RELATOS CORTOS
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¿Conocía a esta mujer?

Cuando alguien llama un domingo al portero automático y coges el telefonillo, lo primero que piensas es que algún desaprensivo ha aprovechado el festivo para repartir publicidad y hacerse unos cuartos extra a costa de la tranquilidad ajena, pero cuando abajo contestan que es la policía echas de menos al repartidor. 

Y no es que tenga yo cuentas pendientes con la justicia, ni razones para temer que vengan a detenerme, pero la policía, un domingo y a las nueve y media de la mañana, no suele venir a devolverte un décimo de lotería premiado que has perdido por la calle.

Abrí dócilmente la puerta y esperé a que subieran a mi piso. Eran dos agentes, uno de pelo blanco y el otro casi un chaval al que el uniforme le sentaba como un disfraz. El más viejo me saludó, me preguntó si era Gonzalo Pozuelo, y cuando respondí afirmativamente me alargó sin más preámbulos la fotografía de una mujer muerta con el rostro tumefacto y bastante desfigurado.

—¿La conoce? —me preguntó después de unos segundos.

—No. Creo que no —respondí devolviéndole la foto.

—Llevaba su nombre y su dirección en la cartera —explicó el más joven.

Yo me encogí de hombros. 

—Comprendan que así, en una fotografía como esa... —traté de justificarme.

El del pelo blanco parecía esperar esa respuesta, porque se agarró a ella de inmediato.

—Tenemos que pedirle que nos acompañe al depósito de cadáveres, por si pudiera identificar a la difunta.

Normalmente no hago planes para los domingos y dejo a la casualidad, al impulso, o a la llamada de un amigo la decisión definitiva sobre a dónde ir o qué hacer; ese sistema de permitir a lo inesperado operar por su cuenta me había dado buen resultado durante muchos años, pero aquel día lo inesperado se estaba pasando de la raya.

—No nos llevará mucho tiempo —trató de animarme el del pelo cano.

—Antes de las once estará usted de vuelta —reforzó el otro.

No era cuestión de hacerse de rogar; había que ir, y punto, así que comprobé con tres palmetazos por mi anatomía que llevaba las llaves, la cartera y las gafas, y baje en el ascensor con los dos agentes.

Me subí al coche patrulla con una sensación extraña, como si me llevasen detenido por algún delito que ni siquiera podía imaginar, igual que Joseph K, el del proceso de Kafka. Los dos policías no hablaban entre sí y el silencio acentuaba mi aprehensión, así que acabé preguntando qué le había pasado a la mujer.

—Apareció muerta en una boca de metro. En Cruz del Rayo —explicó el más joven—. Le dieron una paliza y luego la apuñalaron con un cuchillo o alguna otra arma blanca.

Entonces, de pronto, caí en la cuenta de que si la mujer llevaba encima mi nombre y mi dirección, muy bien podían considerarme sospechoso

—Oigan, ¿no pensarán que he sido yo? —pregunté alarmado.

El del pelo blanco se echó a reír.

—Puede estar tranquilo. De vez en cuando aparece alguna rajada y tirada por ahí. Son ajustes de cuentas. Rencores. Clientes borrachos. El mundo de la prostitución barata. Ya me entiende...

Yo no entendía en absoluto, pero asentí de todos modos.

—¿Y no saben nada de ella? —pregunté por seguir la conversación.

—Le llamaban Carmilla, pero era un nombre de guerra. Nadie sabe cómo se llamaba en realidad ni de dónde era, ni si tenía parientes. Nada. Cuando tenía algo de dinero dormía en una pensión por la zona de Tirso de Molina, y cuando no en la calle, en el metro o en algún cajero automático.

—Vaya panorama —lamenté yo con un suspiro.

—Mendicidad, prostitución, drogas.... sólo le faltaba meterse en política —remachó el policía sonriéndome con los ojos a través del espejo retrovisor.

Después de abandonar la parte más complicada de la ciudad conseguimos por fin acelerar. Los domingos por la mañana hay menos tráfico en Madrid que de costumbre, pero de todos modos tardamos al final más de media hora hasta el Instituto Anatómico Forense. El trayecto, aún así, no se dio mal: viajar en un coche patrulla no agiliza el tráfico ni te libra de los semáforos, pero por lo menos no te pita ni dios.

Bajé del coche y seguí a los dos policías, que fueron abriéndose camino en el edificio con la destreza del que ha recorrido demasiadas veces unos pasillos que ni a fuerza de claridad y de amplitud conseguían dejar de ser siniestros. 

De la sala donde tenían a la mujer sólo recuerdo las luces chillones, los brillos metálicos y el olor a alcohol y desinfectantes. Quizás olía también a tristeza, a silencio revenido, y mucho también a perplejidad, pero como todo el mundo sabe esos olores son casi imposibles de distinguir de los del formol y la lejía. La muerta estaba tapada con una sábana blanca y cuando estuve lo bastante cerca, un operario con bata verde descubrió su rostro.

—¿La conocía? —preguntó el policía del pelo blanco, con el mismo tono que había empleado cuando me enseñó la fotografía.

Yo traté de hacer coincidir sus rasgos con un catálogo difuso de amigos, conocidos, clientes y familiares lejanos, sin lograr encajarlos con ningún patrón. Después del interés inicial, el conjunto perdió consistencia y se fueron imponiendo poco a poco las heridas, los moratones, y el labio levantando mostrando los dientes desiguales y las encías enrojecidas. Dí un paso atrás.

—Me suena su cara. No la ubico, pero me suena —repuse en voz baja reprimiendo una náusea.

El policía más joven debía ser de mi misma opinión, porque se mantuvo prudentemente al margen, mirando al cadáver sólo con vistazos breves. Para simular que hacía algo sacó una libreta del bolsillo y apuntó algo; estaba al otro lado de la camilla, pero adiviné que escribía una tontería del tipo “dice que le suena, pero no la conoce”.

El operario de la bata verde descubrió entonces completamente el cadáver desnudo de la muerta.

—No es muy agradable, pero es necesario —trató de justificarse.

Yo respiré hondo y constaté que al menos la primera parte de la afirmación era cierta. El cuerpo de la mujer estaba lleno de golpes, y presentaba una herida larga y brillante en el abdomen por la que asomaba el tracto intestinal. También tenía una cicatriz en forma de media luna en el tobillo. 

Y entonces recordé.

Aquella cicatriz se la había hecho mi perro allá por el año ochenta, una tarde que vino a buscarme a la finca de mi padre. Era ella. Hacía treinta años que no la veía y por lo menos veinticinco que no preguntaba por ella a alguno de los escasos conocidos comunes a los que aún me encontraba de vez en cuando. Le había perdido la pista allá por el año noventa y tantos, cuando habló de marcharse un tiempo al extranjero a aprender idiomas.

Pero era ella.

Durante un tiempo nos vimos sólo durante los veranos, en Toledo, y luego, cuando yo me fui a Madrid empezamos a quedar varias veces a la semana, para jugar al tenis, para ir al cine, o para charlar simplemente delante de un café que yo siempre dejaba enfriar antes de darle el primer sorbo. Y no lo hacía sólo con el café, maldita sea.

Hubo algo. Hubo mucho entre nosotros. Café y tenis. Besos y silencio. Y lo que ninguno de los dos supo hacer perdurable.

—¿La conocía? —preguntó una vez más el policía canoso.

