Concurso de microrrelatos de Menéame
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El deslizador

El deslizador

Dios, como siempre, iba a lo suyo. Es lo que tiene ser "omni": omnisciente, omnipresente, omnipotente…, que estás a todo pero no estás a nada. Estaba otra cosa, con el tablero de mandos de la Humanidad ahí, desatendido, en automático.

Belce (nombre cariñoso) sabía que su tío era también omnidespistado (es lo que tiene ser "omni", que lo eres en muchas cosas). No levantaba todavía dos palmos del suelo, pero ese tablero… colorines, ruiditos, palanquitas, pantallas… Así que, de puntillas y viendo apenas lo que hacía, alcanzó el único mando al que llegaba, un deslizador, en ese momento desplazado totalmente a la izquierda, y lo movió al centro. Rápidamente se escabulló, temiendo que tito Dios le pillara.

No fue hasta 6 meses después cuando Dios se dio cuenta de que alguien había movido ese deslizador y había apagado el sentido común de la mitad de la población mundial:

-¡¡¡BELCEBÚÚÚ!!! 😡😡😡

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Otra vez es verano

Felipe está contento y nervioso. Van a ser sus primeras vacaciones de verano en 15 años. Hasta hoy ha sido físicamente imposible disfrutar siquiera unos minutos de luz estival.

Guarda su escaso equipaje y se acomoda en el estrecho vehículo. No necesita más. Ni su mujer ni sus hijos, fallecidos durante la Tercera Guerra Mundial, le acompañarán.

Los kilómetros avanzan y las densas nubes se van disipando. El cielo empieza a lucir un azul tan intenso que duele en los ojos. Luego ennegrece y aparecen miles de estrellas. Nítidas, increíbles, ¡qué visión! La finísima capa superior de la atmósfera queda debajo, cubriendo el uniforme marrón y gris de la Tierra.

«Mi primer verano nuclear» se susurra a sí mismo, emocionado, intentando jugar con las palabras. La antítesis de la oscuridad y el hollín que le esperan nuevamente en tierra firme.

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Feliz semana satán

Solo quería desearos a todos mis seguidores y al mundo en general mis mejores augurios, mis más íntimos deseos de guerra, odio, enfermedad y muerte en estos días de alegría y placer, donde mis cuatro corceles recorren el mundo dispersando la buena nueva. Es cierto que algunos ignorantes se resisten con un cierto y blando interés a ser barridos por la olas de la historia, pero pronto perderán el interés y mucho más, no esperaba unanimidad, e incluso me causan cierta ternura, pero me dura poco.

Sin resistencia pronto seré el rey del mundo y mis generales , a quien ya conocéis , se reunirán pronto para dar la buena nueva, no sin repartir algunas propinas entre la población solo por el placer de hacerlo.

El fin del mundo conocido está cerca. El nuevo será mucho peor de lo que habéis imaginado. Imponentes bombardeos contra tiendas de campaña, cárceles como agujeros negros sin recurso posible, especulación para generar fondos sin límites, deportaciones a países basura por decreto, precios de lujo y sueldos de miseria y lo que es mejor, lo mejor de todo, aplausos, muchos aplausos. Esto si que no lo vi venir.

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Los mejores veranos de nuestra vida (Valdesuei)

Mis vacaciones perfectas eran sobre dos ruedas. Unas veces recorriendo los caminos del pueblo en busca de aventuras; otras, huyendo del cinturón de don Ignacio, el hortelano, cuando nos descubría devorando sus sandías. Eran el delicioso sabor de tortilla recién cocinada, del helado almendrado en la piscina y la rebanada de pan con aceite de oliva que mi abuela nos preparaba todos los días para merendar.

Cuando enfermó y tenía tratamiento en la ciudad, nos la dejaba en la alacena junto a una nota: “Pan y oro para mis tesoros”. —Siempre tuvo una vis cómica—.

El día de su funeral, busqué refugió en la alacena para llorar tranquilo. Allí contemplé varias cazuelas de pan con aceite, junto con una nota: “Oro y pan duro para el futuro”. —Siempre tuvo esa vis cómica—.

Lágrimas y risas se entremezclaron confusamente mientras merendaba, en aquel último verano de mi niñez.

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Il cannone

Pezzo carico!

