Ni se inmutó.

A José Olmillo le habían pasado la papeleta de resolver uno de esos líos que se venden como malentendidos. Se iba a dictar sentencia contra el señor Iñurra y parecía que ANIMUS se había vuelto loco, seis años y medio de cárcel por soborno, malversación y media docena de acusaciones demostradas.

ANIMUS era el megaprocesador que se encargaba de interpretar las leyes y dictar sentencias, no fallaba una o las fallaba todas, según convenía. Y ahora convenía que el fallo tuviera un fallo. Iñurra era un gran “benefactor” con contactos en todos los círculos donde hubiera dinero, poder y política, no siempre en ese orden. Tenía que ser declarado no culpable por narices, pero ANIMUS seguía aplicando las leyes con rigor y justicia.

Olmillo entró en el centro de datos y, martillo en mano, comenzó a machacar el cubo óptico con datos número seis, según le habían informado. ANIMUS ni se inmutó, tenía copias repartidas por medio planeta.