¿La conocía? Me pregunté yo. Se llamaba Pilar. Pilar Monzón. En ella, Monzón no era tanto un apellido como un perfecto adjetivo que la describía completamente. Creía con la misma vehemencia en las cuatro verdades sobre las que trazaba su rumbo y en las docenas de mentiras que sostenía a sabiendas de que lo eran. Arremetía por igual contra los obstáculos que se interponían en su camino y contra las manos que se le tendían ofreciendo una ayuda. Era libre, feroz y tierna. 

¿La conocía? No podía responder a eso. Con ella tenía la impresión de ser como aquel granjero que vivía al borde del Mississippi y que todas las tardes veía pasar por delante de su casa a la Ópera Flotante, un gran barco de vapor en el que se embarcaba la flor y nata de Nueva Orleans para cenar ostras y escuchar una ópera durante la travesía. En el barco se representaba siempre la misma ópera, y el granjero escuchaba cada día un fragmento cuando el barco ascendía río arriba y otro cuando el barco bajaba de regreso. ¿Podía decir el granjero que conocía aquella ópera?

No lo sé. A lo mejor conocer a alguien es eso: contemplar fragmentos. Tratar de unirlos. Inventar lo que falta. A lo mejor por eso me hice arqueólogo: para intentar con los papeles y las cerámicas lo que nunca conseguí con las personas.

—¿La conocía usted? —repitió el policía.

—Se llamaba Pilar Monzón y le pedí matrimonio hace treinta y dos años. Me dijo que no —respondí tratando de ser objetivo.

El hombre de la bata verde volvió a colocar la sábana sobre el cuerpo de Pilar con la diligencia satisfecha del marchante que acaba de adjudicar una importante pieza en una subasta. Sacó un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta, buscó la etiqueta en blanco atada al tobillo izquierdo y escribió “Pilar Monzón”, con letra inclinada.

—¿Sabe qué edad tenía? —me preguntó.

—Cumpliría sesenta y uno en abril.

Sesenta años, escribió.

Luego el policía del pelo blanco me dio las gracias y me preguntó si quería que me llevaran de nuevo a casa. Le dije que prefería tomar un rato el fresco y volví al ruido de la calle preguntándome por que ella guardaba aún mi dirección.

Y por vueltas que le dí, no conseguí encontrar una respuesta. Porque no la conocía: tan sólo sabía su nombre.

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Sus ojos verdes me obligan

Sus ojos verdes me obligan

Querido diario:

Hace mucho tiempo que no te escribo, acabo de mirar y hace ya un año de la última vez, entonces era un niño pequeño. Ya soy mayor y he aprendido que escribir en un diario es cosa de chicas, pero tengo que escribirte porque eres el único que me da consejo y sabe mi secreto. Necesito que me digas qué hacer, porque no quiero matar a mi hermano.

No te escribí cuando vi el brillo rojo en los ojos de la tía Cecilia cuando nos dijo que nos quería igual que a sus hijos de verdad. Ya soy mayor y sé que eso es normal. Nadie te quiere como tu papá y tu mamá.

Y no te he escrito durante un año porque sé que hay que ser fuerte y valiente. Hay que enfrentarse a los problemas de frente porque si no te conviertes en un fracasado y yo no quiero ser un fracasado. Ya he aprendido a no enfadarme con los demás niños de la escuela cuando me mienten. Todos lo hacen. Algunas veces con cosas importantes, pero casi siempre con tonterías. Creo que muchas veces no se dan ni cuenta, lo hacen sin querer. Algunas veces pienso que sería más fácil si no lo supiera por el brillo de sus ojos.

Me gustaría tener un espejo siempre delante de mí para saber si yo también miento sin querer algunas veces. A lo mejor le mentí a Miriam y por eso me mintió a mí cuando me dijo que quería ser mi novia para siempre jamás. Te he dicho que he aprendido a no enfadarme, pero ese día me enfadé mucho. Primero me puse muy triste, pero luego me enfadé. No le pegué porque no se le pega a las mujeres, pero hay que ser malvada para mentir en algo tan importante como eso. Pero hay muchos peces en el mar, como me dijo Sonia. 

Sonia es mi novia ahora. No te he hablado de ella, pero Sonia es la persona a la que menos veces le he visto el brillo rojo en los ojos. No es la más guapa de la clase, pero yo también llevo aparato. Ella casi nunca miente, y cuando lo hace es para ayudar a los demás. Estuve a punto de contarle nuestro secreto, ella me creería, como papá y mamá, pero un hombre tiene que cumplir sus promesas. Te prometí que no se lo contaría a nadie después de lo que pasó con el médico de la cabeza. Papá y mamá tenían razón, no se lo tenía que haber dicho a nadie, y menos a los titos.

Creo que por eso no te escrito todo este tiempo. Ahora a Sonia le puedo contar mis cosas, y lo del secreto lo llevo mejor. He tenido peleas con mi hermano pero no te escrito porque ya me da igual que se ría de mí o que me pegue. Él no sabe lo que es tener una novia como Sonia. Dice que tener solamente una novia es de mariquitas, que los hombres de verdad tienen varias novias, pero yo creo que eso es de niños chicos. Los mayores tienen solo una novia o un novio. Y si me gustaran los chicos (que no me gustan) tampoco pasaría nada. Además no me creo que él tenga tres novias, si solo sabe pegar y hacer daño. ¿Cómo van a querer a alguien que les dice gordas y cosas peores a todas las chicas? Aunque a las chicas les gustan los repetidores. Como repita otra vez y le toque en mi clase no sé lo que voy a hacer. Bueno, en realidad no va a dar tiempo para eso. A menos que se te ocurra algo.

Tampoco te escribí cuando vi el brillo rojo en los ojos del tío Luis cuando me dijo que mamá y papá no sufrieron. ¿Se cree que soy tonto? Morir quemados vivos en un incendio tuvo que ser horrible. Me acababa de quemar un dedo con la tostadora y dolía a rabiar, por eso lo pregunté. Pedro dice que leyó en internet que solo algunas torturas, como el desollamiento, son peores formas de morir. Yo ni siquiera conocía esa palabra pero le creo, tenía el brillo verde en los ojos cuando me lo dijo. No quiero saber qué otras cosas mira en internet mi hermano.

Un día la tía Cecilia le pegó un tortazo al tío Luis porque se dejó un mechero en la mesa del salón, y creo que es porque no quiere que Pedro lo encuentre y juegue con él. Le pegaron y le castigaron un mes entero cuando quemó la muñeca de la prima Laura con una lupa. Creo que él mató a papá y mamá, pero prefiero no preguntárselo. 

Yo nunca le he pegado a nadie. Bueno sí, una vez le pegué a Martín pero luego hicimos las paces. Es que me dio mucho coraje cuando le vi el brillo verde cuando me dijo que se juntaba conmigo porque a su novia le daba pena que yo no tuviera padres. Quiero decir que no me gusta hacerle daño a nadie, y menos a mi hermano. Es malo, pero creo que es porque tiene miedo. Lo he escuchado llorar por las noches.

No sé como lo voy a hacer todavía. En casa no tenemos pistola, así que creo que cogeré el cuchillo grande del cajón de la cocina y se lo clavaré en la barriga mientras duerme. Tendré que hacerlo rápido porque la sangre me da mareos, como cuando Sonia se cortó un dedo con las tijeras, y creo que habrá mucha sangre. Mucha más que con el dedo de Sonia. Seguro que me pillan. Pero no les contaré mi secreto, nunca más se lo diré a nadie. Les diré que lo he hecho porque soy malo. Prefiero que me encierren con los asesinos a volver con el médico de la cabeza.

No quiero hacerlo. No quiero hacerlo. No quiero hacerlo. Por favor. Por favor. Por favor.

Pero no hay otro remedio. 