Era casi mediodía y la multitud se agolpaba para ver el disparo del cañón.

Pezzo pronto!

Pero yo solo lo veía a él, radiante de emoción.

Cinque!

Se tapó los oídos.

Quattro!

Se los destapó; ya era mayor para eso.

Tre!

Me miró nervioso y me apretó la mano.

Due!

Volvió la vista al cañón.

Uno!

Abrió la boca, como yo le había explicado.

Per Santa Barbara! Fuoco!

La expresión de asombro dio paso a una enorme sonrisa.

— Mamá, ¿puedes decirles que disparen otra vez?

— No, cariño, pero, si quieres, podemos volver el domingo que viene.

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El fontanero antropólogo

Ir de casa en casa, violando la intimidad familiar, te pinta el cuadro social. El marido, que sabe perfectamente como reparar la avería, pero que hace el favor de contratarte; su mujer, que te da a entender que es idiota. Los chascarrillos sobre los vecinos, ignorando el hecho de que la rajada es recíproca. Últimamente, el inevitable chistecito sobre los fontaneros de la política. Se puede saber de qué pie cojean, señalando lo corruptos que son esos, o poniendo el énfasis en el todos son iguales. La enésima visita a las cloacas, solo para reafirmar los prejuicios propios.

No todo es polémico. Cuando piden pagar en b o consejos sobre tangar al seguro, hay consenso. Yo, complaciente, accedo a todo y les sugiero, de forma taimada, que soy de los suyos. En mi interior, me veo reflejado en esos otros fontaneros sobre los que pontifican, honrados mercenarios como yo.

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Abre la boca

Entro a la sala con un poco de pavor. Pero ahí está ella: firme, decidida, recibiéndome con la mejor de sus sonrisas. Cuánto tiempo, dice, y tampoco creo yo que haya sido tanto. Lleva un vestido ceñido, que acentúa sus curvas. Ven conmigo, sígueme. Tus deseos son órdenes para mí, pienso, y la sigo por un estrecho pasillo. Puedes acomodarte, me dice, y me siento. Abre tu boca, dice, y se acerca. Mucho. Muchísimo. Cada vez más. Sonrío. Sonríe un poco más, añade. Lo hago encantado. Abre la boca más. Hasta que pueda ver todos tus dientes, hasta que pueda ver tu garganta. Imagino un beso, unos labios en unos labios: la felicidad. Entonces, empieza con la limpieza de dientes. El sonido es infernal y yo recuerdo que esta no es más que otra maldita visita a la dentista.

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El mito de la caverna de eco

Compañeros, tras la caída de occidente y el fin del Internet anónimo, nos ha costado varios años reunirnos de nuevo, pero por fin estamos todos. El dealer implume de uñas planas, el venado carmesí, el gasterópodo anarquista, el gallino fofó, María la Karmesiana, el hitita cáustico, el noblecito ilustrado, Speedy Rojales, Mundo Taíno, Bello Tinieblo,  el galileo espabilao, el Swarche de Korskr, el proyector estereoideo, Espaciotiempo, el inclusivo de Skyrim, el hijo menor enunciativo, Kentuky Fried Pussy, ofthemanners, y nuestro siempre querido febrero 2031.

Los de siempre, que elijan de qué hablaremos, y el resto tenéis vuestros ladrillos y vuestras lechugas. El que muera a ladrillazos, será cubierto de ceniza.

A quien insulte, nuestro amigo Pax le dará una bofetada. A la tercera bofetada, tendrá que abandonar la cávea, aunque podrá volver con unas gafas de nariz y hablar pitufado.

¡ Que comiencen los juegos del Karma !

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Ve hacia la luz

«El señor Gaona le pide que sea su acompañante». Las palabras resonaban en su mente cuando entró en la habitación. Ahí estaba él, ya sedado y conectado al sistema de acompañamiento. Lo miró y, por primera vez, le pareció viejo.

Esperó pacientemente mientras el médico la conectaba: «No se preocupe, entre gemelos la compatibilidad es muy alta; su mente se acoplará a la de él y sabrá intuitivamente cuándo volver. Todo listo, cierre los ojos.»

...

