tía Cecilia le pegó un tortazo al tío Luis porque se dejó un mechero en la mesa del salón, y creo que es porque no quiere que Pedro lo encuentre y juegue con él. Le pegaron y le castigaron un mes entero cuando quemó la muñeca de la prima Laura con una lupa. Creo que él mató a papá y mamá, pero prefiero no preguntárselo. 

Yo nunca le he pegado a nadie. Bueno sí, una vez le pegué a Martín pero luego hicimos las paces. Es que me dio mucho coraje cuando le vi el brillo verde cuando me dijo que se juntaba conmigo porque a su novia le daba pena que yo no tuviera padres. Quiero decir que no me gusta hacerle daño a nadie, y menos a mi hermano. Es malo, pero creo que es porque tiene miedo. Lo he escuchado llorar por las noches.

No sé como lo voy a hacer todavía. En casa no tenemos pistola, así que creo que cogeré el cuchillo grande del cajón de la cocina y se lo clavaré en la barriga mientras duerme. Tendré que hacerlo rápido porque la sangre me da mareos, como cuando Sonia se cortó un dedo con las tijeras, y creo que habrá mucha sangre. Mucha más que con el dedo de Sonia. Seguro que me pillan. Pero no les contaré mi secreto, nunca más se lo diré a nadie. Les diré que lo he hecho porque soy malo. Prefiero que me encierren con los asesinos a volver con el médico de la cabeza.

No quiero hacerlo. No quiero hacerlo. No quiero hacerlo. Por favor. Por favor. Por favor.

Pero no hay otro remedio. 

Dime, ¿qué harías tú si vieras a tu hermano con su sonrisita y el brillo verde en los ojos mientras te dice “algún día te mataré”?

Si no se te ocurre nada, te daré a Sonia y le diré que no te lea, y que te me devuelva cuando salga de la cárcel. Adiós.

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Lentesoja gris

Vilfredo Nash se reclinó en la silla de su austero despacho observando los indicadores de la pantalla de su ordenador. Le ofrecían datos en tiempo real sobre el estado anímico de todos los ciudadanos. Tras años de trabajo, la curva que formaban era ahora prácticamente estable. Cualquier cambio que hiciera en adelante, perjudicaría a algún individuo o sector de la población de forma tal que reduciría el nivel de felicidad global. Desvió ligeramente la mirada hacia la estantería, sonrió y volvió a observar la pantalla. Esos premios no eran comparables a lo que acababa de conseguir, no le llegaban a la suela del zapato a esta maravilla. Su Nobel de economía y su premio Abel de las matemáticas podían quedarse en el estante criando polvo; lo que había logrado ahora es lo que realmente quedaría para la posteridad. Porque es la posteridad. Había creado la sociedad perfecta.

—Y aquí podemos ver cómo se refleja la soledad del artista —comentaba el anfitrión, señalando un enorme círculo negro pintado en la pared blanca, sin marco alguno—. Transgresor, seguro. Peligroso, evidentemente. Pero profundamente evocador.

—Menudo racista —le susurró Nelson al oído.

—Ten en cuenta que es del siglo pasado —contesté tapándome la boca con la mano—. Se dice que le dio cien mil puntos a alguien que trabajaba en el sótano del museo para traerlos aquí antes de que los culturizaran.

—¿Cien mil puntos? ¡Venga ya! 

Aunque Nelson seguía hablando en susurros, había elevado un poco el tono y uno de los asistentes delante de él negó con la cabeza y le miró de reojo con desaprobación. Continué:

—Pero eso no es todo. Dicen que en alguna de estas estancias guarda pintura blanca y negra, y sigue pintando según las enseñanzas de su maestro.

Salimos de allí un poco nerviosos. Por mucho que mi amiga Jane nos hubiera repetido que no era ilegal, aquello lo parecía. Si no, ¿por qué tenía cerradura en la puerta? Además, no había cámaras por ningún sitio, y cuando entramos nos pidió a todos que activaramos el modo “cuarto de baño” de nuestros monitores. Tenía muchas cosas que preguntarle a Jane, aunque conociéndola, sabía que esquivaría cualquier detalle concreto. Así de reservada era ella con sus “contactos”. Pero sus planes siempre eran emocionantes. 

Habíamos quedado con ella en un banco del parque para comentar la experiencia. Luego cenaríamos y nos volveríamos a casa. Era otoño, y mientras nos acercábamos al banco junto al lago, las ocres hojas de plástico crujían bajo nuestros pies liberando esa fragancias característica que provocaba una placentera sensación de calma. Jane no estaba, así que nos sentamos en el banco, Nelson compró allí mismo un paquete de simupán y la esperamos dándoles de comer a los patos. Había uno que no funcionaba bien; parecía que intentaba alzar el vuelo pero sólo conseguía moverse en círculos. Además se le notaba la luz del holo. 

Nelson volvió a activar la consola del banco y lo reportó. Al poco tiempo, el pato desapareció, y el agua que se estaba agitando ondulante debajo de él se estabilizó tan rápidamente que por un momento fastidió toda la escena. Luego sonó una campanita y Nelson me miró contento señalando en su propia consola cómo le habían recompensado con un punto. El simupán le había salido gratis. Nelson era un poco simplón, pero era una pareja agradable.

—¿Qué tal, tortolitos? —Jane llegó por detrás y se apoyó en los hombros de los dos, metiendo la cabeza entre nosotros.

Casi íbamos a contestar el típico “muy bien”, cuando al darnos la vuelta para mirarla a la cara, nos dimos cuenta de que el roce que nos había hecho cosquillas eran los rizados pelos de Jane. No llevaba el pañuelo.

—Pero, ¿qué haces? —dijo Nelson alarmado— ¡Vas a perder un montón de puntos! 

—No os preocupéis, lo tengo controlado —contestó Jane llevándose un dedo a la sien—. Es la hora del rezo, no hay nadie por aquí al que le moleste que no lleve puesto el… Ups, pues me han quitado un punto. ¿En serio, Nelson?

—A mí eso me da igual, ya lo sabes, soy agnóstico —se defendió Nelson. 

—Me da a mí que lo que no le gustan son las sorpresas —dije riéndome para quitarle importancia.

Hicimos alguna broma sobre mi comentario, y luego hablamos un rato de las subversivas obras que habíamos visto, cómo el fallecido pintor usaba el blanco y el negro, ¡o incluso el rojo como si fueran salpicaduras de sangre! También cotilleamos sobre el misterioso anfitrión y sobre los rumores que había sobre él. A mí me asombraba todo lo que Jane me contaba del artista que pintó los cuadros y del extravagante coleccionista. Lo contaba con un entusiasmo tal que le hacía dar pequeños saltitos de emoción. Nelson no paraba de fruncir el ceño, soltando frases del tipo “se va a meter en un lío”, o “qué sentido tiene guardar cosas tan desagradables”. 

Al rato, Jane se puso el pañuelo y salimos del parque a cenar en el primer comedor que vimos. Nos sentamos en el primer cubículo libre, el robot nos trajo un vaso de agua a cada uno, y como siempre, pedimos la cantidad recomendada que nos marcaba nuestro monitor. Al instante, el robot nos sirvió en los platos las cantidades exactas de comida que habíamos pedido, nos deseó el “buen provecho”, y se marchó. Nelson ya iba por la tercera cucharada mientras Jane le miraba a él y luego a su propia cuchara llena, como si aquello no tuviera sentido. 

—Esto es una mierda —dijo Jane.

—¡Jane! —solté, ahogando el grito y mirando a todas partes.

—Me dan igual los puntos, joder. —Nelson no dijo nada porque tenía la boca llena, pero los ojos se le iban a salir de las órbitas. No le faltaba razón, eran cien puntos por palabra malsonante. — En serio, tenéis que venir a mi casa. Trágate ese última cucharada y nos vamos. No te preocupes por los puntos, yo pago por el desperdicio de comida.

Convencí a Nelson, que dejó su plato a medias a regañadientes. De camino a su casa, Jane nos contó una loca historia sobre la comida. Decía que hacía mucho tiempo, comida era una palabra genérica, que hacía referencia a cualquier cosa que hubiera en el plato, pero que no siempre era como ahora. Se comían otras cosas, que tenían olores, sabores y texturas diferentes. Pero que como a mucha gente le molestaba que otros comieran según qué cosas, poco a poco se fue reduciendo la variedad de la alimentación hasta que sólo quedó la pasta gris que comíamos ahora. Lentesoja gris, decía que era su nombre verdadero. Que era comida, pero que la comida no era sólo eso. Que eso era un tipo de comida. Que a la gente siglos atrás les parecería insípida, significara lo que significara esa palabra. Sobre todo teniendo en cuenta, dijo, que entonces comían todo tipo de cosas, incluso ¡animales muertos! Cuando dijo eso, pude ver como Nelson apretaba los labios y los puños para no estallar. Jane siguió, sin darse cuenta o sin darle importancia.

“¿Os acordáis de Parker, el chaval de los rizos tan majo que os presenté el otro día? Pues resulta que es un genio de la técnica. Les modifica los lienzos a los artistas, les piratea, creo que dice él, y entonces pueden usar los colores que quieran y nunca les culturizan el resultado. ¿Os lo podéis creer? Así pude conseguir las invitaciones para la colección que habéis visto hoy, porque Parker le ha pirateado varios lienzos. Y eso no es todo, en su sótano tiene un montón de cachivaches, todo muy raro, con cables y pantallas por todas partes. A mí lo que más me llamó la atención del sitio es que tenía plantas en una estantería, con unas tuberías y unas lámparas, y cuando fui a tocarlas…¡Eran de verdad! Me quedé alucinando tocando las hojas y me contó esto de la comida y la lentesoja. Según dice, pasó como lo del pañuelo, que por lo visto hace mucho tiempo se podía ir sin él por la calle sin problema. Ya ni nos damos cuenta, pero hacemos muchas cosas por no molestar. Casi todo lo que no nos cueste demasiado. Y como a la gente le molestaba que otras personas comieran según que cosas, en los comedores fueron dejando de servir unas comidas, como los animales muertos —a mí también me parece repugnante—, luego otras y al final sólo quedó la lentesoja. Paradoja de la tolerancia dice que se llama.”

La verdad es que tenía sentido, pero a pesar de que no me considero estrecho de miras, no terminaba de creérmelo. ¿A qué se refería con eso de los diferentes sabores? ¿Sería como cuando en secreto, cuando era niño —y no tan niño— chupaba, masticaba y a veces me tragaba cosas como aquella pequeña flor que creció en un resquicio del alféizar de mi ventana? No iba a reconocer esa vergonzosa experiencia. Tardé años en saber, gracias a Jane, que esa flor no debería estar allí, que era una anomalía. Pero nunca le dije que me la comí. ¿Qué pensaría de mí? Así que tenía que saber más, necesitaba que me demostrara que lo que decía era cierto, y estaba deseando saber por qué nos llevaba Jane a su casa. Por otro lado, el enfado evidente de Nelson llevaba un rato quitándole puntos a Jane, aunque a ella no parecía importarle.

Llegamos a su casa, y nos dijo que esperáramos en el salón. Se fue a la cocina y volvió. Nos puso dos herramientas a cada uno en la mesa y se fue. No sabíamos qué era eso. Nelson y yo nos miramos, él asustado, yo expectante, ambos nerviosos. Escuchamos un timbre, y de la cocina llegó un olor irreconocible, pero atractivo. Jane volvió con dos platos, cada uno con dos cosas marrones humeantes.

—Coge eso, así —Jane me enseñó, riéndose y cogiendo mis manos, a cortar la cosa marrón.— Pincha con el tenedor. Lo de tu izquierda. Y dale hacia delante y hacia detrás con el cuchillo. Ves, así. Vale, ahora cómete ese trozo.

No podría explicar lo que sentí, pero creo que Nelson, al ver mis lágrimas, entendió que era algo que tenía que probar. Le señalé las herramientas y, temeroso, intentó hacer lo mismo que Jane me acababa de enseñar. Ella le tuvo que ayudar a hacerlo, no era un movimiento natural. Cuando se lo metió en la boca y empezó a masticar, le miramos expectantes, esperando su reacción como dos niñas risueñas agitando nuestros puños cerrados.

—¡Joder, esto está buenísimo! ¿Qué es?

