La parte izquierda del cerebro me estaba creando tensión en la parte derecha. Lógica, analítica, y sobre todo siendo "un pesao". La parte derecha andaba a por uvas, como siempre.
-Que me dejes, que no se me ocurre nada que escribir de lo de la mierda esa de Eurovisión.
-Bueno, tú mismo has dicho que esto era un juego... un entretenimiento.
-Ya, sí, pero estoy con otras cosas ahora, déjame en paz.
-Cinco minutos, venga, y así concursas. Y te relajas de todo lo otro que andas escribiendo.
-Bueno, vale. Terror. Comedia. Drama. Documental. Bah... no sé. Ni idea. Hay buenos escritores en el foro.
-Acuérdate cuando Eurovisión era un concurso de cantantes.
-Odio las competiciones y lo sabes. No hay nadie mejor o peor, hay personas. Hay cantantes.
-Piensa en el lío de Israel este año.
-No hay mucho que pensar en eso, hemisferio pesado, es lo que hay.
-Venga, bah, ponte a pensar de esa manera que haces tú en tu lado.
-Déjame tranquilo. Mira, te doy un titular mental: La vida es dura y luego te mueres. ¿Te vale?
-No sé, esperaba algo más de tu lado.
-Y yo del tuyo, pero las bombas siguen las leyes de la gravedad.

Desde Juan Guerra a David Sánchez pasando por Tomás Díaz Ayuso, los hermanos siempre han sido un quebradero de cabeza para los dirigentes políticos. Sombra incómoda o escudo providencial, estorbo o emisario, cada hermano es un personaje secundario que amenaza con robar el foco, un apellido que pesa, una llamada que compromete. Esta semana, el Concurso de Microrrelatos de Menéame propone zambullirse en esas lealtades mal gestionadas, en esos lazos de sangre que, lejos de unir, tiran en direcciones opuestas. Porque en política, como en la literatura, a veces los familiares no se eligen: se heredan.
Una semana más, Mara y Rubén se abrazan en el reservado. De vez en cuando se besan, unas veces como viejos amantes y otras con más pasión, hasta que alguien los elige.
Es un conocido club de swingers, de intercambios de parejas. Mara es conocida por ser capaz de tener cinco orgasmos en veinte minutos, y Rubén por se capaz de provocarlos.
Todo el mundo disimula.
La norma es que tienes que ir con tu pareja, para añadir al sexo el morbo de la infidelidad y de los celos. Todo el mundo saber que estos dos son hermanos, pero ellos hacen el paripé de magrearse un rato en el reservado.
Hay quien incluso le encuentra una componente política a su pequeño fraude. Nada es más sencillo que compartir lo que no consideras tuyo, ¿verdad?
¿Pero qué mas da? ¿Quién ha quedado insatisfecho?
Mara y Rubén tiene un éxito tremendo.
La fuga se presentaba fácil de solucionar, pero el líquido viscoso y brillante desconcertó al fontanero. Parecía uno de esos potingues con los que jugaba su hija cuando tenía 6 años. Le encantaba la purpurina y el «color unicornio».
Usó el cortatubos con precisión y encontró el atasco precursor de la rotura. Había mucho pelo acumulado. No pertenecían a la anciana que le había requerido. Eran negros, largos y brillantes, como los de su exmujer.
Durante la faena, una llave de paso defectuosa le lanzó un chorro a la cara. No tenía sentido, pero parecía agua salada. Recordó la playa de su pueblo natal, que llevaba tantos años sin visitar.
Ya todo perfectamente ejecutado. Era hora de cobrar. Pero, ¡oh!, ¡seguía saliendo líquido!
—No se preocupe —se adelantó la anciana—. En esta casa no fluye agua, sino vida. Constantemente se va perdiendo. Y muta en recuerdos.
Nuestra misión es que los recursos fluyan desde sus orígenes a donde necesitan ser empleados. A veces, hay que calentar esos recursos, y a veces hay que enfriarlos. A veces hay que almacenarlos en grandes bolsas, y a veces hay que dispersarlos en finas partículas para que alcancen mayor superficie o volumen con un consumo inferior.
Además, por razones de todo tipo, las conducciones se obstruyen o alguien, intencionadamente o no, las estrangula, variando la presión, o generando artificialmente abundancia o escasez. Y ahí debemos intervenir nosotros para eliminar los elementos extraños o rectificar las conducciones y su trazado.
Se os llamará fontaneros ya trabajéis con agua, con capital, información o mano de obra. Es igual. Nuestra misión siempre es la misma. Nuestro trabajo es invariable.
Buena suerte ahí fuera.