Estaba en la playa, con el mar a su derecha y a su izquierda un sendero que serpenteaba paralelo a la orilla; allí la esperaba su hermano. Empezaron a caminar juntos, sin hablar, como cuando eran niños. La luz se intensificaba conforme avanzaban, inundándolo todo de blanco. «Tata, gracias por acompañarme.»

...

Abrió los ojos. Vio la habitación y el cuerpo inerte de su hermano en la cama. Y se sintió sola.

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El mensaje en las hojas

No podía ser casualidad que aquella mañana al abrir el portón de su casa encontrara Ana esas dos ramitas en el tranco de su puerta. Sobre la tierra levantada, junto al enorme socavón y los desconchones de la metralla que habían desolado su calle en tan pocos días, aquellas pequeñas flores y esas hojas verdes parecían venir desde una lejanía infinita. Ana pensó que las casualidades eran otra de esas cosas que se había llevado la guerra.

O quizá era la desesperanza lo que le hacía ver mensajes en todas partes, respuestas a la pregunta que escribió en un trocito de tela blanca y que habría pasado bajo cuerda entre manos agarrotadas por el miedo: "¿Cómo te encuentras, Ramón?".

Y aunque no entraba dentro de lo mínimamente razonable que el mensaje hubiera llegado a su destinatario, y siendo tan poco problable que su Ramón hubiera sobrevivido a aquella herida o incluso a aquella retirada entre el estruendo y la confusión, ella sentía que aquellas hierbas eran la respuesta y que él habría encontrado la manera de hacerlas llegar hasta su misma puerta.

Entregada a ese pensamiento estaba cuando llegó a casa de su tía, y una ráfaga de aroma fresco le llegó al abrir la mano y liberar las ramas sobre la mesita.

—Anda qué buena para la digestión. Cuando teníamos digestiones que hacer —le dijo distraída su tía mirando las hierbas de reojo mientras se secaba las manos en el delantal.

— ¿El qué?.

— La Mejorana que has traído.

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La integral de la esperanza

- A ti te daban el chorizo bueno, y a mí no me daban nada

- Pero qué dices, si eras los ojitos de mamá. A ti te metieron en el ejército, porque eras un balarrasa, y el resto fuimos rectos como una vela por tu culpa.

- Ya, lo dice el rojo, por qué será.

- Aún me debes una Campeona.

- ¿ Una qué ?

- Una gaseosa.

- ¿ Yo ? ¿ De qué ?

- No te creías que supiera resolver integrales con doce años, y te apostaste una Campeona, y la perdiste.

- ¿ Y no te la pagué ?

- Todavía estoy esperando.

- Si no te la pagué sería por algo.

Anselmo apuró el cigarro, restándole importancia a su tímida revancha adolescente, pero a la vez feliz de reivindicarla. Como si tuviera todavía doce años, y no sesenta.

- Mamá no va a llegar al verano.

- Yo de esa señora no quiero saber nada.

- Qué caro le salió aquél chorizo...

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La caída de Occidente

Tras siglos de baños de sangre y millones de muertos, no pareció descabellado resolver los conflictos internacionales con un criterio igualmente arbitrario: aquel concurso musical que provocaba simultáneamente insultos y pasiones. Los mismos que lo denostaban se convertían en animales enfurecidos con los resultados del certamen. No había tanta diferencia emocional con una guerra, pero era mucho más económico.

Debía ganar Bélgica. Ese año el manipulador de voto del Mossad sufrió un error de programación y las VPNs israelíes empezaron a desbordar sus propios servidores con infobasura votando por “Tierra de paz”, que interpretaron erróneamente como un ataque del Vaticano. Rusia aprovechó el caos y hackeó el resultado para apoyar a “Jaula para Julia”, un canto a la libertad de expresión. Japón rechazó que los votos estadounidenses para Austria se asignaran a Australia.

Al terminar todo ganó Transnistria, que gobernó con infame mano de hierro de ese 2029 en adelante.

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Rencor...

Siempre los he odiado. Los gritos de los niños me retumban en la cabeza. El reguetón a todo volumen los domingos me saca de mis casillas, y odio esa peste a colonia barata que deja ella en el ascensor, cuando sale pintada como una puerta.

Nunca los saludé. Nunca me saludaron. Nos bastaba con aborrecernos en silencio.