No pudimos contener las carcajadas. ¡Que le dieran a los puntos! Esto era lo mejor del mundo, no habíamos probado nada más estimulante y placentero en nuestra vida. Nelson también lloraba, pero de risa. Cuando nos relajamos un poco, Jane explicó:

—Es la parte de debajo de una planta, un bulto de la raíz que crece bajo tierra. Se llama patata. Pa-ta-ta.

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La albañilería es un oficio romántico

Dicen que estas cosas las explican las matemáticas, pero si yo supiera de números no estaría por ahí dándole a la paleta. O a lo mejor me hubiese hecho albañil igual, no sé, porque para todo hay que valer y yo nunca he servido para estar sentado todo el día en un despacho.

El caso es que, digan lo que digan los que entienden de esas cosas, a mí no hay quien me convenza de que si has tirado una moneda al aire seis veces y las seis ha salido cara, a la séptima hay las mismas posibilidades de que salga cara que cruz. Ya sé que las monedas no tienen memoria, pero no me lo creo. No puede ser. Y no lo digo yo sólo: tengo un amigo que estudió economía y que ahora trabaja en un banco que dice que si se tira la moneda el suficiente número de veces al final las caras y las cruces se igualan. Y que eso es así por huevos. Hasta hay una ley, un teorema o algo así que lo asegura, aunque no me acuerdo del nombre y tampoco creo que importe mucho.

Pero a ver: si tirando la moneda muchas veces al final sale el mismo número de caras y de cruces, ¿no significa eso que la moneda tiene memoria? El diablo lo entenderá.

Lo entenderá o no, pero yo ya empiezo a creer que el diablo es el que anda detrás de estos laberintos, porque a veces en este trabajo mío se encuentra uno con cosas que tienen mala explicación achacándolas a la casualidad. A veces, más que coincidencias, acabas pensando que hay sitios donde se abren las fauces del destino, o de algún monstruo mala leche, para tragarse a sus víctimas.

Y que no me cuenten historias de que estas cosas son casualidades, porque no me lo creo. Tampoco creo en brujerías, pero esos cantares de la probabilidad y las estadísticas son también fantasmas y supersticiones de gente estudiada. No sé lo que es, pero algo hay.

Les cuento lo que vi yo mismo, y ya me dirán qué les parece:

Hace un par de años, en las oficinas de Correos de Ponferrada, decidieron remodelar las instalaciones para instalar una rampa y un ascensor y cumplir así al fin con la normativa de accesibilidad. En el área reservada a los trabajadores también sobraba un elemento: la vieja tarima de madera en la zona de clasificación. 

Yo llevo veinte años en esto de la albañilería, y aunque el trabajo se lo encargaron a una empresa grande, me tocó a mí darle al mazo y la piqueta por aquello de las subcontratas, y las subcontratas de las subcontratas. Ya saben cómo va eso: la reforma se la encargan a una multinacional, pero al final la tarima la terminamos desmontando entre cuatro curritos del pueblo.

No es que la tarima estuviese para usarla de plato y comer sobre ella, pero tenía buen aspecto: no faltaba ninguna tabla y sólo había alguna pequeña rendija entre ellas.

Bueno, pues aún así, cuando la desmontamos, aparecieron como trescientas pesetas en monedas de todos los valores todos los años imaginables, un billete de lotería del año sesenta y tantos, una receta médica del año setenta y tres, el prospecto de unas aspirinas, una especie de boleto que parecía un recibo de algo, dos llaves, un pendiente de oro, una carta franqueda y cincuenta y tantas poesías escritas en servilletas de bar dobladas y redoblados hasta convertirse en pequeños cuadraditos aplastados.

Las monedas me las repartí con el otro currante y nos las llevamos a casa como curiosidades, porque las había de veinticinco céntimos, y hasta alguna de aquellas tan raras de dos pesetas. 

El prospecto de las aspirinas tenía subrayada una línea sobre los efectos anticoagulantes fue a la basura. 

El pendiente lo dejamos en el piso de arriba y resultó ser de la madre de una empleada. A la mujer casi se le saltan las lágrimas porque su madre, también trabajadora de Correos, había buscado por todas partes aquel pendiente y siempre había creído que se lo había quedado una compañera para hacerle una jugarreta. La cosa estaba clara: si estaban solo las dos trabajando en la zona de clasificación y lo oyó caer, sólo podía ser que la otra se lo hubiese guardado. La mujer murió sin saber la verdad y aquel pendiente fue la causa de que se rompiera para siempre una buena amistad. El otro de la pareja estaba aún en un joyero, en casa de la hija.

La receta era de un medicamento para el corazón: de esas pastillas que se meten debajo de la lengua cuando la persona que las necesita empieza a encontrarse mal. Nitroglicerina, dicen que tienen, aunque yo siempre había creído que eso era un explosivo.

El número de teléfono apuntado en el papelito resultó ser el de una especia de casa de empeños, una versión antigua de los préstamos rápidos, donde te compraban oro y joyas para salir de un apuro y se comprometían a revendértelas luego a un precio pactado. Un negocio perfectamente legal, sí, pero prefiero no saber quién perdió el recibo ni en qué circunstancias.

Las llaves no supimos de dónde eran.

En cuanto a los poemas, parece ser que los fue metiendo allí por alguna de las ranuras un empleado cartero que escribía poesía a ratos libres y que, a falta de editorial o periódico que se los publicara, los iba dejando por todas partes para que alguien, algún día, los encontrase. Según cuentan, debió de escribir dos o tres mil de esos poemas y medio edificio debe de seguir sembrado de ellos. Luego, un día, desapareció sin dejar rastro y no se volvió a saber más de él. Nada. Como si también se lo hubiese tragado alguna rendija de la tierra.

Cada pequeño objeto, como ven, tenía su historia, y ninguna buena del todo. Aquellas ranuras de la tarima eran como bocas voraces que iban tragándose retazos de vidas.

Pero de todo lo que encontramos debajo de aquella maldita tarima, lo que más me impresionó y me sigue haciendo pensar todavía fue la carta, y por su culpa me entró la curiosidad y me puse a hacer indagaciones del resto de las cosas. Ya sé que no la tenía que haber abierto, pero llevaba matasellos de hacía más de cincuenta años y me pareció que ya no podía importarle a nadie que se conociese su contenido. Léanla ustedes también y díganme si de todos los millones de cartas que han pasado en estos años por la oficina de Correos de Ponferrada es normal que precisamente esa se fuera a colar por las holguras de la tarima.

“Ponferrada, 23 de enero de 1954

Querida Luisa:

Hay gente que consigue dejar su impronta en una obra fruto de su esfuerzo. Estos son los grandes.

Otros dejan su huella sólo en la ajena, en los libros que leyeron y en los cuadros que colgaron en su casa. Estos son los hombres comunes.

Pero hay otro grupo aún: los que no son capaces de permanecer en nada, como si en lugar de seres de carne y hueso fueran fantasmas prematuros, o asomos de otras personas que viven en un plano diferente, como las sombras aquellas que veían los moradores de la caverna de Platón.

Yo soy uno de estos últimos: uno de los que ni a sí mismos se retienen.

Los libros que yo leo siguen pareciendo nuevos después de leerlos. Los cuadros de mi casa parecen recién salidos de la tienda. Los que me escuchan se convencen, de buena fe, de que las palabras que han oído se les han ocurrido a ellos mismos.

Si alguna vez una mujer perdió conmigo su virginidad, no perdió también el candor de la sorpresa. Y el siguiente fue el primero.

Todo lo que toco y lo que vivo escapa de mí. Las vivencias se lavan en la fuente del tiempo, o de la trivialidad, para no tener trato conmigo. Llevo diez años yendo al mismo café y el camarero aún me pregunta qué quiero. 

No encuentro razones para seguir viviendo. Soy un monumento a la inutilidad del tiempo, a la fugacidad de las pasiones y a la caducidad de lo humano. Soy una alegoría del olvido.

Me miro en el espejo y pienso que el mundo entero es como ese cristal, que en cuanto me retiro de su proximidad me obliga a desaparecer. Me miro y me pienso, y lo único que sé es que quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, como una amante impertinente que sólo me cuenta desdichas.

Hoy soy yo el impertinente. Amante no: no aspiro a tanto.

Te escribo para decirte que me marcho. Y te escribo a ti, la única que quiso escucharme aunque al fin te casaras con otro. Te escribo para que alguien sepa que no me volví loco de pronto. Para que alguien pueda contar que tuve mis razones.

Me olvidarán, sin duda. Ya me han olvidado. Pero si al menos una persona, una persona a la que los demás tienen por real, puede hablar en favor mío, conseguiré que no me confundan con el personaje figurante que aparece al final de una comedia, con un parlamento de dos líneas.

Hablar en mi favor no es decir que fui un hombre honrado, ni que traté siempre con decencia a mis semejantes. Basta con decir que fui. Basta que lo digas tú, y que digas, si quieres, que te amé. Y que muero acaso un poquito enamorado de ti. O más que un poco.

Que el mundo exorcice doblemente a este fantasma, pero por favor, tú no me olvides.

Tuyo, aunque no importe

Carlos”

Casualidades, dicen los que saben de matemáticas.

Casualidades, sí. ¡Y una leche!

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A contravía

Mi padre cumplirá ochenta y tres años el mes que viene, los últimos siete años de su vida los ha pasado postrado en cama, aquejado de un dolencia respiratoria agravada por una peculiar, cómo llamarla, demencia senil. Así las cosas, sus hijos nos turnamos semana tras semana para darle la mejor atención posible, cuando él lo permite, claro. Los martes y jueves vengo a leerle la prensa diaria y revistas de todo tipo, y muy de vez en cuando, algunos libros; el resto de la semana vienen mis hermanos. Casi todos los domingos acudimos los cuatro hermanos a comer allí, mi hermano Julián prepara paella y se la llevamos en bandeja a la cama. Las tardes y noches de lectura le gustan mucho, pero debemos tener cuidado porque...

-¿Volvió tu hermana ya de la India? –preguntó mi padre mientras me acercaba a su cama con la prensa deportiva del día. Respiré hondo mirándolo a los ojos con ternura, dudando si decirle por enésima vez que su hija, mi hermana Elena, trabaja en un banco.

-Sí, papá, ya volvió de la India, y no, no se casó con aquel Rajá que la cortejaba... –respondí sentándome en un lado de la cama, mientras le enseñaba la portada del periódico deportivo que había llevado para leerle. Algunos días, cuando su lucidez se lo permitía, nos quedábamos hablando hasta que se dormía, y muchas noches pensaba si al día siguiente empezaría a hablarnos de cuando era detective en Los Ángeles, o de sus extensos viñedos franceses, o de su trabajo en la compañía de ferrocarriles... En esos pocos momentos en los que se podía hablar con él sentía que había recuperado a mi padre, apagaba la luz de su mesilla y me iba a dormir al sofá cama del salón. Algunas de esas noches, recordaba a mi madre, que murió cuando yo tenía quince años, pensando que él tuvo que hacer de padre y de madre para todos nosotros.

-¿Cuándo vendrá Luis? A él le gusta leerme libros –dijo haciendo un mohín reprobatorio con la boca al ver que yo traía un periódico. Luis era el mayor de los cuatro hermanos y años atrás habíamos tenido algunas diferencias por su interés en leerle libros, sabiendo que luego integraría en sus recuerdos cosas, no de su vida, sino de las obras que le íbamos leyendo y que él incluiría aleatoriamente en sus propios recuerdos.

-Mañana viene Elena y pasado Luis, papá. 

-¿Tú te acuerdas que antes ser ferroviario era algo muy importante? –de nuevo volvía a uno de sus temas recurrentes, creerse que había sido ferroviario y que se había pasado la vida entre trenes, estaciones y traslados a diferentes ciudades y pueblos. Mi padre había regentado una ferretería toda su vida y mi hermano Pablo fue quien se encargó –y se encarga- de ella cuando se jubiló anticipadamente por sus problemas respiratorios.

-Yo era muy niño, papá, no recuerdo eso... –dije esperando que me permitiera cambiarle su línea de pensamiento y así poder volver al periódico, cosa que ya sabía que era poco menos que imposible. 