Cuando comenzamos nuestra relación asumí que se trataría de algo temporal, de un pasajero amor de verano que, como una inalcanzable golondrina, huiría con la llegada del frío a latitudes más cálidas. Pero el año y medio compartido me hizo albergar ingenuas esperanzas.
Pasaba allí días completos y cuanto más tiempo estaba con aquella familia, más extraña sentía a la mía. Llegué a percibir como propios aquellos pasillos de perennes pisadas blancas y cartones protegiendo el suelo.
El desgaste propio de la convivencia fue haciendo mella a pesar de mi empeño por evitar la rutina: constantemente proponía nuevos cambios o mejoras.
Los silencios incomodos cuando me metía en sus conversaciones sobre las extraescolares de los niños o la celebración de las navidades, me hicieron comprender que para ellos no era más que un simple fontanero; y que era inevitable que nuestra relación acabaría cuando terminase la “reformita” de los baños.
Tras casi cuarenta años en la empresa, había aprendido a ser eficiente en su trabajo.
Cuando empezó, leía los informes examinando cada detalle e incluso rehacía los cálculos él mismo para comprobar que todo era correcto. Una pérdida de tiempo.
Más adelante, decidió inspeccionar solo las hipótesis y las conclusiones. En las raras ocasiones en que detectaba errores, estos no tenían impacto real. Sus superiores le felicitaron por su aumento de productividad.
En los últimos años, se limitaba a firmar los análisis que le entregaban, con lo que se agilizaba la revisión. Gracias a su entrega se convirtió en el empleado ejemplar.
Esa mañana, un error de diseño en el sistema desencadenó un accidente con más de doscientos muertos. Todos se preguntaron cómo había podido ocurrir algo así.

Imagina un punto. No una línea, no una figura, no un cuerpo. Un punto. Parece sencillo, casi inofensivo. Pero basta asomarse a sus dominios para que lo que parecía el origen se transforme en destino, en vértigo, en anomalía. En el mundo de Flatland —la novela geométrica y satírica de Edwin Abbott— los seres viven confinados en dos dimensiones, y un punto es lo más bajo de la escala social: invisible, indivisible, incuestionable. Pero ¿y si ese punto contiene todo un universo que no podemos ver?
Los matemáticos, con su afán de precisión, han inventado hasta un teorema del punto gordo. Sí, así se llama: «teorema del punto gordo». Porque en la práctica, cuando buscas una solución y no la encuentras, te resignas a aceptar «algo por aquí cerca». Y eso sin contar que hay otros puntos mucho más escurridizos como el punto G, ese mito moderno que los escépticos consideran una entelequia y los creyentes, un milagro táctil.
Hablemos de puntos.
Sentía un puntito de tristeza, pero en general, nada concreto, a grandes rasgos. Normalmente no tenía problemas, ni angustia... "el día a día me come", solía decir, y el puntito desaparecía, o se posponía y difuminaba. Sin embargo nunca mostraba una expresión plenamente tranquila, aunque tampoco acelerada. Iba como un autómata, sin sentimientos, solo procesos. Sabía lo que había que hacer, y lo hacía bien.
Incluso al llegar a casa alguna película o libro ayudaban a desconectar, y entonces ese puntito se hacía notable, como un mosquito. Aunque el sueño ya no permitía concentrarse.
Pero al llegar la jubilación, ese puntito de tristeza lo ocupó todo, y esta noche, en el espejo, sí veía signos de cansancio, que afortunadamente nadie más podía ver. Y quizás de alivio.
Y pensé en el resumen de mi nota de despedida: Sabía lo que había que hacer, y lo hice bien.
-Mamá, ¿esto es un punto?
-No, eso es un círculo, porque es muy grande y se puede medir.
-Pero si lo hago más pequeñito también se puede medir.
-Piensa en un puntito tan pequeñito que no lo puedas medir.
-Pero entonces no se vería.
-Coge el bolígrafo de punta muy finita y...
-Espera que voy a por tu regla especial. (...) ¿Ves? Mide la mitad de estas dos rayitas...
-Medio milímetro, sí. Pues más pequeño.
-Mamá, siempre va a medir algo y será un círculo.
-¿Sabes qué? Tienes razón. Pinta un círculo muy pequeñito y ya está.
-¿Y entonces, un punto qué es?
Mis dos abuelos murieron hace mucho. Como ya he contado alguna vez, uno era falangista y otro de la CNT, lo que a ellos no les impidió ser buenos amigos y a mí aún se me nota, por herencia, en demasiadas ocasiones.
Además, uno era agricultor y otro ganadero, dos oficios, como se sabe, enfrentados desde la prehistoria.
Pero entre tantas diferencias, había una similitud que los unía: las vacaciones.