Dime, ¿qué harías tú si vieras a tu hermano con su sonrisita y el brillo verde en los ojos mientras te dice “algún día te mataré”?

Si no se te ocurre nada, te daré a Sonia y le diré que no te lea, y que te me devuelva cuando salga de la cárcel. Adiós.

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Cien siglos para encontrar a su amor

—Esta planta es la de los deportistas de élite. Conocerá el caso de Emir Abadi; él ha sido el primero en ser despertado, pero ya confían en nuestros sistemas criónicos varias decenas de atletas. Principalmente estrellas en sus últimos años, esperando un buen contrato. Habitualmente, a las dos o tres décadas de dejar el deporte, vuelven a revalorizarse.

—Como aquel rapero blanco.

—Exacto, también los actores y las estrellas de la música son algunos de nuestros grandes clientes. Están en la planta superior. Subamos. Por aquí. Cuando su discográfica no les pone en las listas en el lugar que esperaban, o les abandona la musa, o no les dan papeles de relevancia…

—O descubren que les falta algo más importante en su vida, como Eva Moon.

—Bueno, el caso de Eva Moon y sus Cien siglos para encontrar a su amor es excepcional. La mayoría lo que necesitan es darle un descanso a su carrera, y reaparecer a las pocas décadas, cuando los jóvenes que disfrutaron de sus actuaciones o sus canciones ya son gente madura y con un mayor poder adquisitivo. Generalmente el movimiento les sale más que rentable. De lo contrario lo único que suelen perder es tiempo, para pagarnos les suele bastar con las rentas de sus propiedades y derechos.

Y si por alguna razón no se llega a cumplir alguna de sus condiciones de despertar, que habitualmente son ofertas generosas por parte de discográficas o productoras audiovisuales, sus contratos tienen el habitual límite de mil años, momento en el cual debe despertarse y decidir si quiere renovar. Aunque la mayoría de estos clientes lo acorta; si no lo consiguen en unas décadas es raro que vuelvan al candelero.

Para nosotros es irrelevante si están más o menos tiempo en las cámaras criónicas, el modelo de negocio está diseñado de forma que no nos influya esto, para evitar conflicto de intereses. Por ejemplo, destruir las cámaras una vez usadas no es la forma más eficiente de operar, pero inspira confianza. Sin duda alguna, que Lorca se crionizara por diez mil años justo en el momento más álgido de su carrera fue la mejor muestra de confianza.

—Ha sido toda una inspiración para mi generación, desde luego. A mí me ganó cuando explotó el primer asteroide, iniciando la carrera de la minería espacial. Pero supongo que a la mayoría le cayó en gracia cuando comercializó a precio de costo el aparato contra el Alzheimer.

—También el de la diabetes, el antiinfartos, el filtro alveolar, el vascular, todo a precio de coste, prácticamente gratuito. Pero hay que tener en cuenta que Lorca no es solo el mayor filántropo que haya conocido la humanidad. Fue pionero del modelo freemium en medicina. Cuanto más se implantara el producto, en sentido literal y figurado, si me permite el juego de palabras, más gente accedería a los servicios de pago. El verdadero cliente objetivo es siempre la gente sana. Curar el Alzheimer, los ictus, los infartos de miocardio, las enfermedades pulmonares y un largo etcétera, así como ahora con CrioLive permitir que cualquiera de forma gratuita pueda postergar su final, o sencillamente esperar a que pueda ser evitado, no es más que un maravilloso efecto secundario, a la vez que el mejor reclamo, de la mayor estrategia de adopción comercial de la historia. Lorca es el mayor genio de los negocios que haya pisado la Tierra.

—Y Marte.

—Y Marte, claro—contestó sonriendo—. Anunciar su crionización cuando pisó el planeta rojo fue una jugada maestra. Usted mismo llevará implantado alguno de sus productos.

—El paquete completo de salud integrada, de hecho. Y el potenciador neural.

—Eso último explica que tenga interés en invertir, los usuarios de NeuralPower tenemos buen ojo para las finanzas. Fui director de operaciones del proyecto, ¿sabe? Aunque, no se ofenda, no es que haga falta el potenciador para darse cuenta de que ésta es una oportunidad única. Lo que hace falta es una billetera tan abultada como la nuestra —le guiñó el ojo.

—No se precipite. Tengo algunas preguntas que hacerle antes de abrir esa billetera.

—Usted dirá, por mi parte el tour ha terminado. Ya ha visto que la tecnología es sencilla y segura, y que la mayor parte de las instalaciones en superficie se dedican a las salas de despertar, rehabilitación y superación del criolag, que es nuestro negocio actual.

—Sí, esa es mi primera pregunta. He comprobado las cuentas y sigue sin convencerme que esa sea la principal fuente de ingresos de CrioLive.

—Tiene razón. No lo es. Es la principal fuente de ingresos por servicios prestados.

—¿Quiere decir que los inversores, como podría ser yo, por ejemplo, son los que realmente hacen que este negocio sea rentable?

—El proyecto ya está financiado para los próximos mil años. No buscamos la rentabilidad por ahora. Sólo adopción. Ahora mismo llegamos en torno al 7% de la población mundial. Queremos el 100%. O el 99%, siempre habrá quien prefiera morir.

—¿Entonces se trata de otra estrategia freemium?

—No puedo entrar en detalles porque los contratos con los clientes de CrioLive son confidenciales. Por eso no le dimos las cifras. Pero déjeme que le haga una pregunta, de las pocas enfermedades que quedan, esas que hacen que la gente decida meterse en una cámara criónica, ¿qué empresa cree que encontrará la cura?¿Si le ofrecieran dormirle para despertarle cuando se descubriera esa cura, cuánto estaría dispuesto a pagar?

—Entiendo. Es una apuesta fuerte. A largo plazo.

—Como la que usted ya ha hecho. Por eso solo la ofrecemos a nuestros clientes de larga duración. Tengo entendido que la semana que viene inicia usted su sueño y despertará como mínimo en unos cien años.

—Si Eva Moon me elige como primer intento. Si no, hasta el siglo en que ella me elija. O a los mil años para renovar. O Dios no lo quiera, si ella fallece.

—Entiendo. Es usted un romántico.

—Me siento identificado con ella. Cuando despierte y descubra que la he seguido a través del tiempo, comprenderá que no soy uno más.

—Ciertamente —dijo desviando la mirada.

—Claro, entenderá que si estoy dispuesto a renunciar a mi vida por cien o hasta diez mil años, hasta que me elija, merece la pena conocerme.

—Aham. Respecto a la inversión…

—Y no me interesa la fama. Me interesa ella.

—Como a todos. Entonces le interesa invertir en…

—¿Cómo ha dicho?

—Que si le interesa invertir en la empresa. Va a estar con nosotros al menos cien años.

—No, no. Acaba de decir “como a todos”.

—Bueno, que a todos nos encanta Eva Moon.

—Pero yo le dije que no me interesa la fama, sino ella. ¿Ese “como a todos” a qué ha venido?

—Es sólo que…

—No soy el primero, ¿verdad?

—Ya sabe que los contratos son confidenciales.

—¿Cuántos han firmado un contrato como el mío?

—Como digo, no puedo darle cifras.

—O sea, que hay “cifras” que dar.

—No quiero desanimarle. Romper el contrato ahora sería muy costoso para usted, pero, ¿me permite serle sincero?

—Es precisamente lo que estoy esperando.

—No estoy de acuerdo en ciertos aspectos de la política comercial de la empresa; y creo que necesitan más información y más tiempo de reflexión antes de firmar sus contratos. Es ridículo que antes de que decidiera meterse en una cámara criónica no le hayan dicho si tenemos ahí abajo a más personas esperando a que uno de estos siglos Eva Moon les elija. Pensaba que al visitar la planta de las estrellas y explicarle el funcionamiento de la empresa entendería para quién trabaja Eva Moon y por qué.