-Nosotros, los ferroviarios, éramos muy conscientes de la importancia que tuvo el ferrocarril para levantar el país... –dijo con tono de orgullo, de ése que se siente ante el deber cumplido, incorporándose en la cama y tosiendo, abriendo la boca para coger el aire que sus pulmones se negaban a aspirar.

-Bueno, hoy veo que no querrás que te lea, ¿verdad? –respondí suspirando y dejando a un lado el periódico.

-El tren era... por donde pasaba una vía de tren, ya fuera un pueblo grande o pequeño levantaba la vida de la zona...

-Ya me imagino, papá, pero... –en estos casos en los que no podía parar de fabular, y tras tantos años de intentar de todo, ya sabía que debía seguirle el juego y dejar que llegara a un punto muerto de recuerdos y entonces enlazaría con otro recuerdo falso o volvería a sus memorias verdaderas.

-Era una buena época. Alrededor de las estaciones y de los talleres todo era un hervidero de gente, ya sabes que las fábricas se instalaban cerca de muchas estaciones importantes –dijo ilusionado, como si realmente recordara haber vivido todo eso.

-Ya, papá, pero... –muchas veces no sabía cómo seguir su conversación, porque no recordaba la obra de donde él había extraído sus falsos recuerdos, claro, en casa había muchos libros sobre trenes, le encantaba ir el domingo al mercadillo a comprar de saldo las obras más variopintas, con las pastas arrugadas, manchadas, con las hojas mutiladas; pero a él le daba igual, eran sus trofeos de los paseos matutinos de los domingos. Libros baratos de aventuras en mares perdidos, de bucaneros con parche y pata de palo, manuales de limpieza de máquinas de coser, muchos libros de indios y vaqueros, de espías que recorrían medio mundo descubriendo los secretos más inverosímiles, libros sobre la historia del tren, y un sinfín de libritos y tomos vetustos que llenaban dos grandes estanterías del salón.

-Era un lujo oír el silbato del tren de carga de las seis cuarenta y también la sirena de las fábricas que trabajaban para el tren... tu tío trabajó toda su vida en la ferroviaria de Espeluy...

-Oye, ¿cómo crees que habría sido tu vida si hubieras sido... no sé, si hubieras llevado una ferretería –una vez, sólo una vez, este truco me funcionó, pero el resto de las veces que lo he intentado desde aquel día no he vuelto a tener éxito, supongo que la mente se resiste en esos momentos a recorrer los vericuetos de los recuerdos reales, por alguna razón que todavía la ciencia médica desconoce.

-Huy, no, hijo, no... el mundo del tren era una cosa muy importante, acuérdate de los días de cobro, las colas que se formaba a la salida de la fábrica... –respondió negando con la cabeza ante la idea de haber llevado una vida en una tienda rodeado de clavos, martillos, tornillos y palas. Los doctores que lo habían visitado todos estos años coincidían en que era una peculiar forma de fabulación, pero que se habían dado otros casos donde los recuerdos adquiridos provenían de los lugares más insospechados: anuncios publicitarios, las vidas de los vecinos, letras de canciones... Todos los especialistas coincidían en que lo mejor era proporcionar a la persona afectada una rutina diaria para que se sintiera mentalmente más seguro, ofrecerle además un entorno social con amigos y familiares que le ayudaran a estimular los recuerdos. Una doctora fue la que nos sugirió las lecturas de prensa diaria para ayudarle a mejorar su memoria.

-Hoy día el tren es otra cosa, los trenes son otra cosa... La ciencia avanza que es una barbaridad -dije mientras intentaba recordar qué libro o libros sobre trenes estaba mezclando en su cabeza mientras intentaba arrancarle una sonrisa bromeando.

-Ya, mucho avance pero aquí estoy en la cama sin poder respirar bien y... ¡no he fumado en mi vida! –dijo tosiendo mientras cerraba el puño intentando darle énfasis a su afirmación de no haber fumado nunca, cosa que era verdad.

-Eso es verdad, el otro día leí en la prensa que... –todo mi afán era devolverle al presente, a veces lo conseguía derivando la charla hacia otros temas que le interesaban. Una vez le estaba explicando el caso, publicado en la prensa aquella semana, de un espía que había sido envenenado mientras me contaba sus peripecias novelescas como agente del KGB y conseguí, durante un buen rato, que se interesara por la realidad.

-¿Te acuerdas de cuando te subiste a una 241? –preguntó con los ojos brillándole de pasión, interrumpiéndome la frase, así que dejé de insistir. Hoy no podría ayudarle a volver a la realidad, le diría a Elena lo que había pasado. Cada día llamábamos a quien venía al día siguiente para darle las novedades y ofrecerle pistas que evitaran cometer los mismos errores o potenciar su demencia sin querer.

-¿No fue ése Luis, papá? –otra treta que a veces funcionaba, permitirle la falsedad de los recuerdos y poner en cuestión algún detalle de estos.

-No, no, fuiste tú, el pequeño; íbamos a despedir a unos primos lejanos de tu madre, y como aún quedaba tiempo... –cada vez que usaba el nombre de mamá en uno de sus recuerdos falsos me dominaba una agradable tristeza interior, como si fuera mejor así y mi padre no recordara que había muerto cuando yo era un adolescente.

-¿Y qué pasó? –pregunté haciendo memoria sobre el número de libros sobre trenes que tenía en las estanterías.

-Ya habíamos subido las maletas, nos habíamos despedido, y te dije... ¿no te acuerdas? Si ese día fuiste el niño más feliz del mundo –respondió con una ilusión de un bonito recuerdo que no había vivido.

-Pues es que ni me acuerdo de aquellos primos de mamá.

-Verás, tenía un amigo maquinista, Sebastián Algorza, que llevaba una 241 de vapor a los talleres y andaba parada en la otra vía a la espera de unas piezas del taller... –dijo animado por todos los pequeños detalles que estaba añadiendo a su historia.

-No me acuerdo, la verdad, papá, sería muy pequeño.

-Hablé con mi amigo el maquinista y te dije "Ven, Luis, vamos a subir a la máquina" –me había cambiado el nombre, sabía que no debía dejar pasar la ocasión de plantarle una mínima duda en sus recuerdos.

-Papá, ¿ves como era Luis, el mayor de los hermanos, el que se había subido a la máquina? –pregunté sonriéndole para que no se sintiera acosado. 

-Tú, pesado, que fuiste tú... ¿no me voy a acordar de eso, hombre? De ese momento me acordaré toda la vida, tenías una cara de felicidad –contestó mientras cogía aire con todas las fuerzas que su maltrecho cuerpo le permitían y me daba una palmada en la mano que tenía al lado de su regazo.

-¿No fuimos un verano en tren a Alicante? –alguna parte de mi mente había recordado un trozo de uno de los libros de trenes e intentaba poder llevarlo a ese terreno. Aunque yo sabía que veraneábamos, cuando el dinero lo permitía, en Mazagón, Huelva, y que siempre íbamos en el vetusto coche que mi padre llamaba “la camioneta”. Es verdad que en tren íbamos a visitar a los hermanos de mi madre en Barcelona, sobre todo en Navidad, donde pasábamos esas fiestas en la calle Calabria, donde mis tíos tenían un bonito piso, amplio y con ventanales ovalados que daban al hueco de escalera.

-Sí, sí, y además lo hicimos en los nuevos vagones de segunda con aquellos asientos tapizados en escay azul, tu hermano Julián y tú os pasasteis medio viaje mirando por las ventanillas. 

-¿Quieres que te lea la prensa ahora o qué?

-Se veían unas noches preciosas a la altura de Albacete... –respondió cogiendo el periódico deportivo y poniéndolo en el otro lado de la cama, alejándolo de mi alcance.

-¿Y había muchos vendedores en las estaciones, no? –en días así lo mejor era que hablara de lo que él quisiera, me había quedado sin recursos para devolverle a la realidad.

-Bueno, y acuérdate cuando en las paradas le daban martillazos a las ruedas.

-¿Eso para qué se hacía?

-Pues... pues... no me acuerdo, hijo, la edad no perdona –dijo frunciendo el ceño y buscando en su memoria algún dato que confirmara para qué hacían eso.

-Bueno, no pasa nada, yo también me olvido ya de las cosas –dije dándole unas palmadas de ánimo en la pierna que me quedaba más cerca. Era el momento de hacer un ataque frontal a los recuerdos-. ¿Te acuerdas de cuando me llevaste por primera vez a la ferretería?

-¿Ferretería...? ¿Qué ferretería?

-Tu ferretería, de la que me estabas hablando antes.

-Demonios, no me vuelvas loco, te estaba diciendo que tengo mala memoria para algunas cosas, pero de otras me acuerdo perfectamente. Alicante, San Vicente del Raspeig, Agost, Monforte de Cid, Monóvar-Pinoso... ¿qué, tengo memoria o no? –dijo recitándome las estaciones de vete a saber qué recorrido en tren y en qué años.

-Hombre... –me interrumpí antes de que se me escapara un mal chiste o un comentario cruel.

-Me faltan dos o tres estaciones pero... –dijo pensativo, como si quisiera extraer de la memoria algún dato-. Ah, sí, seguían en Villena, Caudete, La Encina, Almansa, Alpera, Villar de Chinchilla....

-Vale, vale, papá, que sí, que tienes una memoria de elefante –dije echándome a reír mientras él ponía cara de cabreo.

-Mira, tengo mejor memoria que tú, que ni te acuerdas de cuándo te subiste a aquella locomotora de vapor –respondió con un mohín de enfado característico de él, arrugando la frente y apretando los labios al hablar.

-Vale, lo siento, ¿qué me decías de las rutas?

-Me acuerdo, fíjate bien, de una noche que le compramos a un vendedor ambulante en la estación, ¡a las dos de la mañana!, toñas de Villena –dijo echándose a reír. No podía imaginar qué imagen había visto en su mente para que se riera así, por lo que yo también me reí, intentado que me lo contara.

-¿No te acuerdas? La toña se llama también “panquemao”, está muy bueno pero por fuera está como quemado y a tu madre no le hizo gracia que comprara media docena –y siguió riéndose hasta que la respiración cambió la risa por una pertinaz tos.

-Toma un poco de agua -le dije acercándole, en un vaso, agua de la jarra que tenía en la mesilla. No tenía ni idea de dónde estaba sacando los recuerdos, además, los estaba mezclando con mi madre, hoy me tenía desconcertado. Miré la hora, casi las ocho y media-. ¿Te traigo la cena o esperamos un poco?

-A las nueve –respondió mirando el reloj digital de la mesilla de noche y dándome el vaso de agua del que se había bebido más de la mitad-. Bueno, no te aburro más con las listas de estaciones, pero cuando se llegaba a Alcázar de San Juan, eso sí que era una cosa importante.

-Esa era una parada larga, ¿a qué sí? –dije para darle ánimos y que no se enfadará de nuevo.

-En Alcázar parecía que el tiempo se detenía –ya sabía que no era buena idea buscarle el libro en dónde sabía que hablaban de Alcázar de San Juan y adelantarme a lo que me fuera a contar leyéndole del libro para demostrarle que sus recuerdos no eran suyos. El problema es que no le demostraría nada diciéndole que sus recuerdos eran falsos y que pertenecían a un libro. Eso ya lo habíamos probado hace muchos años, con un desastroso resultado, se encerraba en sí mismo como si el mundo no le interesara, y eso no era bueno para él y su demencia-. ¿Te acuerdas de las carretillas de Correos? Aquellas de color gris con los conductores que llevaban aquel guardapolvo de color gris también y que iban a toda velocidad cargadas con las sacas de cartas y paquetes... ¡Y pitando a todo el que se le ponía delante!

 -No, de eso no me acuerdo, sí me acuerdo de que allí la parada era larga –añadí pensando en aquella vez que Elena lo grabó en vídeo, con la excusa de decirle que no se perdiera todo lo que nos podía contar, y al día siguiente se lo enseñó Julián para demostrarle que tenía falsos recuerdos. Ese día no quiso comer y se fue a dormir muy temprano, no tenía ganas de hablar y le preguntó a mi hermano si de verdad había trabajado en una ferretería. Mi hermano, al ver la honda tristeza que se había apoderado de él, lo único que se le ocurrió decirle fue que sólo durante una pequeña temporada. 