Para cualquiera de mis dos abuelos, las vacaciones eran algo incomprensible, casi mágico, tan producto de la modernidad como la luz eléctrica, los coches y la televisión. Los dos habían trabajado desde niños, con más o menos ahínco, con mejor o peor fortuna, pero sin disfrutar otra forma de asueto que los días festivos.
¿Vacaciones? Claro hombre, cuando las vacas no coman. No te joroba...
Por eso, entre otras cosas, nadie se quedó en el pueblo.
Surgió de la luna llena y de aquel primer niño ancestral que temió las sombras de un árbol; no del miedo a la oscuridad. No, no son el mismo miedo.
Ahora se mueve por tu dormitorio aprovechando las largas sombras que el resplandor de la calle te mete en casa, o las luces de tus propios dispositivos. A veces consigue que notes su presencia, soplándote levemente en la nuca.
No es la muerte, que está bien definida. Es otra cosa que se queda atorada. Como la mirada perdida que viste en la residencia de ancianos. Esa mente sepultada bajo las sombras, que no vuelve ni tampoco se termina de marchar todavía.
Está cerca. Ten cuidado. No dejes que se obsesione contigo.
En el cuento clásico, el gato con botas le dijo a su dueño que se bañara en el lago, para quitarle la ropa, hacerlo pasar por un noble y que el rey lo invitara a palacio.
Pero el contexto es el que es, y de donde no hay no se puede sacar, y a lo máximo que aspiraban era a colarse por la noche en la piscina comunitaria. Se quitaron los calcetines para bañarse. Y, por supuesto, sin invitación al palacio, solo le pudieron dar al gato los restos fríos de una barbacoa que había en la basura.
Año 2125.
La cola daba la vuelta a la manzana, rodeando el templo, compuesta por gentes venidas de allende los mares, personas transpirenaicas, transalpinas, transatlánticas, transmediterráneas, transidas de cansancio por tanta espera.
Y es que la noticia del fenómeno había llegado a todos los rincones del planeta. Y la palabra "fenómeno" no le hacía justicia: casi se podría considerar un milagro. De hecho, la Iglesia había iniciado ya el proceso de beatificación.
No había más que ver la expresión de los que ya lo habían visto, de aquellos que salían del recinto por la puerta lateral: asombro, estupefacción, repugnancia, incredulidad…
Le pregunté a uno de los que habían salido qué había visto:
-Está ahí, en perfecto estado de conservación, sujetando todavía el último fajo de billetes de la última comisión: el brazo incorrupto del San Cristobal el Corrupto.
El templo estaba situado, no podía ser de otra manera, en Montoro.

JanSmite con el relato titulado "Cuarenta" ha sido el ganador de esta semana de nuestro certamen de microrrelatos: www.meneame.net/m/microrelatos/cuarenta
Pues sí, tras una discutida revisión a cargo del VAR de Menéame, el arbitro pitó penalti y fue "Piratas nazis del Caribe" quien se impuso como ganador de esta semana www.meneame.net/m/microrelatos/piratas-nazis-caribe
En todas mis vidas, y mis muchas muertes, he conocido a gente de todo tipo. En los años ochenta, en los Estados Unidos, conocí a Frank (se llamaba Harry) y él me explicó en un “fumadero de jazz”, los que vivieron esos años ya saben a lo que me refiero, que el movimiento de caderas era para los listillos que sabían mucho de jazz. Yo sabía lo justo y me lloraban los ojos de tanto humo de tabaco en esos locales de música. Los llamaba listillos en una traducción barata al inglés de la época. Años después, muchos, me encontré con cosas que no entendía, barbas de chivo y cafés extraños, me dije a mí mismo que había perdido el tiempo. Sólo me quedé con el humo de aquellos locales de jazz donde la gente usaba esa palabra.
Se acercó un enlister
A alistar a los hipster
Pero vino un magister
Acompañado de su assister
Y los metió en un cloister
Donde los atendió una sister
Les vendió a todos un blister
Que había contenido klister
Y se hizo una blacklister
Un chantaje a los mister
Que habían sido hipster
"Preferimos, hermana sister,
que nos clave un leister,
o que nos lleve un twister
antes que un falso blister de klister.
Le diremos a nuestro barrister
Que la lleve ante el minister."