—¿Me está diciendo que es todo un montaje?¿Que su obra es sólo un anuncio muy elaborado de CrioLive?¿Que Eva Moon es una farsante y lo hace solo por dinero?

—Yo no he dicho eso. En mi opinión hay mil y una razones para usar los servicios de CrioLive, pero esto…

—Esto es de chiflados, ¿verdad? No entiende cómo alguien puede hacer una cosa así por amor.

—Por amor sí lo entendería.

—Claro, es usted un hombre casado. El único amor que entiende es el que tiene por su familia. A los casados se os ha olvidado ya lo que erais capaces de hacer para alcanzar ese amor que ahora tenéis. Claro que lo hago por amor. Por el amor que no tengo. De modo que tráteme como lo que soy, alguien que anhela estar completo. Alguien que busca el amor. Y sí, me encantaría que ese amor fuera Eva Moon, y no pierdo nada por esperar cien o diez mil años. Mi mujer y mis hijos no me esperan en casa. Así que no me trate como a un estúpido que no sabe lo que quiere.

—No le considero un estúpido. De hecho, hay algo que sí le puedo decir respecto al tema de Eva Moon. Es usted el primero que pregunta si es el primero.

—Pues más a mi favor, eso no deja muy bien al resto de pretendientes, ¿no cree? Acérqueme usted esa tableta, voy a firmar también por la inversión, y no se le ocurra poner en duda mi decisión cuando vea el ingreso. No es un error, ni el disparate de un loco. Lo que quiero invertir lleva exactamente ese número de ceros a la derecha. 

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Y nada más que la verdad

“Estamos atravesando dificultades técnicas. O más bien psiquiátricas. Porque se está liando parda en la sala del realizador. No sé si volveremos, hagan zapping o lo que les de la gana. Yo me voy”. Lo último que se escuchó antes del pitido de la carta de ajuste fue “¿Pero esto qué es? ¡¿Pero esto qué eees?!” 

Gonzalo era un tipo sencillo. Por no decir simple, que podría llevarnos a pensar que no tenía muchas luces. No era eso, que también. Era que no le daba muchas vueltas a las cosas, se conformaba con lo que tenía y disfrutaba de la rutina, cosa difícil de encontrar en el mundo en el que vivimos. Era un tipo feliz.

Así que se revolvió con cierta incomodidad en la silla y comprobó que el resto de telediarios también habían dejado de emitir. Apagó el televisor y terminó su desayuno. La mosca que tenía detrás de la oreja se marchó bien rápido, sin dignarse siquiera a rebotar en el cristal de la ventana. Siguió su rutina; se lavó los dientes, besó a su novia que aún dormía, cogió su bicicleta plegable, se puso los auriculares con su lista de canciones motivadoras de los lunes, y metido en su burbuja, se fue a trabajar.

Ya en su planta, fue al pasillo a por un café antes de sentarse en su cubículo de teleoperador y comenzar una apasionante jornada en la que ofrecería sutilmente a todo el que llamara, fuera por la cuestión que fuese, el nuevo paquete Ecológico de 10 Gigas desde 10 euros. ¡Cuide el planeta mientras ve vídeos de gatitos! Recogió su café de la máquina, y vio venir a Moria. Por alguna razón, quizás por su rostro descompuesto o por lo extrañamente oscuro que iba vestida, recordó lo que pasó en la televisión antes de venir.

—¡Moria! ¿Has visto la tele esta mañana?

—Lo siento Gonzalo, no puedo pararme, me estoy cagando.

 Gonzalo se quedó con la boca a medio abrir y se le cayó el café al suelo. Esa misma Moria limpiaba con toallitas desmaquilladoras los auriculares todas las mañanas. Esa misma Moria pedía a cada paso que bajaran la voz porque sus buenas vibraciones se perturbaban y se colaba energía negativa en sus conversaciones. Esa misma Moria se había quejado tanto de lo ordinarios que eran algunos clientes, que consiguió que la empresa comprara un programa informático que censuraba con un pitido sus palabras malsonantes. Esa misma Moria, esa, le acababa de decir sin rodeos que albergaba en su vientre un truño inminente.  

Gonzalo estuvo ágil, y pronto se dio cuenta de que su única opción para limpiar el café que acababa de tirar salpicándolo todo era el papel higiénico del servicio de caballeros. Le echó valor; cuanto antes lo hiciera mejor sería. Rápido y sin olor. Efectivamente, evitó el olor, pero cual enano en las minas, nunca olvidaría ese redoble de tambores. El mal acechaba en las profundidades de Moria. 

Por fin pudo sentarse a trabajar. Tantas ganas tenía de empezar ya la sesión y abrazar las cálidas y mullidas pieles de la rutina, que no se percató de que faltaban más de la mitad de sus compañeros, ni de que los pocos que allí quedaban tenían conversaciones un tanto extrañas. Absorto en la seguridad de su burbuja, se preparó y recibió de inmediato la primera llamada. Porque como era de esperar, había cola.  

 —MolaCom comunicaciones, le atiende Gonzalo, ¿en qué puedo servirle?

—¿Eres el rubio? —dijo una anciana al otro lado.

—¿Perdone, señora?

—No, no eres el rubio. El rubio no me llamaría señora. ¿Puedes ponerme con el rubio?

—Eh… Lo haría si pudiera, dígame ¿qué le ocurre?

—Que quiero que me pongas con el rubio, que ayer nos quedamos en una parte picante de la conversación.

—Pero… ¿Usted sabe que estas conversaciones se graban, no?

—Muy picante. Justo estaba piiiiii piiiiii con mi piiiiii…

Gonzalo se quitó los auriculares y le puso el hilo musical. Era la primera vez que hacía algo así. Miró asustado a su alrededor. No había ningún rubio allí. Es más, ya era todo un veterano y no recordaba ningún compañero rubio en sus dos años en la empresa. Moria llegó con el rostro de satisfacción de un trabajo bien hecho y se sentó en el cubículo de al lado. Gonzalo deslizó su silla hacia atrás para hablar con ella.

—No te vas a creer lo que me acaban de soltar.

—Pues si te cuento lo que he soltado yo…

—No, por favor. Para. ¿Pero qué pasa hoy? No te molestes, pero tú normalmente eres más…

—¿Fina?¿Remilgada? Reprimida. Creo que la palabra que buscas es reprimida.

—Bueno, no quería decirlo así…

—Pero lo has pensado. Todos los piensan. Por mí podéis iros todos a donde acabo de dar lo mejor de mí. Anda y déjame trabajar, que das asco tú, tu sonrisita de felicidad, tu fotito con tu novia en la playa y tus post-its de Coelho. 

Algo iba mal. Muy mal. Moria no era así. Un “No confundas un mal día con una mala vida” en amarillo chillón y un “Los días malos son los que hacen brillar a los buenos” en rosa gritón le devolvieron la sonrisa, y se preparó para la siguiente llamada.

—MolaCom comunicaciones, le atiende Gonzalo, ¿en qué puedo servirle?

—Hola, quiero que me hagan una oferta por darme de baja.

—Dígame, ¿ha tenido alguna experiencia poco satisfactoria con nosotros?

—No, no. Es que quiero la oferta que le hacen a los que dicen que se van a dar de baja.

—¿Quiere usted darse de baja?

—No. Quiero la oferta.

—¿Qué tarifa tiene contratada?

—La de 30 euros con el fútbol.