-Bueno y cuando coincidían allí dos o tres expresos, aquello era increíble, maletas por aquí y por allí, bultos, aquella señora que llevaba un pavo vivo en una jaula, ¿te acuerdas?

 -No, ¿qué pasó? Muy bien, no lo recuerdo.

  -Nada especial, pero os llamó la atención y os quedasteis haciendo el tonto con el pavo aquel enjaulado. Era Navidad, creo.

-Y había muchos vendedores que vendían de todo.

   -Bueno, claro, bocadillos, estampas de santos, dulces, juguetitos de madera, tabaco, de todo.

   -¿No hacíamos ahí transbordo alguna vez?

   -Bajábamos los bultos y yo me iba a hablar con el jefe de estación, mientras esperabais en la cantina al próximo tren. Qué frío hacía allí cuando íbamos en invierno, ¿eh?

  -Oye, son casi las nueve, ¿te caliento la sopa?

  -Sí, sí. ¿A que si te digo cuál fue el primer tren español no lo aciertas?

   -¿A qué sí? El Barcelona-Mataró.

     -Ya sabía yo que no lo sabrías.

     -¿Ah, no, y cuál fue? –pregunté con un ligero tono retador.

     -El primer ferrocarril se construyó en Cuba para transportar caña de azúcar al puerto de La Habana.

     -Anda ya, papá, te lo estás inventado –dije riéndome cariñosamente.

     -Ya estamos otra vez con que me invento las cosas, míralo mañana y me dices, me apuesto contigo lo que quieras.

     -Vale, la comida del domingo la pagas tú –respondí guiñándole un ojo.

     -Hecho –contestó extendiendo la mano para sellar el pacto.

     -Ahora vengo con la cena –dije mientras salía del dormitorio sonriendo.

            Me fui a la cocina y saqué un tarro con sopa congelada, le preparé una tortilla francesa y puse en el microondas la sopa, le pasé un trapo a la bandeja de comer en la cama, una muy buena que compró Elena con huecos para que no se movieran los vasos ni los platos. Tendría que volver a leerme los libros de trenes otra vez, porque últimamente se repetía mucho más con ese tema que con lo de ser espía o haber viajado por el Índico como un aventurero.

      -¡Oye, son las nueve ya, ¿me preparas la cena?! –gritó mi padre desde su habitación. Como si no recordara nada de lo que le había dicho o, peor aún, nada de lo que él me hubiera contado. 

    -¡Estoy en ello! –respondí mientras sacaba del microondas la sopa.

            En cuanto lo tuve todo listo me acerqué a su habitación y allí estaba, ahora sí, incorporado con las dos almohadas dobladas y listo para cenar.

 -¿Volvió tu hermana ya de la India? –Me quedé un instante parado con la bandeja en las manos y le sonreí con cariño, y por una fracción de segundo me imaginé a mi hermana casada con un rico rajá indio.

 -FIN-

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Unos minutos de quietud

Esa señora tan amable del pueblo nos ha dado unas indicaciones bastante precisas del camino, pero como siempre, después de un “subes una cuesta” y un “coges un camino de tierra a la derecha”, ya nos hemos hecho un lío. Hay unos tres caminos de tierra a la derecha, y no estamos seguros de si lo que acabamos de subir cuenta como una cuesta para esa señora, que aunque tendrá la edad de nosotros dos juntos si las sumamos, no se despeinaría si anduviera el trecho que llevamos desde el pueblo ni cargando con Nuria al hombro. O conmigo. O con los dos a la vez; nos la hemos cruzado a la salida del pueblo con dos garrafas enormes de un aceite blancuzco, y mientras nos ha explicado cómo ir a las pozas, nos ha señalado con la mano la dirección, sin soltarlas en el suelo ni un momento.

—¿Será este el camino que decía la superabuela? —le pregunto a Nuria, imitando el andar basculante y pesado de la señora cargando las garrafas.

—No seas malo. —Pero se ríe—. Tampoco se separarán mucho, ¿no? Aquello de allí debe ser el río —me contesta señalando una línea de vegetación más alta y de un verdor más intenso que asciende ligeramente entre las montañas.

—A ver, si esta es la cuesta que nos decía, debe ser el último camino, el de allí al final.

—Yo que sé, ya ni me acuerdo de lo que nos ha dicho, con este calor que hace lo que quiero es llegar al río y pegarme un chapuzón ya.

De modo que subimos el último trecho de la cuesta y tomamos el camino de tierra. Por suerte, pronto el camino está protegido del sol por los árboles y escoltado por viejos y bajos muros de piedra. Me pregunto si serán más ancianos los árboles o los muros llenos de líquenes. Para empezar, no sé ni qué tipo de árboles son. Sería interesante saberlo, pero no sabría ni por donde empezar. No sé si sería capaz de encontrarlo en internet. A lo mejor hay una aplicación para eso. Madre mía, no paro ni un rato de pensar en el móvil. Casi lo saco de la mochila. Pero lo vuelvo a meter. Me da hasta rabia el enganche que tenemos.

Nuria va delante, parece que está disfrutando del frescor de esta parte del sendero; camina con los brazos extendidos hacia arriba, como queriendo tocar las copas de los árboles. Se gira, me mira, me dice algo, y me doy cuenta de que sigo enamorado.

La verdad es que los dos necesitábamos esta desconexión. Además, no hay quien soporte el calor del verano en la ciudad. ¿Por qué no voy a la piscina? Pues porque normalmente salgo tarde del trabajo y lo único que quiero es tomarme una cerveza en la calle, pero resulta que todo el mundo está fuera de vacaciones. A esas horas Nuria aprovecha el poco tiempo que tiene para estudiar. Y los días que salgo pronto, para cuando hace calor, ya tengo puesto el aire acondicionado y lo último que quiero es salir de casa aunque sea ahí al lado. Así que este fin de semana nos viene de escándalo. Aunque si el camino sigue así de fresco me va a pasar como con la piscina, al final no voy a tener ganas de bañarme. En realidad me da igual, solo por respirar este aire y dejar de oír el bullicio y las ambulancias merece la pena.

El camino se estrecha. Los pequeños muros de piedra de los lados han pasado poco a poco a estar cada vez más integrados con las raíces de los árboles. ¿Álamos? Ni idea. Si vemos a alguien le preguntaré. Mejor no, seguro que me cuentan su vida. No sé por qué me ha dado ahora por saber eso, si no sé ni de qué especie son los árboles de la calle donde vivo. Con la tontería de mirar para arriba, me he tropezado ya un par de veces con las raíces. 

—Como siga así la cosa vamos a tener que abrirnos paso a machetazos —bromeo.

—Sí, claro con tu navaja suiza. Yo creo que ya estamos llegando al río. ¿Lo oyes?

Asiento. Sí que se oye un rumor de agua corriendo. De tanto escuchar mis pensamientos y mirar como un tonto a los árboles, no estoy prestando atención a los sonidos del campo. Una delicia. Sólo pájaros, el arroyo al fondo, y el andar de Nuria y el mío. Y las chicharras. Que casi no las distingo porque ya he asimilado el ruido. Como el de los coches en casa. 

Seguimos un poco más, el camino toma una curva, y nos lleva a una verja antigua y oxidada que nos corta simbólicamente el paso. Porque está medio tumbada en el suelo y hay hueco suficiente para pasar. Doblado, pendiendo de la verja de uno solo de los remaches, hay un cartel metálico y roñoso en el que se lee a duras penas “Zona militar. Prohibido el paso”.  

—Pero esto… ¿pasamos o qué? —pregunta Nuria señalándolo.

—La vieja no nos ha dicho nada de esto. Yo creo que nos hemos equivocado de camino, pero vamos, que esa verja está claro que ya no tiene sentido. Vamos, nos habría dicho algo si hubiera un cuartel militar o algo así por aquí.

Nuria no se lo piensa dos veces y pasa por el hueco. No vamos a volver ahora hasta la cuesta. Ya llevaremos andando, ¿cuánto?, ¿media hora desde entonces? Otra vez voy a sacar el móvil. Por dios, que dependencia. Si ni siquiera sé a qué hora tomamos el camino. Avanzamos un poco más hacia el rumor del agua y… Vaya pasada de sitio. Los rayos de sol entrando en el agua cristalina hasta el fondo de la poza. La pequeña cascada. Y aquellas piedras planas de allí parece que están hechas para tumbarse con la esterilla. Madre mía, que lujo. La Poza del Paraíso. Buen nombre. Eso le voy a poner al álbum en cuanto lo suba.

Bajamos hasta las piedras y nos hacemos unos selfies, contentos de nuestra pequeña hazaña y del precioso sitio que acabamos de encontrar. Vaya, pues hay cobertura. La verdad es que no me lo esperaba aquí, pero bueno. Voy a aprovechar para subir las fotos. Se van a morir de envidia. Y aquí al lado como quien dice. Tanto avión ni tanta leche. Nuria tiende su esterilla y empieza a quitarse la ropa. Yo no tengo claro si me voy a bañar o no. Tampoco quiero sol, se está bien a la sombra. Sí, mejor me tumbo a la sombra. 

Nuria se tumba al sol y ambos miramos el móvil un rato. No tarda mucho en tener calor suficiente como para meterse en el agua. Se mete poco a poco. Va mojándose los brazos, un poco la nuca, y adentrándose en la poza paso a paso. La verdad es que sigue teniendo un cuerpo de diez. Me suena el móvil. Ya está la gente interactuando con la foto. Normal, es que el sitio es de película. A ver los comentarios. “Guau”. “Pasada total”. Emojis con ojos de corazones… ¿Pero qué dice este? “Vete de ahí, es peligroso”. ¿Y cómo sabe dónde estoy? Ah, vale, que he puesto la geolocalización. No me voy a ir de aquí porque me lo diga un desconocido en internet, que además es… Bueno, aunque sea doctor en ingeniería genética. Tampoco sé si el título es de verdad o se lo pone para fardar. A ver si lo encuentro… Vaya personaje raro. Expulsado del ejército, amigo de ufólogos y magufos varios. Paso de él. Voy a contestarle pero porque se están asustando los demás. “Vete a contar tus magufadas a otra parte”. Ahí lo lleva. Ya le están lloviendo los negativos. Menos el de Ángel, que le contesta algo. ¿En serio? Venga ya, Ángel, no piques. ¿Pero cómo va a tener razón ese lunático? ¿De verdad me vas a hacer seguir ese enlace?

El típico documento supuestamente desclasificado en el que no se puede leer casi nada porque es una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia. De tachones a tachones, con fecha de hace setenta años, hallado germen microscópico, bla bla bla blá, origen desconocido, tachones, parálisis transitoria, bla bla blá, más tachones, altamente infeccioso, un párrafo entero en el que no se entiende nada, no se recomienda el baño en las inmediaciones del arroyo Piedrablanca. Venga ya hombre, y esa última frase sí que se ve perfectamente. Seguro que si le echo un rato me entero de cómo está trucado el archivo. Bah, paso. Voy a guardar el móvil que al final no tengo ni unos minutos de quietud. Mensaje. Ángel: “Vete de ahí”. Yo: “Pero si es un troll”. Ángel: “Hay cientos de documentos. De arroyos de todo el país”. Yo: “Fakes”. Ángel: “Miles de desaparecidos. Se está destapando ahora”. A la mierda. No me van a estropear el día. Móvil a la mochila ya. Seguro que se lo cuento a Nuria y se ríe en mi cara.