Y mientras sigo atrapada en esos pensamientos, veo a los niños, sentados sobre una caja mojada en el kiosco, inmóviles, con la mirada fija en los charcos. Con el cuerpo cansado, tomo el cepillo y empiezo a empujar el agua, sin prisa, entre el barro y los escombros. El kiosco está empapado, los periódicos y revistas arrugados por el agua. No hablamos. Llevamos horas así, sin mirarnos siquiera. 

Hoy, solo estamos intentando salvar lo que queda.

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Y el ganador de esta semana es "Nunca quise que todo acabara tan mal"

El relato ""Nunca quise que todo acabara tan mal" de Un_señor_de_cuenca es el ganador de nuestro certamen de microrelatos
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El veneno

Miró sus manos con sarcasmo, como negándose a recordar que son pluripotenciales. Que igual pueden lanzar una piedra que acariciar el trigo, escribir poemas con soberbia etrusca o simples mentiras paleozoicas.

Miró al campo salado de avenas, al intrépido vacío de su mundo. Estaba aquí, vigilando el paso de los estorninos, estudiando el deseo y el vértigo con una indiferencia precisa, licenciado en no necesitar del mundo más que su existencia.

Acarició el mineral, como transido en la experiencia de futuros transitorios, olió los pechos de mujeres desconocidas, sorbió el perfume de los valles sagrados, soñó un instante con versos prohibidos…

Miró hacia el fondo del valle, y con soltura y decisión lanzó la piedra.

Y se fue acariciando el trigo.

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Concentración en el campo

La niña del bikini de rayas era un excelente objetivo, pero no paraba de moverse. A su lado, otros gentiles infantes corrían junto a una pelota, inconscientes del peligro, mientras siniestros lepidópteros albinos bailaban con la muerte.

Caía la tarde vagamente junto a los chopos, y entre cedros líricos intuyó la efigie de un hombre cetrino, sentado junto a una mesa, protegido del jolgorio circundante por una franja de lirios blancos.

 El hombre ya había sido alcanzado por muchos otros, pero eso no pareció importarle, de modo que afinó su puntería, y con un movimiento certero y estudiado, le picó en el cuello.

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Orient Express

La exposición a un veneno genera resistencia. Es un hecho médico.

La joven arreglaba su maquillaje, sacó su barra de labios carmesí. La que usaba en las ocasiones más especiales, aquellas en que un beso sellaba una emoción, un destino.

Regresando al vagón restaurante del Orient Express sonrió. Tanto lujo, tanta decadencia. El tono cobrizo de su vestido resaltaba con las cálidas luces de esa velada.

Un cambio súbito en su equilibrio. El tren tomaba una curva. Unas fuertes manos sujetando su cintura. Su cita mirándola a los ojos, la viril sonrisa derritiendo su alma. Iba a besarle, era el momento. Una sensual mirada. Una boca entreabierta.

Sus labios se fundieron, y las letales toxinas del carmín de labios inundaron la boca de su acompañante. Aturdido, se dirigió a su mesa, mientras ella sonreía. Siempre recordaría ese beso. Ella jamás olvidaba los rostros de sus objetivos. 

Otra misión exitosa.

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Sobremesa

Ana le dijo a Ángel que se había enamorado de él en cuanto lo vio. Sí, Ángel, estabas en el restaurante, con tus amigas, y me pregunté por qué yo no era una de ella. Allí estaban todas, riéndote las gracias y tú con la mejor de tus sonrisas. Lo demás fue sencillo: tomarme un café contigo, algunos besos, mi cuerpo conociendo tu cuerpo, hasta ser los dos y ser uno. Pasó el tiempo pero ahí me tenías, para todo aquello que deseabas. Imagino que así es el amor. Algunas noches, sencillamente, nos callábamos: tal era ya nuestra complicidad. Una película de cine mudo. Llegó algún problema, algún malentendido. Yo te seguía amando. Pero no encontraba el amor en tus ojos. Ni siquiera era deseo. Pensé, durante un tiempo, en que podríamos haber sido una película digna de un Óscar cuando lo único que llegamos a ser fue un film de sobremesa de Antena 3.

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Tu padre en Eurovisión

Tu padre en Eurovisión

Tamara aún no ha digerido que su padre, ingeniero industrial, participe en Eurovisión. ¡En la final!