—Pues ahora tenemos el Paquete Ecológico, desde…

—No, no. Yo no quiero las ofertas normales, quiero la que les dan a los que se van a dar de baja.

—A ver, a veces cuando se inicia el proceso de baja…

—Yo no quiero darme de baja. 

—Vale, entonces usted no quiere darse de baja, pero quiere que le hagamos una oferta como si fuera a hacerlo. 

—Hombre, se ve que eres el listo de la empresa, Gonzalo, lo has pillado rápido. Y además con educación. Los dos anteriores han tardado en enterarse y luego me han puesto de caradura para arriba.

—Pues verá, siento decirle que no está en mi mano hacer lo que me pide. ¿Conoce el nuevo Paquete Ecológico?

—Váyase usted a la mierda.

Gonzalo se quitó de nuevo los auriculares, tomó aire, contó hasta diez, cogió la sonrisa que se le había caído al suelo y volvió a deslizar la silla hacia atrás para contárselo a Moria. En lugar de un par de ojos, le dio la bienvenida desde el otro lado un dedo corazón desplegado en toda su extensión y coronado con una uña recién pintada de negro.

Una compañera salió del despacho del jefe dando un portazo. Al instante le siguió el jefe con la mano en la nariz y las lágrimas saltadas. 

—¡Todos a casa, ya! —gritó el jefe, rojo de ira y portazo.

—¡Se te va a caer el pelo, te voy a denunciar por acoso! —gritó la compañera desde el pasillo.

Gonzalo se levantó e intentó que alguien le contara lo que había pasado antes de que salieran por piernas de allí. Cosa difícil porque aquello habría recibido mención de honor del departamento de bomberos si hubiera sido un simulacro de incendio. Además sus compañeros le miraban con la misma cara que Moria. El único que se dignó a contestarle le soltó: “Que hay gente que tiene problemas. No como tú, Don Perfecto”. 

De camino a casa, Gonzalo miró fuera de su burbuja y empezó a atar cabos. La clave se la dio una conversación que escuchó mientras esperaba en un paso de peatones. Una señora mayor se acercó, con la naturalidad que dan las canas y la permanente, al carrito que empujaba otra señora más joven. Se inclinó para mirar a su bebé.

—¡Pero qué niño más feo! —espetó la señora.

—Ya lo sé, señora, yo también tengo ojos en la cara —contestó la madre.

Ese nivel de sinceridad era antinatural. Por alguna razón la gente se había vuelto incapaz de mentir de la noche a la mañana. Esto podía tener consecuencias desastrosas. No pudo evitar pensar en la gente que tenía la mentira por profesión. Había elecciones en una semana. Y esta noche era el gran debate.

Llegó a casa, plegó la bicicleta, y fue a su habitación para desvestirse. Allí estaba su novia en bragas poniéndose una camiseta apresuradamente. Reconoció el símbolo de Batman de los calzoncillos que intentaban saltar por la ventana. Y reconoció al que los llevaba puestos porque se le quedó mirando con cara de conejillo asustado. Era, en pretérito imperfecto, su mejor amigo.

—Gonzalo, esto es lo que parece.

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La pila de Hércules

No tenía que haberle contado sus inquietudes. ¿A quién se le ocurría hablarle de esas cosas a una arqueóloga? ¿Qué pensaba, que la iba a conquistar con sus ocurrencias? Anoche parecía interesada en su perorata, mirándole embobada a los ojos con la luz de las frías estrellas del desierto reflejándose en sus pupilas, pero ahí estaba ahora. Saliendo de la tienda de Pierre, con el café del desayuno a medio tomar, ambos riéndose a carcajada limpia mientras se acercaban al viejo cuatro por cuatro donde les esperaba.

—Daniel, tu es un génie! La pile d'Héraclès! Pour écouter le transistor! —le soltó Pierre dándole unas palmadas en el hombro, sin parar de reírse.

Sabía que se estaban mofando de él, así que aunque todavía le costaba entender su francés, tardó poco en comprenderlo. Era una de las ideas locas que le contó a Claire anoche. Las inscripciones que habían encontrado en los monolitos la semana pasada le recordaban a esquemas electrónicos. Cada elemento parecía una ubicación en un mapa que abarcaba desde la zona donde se encontraban, cerca de la estructura de Richat, hasta el sur de Europa. A él las columnas de Hércules, a cada lado del estrecho de Gibraltar, le parecieron los electrodos de una gigantesca pila galvánica. Probablemente Claire no se enteró de nada de lo que le dijo en inglés y le habría soltado un batiburrillo de palabras inconexas a Pierre. Y como el señor Doctor en Arqueología tampoco tenía ni puñetera idea de tecnología, no sabía la diferencia entre un transistor de los de escuchar la radio, y un transistor.  

Claire se sentó atrás con Pierre, aguantando la risa como podía, hasta que se giró y la miró de reojo con el mayor desprecio que pudo aparentar. Ella perdió el rictus, mirando avergonzada hacia abajo. Su actuación funcionó; lo que sentía no era desprecio, sino el dolor punzante en el estómago de un pretendiente traicionado por su propia esperanza. Rachid, el guía, cortó la tensión del ambiente cuando puso el coche en marcha y empezó a contar una de sus historias del desierto. 

A Rachid lo entendía mucho mejor, quizás porque el francés tampoco era su idioma natal. Aunque esta vez le estaba costando más de lo normal; a medida que se dirigía hacia el sol naciente, dejando atrás Chinguetti como alma que lleva el diablo, le daba cada vez más y más vueltas para decir las cosas, evitando dar nombres de personas y lugares que en realidad parecía conocer. Normalmente era al revés, sus batallitas venían con pelos y señales, pero cuando preguntabas a alguien por esos nombres nadie sabía nada de ellos. Eso hacía que esta historia fuera más creíble aún. 

Al parecer no era la primera vez que iba con alguien a buscar una “piedra caída del cielo”. Hace muchos años, como nosotros, él y un antiguo amigo suyo vieron una luz en el cielo. No una estrella fugaz cualquiera, sino una que podría haber matado a un halcón, así de bajo volaba. Entonces solo tenían un camello, así que les llevó casi un día de búsqueda, y cuando por fin consiguieron encontrarla, aquello acabó bastante mal. Por lo visto, su amigo se volvió loco de codicia, se llevó la piedra y nunca más volvió a verle. Le vinieron a la cabeza muchas preguntas acerca de aquella historia, pero no era el momento de hacerse notar otra vez. No delante de Claire y su “Pierre tombée du ciel”. Podía escuchar las risitas de complicidad cada vez que Rachid decía eso para referirse al meteorito. 

Se limitó a darle a Rachid las indicaciones de la ubicación que aparecían en el portátil. Según los datos que le había dado un compañero de facultad que ahora estaba en el Instituto Astrofísico de Canarias, si quedaba algo del meteorito, que debería ser bastante pequeño, podría estar en un círculo de un par de kilómetros de diámetro, diez kilómetros al este de Chinguetti. Se dirigirían al centro y trazarían una espiral hacia afuera hasta encontrarlo. 

Durante el trayecto, no podía dejar de sentirse desafortunado. Como becario de apoyo de ingeniería electrónica, un jovenzuelo español en una investigación de arqueólogos franceses, la estrella fugaz que vieron anoche le brindó la ocasión de tomar la iniciativa por primera vez desde que empezó el viaje. Y no sabía como, lo que podía ser su oportunidad de conquistar a Claire, acabó convirtiéndose en la noche en la que descubrió que se tira al jefe. Si lo hubiera sabido, no habría venido a masticar arena en mitad del desierto. Se lo tenía merecido, precisamente por eso. Ese pensamiento casi le reconfortó, y se centró en la pantalla.