¿Nuria? Ese bulto en la poza no puede ser ella. ¡Nuria! Voy a por ti. Salto al agua. Te doy la vuelta. Flotas. Blanca. No respiras. Te voy a llevar afuera. No puedo. Mis piernas. No puedo moverme. Quedo boca arriba. No puedo mover nada. Floto a la deriva. Pero puedo respirar. Mi mente va a mil por hora, pero mi corazón parece un viejo reloj de péndulo. Tengo que pensar como salir de esta. Y tengo que hacerle cuanto antes la reanimación cardiopulmonar a Nuria. Si sólo pudiera mover aunque fuera un dedo. Nada, no hay manera. Sólo puedo mirar hacia arriba, con el sol entre los árboles y la brisa meciendo las hojas. No hay nada que hacer, será mejor que me calme y espere a que se me pase. Parálisis transitoria decía el documento. ¿Por cuánto tiempo? Cada segundo que pasa Nuria pierde posibilidades de sobrevivir, y las secuelas… No pienses en eso, tranquilo. Lo único que importa es planear qué harás en cuanto recuperes el control de tu cuerpo, así no perderás ni uno de esos valiosos segundos. A ver, tengo que arrastrar a Nuria a la orilla, hacerle la RCP, y en cuanto vuelva en sí tumbarla de lado y llamar a emergencias. Sí, ese es el plan. ¿Qué ha sido ese ruido? ¿Has tosido, Nuria? ¡Sí, lo has vuelto a hacer! ¡Estás viva! No me ves, pero lloro por dentro de alegría, amor. Vamos a salir de esta, ya lo verás. Ojalá pudiera hablarte al menos, se te haría más corto este suplicio. Pero no pasa nada, sólo hay que esperar. Estamos los dos boca arriba y salvo algún mosquito no hay nada por aquí que nos vaya a hacer daño. 

Esperar y esperar y esperar. No debe haber pasado mucho tiempo, pero se me hace eterno. Intento mover cualquier parte del cuerpo, pero no puedo. Me he dado cuenta de que ni siquiera parpadeo. Hace un rato me pareció haber logrado mover el pie, pero creo que lo que ha pasado es que la leve corriente me ha hecho toparme con Nuria. Espero que ella lo haya sentido también y sepa que estoy a su lado. Sigo intentando moverme, en una especie de ritual en el que me centro cada vez en una parte del cuerpo. Seguro que Nuria está haciendo lo mismo. Puede que mejor que yo; sería gracioso que me salvara ella a mí gracias a sus clases de yoga. No la he oído hacer ningún ruido más, pero creo que sigue viva. No hay razón para preocuparse. Algún día nos acordaremos de esto y se lo contaremos a nuestros nietos. Obligados a hacer el muerto en la Poza del Paraíso. Algo ha cambiado en el ruido de fondo. Algunas chicharras han parado de cantar. El rumor del agua de la cascada cada vez es más fuerte. Puede que me esté acercando a ella. No, no, no, por favor, eso podría matarme. ¡Venga, muévete, maldita sea! Espera. Algo ha caído en el agua. Se ha enganchado a mí. Me arrastra. Me lleva a la orilla. ¡Seas quien seas, por favor, ayuda!

Boca arriba esta vez sobre las piedras de la orilla, no he logrado verle, pero creo que es alguien que nos está salvando. He escuchado el entrechocar de los guijarros bajo sus pasos, y cómo ha lanzado algo al agua para sacar a Nuria. No habla, pero parece que murmura para sí, repitiendo la misma frase una y otra vez. Eso que suena ahora debe ser Nuria arrastrada sobre las piedras. Menos mal, creía que no lo contábamos por culpa de la maldita cascada. 

Un golpe sordo. No tengo claro lo que es. Otro. Suena como si estuviera cortando leña. Otro. A lo mejor prepara una camilla para sacarnos de aquí. Otro. Será un guardabosques o algo así. Otro más. En realidad no me gusta como suena. Otro. Este ha sonado muy… Otro… ¿Húmedo? 

Ha parado, no me gusta nada lo que escucho ahora. No logro saber lo que es, pero no me suena a alguien preparando una camilla con cuerdas y palos. Varias veces ha arrastrado algo por las piedras y luego ha sonado algo parecido a una bolsa de patatas. Y no para de murmurar lo mismo. No lo entiendo, y me está sacando de quicio. A ver si se acerca y puedo verle. Sí, cualquiera diría que me ha escuchado. Ya viene. Esos pasos tan lentos. Podría darse un poco más de prisa. Ya casi te veo… ¡Anda! ¡Si es la vieja del pueblo! Qué alegría, por dios. ¿Qué es lo que murmullas, señora? Ahora estás más cerca, casi te leo los labios. 

“San Martín de la Poza, yo la limpio y el pueblo goza”. 

Qué cosas tiene esta gente de pueblo.

“San Martín de la Poza, yo la limpio y el pueblo goza”.

¿Y esa azada al hombro, para qué la traes? 

“San Martín de la Poza, yo la limpio y el pueblo goza”. 

No la levantes que me estás asustando. 

“San Martín de la Poza, yo la limpio y el pueblo goza”. 

¿Eso que gotea es sangre?

“San Martín de la Poza, yo la limpio y el pueblo goza”.

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El taller

Los talleres para coches son el último bastión de resistencia contra la moda del brillo permanente, el dependiente repeinado y los mares de plástico.

Este taller en concreto se anuncia con un cartel carcomido en el que se adivina la palabra GARAJE, un letrero mugriento que no se limpia más que cuando llueve, y ni el monzón indochino arrancaría completamente la porquería añeja que lo cubre. O quizás ya estaba hecho un asco cuando lo pusieron, porque consideraron necesaria la suciedad para dar a entender que tenían muchos años de experiencia e inducir confianza a los clientes; cada negocio tiene su propio marketing, así que también eso es posible, o lo era cuando el taller abrió sus puertas a mediados de los setenta.

El dueño del garaje es un hombre que va para viejo. Como todos. De tantos años que lleva lidiando con motores que no responden y con aceite quemado, las manchas negras de sus uñas seguramente serán ya hereditarias y se transmitirán a sus hijos. 

Tiene cara de mal humor, pero no le ha sucedido nada importante. Nada distinto, al menos. Pasarse el día desconfiando de todas las piezas y todos los fabricantes acaba por estropear el carácter. Lo único que le hace sonreír, aunque sólo con los ojos y casi nunca con el resto de su rostro, es su vieja pasión secreta: la chica del calendario de 1981. La tiene pegada en el cristal del despacho y la mira de vez en cuando, como para pedirle consejo o simplemente para tomarse un respiro.

No tiene nada de particular: es una de esas fotos que se eternizan en miles de talleres y en miles de camiones, como santas patronas del tráfico rodado. Esta mujer no es una famosa de postín, pero sí un sucedáneo bastante aceptable. Sucedáneo de la fama, que en cuanto a lo demás no tiene nada que envidiar a las otras: rubia de pelo largo y liso, pechos marca Montgolfier, suaves pezones rosados, pubis depilado también rubio, labios entreabiertos y húmedos... Todo muy entreabierto y muy húmedo.

El dueño del garaje la mira por millonésima vez recordando con gusto el último autoservicio a su costa. Pero como siempre les pasa a los pobres, le saca de su momento de gloria la puñetera realidad, esta vez bajo el aspecto de un coche pequeño y viejo que se recorta en el contraluz de la puerta. 

El coche puede tener veinte años. La dueña pasa de los cuarenta. Es una maruja entrada en carnes que parece arrastrar tres contenedores de cansancio. Las bolsas oscuras bajo de los ojos hablan de noches en vela y mares de lágrimas. Las rojeces de las manos pronuncian ciclos enteros de conferencias sobre estropajos y lejías. Las arrugas alrededor de la boca recuerdan sonrisas caducadas. 

Sin embargo, los pasos seguros de los zapatos recios y el aplomo con que se mueve dentro del garaje dicen de ella que no tiene miedo de saber menos que un hombre en materia de correas de transmisión o aceites lubricantes. 

El mecánico la mira y hace un gesto, pidiéndole que espere. No está muy ocupado, pero eso no se puede dar nunca a entender a un cliente. La mujer aguarda tranquila a que él se acerque a atenderla. Después de un par de minutos, el mecánico se limpia las manos, o se las embadurna aún más en un paño de color indefinido, y se dirige hacia ella con cara de pocos amigos, como si atender a la clientela fuese la peor de todas sus fatigosas obligaciones. 

La mujer le explica que el freno de mano se ha soltado y que, ya de paso, quiere que le revisen los niveles de aceite y las pastillas de freno. Mientras deja las llaves en la mano ennegrecida del mecánico, recorre con la mirada el local sucio y oscuro. 

Y también ella se queda mirando un instante al calendario. La joven desnuda y arrogante del año ochenta y uno la mira a través de una pestañas empastadas de rímel y de una capa de grasa de motor asmático. La mano de la mujer, con las llaves colgando, queda a medio camino, y una palabra que no llega a pronunciar se apaga en sus labios. 

Es sólo un momento. En seguida recupera la compostura, acaba su frase, entrega el llavero y acuerda cita para la vuelta. Dos días, como mucho, pero llame mañana por la tarde, a última hora, a ver si lo tenemos listo.

El mecánico vuelve lo ojos de nuevo hacia la foto, ahora que ha conseguido deshacerse de la molestia. La clienta se sabe ignorada, pero no le importa y se gira para salir del taller. 

Una inspiración profunda y unos pasos seguros. Vuelve la cabeza una vez más para fijar en su retina la imagen de esa mujer hermosa pese a su vulgaridad. Luego endereza los hombros y con una expresión distinta, que por un momento borra las arrugas y las cicatrices de su rostro, sale a la calle. 

También ella va siempre a ese taller por ver a la chica del calendario. Para asegurarse de que no la han cambiado por otra.

El día que la quiten, cambiará de taller.

 

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La verdad sobre el Muro

Todo el mundo cree que fue en noviembre del año ochenta y nueve, después de que Gorbachov intentara, con su Perestroika, reflotar un sistema que se había ido vaciando lentamente de fuerzas y perspectivas. Lo que sucedió entonces es de sobra sabido: la apertura trajo consigo el derrumbe del bloque comunista y, en cadena, fueron barridos uno tras otro los gobiernos de nuestras naciones aliadas, incapaces de resistir los destellos de neón y el olor a hamburguesa procedentes de las avenidas comerciales de Occidente. El certificado oficial de defunción fue la caída del Muro de Berlín y el entierro de nuestro proyecto se consumó con el humillante desfile de antorchas con que nos despidieron de esa ciudad unos meses más tarde.

Lo que casi nadie sabe es que muchos años antes yo mismo vi caer el Muro, y supe casi a ciencia cierta lo que pasaría más tarde. Lo de las antorchas era imprevisible, pero lo otro lo vi venir, se lo aseguro; y podría demostrarlo si fuese necesario, porque en Moscú, en alguna parte, está el informe que envié sobre el asunto a mis superiores del KGB. Por mucho que digan lo contrario, estoy seguro de que el informe sigue existiendo: en Rusia quemamos los archivos, pero sólo después de hacer dos copias de todo. Sólo falta que alguien decida sacar a la luz ese legajo concreto y entonces se reconocerá mi visión de futuro.

Fue muchos años antes del ochenta y nueve. Antes incluso de que Reagan fuera presidente e inventase la Guerra de las Galaxias para llevarnos a la quiebra, y antes también de que hicieran Papa a aquel polaco integrista que lanzó su carcoma de bendiciones y sotanas sobre nuestras masas obreras.

Fue en el año setenta y cuatro, cuando en Occidente intentaban aún salir de la escasez de petróleo y del desastre que produjo en su sistema productivo el aumento de precio del crudo. Después de su enésima guerra con Israel, y viendo que Occidente les había dado una vez más la espalda, los árabes decidieron cerrar el grifo y pusieron al capitalismo contra las cuerdas, al menos durante unos cuantos meses.

En el bloque socialista las necesidades eran mucho menores y capeamos bastante mejor que ellos aquel temporal, echando mano de nuestras propias reservas y de unas cuantas alianzas ventajosas: al fin y al cabo no éramos nosotros los que armábamos a los israelíes ni los que vetábamos cualquier resolución que la ONU propusiera contra ellos, así que los árabes nos trataron mejor.

En aquel momento, con el capitalismo sediento de su sangre negra, teníamos una oportunidad inmejorable de volver a ponernos por delante, y los esfuerzos para conseguirlo, tanto materiales como ideológicos, se redoblaron en todos los frentes. Era nuestra gran ocasión y no podíamos desperdiciarla.

A mí me habían destinado a Berlín un par de años antes y no hacía mucho que habíamos logrado uno de nuestros mejores éxitos: obligar a dimitir al mismísimo canciller federal, Willy Brandt, después de que se descubriese que su secretario personal era un espía de nuestro bando. Para nosotros fue un golpe duro perder un topo de tanta categoría, pero no tan duro como para ellos lo fue encontrarlo.