Todo era estupidez, oscuridad, en el relato oficial. Nosotros sabíamos que había otras historias: nuestros abuelos nos habían hablado de vida más allá de las pantallas, de imágenes que siempre mostraban la misma perspectiva. Sabíamos de otras puertas y queríamos llegar a ellas. Para ello, nos adentramos en pasillos interminables que llevaban a edificios que ya habían perdido su función. Abríamos cada cerradura con alegría porque sabíamos que la meta merecía la pena. El final fue el principio: encender la luz y sonreír a todas las estanterías polvorientas, a libros que llevaban años esperándonos. Ante tanto vértigo, sentarse en silencio, saborear el poder de cada palabra arrebatada suponía la felicidad. Más que leer, era resistir. Era hacer de cada párrafo un recordatorio de que el saber, aunque despreciado, nunca muere.
- Sujeta, aquí. Cuidado.
- Ya está. Ahora giro… ¿Así?
- Sí, muy bien. Sigue concentrado.
- No puedo dejar de pensar. Impresionante la des‑extinción de una especie, ¿verdad?
- Grandioso, ¡glorioso!
- Éticamente correcto, ¿cierto?
- Jamás debió haber extinciones. Lavamos un error que avergüenza a la humanidad. ¡Corregimos la historia!
- Sí, todos los casos de la historia fueron atroces en ese sentido. Pero sigo dudando si enfocamos bien nuestros esfuerzos.
- Debemos demostrar el concepto. Empezando por organismos simples.
- Sí, por supuesto. Pero… ¿tenía que ser la viruela? ¿en humanos?
David no podía evitar esa sensación agridulce.
Por una parte, le emocionaba caminar por ese bosque, que le recordaba al que había cerca de la casa de sus abuelos. Volver a contemplar los colores del otoño y escuchar el canto de los pájaros era maravilloso, pero aún más hacerlo acompañado de su hija.
Por otra parte, echaba de menos oír la hojarasca crujir bajo sus pies y el olor a tierra húmeda, tal como la recordaba de su niñez. Sin embargo, lo que más le afligía era saber que pronto terminaría todo.
-Papá, cómo se llama esa planta que parece una explosión nuclear
-Pues verás, hija...
Un zumbido sordo seguido de una oscuridad total truncó la explicación.
-Se han agotado las baterías. Tenemos que marcharnos hija, ya no queda nada que podamos aprovechar aquí.
-Papá, este ha sido el refugio más guay que hemos encontrado en los últimos meses.
-¿Lo dices por la proyección en tres dimensiones?
-Sí, y por la comida de perro enlatada.
-Jajaja. Si, la verdad es que estaba rica. Hemos tenido suerte...
Tantos peligros nos acechan: odio, cambio climático, xenofobia, bulos. Tantos peligros y muy poco tiempo. Un momento difícil en el que los mejores deberían guiarnos y solo nos iluminan los más tontos. Un momento complicado en que necesitamos a superhéroes y solo hay villanos.
Fue un día de poca actividad en el que básicamente se limitó a observar la ciudad desde lo alto buscando algún problema que resolver, algún criminal al que detener antes de que escapara, algún edificio en llamas del que rescatar a alguna persona o animal atrapado por las llamas. Pero no ocurrió nada de eso y, aburrido, decidió volver a su casa. Le habría venido bien un poco de acción.
Entró volando por la ventana, dejó la capa sobre el respaldo de una silla y se sentó en el sofá al tiempo que encendía el televisor y cambiaba de canal con su visión infrarroja.
Escuchó una voz desde la otra habitación que le decía:
- Cariño: Te toca bajar la basura.
- No me encuentro muy bien. -Respondió- ¿Puedes hacerlo hoy tú por mí?
Mira hijo, aquella es Tesla, la estrella más brillante de la constelación. Las otras dos que se ven juntas más a la derecha son Panamá y Groenlandia, que junto a esa que ves ahí, que se llama Usaid forman la constelación Aranceles. Y si tuviésemos un telescopio podríamos ver la nebulosa de la trompeta que se encuentra en su interior. ¿Verdad que es fascinante?
El demiurgo estaba cabreado y miró de reojo al ser omnipotente y omnisciente en la modalidad de sabelotodo egocéntrico.
-Es que no está contento con nada.
-¡No eres más que un vulgar artesano! –respondió el ser omnisciente rojo de ira.
-He construido el universo en cinco minutos... pero he sido discreto.
-¡Para crear universos hay que ser megalómano y exhibicionista... esto que has hecho es un revés a la inflada imagen que tengo de mí mismo!
-Si usted lo dice... –respondió lacónicamente el demiurgo.
-¡Estás hablando con el ente supremo! ¡Crearé de la nada absoluta otro demiurgo!
-Pero si ya lo tengo todo construido... Esto parece la rabieta de una niño malcriado.
-¡Me inventaré la vida, tontolculo, seres que me adoren por siempre jamás! –dijo el ser omnisciente más cabreado que antes.
Y con una simple orden mental el demiurgo desapareció.
menéame