El GPS les dirigía a una zona de dunas altas. A unos setecientos metros del borde del círculo donde podría estar el meteorito, Rachid se negó a seguir por temor a que su preciado vehículo se atascara en la arena, o a algo peor; nunca había visto dunas tan altas tan cerca de casa. Daniel se aseguró de tener el reloj sincronizado al portátil y lo guardó en su mochila. Los tres cogieron su equipo y empezaron a subir la duna que tenían delante. Era enorme. Se acordó del funcionario que les requisó el dron “por motivos de seguridad”, sin darles ningún papel a cambio. Tenía claro que no lo volvería a ver, y lo echaba de menos. Ahora mismo se sentiría como un cetrero bereber con su halcón ofreciéndole su visión desde lo alto.

Les costó más de lo que esperaba llegar a la cima; la arena se hundía bajo sus pies y hacía muy pesado el andar. Aún así, las vistas merecieron la pena. Un océano de vastas olas de oro y chocolate se extendía ante ellos. Claire señaló una depresión de color más oscuro que la sombra que le proporcionaba la duna que teníamos enfrente, y Pierre destapó sus prismáticos dirigiéndolos hacia allí. Sorprendentemente, quizás como gesto de reconciliación, se los ofreció a Daniel. Sólo atisbaba una zona ovalada y oscura con algo más claro en el centro, pero no había duda, tenía que ser eso.  

Bajaron apresuradamente, en parte por la emoción, pero sobre todo porque esta vez la gravedad jugaba a su favor. A pesar de su afición a la astronomía y a los años de ellos dedicados a la arqueología, ninguno de los tres había visto un impacto reciente de un meteorito desde cerca. Y mucho menos, contra la arena del desierto. Pero pronto se hizo evidente por cómo deceleraron el paso hasta llegar al borde, que aquello no lo consideraban normal. 

La zona ovalada del suelo que rodeaba al meteorito no era simplemente oscura. Era negra, en su más pura definición de ausencia total de color. Se agachó para mirarlo más de cerca, y recordó La Historia Interminable. Ahora entendía lo que quería decir Michael Ende. Por más que intentaba, no podía apreciar el borde. Lo más sorprendente, sin embargo, no era eso.

—No tiene arena encima —dijo Claire.

Ni un solo grano. En la negra superficie que cubría parte de la falda de la duna, una superficie del tamaño de una pista de tenis, no había ni un solo grano de arena.

—O no lo podemos ver —contestó Daniel.

La curiosidad pudo más que el miedo a lo desconocido. Alargó la mano para tocarlo. En cuanto la tocó con el dedo, tuvo que retirarla dando un respingo. Quemaba. No como el fuego, sino como el hielo. Se miró el dedo. Se había quedado sin un trozo de piel. Pero no estaba ahí abajo. O al menos, no podía verlo.

Probaron con varias de las herramientas de su equipo, y aunque no pudieron extraer muestras, determinaron que aquello era una especie de cristal de dureza mayor que el diamante. Respecto a su temperatura, era algo completamente inaudito, pero no pudieron cuantificarlo; sólo llevaban encima un termómetro sanitario en el botiquín. No tenía ningún sentido. Cuando esparcían arena encima, desaparecía como por arte de magia. Como si se integrara en el cristal. Ocurría con otros objetos pequeños. Pelo. Trozos de papel. Incluso una moneda, que vieron desaparecer lentamente. Los objetos mayores que eso mostraban signos de congelación en la base, y perdían material, aunque a un ritmo lento. Todos tenían curiosidad por saber qué ocurriría cuando al gélido cristal le diera el sol que despuntaba sobre la duna y que ya les estaba abrasando a ellos, algo que ocurriría en cosa de unos diez minutos.

El meteorito estaba muy cerca, a unos diez metros. Era una esfera de un gris plomizo, tal vez metálica, pero sin brillo. En el maletero tenían un termómetro de infrarrojos, e incluso un espectrómetro de bolsillo. Deberían volver a por el resto del equipo. Mientras discutía con Pierre las posibilidades de llegar hasta el meteorito sin ponerse en peligro, y ante sus miradas de pánico, Claire puso un pie en lo alto del cristal. Y luego el otro.

—Creo que podría llegar —dijo Claire.

—Ni se te ocurra —contestó Pierre.

—Bájate de ahí, por favor —tartamudeó Daniel.

Claire hizo caso omiso de sus gritos y les dio la espalda, decidida. Tras dar varios pasos titubeantes, empezó a cogerle el truco a andar sobre el cristal, y sus compañeros dejaron de gritar. A solo cuatro o cinco pasos del meteorito, por fin se callaron, expectantes. Fue entonces cuando Claire extendió las manos como para decir “veis, no pasa nada”, se giró sonriendo, y resbaló. 

Puede que fueran los gritos de dolor de Claire cuando separó su cara y sus manos del suelo. O el primer alarido de frustración y rabia de Pierre cuando tropezó nada más poner el primer pie en el cristal, cayendo de culo en la arena. O las siguientes maldiciones que siguió escuchando a su espalda cada vez más lejos, probablemente porque Pierre seguiría adelante cayendo una y otra vez sobre el frío hielo. Pero Daniel no podía parar de correr duna arriba en dirección al vehículo que le esperaba al otro lado. En su cabeza no había otra imagen que la cuerda que tenían en el maletero.

Tardó menos en llegar hasta Rachid que en darse cuenta de que el bastón rodeado de mantas sobre el que se apoyaba no era tal. Ni siquiera se percató cuando, tras repetirle hasta la saciedad que no tenía la “piedra caída del cielo”, consiguió explicarle la situación y le convenció para que dejara su coche ahí y fuera con él a ayudarle. Lo tuvo que ver con sus propios ojos cuando Rachid abrió el maletero, sacó la cuerda, se la echó al hombro, y con un cuidado y una parsimonia desesperantes, desenrolló su vieja Kalashnikov.

Era la tercera vez que subía esa duna, y esta vez no quería ver lo que había al otro lado. Tampoco lo que tenía a su lado. Sólo quería estar en su casa, lejos de aquel desierto inhóspito y de toda esa gente extraña. Quería estar en casa, con sus padres y su hermana. Con sus amigos. Cualquier lugar era mejor que aquel, junto a un loco con un rifle y con vete a saber qué cosa caída del cielo al otro lado de esa duna. Esa tercera subida se le hacía eterna.

No tuvo que llegar a la cima. La duna encogía desde arriba, pero sabía que no podía ser así. No era el dorado de la arena el que menguaba. Era la negrura del cristal la que avanzaba. Estaba equivocado. Las columnas de Hércules no eran los electrodos de una celda galvánica, productora de electricidad, sino los de una celda electrolítica, consumidora. Y esa cosa negra iba a reproducirse hasta tapar el Sahara para alimentarla. Probablemente usando la luz del sol. Y por lo que había visto, toda fuente de calor que encontrarse a su paso. No iba a quedarse a verlo. Se dio la vuelta y corrió sin mirar atrás. 

Ignoró los gritos de pánico de Rachid. Mientras arrancaba el todoterreno, ignoró sus lejanos disparos contra el frío cristal, aunque resonaron como agujas de acero helado en sus oídos. Mientras se alejaba, ignoró el escuadrón de aviones de combate que se acercaba de frente, sobrevolándole en vuelo rasante. Pero no pudo ignorar el tronar de sus misiles. Nadie ignora lo último que escucha.

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El puñetero pistacho

Un hombre sentado en un banco bajo la lluvia mira su reloj y espera. Tiene unos cincuenta años y va vestido de oscuro, con un traje a la vez anticuado y flamante.