En aquellas fechas se vivía en la República Democrática Alemana cierto ambiente de euforia por haber conseguido semejante éxito en el constante enfrentamiento con los arrogantes vecinos capitalistas, siempre empeñados en comparar nuestra austeridad con su supuesto milagro económico. La de los alemanes del Este era una victoria de la inteligencia sobre el dinero y eso, en cualquier época y lugar, siempre produce una satisfacción especial. 

El ambiente había mejorado tanto que, en aquellos meses, fueron muchos menos los que intentaron cruzar el Muro para huir al otro lado, y hasta acudían más ciudadanos a las concentraciones y actos oficiales. Las banderas rojas de la Alexanderplatz flameaban más rojas que nunca, y hasta parecía que por fin se iban a cumplir fácilmente las cuotas de producción del último plan quinquenal. La moral de la gente se había elevado, y con la moral, la esperanza y la determinación de sacar adelante un país que prosperase basándose en un ideas distintas de lucro y beneficio. Después de veinticinco años de machacar sobre la misma idea, por fin empezábamos a conseguir que la gente comprendiese que lo que verdaderamente une y construye una nación es un proyecto de futuro y no un pasado compartido, una ideología y un modo de vivir, y no la nostalgia rancia. Yo siempre lo decía en las clases de marxismo que impartía en la academia militar: si el pasado fuese más importante en nuestras vidas que el futuro, nos casaríamos con nuestra madre en lugar de con la hija del vecino o con la compañera de trabajo.

Las cosas fueron bien durante todo el año, y en julio comenzó el mundial de fútbol, lo que podía ser una nueva ocasión, muy importante, para consolidar nuestro bloque. Dos años antes había tenido lugar el rotundo fracaso de los Juegos Olímpicos de Munich, con la muerte, televisada en directo, de medio equipo olímpico israelí y cualquier imagen de unidad, por comparación con aquella, iría en favor nuestro. 

Tanto Rusia como Alemania Federal se habían clasificado para la fase final, y las dos selecciones resolvieron su primera ronda de enfrentamientos cumpliendo los tópicos, que ya por entonces eran los mismos de hoy: Rusia jugando bien y ganando a duras penas, y Alemania Federal jugando bronco y feo, pero ganando todos los partidos. 

Lo mejor, para nosotros, de aquella primera fase fue que en el sorteo le tocó jugar a Alemania Federal contra la República Democrática, y pudimos ver cómo en las calles y en todos los lugares de reunión la gente apoyaba sin reservas ni medias tintas a su selección. Temíamos que un enfrentamiento entre las dos alemanias enfriase el ambiente combativo y permitiera avanzar posiciones a cierta indiferencia, de origen nacionalista y nostálgico. De suceder tal cosa, tendríamos que pensar que no habíamos progresado lo suficiente en el adoctrinamiento ideológico, pero no sucedió tal cosa: cuando en el minuto treinta y dos del segundo tiempo marcó Sparwasser para la República Democrática, toda Alemania Oriental coreó el tanto y agitó sus banderas revolucionarias.

El mundial continuó su curso y en la siguiente ronda debía enfrentarse la Republica Federal contra Rusia y la República Democrática con Brasil.

El Partido Comunista puso todo el énfasis en que aquel era un nuevo enfrentamiento entre los dos bloques, entre dos maneras de pensar, de construir el mundo, y de interpretar la existencia. Ellos jugaban por dinero y los nuestros por ideales. Ellos utilizaban el mundial como un escaparate para hacer subir sus fichas y los nuestros para traer a casa un trofeo que se uniese a los otros muchos logros del proletariado. 

No se escatimó ningún esfuerzo en propagar aquella idea: hubo discursos, consignas, e incluso algún intercambio de puyas entre la prensa de las dos mitades de Berlín hasta poco antes de que comenzase el partido. 

Aquel día me hubiese gustado poder sentarme ante el televisor, con una buena botella de vodka, para animar a los míos, pero alguien tenía que hacer el servicio callejero de control y vigilancia y me tocó a mí junto a Yuri Lesniakov. El mismo Lesniakov que hoy es diputado en Moscú y consejero de una empresa exportadora de gas.

Salimos a regañadientes del cuartel y, cuando nos habíamos alejado lo suficiente, saqué del bolsillo lo que entonces era un pequeño tesoro: una radio portátil que le habíamos incautado a un profesor sueco demasiado interesado en nuestras instalaciones ferroviarias, aunque no tanto como para crear un conflicto diplomático con su arresto.

El partido empezó bien para los nuestros. En los primeros veinte minutos chutamos cinco a veces a puerta y sólo la pericia de Maier, el portero de Alemania Federal, evitó que nos pusiéramos por delante en el marcador. Poco antes de que terminase el primer tiempo ellos avisaron con uno de sus chuts desde treinta metros, que se estrelló contra el larguero, y menos de un minuto después el equipo ruso estuvo de nuevo a punto de marcar con un cabezazo de Konkov que se marchó fuera por muy poco.

El segundo tiempo fue más igualado, tanto en juego como en ocasiones. Los minutos pasaban y todos temíamos que hubiese que llegar a la prórroga. Los nuestros defendían duro y los alemanes federales se lanzaban al ataque cada vez con más atrevimiento. 

Entonces, en el minuto setenta y nueve, a once para el final, Beckenbauer dio un pase de arquitecto a Müller, que ejecutó sin piedad a nuestro portero Rudakov.

Y todo Berlín Este coreó GOOOOOOOOOOOOOOL a voz en grito. La gente se había reunido en los pisos que tenían televisor, y como el calor apretaba había muchas ventanas abiertas, las suficientes para que el jolgorio se escuchara claramente desde la calle.

La celebración duró poco, pero fue suficiente para nosotros. 

—Son unos cabrones —dijo Yuri únicamente.

—La madre que los parió... —recuerdo que contesté.

Aquel día nos convencimos de que el Muro era inútil. Después, quince años más tarde, vino todo lo demás.

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¡Ya vienen!

Baris Greenhouse estaba agachado en la acera de Keizersgracht, una de esas encantadoras calles de Amsterdam junto a un canal fluvial, recogiendo las caquitas de su pequeño perrito. Le parecía fascinante lo que había avanzado la ingeniería genética. Las bolitas de caca estaban recubiertas de una capa plástica con olor a lavanda que habían sintetizado las tripitas del pequeño Jamsie. Le dio una pequeña arcada solo de pensar lo que tenían que hacer antiguamente los ciudadanos que querían tener perro. Los cívicos, claro, los ciudadanos incívicos seguramente mirarían a otro lado y dejarían ahí esa cosa asquerosa, como la señora van Dijck cuando el carrito de su bebé empezaba a oler mal. Pero antes los carritos no tenían limpiador automático. ¡Qué asco!¡Hay que ver cuánto hemos avanzado! Baris tenía una mente privilegiada; donde otro cualquiera estaría pensando en dónde estaba la papelera más cercana, él, a pesar de vivir en una ciudad prácticamente llana, estaba ahí agachado preguntándose si no sería un problema la forma esférica de las bolsitas de caca en otros lugares. Terminó de recoger la última bolita y, todavía agachado, se estaba preguntando ahora si alguna vez podrían hacer el mismo truco genético de las bolsitas de heces con los bebés, cuando el pequeño Jamsie empezó a avergonzarle otra vez, gruñendo y ladrando a una nube como un pequeño diablo. Solo que no era una nube lo que tapaba el sol. Era una cosa enorme, gris, plana y horizontal que cubría el cielo hasta donde alcanzaba la vista. Al girarse asustado, Baris dejó caer sin querer las cuatro bolitas de plástico rellenas de desechos, y se sentó con las palmas de las manos en el suelo por detrás de la espalda. En esa posición, recibió el mensaje.

¡Baris Greenhouse! —resonó una voz solemne en toda la ciudad. 

Le sonaba mucho esa voz. No sabía de qué. ¿Era de alguien conocido? No, era de alguien de internet. ¿Un influencer? No, era algo como de un dibujo animado. Sí, de esas películas antiguas. Lo tenía en la punta del encéfalo… y entonces esa cosa plana y enorme le ayudó. Como si fuera una gigantesca pantalla de cine, en el cielo aparecieron dibujadas unas amenazadoras nubes azules que se acercaban dejando entrever tras de sí las estrellas del firmamento infinito. Las nubes se reconfiguraron y una figura imponente y respetable se formó. ¡Eso era!¡Mufasa! 

¡Baris Greenhouse! —repitió la voz, haciendo temblar el mismo suelo.

—¿Qué?…¿Quién?… ¿Es a mí? —consiguió articular.

¡Pues claro que es a ti, estúpido! ¡Venimos a avisaros de que ya estamos aquí, pero ya nos vamos!

—¿Qué?…¿Cómo?…Pero…¿Sois dibujos animados?

¡No, imbécil!¡Elegimos esta imagen porque es la que más respeto ha infundido por igual a las más variadas culturas de vuestro planeta!¡Somos los que vinieron del espacio!

—Ah vale. Entonces os habéis equivocado. 

¡¿Cómo osas?!

—No, no, si es algo normal. No es la primera vez que me pasa. Ya casi estoy acostumbrado a estos malentendidos. Verás, el que buscáis es el director general de la ONU. Resulta que se llama igual que yo. Me llegan cartas y esas cosas. Hasta hay un camión de helados en la puerta de mi casa que arranca y se va a toda prisa cada vez que me acerco a pedir uno.

—Te dije que ese no era, Glonas, que con ese chuchillo que tiene no podía ser el hombre más importante del planeta.

Al oír eso, Baris enrojeció, enfurecido, y se levantó alzando el puño.

—¡Oiga!¡Que le he oído! Qué clase de vecinos sois, insultando a las mascotas de los demás. Son personitas y tienen su cora…

Un delgado rayo recto y blanco cayó perpendicular desde la nave e hizo desaparecer a Baris. Ahora había cinco, y no cuatro, bolitas de plástico rellenas de residuos orgánicos en el suelo. El pequeño Jamsie, al que ya se le habían pasado las ínfulas hacía un rato, aprovechó que nadie agarraba su correa para hacerle una visita a las ruedas del carrito de la señora van Dijck. Con un poco de suerte, al llegar a casa la pequeña caniche de la señora van Dijck recibiría el mensaje al oler su orín: “Hoy he salvado a mi dueño de un león gigante. Imagínate como serían nuestros cachorros si me dejaras… ya sabes.”

#

Baris Greenhouse —el otro Baris Greenhouse, el importante— no sabía la que se le venía encima mientras estaba en el jardín de su casa, lanzándole una y otra vez un palo del tamaño de un fémur a su perro. Era en esas tranquilas noches en compañía de su fiel Thor cuando ponía en orden sus pensamientos. Y tenía muchos pensamientos que ordenar. No tenía claro donde poner el “China y Estados Unidos son como dos niños peleándose por ver quién entra antes al cuarto de baño”. Quizá entre “no cierres el pestillo” y “por lo menos usa la escobilla”. No, esos era para Tim y Elisa. Ya estaba mezclando la vida familiar con la laboral. Daba igual, últimamente estaba amontonando toda la geopolítica internacional en el ala “total para qué”. En su mansión de la memoria, cada vez había menos sitio para niñerías. Las únicas alas de la mansión que importaban estaban etiquetadas como “¿Qué son?”, “¿Para qué han venido?”, “¿Por qué no nos hablan?”, “¿Qué van a hacer con todos los recursos que están minando?” “¿Harán lo mismo con la Tierra que con el resto del Sistema Solar?” y “¿Qué podemos hacer para que nos hagan caso?”.

Las respuestas que más razonables le parecían hasta el momento eran: “Una avanzadilla robótica de una especie extraterrestre”, “de momento, parece que acumular recursos”, “los robots no estaban pensados para hablar con nosotros”, “harán con los recursos lo que les dé la gana”, “ya lo veremos cuando acaben con Marte, pero por lo que han ido haciendo desde Plutón hasta aquí no tiene buena pinta, pero total no podremos hacer nada para evitarlo” y… “mierda, para eso pagamos a los científicos, para que les digan que paren”. Sorprendentemente, la última pregunta no era la única de la que tenía la respuesta correcta. 

