
Eurovisión es ese ritual kitsch que une a Europa una vez al año con lentejuelas, fuegos artificiales y coreografías imposibles. Entre gallos, prodigios vocales y discursos de unidad paneuropea, se cuelan a veces historias que merecen más que un estribillo pegadizo. Esta semana, en el concurso de Microrrelatos, afinamos la pluma al compás del televoto y os proponemos sumergiros en ese universo donde todo cabe: la ambición, la vergüenza ajena, los amores imposibles, las venganzas balcánicas y los votos falsos. Adelante, que empiece el espectáculo.

Esta semana, en Menéame, celebramos el noble arte de desatascar, ya sea cañerías o tramas políticas. El concurso gira en torno a «fontaneros y fontaneras», una figura que, más allá del mono azul y la llave inglesa, ha cobrado protagonismo en las noticias por obra y gracia de una fontanera mu apañá. Ya sea en clave de Mario Bros, de Nixon o de Ferraz, buscamos noticias que huelan a humedad, apaños en la trastienda o goteras institucionales.
Empezó como concurso, con patrocinador planetario. Correctamente gestionado. Pronto tomó vida propia. Dio vía libre a la diarrea verbal de cualquier incontinente, limitada a 150 palabras.
Los administradores, desnudos como el emperador del cuento, parecían negarse a ver lo que era evidente para todos, concentrándose en mirar hacia abajo y obviando que su hijo había tomado vida propia.
El tiempo pasó. La realidad pilló y adelantó a la idea. El patrocinio y el concurso desaparecieron, pero la criatura sobrevivió.
La carpa blanca a las afueras de Biloxi, en un prado cercano al río Tchoutacabouffa y la Interestatal 10, ya anunciaba qué era, no era la primera vez que la veía, pero nunca había entrado.
Pero hoy quería ver qué movía a la gente a entrar ahí, comprobarlo por mí mismo.
Casi repleto al entrar, observé el escenario mientras me sentaba al fondo: una gran cruz en medio, frente a la entrada, todos los oficiantes de blanco, grandes altavoces laterales y un micrófono en el centro, delante de la cruz.
El oficiante principal se dirige al micrófono y empieza a hablar. Primero con suavidad, para ir, paulatinamente, aumentando el tono, más arenga que homilía: una diarrea mental, un vómito de palabras, casi agresivo.
Pero lo curioso era la gente: predispuesta, rendida de antemano, cual ayudante casual de hipnotizador, seleccionado por su predisposición a ser hipnotizado.
No estaban convencidos: estaban hechizados.

Pues el tema de la semana de nuestro concurso semanal de mircrorrelatos, es «Fuego» y por eso a este minitexto le acompaña una imagen promocional de El coloso en llamas. Sed cínicos, irónicos, puñeteros pero sobre todo ingeniosos.
menéame