De cuando en cuando alza la vista hacia una ventana iluminada en el edificio de enfrente. Es un edificio antiguo, de tres plantas, habitado seguramente por dos o tres ancianos que extenúan un alquiler rancio, uno de esos alquileres que disuaden al propietario de las mejoras y al inquilino de la mudanzas. Es un edificio demasiado elegante para la zona de la ciudad que ocupa, para el tugurio cervecero que se ha instalado en los bajos, para el ruido del tráfico que soporta. Es un residuo de otra ciudad más pequeña y sosegada, engullida por el hormigón y los cristales de la modernidad.

Son las siete y cuarto de la tarde y nuestro hombre aguarda desde hace veinte minutos bajo la lluvia, que ni crece para chaparrón ni acaba de escampar del todo. Pensó primero resguardarse en un bar, pero el agua le da igual. No quiere ver a nadie y en los bares hay que cumplir con el ritual cívico del saludo, las cuatro palabras al camarero y el continuo parloteo de los demás. El que diseñó al ser humano tuvo una gran idea al ponerle párpados para poder cerrar los ojos, pero se olvidó de un dispositivo similar para los oídos. Nuestro hombre no quiere ver ni oír a nadie: por eso no se ha refugiado en un café ni en ninguna parte. Por eso sigue bajo la lluvia. El agua es lo de menos.

De hecho, sólo gracias a la lluvia ha conseguido mantener la tranquilidad, no tirarse de los pelos o darse de cabezazos contra una farola. Para él la lluvia es un sedante que limpia por igual el sudor de la frente y los desasosiegos del alma. La lluvia es la única clase de ducha capaz de alcanzar los más resguardados rincones del ánimo. Le gustaría que de una maldita vez se pusiera a llover a cántaros, para que encogiera aquel traje que había pasado veinte años en un ropero sin salir más que media docena de contadas ocasiones. Le gustaría que lloviera meses y años seguidos, sin parar, como en aquella novela de García Márquez en la que todos se llamaban igual y la gente ascendía a los cielos sin necesidad de morirse. Ojalá lloviese como en Macondo; sí, así se llamaba el pueblo de la novela, y los personajes eran todos Auerlinos, Úrsulas y Amarantas, porque todos era en el mismo. Igual que en la vida real: todos somos el mismo, con diferencias que nos parecen sustanciales porque no somos capaces de alejarnos lo bastante. Muchos años después, frente el pelotón de fusilamiento, el profesor Leandro Martínez había de recordar aquella tarde en que se puso a pensar estupideces bajo la lluvia porque no se atrevía a pensar en otra cosa. Ese era él, y seguro que ni para pelotón de fusilamiento daba su vida, como no llegase el día que fusilasen a los aburridos.

El profesor vuelve a mirar el reloj y ensaya una mueca irónica, dirigida más a sí mismo que a la luz de la ventana. Se levanta un instante y llama al portero automático. No responde nadie y vuelve al banco con una sonrisa, la primera del día, la primera de mucho tiempo, pensando que no es mala cosa tentar de vez en cuando a lo imposible. Es perfectamente cabal creer en los imposible: lo que es de locos es creer en lo improbable.

Pasan los minutos, lentamente, bombardeando con su goteo cada enclave de la memoria, incluso los más inaccesibles, como el barro de los charcos que pisaba en la infancia o el acné juvenil del rostro de Consuelo. Son tan livianos esos retazos que se van igual que vienen, sin ancla que los fije ni huella que los delate. Después de mirar de nuevo el reloj y comprobar que la aguja no ha avanzado más que un par de minutos, el profesor se ha quedado mirando a una monda de pistacho en el suelo, contando el número de gotas que la alcanzan. Esa monda de pistacho, en medio de un campo de futbol, tendría una probabilidad ínfima de recibir una gota de lluvia si sólo cayera una gota, pero dejad que llueva media hora y veréis como la probabilidad aumenta hasta convertirse en casi absoluta certeza. Cada gota tiene la misma ínfima probabilidad de caer sobre el pistacho, pero la sucesión de gotas convierte un suceso cercano a lo imposible en un suceso casi seguro. Eso es lo que ocurre cuando el caso discreto se convierte en continuo, lo mismo que en el famoso problema de la moneda que se lanza al aire mil veces: cada vez que se lanza tiene las mismas posibilidades de caer del lado de la cara como del de la cruz, y sin embargo, si han salido trescientas caras seguidas, la función de distribución indica que se debe apostar sin dudarlo a que la siguiente será cruz. Se ha equivocado ya doscientas noventa y nueve veces, pero la función insiste. Insiste porque sabe que tiene razón y que, al final, se saldrá con la suya si la moneda se lanza el suficiente número de veces.

Eso es lo que enseña a sus alumnos. Y eso, también, es lo que ha pasado con su vida. Eso mismo. Al final, la suerte y la probabilidad es sólo cuestión del ritmo al que se repiten los sucesos. Nada más. Un suceso imposible se convierte en probable cuando la repetición de ensayos es lo bastante abultada. Pero luego hay algo más que no explica en clase pero que lleva algún tiempo rondándole la cabeza: en los ensayos fracasados, en las gotas que no caen sobre la monda de pistacho, habría que diferenciar las que fallan por un milímetro de las que fallan por un metro, o por dos kilómetros. Algo hay, aunque no lo describa ninguna fórmula, que diferencia al soldado que se libró de la muerte por un milímetro del que solamente oyó pasar las balas a cinco metros. Es posible que el que tuvo la bala más cerca tenga menos posibilidades de ser alcanzado por la siguiente que el que ni siquiera la oyó cerca; igual que con las monedas: una cara necesita de una cruz para dejar la función igualada; una disparo cerca necesita de uno lejano para que el sistema se mantenga.

Nuestro hombre vuelve a sonreír: ni en un día así puede dejar de ser profesor de estadística.

Lo malo es que uno nunca puede dejar de ser lo que es. Puede fingirlo, como mucho, o aparejarse una careta, pero las metamorfosis auténticas son más improbables.

De pronto empezó a llover un poco más fuerte, pero el hombre ni se dio cuenta: estaba demasiado ocupado contando los impactos sobre la monda de pistacho. Tenía que concentrar en esa tarea toda su atención para que su mente no se desviase hacia donde no debía. Tenía que seguir ese hilo como si le fuese la vida en ello.

Estadística y probabilidad. ¿Puede ser la probabilidad una forma de matar? O, al contrario, si no hay más arma que esa, ¿se trata sólo de un accidente? Podría ser. ¿Qué ocurre si se le da a alguien un medicamento, un medicamento totalmente inofensivo, y el paciente resulta ser alérgico?, ¿qué pasaría si un médico loco se dedicara a administrar ese medicamento inofensivo a todos los pacientes de un hospital a sabiendas de que, por término medio, un cero coma dos por ciento de los pacientes son alérgicos? Sería el crimen perfecto.

Eso fue. Un crimen perfecto. Eso mismo: una maldita casualidad criminal en la que nadie podía haber pensado.

El hombre da una patada a la monda de pistacho y la ve colarse por la única rendija despejada de una alcantarilla próxima. Otro hecho improbable, y sin embargo cierto.

Pasan otros cinco minutos. La lluvia arrecia. El hombre saca un pañuelo del bolsillo de la americana y se seca la cara con gesto fatigado, como si acabara de realizar un gran esfuerzo y fuera sudor en vez de lluvia lo que estuviera enjugándose.

De entre el barullo del tráfico emerge una furgoneta blanca y el hombre se levanta para hacerle señas con los brazos.