Se suponía que su trabajo no era ese, sino mantener el orden en el parvulario que era la Tierra; evitar que los niños se pegaran, educarlos y hacer de ellos unos buenos ciudadanos para cuando maduraran. Pero como nadie le contestaba a ninguna de las preguntas importantes que llenaban su mansión de la memoria, no podía cerrarlas, olvidarlas, y abrir alas nuevas para las tonterías del presidente o dictador de turno. Para cuando maduraran seguramente no quedaría nada.

Lanzó el palo una vez más hacia la luna, y de repente, desapareció. La luna. El palo no, porque lo oyó caer al poco rato. Baris Greenhouse, desconcertado, miró al cielo, que parecía ahora una gris sábana de hotel. Ni una arruga, ni una estrella. Había llegado el momento.

—Paso del rollo ese de Mufasa, ponle un protector de pantalla— se escuchó desde lo alto.

Justo encima de él, apareció, radiante e imponente, el enorme ojo de Saurón.

¡Baris Greenhouse! —resonó como un trueno en mitad de la noche.

—En serio, que paso de tus historias —Otra voz interrumpió. Sonaba igual de alto, pero tenía mucho menos reverb—. Mira, terrícola, que ya estamos aquí, pero que nos vamos. Nos pasamos por Venus y Mercurio y os dejamos. La Tierra y la Luna son todas vuestras. 

—¿Esto es una broma? —preguntó Baris.

—¿Qué? Nada, si te parece una broma seguimos con el plan inicial. Si al final va a tener razón Glonas.

—No, no, perdona… perdone, señor oscuro. 

¡Ja, Ja, Ja! —resonó una carcajada de la otra voz.

—Bueno, que nos vamos. Le dejo un regalo. Adios.

—Espere, espere, ¡por favor!

—Buf, venga, que ya vamos con retraso y seguro que nos quitan del sueldo lo que falta de este planeta.

Te quitan —resonó otra vez.

—Glonas, apaga el reverb, por lo que más quieras.

—Está bien, seré breve —dijo Baris Greenhouse—. Si no es molestia, por favor, respóndanme a algunas preguntas. Para empezar ¿Por qué no han hablado con nosotros antes?

—¿En serio? Le he dicho que no estoy para perder el tiempo. No hemos hablado hasta ahora porque no nos ha dado la gana.

—Bueno pues… A ver, ¿serían tan amables de dejarnos algo de su sabiduría?¿Como una enciclopedia o algo así?

—Ese es el regalo que le voy a dejar, ¿algo más?

—Eee… El Sol.

—¿Qué pasa con el Sol?

—Que si se lo van a llevar. Ha dicho que nos dejan la Tierra y la Luna, pero no ha dicho nada del Sol.

—Sólo nos llevaremos un trozo. No se preocupe. Les pegaremos un empujoncito para que sigan en la zona habitable.

—Pero… —Le salió la vena de director general de la ONU—: ¿No les parece un poco injusto llevarse todos los recursos del Sistema Solar y dejarnos sólo con la Tierra y la Luna? 

—¡¿Cómo?!¡¿Injusto?!

—Déjame a mí, dejame a mí. Se van a enterar todos. Esto se va a escuchar en todo el planeta —Glonas volvió a encender el reverb, y esta vez su voz transmitió a todos los seres inteligentes de la Tierra, en diferentes idiomas, graznidos y olores—: Terrícolas, los recursos del Sistema Solar no les servirán de nada, pues su tiempo se acaba. Venimos aquí huyendo de una especie superior, una especie depredadora que arrasa todo cuando encuentra y elimina toda vida a su paso. Una especie imparable y aterradora, hasta para nosotros. Sin más, nos despedimos ¡Ya vienen!

Y sin más, se fueron. Baris Greenhouse, cabizbajo, llamó a su perro para volver a casa, no sin antes recoger sus bolas de caca. Aquello era el fin. Estaba casi seguro de que lo que dijo el último alienígena no era cierto. Parecía estar gastándoles algún tipo de broma macabra. Pero dijera lo que dijera, no le creerían. Se desataría el caos. Y aunque realmente viniera el fin del mundo, se habrían matado unos a otros antes de que llegara. Menudos abusones interestelares. Al menos podrían haberle dejado esa enciclopedia. Tiró las bolitas al contenedor. No lo vio, pero allí en el fondo, entre bolsas de basura, pañales y otras bolitas de caca, una de las que él acababa de tirar era más pequeña que las demás y brillaba con una luz tenue. En la cara interior de la tapa del contenedor, proyectaba en pequeñas letras verdes: “Enciclopedia galáctica. Apriete para continuar.” Ignorando que acababa de tirar a la basura el objeto más valioso de la historia de la humanidad, Baris Greenhouse cerró la tapa y se fue a casa.

#

—¿Crees que se lo tragarán? —preguntó Glonas.

—Visto lo visto, seguro. Pero como se enteren en la central, te comes tú el marrón. No sé por qué te hace tanta gracia jugar con las especies primitivas.

—Es que nunca he tenido un trabajo más aburrido que este. Recolecta los recursos y vuelve a casa. Si encuentras alguna especie inteligente nueva, deja la enciclopedia a modo de compensación. Pero no hables con ellos más de lo necesario. Y bajo ningún concepto te hagas pasar por su dios. Vaya rollo.

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Escenarios de terror

Las vacaciones de un hombre solo pueden ser largos periodos de aburrimiento tumbado en una playa, junto a un libro que te gusta pero ya has leído, o junto a una mujer que te gusta, pero que ya te lo dijo todo, o junto a un libro nuevo que te aburre, o una mujer, o un grupo de amistades de igual tipo y categoría que ese libro nuevo: sin nada capaz de despertar realmente tu interés.

Me dirán, por supuesto, que eso no tiene por qué ser así, pero lo dirán, sin duda, porque no se han fijado en el inicio: dije las vacaciones de un hombre solo, y ser un hombre solo es un estado de ánimo que califica y prejuzga los libros, las mujeres y los amigos.

Otra opción para esas vacaciones es irse lejos. He probado con Malasia, Tasmania, África del Sur y Usuhaia, pero nada está lo bastante lejos como para dejar de encontrarse las mismas actitudes, e incluso las mismas marcas de refresco y de cerveza. 

Al final, nada ha resultado estar tan lejos como los sitios donde no te encuentra nadie: los páramos del interior, por ejemplo, lugares de atractivo difícil, plagados de moscas, y con un calor de mil demonios.

Allí me fui este año, aprovechando las mañanas para dormir, las tardes para hacer largas excursiones de hasta trescientos kilómetros por carreteras comarcales y las noches para hacer crucigramas, escribir poesías hediondas o ver cine checo subtitulado en finlandés.

En una de esas excursiones, por causa de un pinchazo, me detuve junto a un pinar. No me había encontrado en toda la tarde más que con uno o dos coches y me hizo gracia, esa gracia sardónica que sólo sabemos disfrutar algunos, pensar que si no arreglaba la rueda tendría que caminar a oscuras veinte o treinta kilómetros hasta llegar al primer lugar habitado, porque por allí no pasaba nadie desde hacía semanas.

Bajo un sol de fundición saqué las herramientas, me tiré en la parrilla ardiente del asfalto y recuperé la rueda de repuesto. Luego, chorreando en sudor, conseguí ponerla en lugar de la que se había pinchado. La operación duró solamente veinte minutos, pero supe enseguida que, a mi edad, tardaría un par de días en recuperarme del todo de aquel sofocón.

Iba a reemprender camino pero me di cuenta de que veía puntitos negros delante de mi y me pareció más prudente descansar un rato en el pinar.

Allí vi de pronto un cartel acribillado de óxido que rezaba, rezaba sí, casi de rodillas, que no se encendiera fuego en el monte. Aquel cartel me hizo salir de mi abulia, y enseguida miré a mi alrededor en busca de un piedra negra, una enorme laja de pizarra. La encontré enseguida.

Luego me levanté y busqué un viejo tocón de roble, con el corazón carcomido por los años y lo encontré un poco más allá.

Asustado, busqué entre los pinos tu nombre, y tu cintura, y las huellas de tus sandalias, y una risa cantarina pronunciando unas palabras que prometían postre de besos, y el insinuante ondular de un vestido azul.

Los busqué como loco, por todas partes, pero no los puede encontrar.

Por eso volví corriendo al coche y huí a toda prisa de aquel escenario de horror, porque nada hay más siniestro que regresar a los lugares que fueron testigos de un instante de perfección.

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Cien siglos para encontrar a su amor

—Esta planta es la de los deportistas de élite. Conocerá el caso de Emir Abadi; él ha sido el primero en ser despertado, pero ya confían en nuestros sistemas criónicos varias decenas de atletas. Principalmente estrellas en sus últimos años, esperando un buen contrato. Habitualmente, a las dos o tres décadas de dejar el deporte, vuelven a revalorizarse.

—Como aquel rapero blanco.

—Exacto, también los actores y las estrellas de la música son algunos de nuestros grandes clientes. Están en la planta superior. Subamos. Por aquí. Cuando su discográfica no les pone en las listas en el lugar que esperaban, o les abandona la musa, o no les dan papeles de relevancia…

—O descubren que les falta algo más importante en su vida, como Eva Moon.

—Bueno, el caso de Eva Moon y sus Cien siglos para encontrar a su amor es excepcional. La mayoría lo que necesitan es darle un descanso a su carrera, y reaparecer a las pocas décadas, cuando los jóvenes que disfrutaron de sus actuaciones o sus canciones ya son gente madura y con un mayor poder adquisitivo. Generalmente el movimiento les sale más que rentable. De lo contrario lo único que suelen perder es tiempo, para pagarnos les suele bastar con las rentas de sus propiedades y derechos.

Y si por alguna razón no se llega a cumplir alguna de sus condiciones de despertar, que habitualmente son ofertas generosas por parte de discográficas o productoras audiovisuales, sus contratos tienen el habitual límite de mil años, momento en el cual debe despertarse y decidir si quiere renovar. Aunque la mayoría de estos clientes lo acorta; si no lo consiguen en unas décadas es raro que vuelvan al candelero.

Para nosotros es irrelevante si están más o menos tiempo en las cámaras criónicas, el modelo de negocio está diseñado de forma que no nos influya esto, para evitar conflicto de intereses. Por ejemplo, destruir las cámaras una vez usadas no es la forma más eficiente de operar, pero inspira confianza. Sin duda alguna, que Lorca se crionizara por diez mil años justo en el momento más álgido de su carrera fue la mejor muestra de confianza.

—Ha sido toda una inspiración para mi generación, desde luego. A mí me ganó cuando explotó el primer asteroide, iniciando la carrera de la minería espacial. Pero supongo que a la mayoría le cayó en gracia cuando comercializó a precio de costo el aparato contra el Alzheimer.

—También el de la diabetes, el antiinfartos, el filtro alveolar, el vascular, todo a precio de coste, prácticamente gratuito. Pero hay que tener en cuenta que Lorca no es solo el mayor filántropo que haya conocido la humanidad. Fue pionero del modelo freemium en medicina. Cuanto más se implantara el producto, en sentido literal y figurado, si me permite el juego de palabras, más gente accedería a los servicios de pago. El verdadero cliente objetivo es siempre la gente sana. Curar el Alzheimer, los ictus, los infartos de miocardio, las enfermedades pulmonares y un largo etcétera, así como ahora con CrioLive permitir que cualquiera de forma gratuita pueda postergar su final, o sencillamente esperar a que pueda ser evitado, no es más que un maravilloso efecto secundario, a la vez que el mejor reclamo, de la mayor estrategia de adopción comercial de la historia. Lorca es el mayor genio de los negocios que haya pisado la Tierra.

—Y Marte.

—Y Marte, claro—contestó sonriendo—. Anunciar su crionización cuando pisó el planeta rojo fue una jugada maestra. Usted mismo llevará implantado alguno de sus productos.

—El paquete completo de salud integrada, de hecho. Y el potenciador neural.

—Eso último explica que tenga interés en invertir, los usuarios de NeuralPower tenemos buen ojo para las finanzas. Fui director de operaciones del proyecto, ¿sabe? Aunque, no se ofenda, no es que haga falta el potenciador para darse cuenta de que ésta es una oportunidad única. Lo que hace falta es una billetera tan abultada como la nuestra —le guiñó el ojo.

—No se precipite. Tengo algunas preguntas que hacerle antes de abrir esa billetera.