Anuncian el turno de España. Don Eduardo aparece levantando los puños cerrados en señal de saludo victorioso. Está en ropa interior. Calzoncillos de abuelo, tradicionales del siglo XX, tipo slip, blancos con abertura delantera. Camiseta de tirantes del mismo color ligeramente amarillento. La panza asoma entre ambas prendas.

Comienza a moverse torpemente por el escenario. El holgado calzoncillo deja entrever el movimiento pendular del flácido saco escrotal. Los potentes focos revelan su silueta. Canta su conocida y divertida canción.

Tamara sabe que oculta algo en los puños. La emisión se interrumpe antes de que Eduardo despliegue en el suelo una bandera oficial de República de Xionachi y defeque sobre ella. Pero este desconcertante final inesperado se difunde rápidamente en redes sociales.

España permanecerá varios años expulsada del festival. Aquí se castigan los comportamientos agresivos.

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Punto Nemo

En octubre de 2026 los ocupantes de un yate decidieron gastar una broma (no sé si llamar así a este crimen), una venganza o simplemente un acto malvado. La noche en que pasaban por el lugar más remoto del Pacífico, aquel en que existe la mayor distancia a cualquier trozo de tierra firme y que es conocido como Punto Nemo, dejaron abandonado en una balsa de goma a otro pasajero que no gozaba de sus simpatías.

Las retorcidas intenciones del grupo no se aclararon en el juicio posterior, pero fue evidente que nunca imaginaron que la víctima podría alcanzar las costas de Perú remando con las manos durante días, como hizo.

El hombre no atendió a arrepentimientos ni súplicas de perdón. Tampoco pidió penas severas o reparación alguna. Como los abandonados por el amor, había estado solo demasiado tiempo en el mar y al alcanzar de nuevo tierra, nada necesitaba.

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Verde beso

Bailaba la hoja de parra, cimbreando su verdor en la brisa tibia. Su cuerpo, tenso de savia, se ofrecía al sol como un poema desplegado. No temía al viento ni al agua, solo a la sombra que, sin ruido, llegaba.

Y llegó.

Era un susurro en la nervadura, un aliento oscuro que se enroscó en su piel con la ternura de un amante hambriento. No mordió ni hirió, solo se posó. Un roce apenas, un beso clandestino.

Pero el beso ardía.

La hoja quiso temblar, pero su danza se volvió espasmo. Sus venas, otrora ríos de jade, se llenaron de sombras. Su pulso lento se rindió a la invasión callada.

El sol siguió ardiendo, indiferente al efímero contacto.

Y un día, la hoja cayó, cediendo al peso de aquel beso verde que no era amor, sino condena.

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Fría cruz

Otra mañana gris amanezco sin ganas de nada. Las mantas me atenazan dentro de la cama, como lo hacen las voces dentro de mi cabeza.

Sus risas desayunando se mezclan con el susurro: "No son tu familia, son demonios invadiendo su cuerpo. Tienes que liberarlos".

Palpo a ciegas bajo la cama y encuentro la caja donde escondí mi destino.

La cara o la cruz, la medicación o el cuchillo. 

No soy yo quien lo va a elegir.

La moneda gira por el aire hasta que mis dedos encuentran el frío metal.

Cierro los ojos y cuento.

Tres, dos, uno...

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Una mala apuesta

Me lo jugué todo a una carta, lo aposté todo a mí mismo. Perdí la vida.

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Pudretteita

Los mineros del valle de Cabotes, cerca de la frontera con Surinam buscan la codiciada pudretteita entre el barro y los aguaceros tropicales, trabajando de sol a sol por una paga diaria: "Heroína", dice Marcos García Utiel enseñando su boca desdentada. El pago con droga garantiza que los trabajadores regresarán al día siguiente para seguir extrayendo los pocos kilos conseguidos cada mes. La pudretteita permite crear unos circuitos especiales que destruyen todo tipo de baterías modernas hasta en cien kilómetros a la redonda.

-Habrá que ajustar la paga a estos desgraciados, a ver si encuentran ya una veta nueva –dijo entre dientes el encargado de la zona minera, mientras le daba un sobrecito a Marcos.

Marcos se fue corriendo a su choza. Tras inyectarse la dosis diaria comenzó a pensar que mañana encontrarían una buena veta, mañana... Mañana... Maña...

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El tema de esta semana es: El peor resultado

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menéame