Es el cerrajero, que por fin aparece. Mucho servicio veinticuatro horas y mucho asegurar que están siempre disponibles, para luego tardar tres cuartos de hora cuando se los llama un domingo.

 Los demás inquilinos del inmueble, ancianos todos, están pasando las vacaciones con los hijos, así que no hay nadie en el edificio. La cerradura del portal logra resistir dos minutos justos a la pericia del operario. La de la puerta de la vivienda aguanta un poco más, pero no mucho: sólo es el pestillo lo que hay que vencer porque el pasador no está corrido.

Nuestro hombre paga al cerrajero, se quita el abrigo y lo deja en la percha. Acto seguido recoge el llavero en el gancho del recibidor y se lo mete en el bolsillo, echando por primera vez de menos a Consuelo en aquella casa vacía.

Ella era la que estaba siempre en casa y ella la que llevaba las llaves cuando salían juntos. ¿Cómo no iba a olvidarse él de las llaves la tarde de su entierro?

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Deja en paz esas flores

Llovía sobre el epitafio, que amaneció cubierto de agua.

Era un epitafio en bajorrelieve, simbólico en la paradoja de formar su mensaje con la ausencia de la piedra. Todos los cementerios son bajorrelieves: construcciones levantadas con ausencias.

Las flores se apiñaban en torno a la tumba, esperando resignadas al funcionario municipal que las retirase, y entre tanto goteaban con paciencia eterna sobre la sepultura próxima. Algunas, las más frescas, aún no se habían aburrido del trajín de ayudantes, auxiliares y asistentes que arrastraba el juez tras sus pasos, como el séquito de un rey exiliado.

Era la tumba más famosa del cementerio, y la más visitada. Cientos de jóvenes se daban cita cada día ante aquellas pocas letras sin que uno solo se molestase en leerlas, y menos aún en recordarlas. Yo tampoco. Era la tumba de Jim Morrison, en el cementerio de Pere Lachaise, en París, y con eso bastaba. 

Jim Morrison era un símbolo, un icono de toda una época, con su propia estética y sus propios mensajes, reinterpretados a cada vuelta de tuerca de las décadas y las corrientes sociales o artísticas.

Desde hacía diez días, la tumba estaba rodeada por una lona que fracasaba constantemente en su tarea de alejar las miradas de los curiosos. La familia del músico había querido trasladar sus restos a América, y al iniciarse los trabajos de exhumación se encontró algo distinto a lo esperado.

No es que hubieran robado su cuerpo, como sucedió con el busto que decoraba su tumba. En esta ocasión era peor que eso: el cadáver estaba allí, pero correspondía a una mujer.

Averiguar cómo había llegado aquella muerta intrusa a la tumba de Jim Morrison había sido la principal preocupación del juez Proudhome, que dirigía ahora los trabajos.

No llegó a descubrirlo, ni creyó que el dinero de los contribuyentes debiera ser empleado en seguir investigando. Se lo había dejado claro a su ayudante, con una frase tan escueta como expresiva: por lo que él sabía, el misterio consistía en que alguien había dado el cambiazo de un yonki por una puta. Sólo eso.

El cadáver que ocupaba la tumba del músico pertenecía a Marie Rose Petit, nacida en Poitiers el ocho de marzo de 1946 y fallecida, como el cantante, el 3 de julio de 1971. 

Primero había ejercido la prostitución en un club de moda y finalmente en la calle, donde llegó a una edad más temprana de lo habitual debido a que un accidente de automóvil le desfiguró la cara. 

Quedó embarazada e intentó abortar en una clínica ilegal; por alguna razón las cosas se torcieron y los responsables de aquella clínica, o lo que fuera, la abandonaron en la calle. Un transeúnte borracho trató de despertarla a patadas y, al ver que no reaccionaba, avisó a la policía. La encontraron desangrada y no se investigó más. 

Habían tenido que pasar treinta y pico años largos para que pudiese saberse lo ocurrido, y sólo porque alguien intercambió su cuerpo con el de un músico desesperado por acabar consigo mismo. Casi cuarenta años: el tiempo suficiente para que prescriba cualquier delito.

—¿Qué hacemos? —preguntó el responsable del cementerio al juez.

—Reunir los restos según lo previsto y enviarlos a América. Que se preocupen allí si quieren —respondió el juez.

—Es una pena —dijo otro—. Era la mejor atracción del cementerio.

—No creo que les importe mucho a los que vienen aquí. Nunca vinieron a ver los huesos, sino un lugar, ¿verdad? No creerán nada de lo que les cuenten y seguirán viniendo igual que hasta ahora —aseguró el juez con una mueca de desprecio.

—No creo —dudó el responsable del cementerio.

—Créalo. La verdad no le importa a nadie: ahí tiene a esa mujer, rodeada treinta años de flores y admiradores. La dejaron morir en la calle, ¿y a quién le importó en su momento? A nadie. ¿Y ahora? Tampoco.

—Ya —acató poco convencido el responsable del cementerio.

El juez sacó sus guantes del bolsillo y comenzó a ponérselos lentamente.

—Además, no hace falta que digan nada. 

—¿Y los americanos? ¿qué van a decir los americanos cuando les llegue el cadáver de una mujer?

—Callarán, por supuesto. ¿Qué cree que les importan unos pocos huesos? Lo que quieren es su propia sucursal del circo. Y callarán.

—Pero la verdad...

—Deje en paz a la verdad y no prive a esa pobre chica de sus flores —concluyó el juez antes de dirigirse a la salida.

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La destrucción de un mundo

Cuando nací lo primero que vieron mis ojos fue una vasta llanura llena de riqueza. Todo el alimento que pudiera imaginar estaba allí para nuestro disfrute. Después vi a varios de mis hermanos, que como yo se recostaban en el suelo de nuestra cueva. Arriba se observaba un vasto cielo blanco, cuya luminosidad se apagaba en determinados momentos del día, volviendo a resurgir al día siguiente para mostrar los infinitos prados llenos de los más diversos manjares. Aquello era sin duda el paraíso.

En los días siguientes a mi nacimiento, comenzamos a tener problemas con un depredador que, en ocasiones, rondaba nuestra cueva y devoró a alguno de mis hermanos. Pero, como sólo era uno, el resto podíamos escapar mientras se lanzaba sobre su presa, y yo nunca llegué a caer en sus garras. A pesar del peligro, mi vida seguía siendo maravillosa y cada día me encontraba más fuerte. Pronto me volvería adulto y podría volar para explorar nuevas tierras.

Pero un acontecimiento lo truncó todo. Durante un momento en que el cielo estaba apagado, se desató un terremoto seguido de un ruido ensordecedor. Todo comenzó a moverse, el suelo comenzó a rotar, las paredes de mi cueva se desprendieron y quedé atrapado en un amasijo de materiales que no podía identificar. Desde mi prisión, comprobé que ahora el mundo se movía a gran velocidad. Aquello era una locura, pues no sólo se habían derrumbado los cimientos del mundo, sino que ahora lo que quedaba de él viajaba velozmente a un destino desconocido.

De repente, todo se detuvo por un breve tiempo. A los pocos segundos, un estruendo insoportable se desató y el mundo comenzó a achicarse rápidamente. El cielo empezó a caer sobre mi cabeza y todo se volvió oscuridad. Después desperté en otra cueva, abrazado por mi madre y bajo un cielo que esta vez era azul. Espero tener más suerte en este nuevo mundo.

Historia de las dos últimas reencarnaciones de un alma. De larva de mosca nacida en una bolsa de basura durante una huelga de recogida de residuos que duró 6 días, a cría de ser humano.

menéame