—Usted dirá, por mi parte el tour ha terminado. Ya ha visto que la tecnología es sencilla y segura, y que la mayor parte de las instalaciones en superficie se dedican a las salas de despertar, rehabilitación y superación del criolag, que es nuestro negocio actual.

—Sí, esa es mi primera pregunta. He comprobado las cuentas y sigue sin convencerme que esa sea la principal fuente de ingresos de CrioLive.

—Tiene razón. No lo es. Es la principal fuente de ingresos por servicios prestados.

—¿Quiere decir que los inversores, como podría ser yo, por ejemplo, son los que realmente hacen que este negocio sea rentable?

—El proyecto ya está financiado para los próximos mil años. No buscamos la rentabilidad por ahora. Sólo adopción. Ahora mismo llegamos en torno al 7% de la población mundial. Queremos el 100%. O el 99%, siempre habrá quien prefiera morir.

—¿Entonces se trata de otra estrategia freemium?

—No puedo entrar en detalles porque los contratos con los clientes de CrioLive son confidenciales. Por eso no le dimos las cifras. Pero déjeme que le haga una pregunta, de las pocas enfermedades que quedan, esas que hacen que la gente decida meterse en una cámara criónica, ¿qué empresa cree que encontrará la cura?¿Si le ofrecieran dormirle para despertarle cuando se descubriera esa cura, cuánto estaría dispuesto a pagar?

—Entiendo. Es una apuesta fuerte. A largo plazo.

—Como la que usted ya ha hecho. Por eso solo la ofrecemos a nuestros clientes de larga duración. Tengo entendido que la semana que viene inicia usted su sueño y despertará como mínimo en unos cien años.

—Si Eva Moon me elige como primer intento. Si no, hasta el siglo en que ella me elija. O a los mil años para renovar. O Dios no lo quiera, si ella fallece.

—Entiendo. Es usted un romántico.

—Me siento identificado con ella. Cuando despierte y descubra que la he seguido a través del tiempo, comprenderá que no soy uno más.

—Ciertamente —dijo desviando la mirada.

—Claro, entenderá que si estoy dispuesto a renunciar a mi vida por cien o hasta diez mil años, hasta que me elija, merece la pena conocerme.

—Aham. Respecto a la inversión…

—Y no me interesa la fama. Me interesa ella.

—Como a todos. Entonces le interesa invertir en…

—¿Cómo ha dicho?

—Que si le interesa invertir en la empresa. Va a estar con nosotros al menos cien años.

—No, no. Acaba de decir “como a todos”.

—Bueno, que a todos nos encanta Eva Moon.

—Pero yo le dije que no me interesa la fama, sino ella. ¿Ese “como a todos” a qué ha venido?

—Es sólo que…

—No soy el primero, ¿verdad?

—Ya sabe que los contratos son confidenciales.

—¿Cuántos han firmado un contrato como el mío?

—Como digo, no puedo darle cifras.

—O sea, que hay “cifras” que dar.

—No quiero desanimarle. Romper el contrato ahora sería muy costoso para usted, pero, ¿me permite serle sincero?

—Es precisamente lo que estoy esperando.

—No estoy de acuerdo en ciertos aspectos de la política comercial de la empresa; y creo que necesitan más información y más tiempo de reflexión antes de firmar sus contratos. Es ridículo que antes de que decidiera meterse en una cámara criónica no le hayan dicho si tenemos ahí abajo a más personas esperando a que uno de estos siglos Eva Moon les elija. Pensaba que al visitar la planta de las estrellas y explicarle el funcionamiento de la empresa entendería para quién trabaja Eva Moon y por qué.

—¿Me está diciendo que es todo un montaje?¿Que su obra es sólo un anuncio muy elaborado de CrioLive?¿Que Eva Moon es una farsante y lo hace solo por dinero?

—Yo no he dicho eso. En mi opinión hay mil y una razones para usar los servicios de CrioLive, pero esto…

—Esto es de chiflados, ¿verdad? No entiende cómo alguien puede hacer una cosa así por amor.

—Por amor sí lo entendería.

—Claro, es usted un hombre casado. El único amor que entiende es el que tiene por su familia. A los casados se os ha olvidado ya lo que erais capaces de hacer para alcanzar ese amor que ahora tenéis. Claro que lo hago por amor. Por el amor que no tengo. De modo que tráteme como lo que soy, alguien que anhela estar completo. Alguien que busca el amor. Y sí, me encantaría que ese amor fuera Eva Moon, y no pierdo nada por esperar cien o diez mil años. Mi mujer y mis hijos no me esperan en casa. Así que no me trate como a un estúpido que no sabe lo que quiere.

—No le considero un estúpido. De hecho, hay algo que sí le puedo decir respecto al tema de Eva Moon. Es usted el primero que pregunta si es el primero.

—Pues más a mi favor, eso no deja muy bien al resto de pretendientes, ¿no cree? Acérqueme usted esa tableta, voy a firmar también por la inversión, y no se le ocurra poner en duda mi decisión cuando vea el ingreso. No es un error, ni el disparate de un loco. Lo que quiero invertir lleva exactamente ese número de ceros a la derecha. 

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Joia Vanidad I (de yonkis)

Mi padre era el encargado del turno de noche de una fábrica de harinas de pescado. Los dueños de la fábrica, supongo que por razones puramente políticas, ( sobres repletos de dinero bajo mano y esas cosas tan típicas de nuestra bizarra economía), decidieron construir otra fábrica en un pueblito de la costa del norte de España.

A mi viejo le ofrecieron, (bueno realmente fue un “lo tomas o lo dejas”) ser encargado del turno de día allí, para formar y controlar un poco a los nuevos empleados. Le daban bastante más plata y una pisito pagado en régimen de alquiler en el pueblito. Se lo dijeron en un mes de junio y a mediados de agosto, la familia Pelaez, hizo los bártulos y se largó para allí.

Yo tenía 12 años y dejaba atrás una novieta, con la que incluso planee escaparme al enterarme de que nos mudábamos de lugar, un montón de amigos y todos los recuerdos de mi vida.

Luego, la verdad, es que no todo fue tan dramático como pensaba, el inicio del curso escolar en un nuevo centro, con treinta (más o menos) nuevos compañeros resultó bastante mejor de lo que en un primer momento parecía. Yo era el niñato catalán de ciudad comenzando un nuevo curso en una escuela donde ya todos se conocían de toda la vida. Pero enseguida conecté con la gente y mi vida volvió a estabilizarse. Eso significa que tuve otra novieta y comencé a espaciar cada vez más las cartas de amor con la antigua novia de ciudad, si, con esa con la que nos habíamos jurado amor eterno. La vida a los 12 es mucho más sencilla y lógica.

En la clase, como en todas las clases, estaban representados todos los arquetipos: los lideres, las guapas, los pringados, las tímidas, los freakis. Bueno todos habéis ido alguna vez a la escuela y tenéis perfecto conocimiento de cómo funciona este mundo.

Hay compañeros de clase que están toda la vida a tu lado pero de los que tu nunca llegas a saber absolutamente nada, esos niños grises como difuminados que se sientan en las filas intermedias y de los que una vez que abandones el colegio olvidaras inmediatamente su nombre, su rostro y su voz.

Una de esas niñas, que ahora bautizaré como Beatriz, era conocida en mi clase por sus ausencias a la hora de pasar lista ( “Pérez, Beatriz” , “no ha venido señorita”). Era una niña tímida , que hablaba muy poco y que venía poco a clase, aunque sacaba buenas notas.

Un día de primavera el tutor de la clase nos dijo que tenía que comunicarnos una cosa muy importante. Nuestra compañera de clase, Beatriz, que ese día tampoco había venido, tenía una leucemia del copón y le quedaban algo así como tres meses de vida. Sus padres y ella misma habían decidido que sus compañeros supieran la noticia y el tiempo que le quedaba pretendía hacer vida normal.

Es muy difícil contaros que es lo que pasa en una clase de chavales de entre doce y trece años cuando te dicen que alguien de tu misma edad se va a morir en un suspiro.

Cuando a los dos días Beatriz se reincorporó a clase hubo de todo, muchos eran incapaces de mirarla a la cara, otros eran infinitamente amables y condescendientes con ella…

A mí, me fascinó la idea de que hubiera alguien de mi edad con la vida ya marcada, con una fecha de caducidad cierta y segura y sobre todo pensaba que a mí sólo me quedaban tres meses para intentar conocer a una persona de la que en los siete meses anteriores nada había sabido. Tal vez fuera una chica realmente interesante y no me quedaban más de tres meses para conocerla, compartir y aprender de ella.

Seguramente porque nunca la traté como la pobrecita Bea que se va a morir de un día para otro, me recibió muy bien. Nos hicimos realmente amigos, hablábamos muchísimo durante el recreo y los días que no venía escuela me pasaba por su casa y si su madre me daba permiso, los días que no estaba muy pocha, nos encerrábamos en su habitación y se nos pasaba la tarde sin darnos cuenta.

Mi novia del cole, de la que ya ni recuerdo el nombre, acabo enfadada conmigo y enrollándose con mi mejor amigo de la clase, cosa que no me importó en absoluto y además me sirvió para darme cuenta de la relatividad de ese sentimiento tan extraño que llamamos amor.

Un día en la habitación de Bea, habían pasado dos meses desde que nos reunieron en el cole para comunicarnos su enfermedad, estábamos enfrascados en una conversación que ahora ya no recuerdo, pero seguro que era divertida e interesante, ya que Bea era una de las personas más ingeniosas e inteligentes que he conocido nunca, cuando ella me dijo que nunca le había besado nadie y que “se moriría por un beso mio”.

Yo que era, y continuo siendo un gilipollas y siempre tengo la necesidad de soltar el comentario gracioso (joia ironía!!) le contesté un “paso de competir con la leucemia, yo te beso pero mejor que te mate ella” lo que provocó que a ambos nos diera un ataque de pura risa. A Bea le entró la tos de tanto reirse y su madre preocupada apareció en la habitación y nos dijo que era mejor dejar por ese día la conversación.

Los tres siguientes días no me dejaron entrar a verla. Al cuarto murió.

Cuando fui al velatorio no tenía la idea preconcebida de besarla, pero cuando la vi, tan guapa y serena dentro de su ataúd blanco supe que quería y tenía que hacerlo. Se que fui a tocarla como el resto de la gente (en España se toca mucho a los muertos) pero me descubrí presionándole las mejillas con mi mano para levantarle la barbilla y besarla largamente en los labios*.

Recuerdo que la gente gritó y que alguien me soltó una soberana ostia por la espalda y que me sacaron a empujones de la sala del velatorio.

Recuerdo también que mi padre, por la tarde cuando volvió de la fábrica llevaba los ojos inyectados en sangre y me dio la primera y única paliza de mi vida.

Recuerdo también como a mi vuelta al colegio nadie me hablaba y todos me evitaban. Se que también a mis padres y hermanos les hicieron el vacío en el pueblo.

En julio, mi padre, pidió el traslado, por motivos personales a su antigua fábrica y los dueños se lo concedieron inmediatamente.

Volví a mi ciudad, a mi vida anterior, mi familia nunca ha hablado del tema, es un gran tabú, y si alguien preguntaba porque nos volvimos ofrecian los más peregrinos motivos.

Al final parece que aquello no llegó a ocurrir nunca, pero lo cierto es que sucedió y lo que es todavía más cierto es que nunca me he arrepentido por besarla.

Estoy absolutamente seguro de que a ella le encantó ese beso y de que si al final no nos acabamos cuando nos morimos me estará esperando para devolvérmelo.

PD: El párrafo original estaba escrito así: "Cuando fui al velatorio no tenía la idea preconcebida de besarla, pero cuando la vi, tan guapa y serena dentro de su ataúd blanco supe que quería y tenía que hacerlo. Se que fui a tocarla como el resto de la gente (en España se toca mucho a los muertos) pero me descubrí presionándole las mejillas con mi mano para abrirle la boca e introduciendo mi lengua entre sus labios." . Sin duda es mucho más efectivo pero es que cuando lo escribí, este relato debe tener casi veinte años, no sabía que a los muertos les cosen la boca e incluso se la rellenan de algodón. Después, por desgracia, la experiencia me ha hecho saber muchas más cosas sobre los muertos. Gracias a todos los que habéis leido el relato.

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